Un verano en el Parque de las Ciencias.

La brújula moral: El abrumador peso del deber

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 9 de Octubre de 2016
Immanuel Kant
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Immanuel Kant

El hombre, y en general todo ser racional, existe como fin en sí mismo, no sólo como medio.

Immanuel Kant, “Fundamentación de la metafísica de las costumbres”.

La ética kantiana es probablemente una de las fundamentaciones morales que más han influido en la mayoría de los moralistas de los dos últimos siglos, y, por tanto, en nuestras sociedades occidentales, en ámbitos esenciales como la política o el derecho. Privilegiando el deber como piedra angular de la moralidad, ofrece un singular atractivo propio de La Era de las Luces a la hora de encontrar bases firmes que guíen nuestros comportamientos, en sociedad, en la gestión de lo público, o simplemente en nuestro comportamiento individual, privado. Y ciertamente es así, pero como bien sabemos los sueños de la razón también son capaces de engendrar monstruos, y las luces pueden brillar e iluminar allí donde yace la oscuridad, pero no sin levantar antes sombras. Veamos detenidamente esas luces y esas sombras y decidamos como seres autónomos y libres, como diría el pensador alemán, si su fundamentación moral es capaz de proporcionarnos la brújula moral que necesitamos, o no.

Kant muy pronto delimita en La Crítica de la Razón Pura a qué legítimamente puede aspirar ésta y a qué no, y uno de esos ámbitos a los que se le deniega su derecho a legislar a la razón teórica es el ámbito de la moralidad. Descartada la razón, tampoco el recurso a los sentimientos, muy empleado por los moralistas británicos, es suficiente. Los sentimientos, por elevados que sean, siempre tendrán un componente de debilidad, debido a su impulsividad y a su inconstancia. Un sentimiento de compasión con el otro puede ser bello, dulce y amable, pero es débil y ciego, y la moralidad nunca puede ser esto, ha de tener una base absolutamente más firme, el deber. El deber necesita de una voluntad libre y capaz de elegir, ya que escapa al ámbito de la naturaleza regido por las leyes de la causalidad, todo lo que sucede en la naturaleza sucede por necesidad, en cambio el ámbito moral debe ser el reino de la libertad. Podemos preguntar qué sucede y por qué en la naturaleza, pero no legislar en ese ámbito sobre qué debe suceder.

Dos elementos serían esenciales para entender la ética del deber kantiana; la obligatoriedad y la dignidad del ser humano, en tanto que es ser humano, no dependiendo de sus riquezas, conocimientos o posición social. De Rousseau aprendió Kant que la cultura y el conocimiento han de estar al servicio del ser humano, que la ciencia en sí es inútil si no sirve para valorizar la humanidad.

Empecemos por su terminología y desmenucémosla como si de la miga de un sándwich se tratara y veremos que lo aparentemente complicado que creemos encontrar debido a la terminología es mucho más sencillo de lo que parece. Tenemos dos tipos de imperativos, que no son otra cosa sino mandatos. Por un lado, tenemos el imperativo hipotético, que nos dice que deberíamos hacer esto, si deseamos obtener aquello, por ejemplo, la felicidad o una vida buena, tal y como sucede en las éticas anteriores. Y, por otro lado, tenemos los mandatos que nuestro filósofo encuentra imprescindibles como fundamentación de nuestros comportamientos morales; los llamados imperativos categóricos, que se limitan a mandatarnos a hacer algo, de manera incondicionada, sin pensar en las consecuencias, ni en recompensas. Imperativo moral que tiene dos efectos; no cabe particularizar las máximas atendiendo a condicionantes particulares de cada acción, y el imperativo moral es universal y por tanto no puede provenir de otra autoridad que no sea el propio ser humano.

 “Obra según la máxima que pueda hacerse al propio tiempo ley universal”

Esa es la plantilla que debe guiar siempre nuestro comportamiento, en cuando a moralidad se refiere. Siempre pregúntate primero si la máxima que te guía podría convertirse en una ley a seguir siempre, sin excepciones. Si encuentras contradicciones o excepciones, entonces tu acto es irracional, y por tanto no moral. En realidad, a pesar de lo farragoso de los términos implicados, Kant no deja de hacer sino una reformulación abstracta de la clásica Regla de Oro de la Moralidad, aquella que dice: compórtate con los demás como deseas que se comporten contigo. Enfatizando que siempre debemos atenernos a los principios y no a las consecuencias. Ya vimos como el utilitarismo, precisamente plantea lo contrario. Para los utilitaristas tu guía moral debe basarse en las consecuencias previstas de tus actos, y no en la guía de principios universales y absolutos.

Son tres las formulaciones clásicas de la ley moral en Kant; 1) Actúa de manera que puedas desear que la máxima de tus acciones se vuelva universal 2) Actúa de tal manera que trates a la humanidad, tanto en ti como en los otros, siempre como fin y no sólo como medio y 3) Actúa de manera que tu voluntad pueda instituir una legislación universal.

La clave para entender a Kant se encuentra en su desconfianza del poder del deseo, al que culpabiliza de corromper nuestra racionalidad práctica y por tanto nuestra moralidad. Razón, Voluntad y Libertad se unen en el Imperativo Categórico Kantiano. Si permitimos que nuestra acción no sea guiada por el deber, seremos cautivos del deseo, y por tanto no seremos seres autónomos, ni libres. Pero no nos dejemos atrapar por la farragosa jerga kantiana y desnudemos lo que realmente quiere decirnos. Para Kant la moralidad no es cuestión de sentimientos, es algo tan frío como su concepción de la razón; si haces algo porque te hace sentir bien, tu comportamiento no responde a lo que debería ser moral. Has de hacer algo porque es lo correcto, por tu deber, independientemente de cómo eso te haga sentir. Por tanto, cualquier emoción debe ser rechazada como principio del comportamiento moral. En realidad, en la ética kantiana, a pesar de su frialdad y sus problemas, hay una carga de profundidad que dinamita gran parte de lo que tradicionalmente venían siendo los incentivos religiosos para un comportamiento acorde a sus reglas. Si te paras a ayudar a alguien que necesita ayuda porque de esta manera cumples con los preceptos de tu religión y así podrás recibir la recompensa de ir al cielo al fallecer, tu comportamiento, al igual que si te guía la mera compasión, no es moral. Tan sólo lo es porque es tu deber, porque tu harías lo mismo que cualquiera que se encuentre en tu posición debería hacer; ayudar al que lo necesita. Imaginemos que la persona necesitada es una persona reprobable moralmente, quizá un asesino, quizá alguien que nos cae mal, quizá alguien, quién sabe porque motivos, al que odiamos. No podemos dejarnos guiar por esos sentimientos, son intranscendentes. Toda persona es un fin en sí mismo, no un medio, tampoco para nuestras emociones. Nuestro deber es ayudar.

Ya, pero la realidad no es tan sencilla, ¿no? Veamos un ejemplo de los que ya pusieron en su momento en apuros la doctrina ética kantiana y de los que el filósofo alemán era plenamente consciente. Imaginemos que estamos en la España franquista dominada por el odio y la represión fascista. Tu nunca has encontrado el valor para oponerte al régimen, pero sí uno de tus mejores amigos. Éste acude a ti una noche, herido, perseguido por la policía, que si le captura le torturará y quién sabe si morirá. Accedes a proporcionarle un escondite en un piso que nunca usas. La policía conocedora de vuestra relación acude a ti, y te interroga, tú le proteges, evidentemente, y no dices nada. El sentido común nos diría que nuestro acto es moral e irreprochable. Bien, no tanto para Kant si recordamos lo dicho más arriba, porque un principio moral, una máxima universal debe ser nunca mentir. En ningún caso. Porque si estableces excepciones, las consecuencias siempre pueden ser imprevistas, según Kant, porque nunca controlaras las circunstancias.

Kant pone varios ejemplos relacionados con la máxima de no mentir, para explicarnos que no caben atajos, ni excepciones. Imagina que estás arruinado y le mientes a un amigo diciéndole que le devolverás el dinero, sabiendo que no será así. Si todo el mundo mintiera, sería imposible establecer una confianza mínima sobre la que construir la convivencia.

Como vimos más arriba, la guía de nuestras acciones para nuestro pensador está en el deber de hacer lo que hemos establecido que es lo correcto, no por interés propio, o por las consecuencias propias o ajenas. Es difícil aceptar la tesis de Kant, en esta cuestión del deber, ante todo, pero no por ello debemos desechar por el sumidero todas sus aportaciones. De indudable valor es su reconocimiento de la dignidad y la valía de toda persona, de todo individuo, siempre considerado como fin en sí mismo, no como medio. Una aportación que fue esencial para configurar los Derechos Humanos.

La ética kantiana supuso una revolución. Hasta entonces las éticas estaban guiadas por el concepto de Bien, que nos atrae en tanto criaturas naturales. Ahora Kant pretendía que la aguja de nuestra brújula moral la encontráramos en el Deber, que no es reductible a la idea de Bien. Rechaza también la felicidad como bien supremo al que debemos aspirar en nuestra vida, tal y como hasta entonces la mayoría de éticas aspiraban.  De hecho, aquí encontramos una de las máximas contradicciones de sus pensamientos, un callejón sin salida. Estaba claro que la moralidad kantiana no puede garantizarnos ningún tipo de justicia por nuestro comportamiento racional y por ser fieles con nuestro deber, ni desde luego alcanzar la felicidad. De ahí, que se sacara un as de la manga. Si bien, la razón no puede demostrar científicamente la existencia de Dios, siempre existe la esperanza que nos permita postular su existencia.  La razón no puede demostrar que Dios exista y por tanto que haya una gratificación tras nuestra vida que remede las injusticias sufridas, pero, tampoco se opone a ello.

Sí, Kant chirría y se contradice en este punto. Así que la razón postula un Dios todopoderoso y la existencia de almas inmortales que remeden las injusticias sufridas por las personas de bien en esta vida. Sin esos postulados, nuestro pensador era bien consciente de que su concepción de la moralidad tenía demasiadas grietas. Mientras esto sucede, la llegada de un reino de justicia divino, Kant creía que también debíamos ir poniendo de nuestra parte y transformar a través del deber nuestro comportamiento individual y social, aprendiendo a ser mejores personas. Al final, se trata de constituir entre todos, una comunidad ética, una sociedad más justa, a través de una reforma política global que acabara con el peor de los males de la humanidad para el filósofo alemán, la guerra, instaurando una paz perpetua.

La mayoría de los argumentos y tesis kantianas hasta ahora explicadas, coinciden con lo que habitualmente encontraríamos en cualquier manual de filosofía o derecho que pretendiera darnos una visión global del filósofo alemán. Pero, ya decíamos antes, que toda luz arroja sombras, que por mucho que pretendamos obviar siguen ahí, y no es lo que pretendemos. Michel Onfray, filósofo francés, en El sueño de Eichmann, nos recuerda que el criminal nazi que inspiró a Hannah Arendt en su concepto de la banalidad del mal, era admirador y profundo conocedor de Kant, y que en el juicio fue su principal referente para justificar su obediencia ciega a las leyes del Estado, a pesar de la obvia criminalidad de la legislación nazi. Arendt afirma que el criminal traicionó los principios kantianos, pero no es de la misma opinión Onfray, que nos recuerda que en algunos textos kantianos hay cierto tufo racista, misógino y antisemita. Para el filósofo francés Kant admitía que es difícil juzgar inmoral todo acto criminal que no aparezca reconocido en la legislación del derecho, como el asesinato de una persona que por lo que sea no tiene estatus jurídico, o una víctima de un duelo ilegal. Y recordemos que Kant consideraba a los hijos nacidos fuera del matrimonio, fuera del reconocimiento jurídico. Y por tanto qué diferencia hay con las leyes que democráticamente hicieron los juristas nazis que fueron dejando al margen de sus derechos como ciudadanos del Reich a los judíos. De hecho, dada su admiración por Federico II, el monarca, Kant creía que debían razonar, especialmente en el ámbito de su servicio público, lo que desearan, los soldados, sacerdotes y funcionarios públicos, pero ante todo debían obedecer a la autoridad. Kant nos dice: Obedeced a la autoridad que tiene poder sobre vosotros, en su Doctrina del derecho. Y en Metafísica de las costumbres: El principio del deber que tiene el pueblo de soportar el abuso del poder supremo, aun cuando resulte insoportable, consiste en que su resistencia contra la legislación suprema nunca pueda alcanzar la ilegalidad y mucho menos terminar anulando toda la constitución legal. Pero en el caso de los nazis, que llegaron al poder democráticamente, y su leyes y constitución cumplían la legalidad, por aberrante que nos parezca, ¿no debería ser la insumisión al poder del Estado una obligación moral? Es cierto que Onfray lleva al límite su crítica a Kant y que otros tantos pensadores, la mayoría, no estarían de acuerdo con su lectura, pero no estaría mal, especialmente para aquellos políticos, funcionarios, especialistas en derecho, que siguen doctrinas impregnadas hasta la medula por los planteamientos morales de Kant, que reflexionaran sobre esas grietas en las doctrinas kantianas, que por mucho que pretendamos ocultar, existir existen, como las meigas gallegas.

 

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”