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El estoico manual para superar las penas

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 4 de Noviembre de 2018
'La mirada roja' (1910), de Arnold Schönberg.
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'La mirada roja' (1910), de Arnold Schönberg.

'La percepción de bienes y males depende en gran medida de la idea que tenemos de ellos'. Epicteto

La sabia frase del antiguo esclavo griego de la Roma imperial, que se convirtió en uno de los más reputados moralistas de su tiempo, la tenía grabada Michel de Montaigne en las vigas de su biblioteca, consciente de que era uno de los pilares que el estoicismo podía ofrecer a aquellos turbados por un mundo, que independientemente de la fortuna que creas tener, termina por desequilibrarte de una manera u otra. La sabiduría estoica atravesó los siglos como un auténtico manual para la supervivencia, para ayudarte a superar las penas que vienen y van, aunque tienen cierta querencia a querer quedarse, al igual que las alegrías a marcharse. Un manual que no diferencia a ricos de pobres, a sabios de ignorantes, ni a poderosos de humildes, todos más tarde o más temprano, terminan por sucumbir a las penas, y se lanzan a la búsqueda del conocimiento necesario para afrontar los duros avatares de la vida. Controla aquello que se encuentre en tu mano controlar, y acepta que hay cosas que siempre escaparan de tu control, pero aun así, siempre hay algo que puedes hacer, ejercer la autodisciplina necesaria para decidir cómo van a afectarte esos avatares y cómo vas a reaccionar a ellos. Seneca incidía en esta idea en sus Cartas a Lucilio: El mal no está en las cosas, sino en nuestra alma, y Cicerón advertía en sus Tusculanas que para el buen ejercicio del estoicismo era necesario asumir un principio básico: Todas las perturbaciones dependen de la opinión y el juicio.

En un mundo que por mucho que te esfuerces, siempre tendrá un componente caótico que escapa al orden que estabiliza la vida, pocos manuales encontraremos más adecuados que los principios morales de la filosofía estoica

En un mundo que por mucho que te esfuerces, siempre tendrá un componente caótico que escapa al orden que estabiliza la vida, pocos manuales encontraremos más adecuados que los principios morales de la filosofía estoica. Manual que como poco nos ofrece ayuda en tiempos turbulentos para aceptar la vida tal y como es, con sus bienes y con sus males, que vienen y van, a veces ayudados por tu impulso, a veces por mero capricho, cuestión del azar, ya que por muchas estupideces que te digan los libros de autoayuda, escapan a tu voluntad. Lo que nunca escapa, es la capacidad que tengamos para decidir cómo sobrellevarlos, y cómo van a afectar no solo a nuestra vida, sino a la de los demás, a cuya influencia no escapan. El estoicismo no es solo una herramienta moral para manejar los desmanes del incierto destino, propio, sino que con su ayuda aprenderemos que ese destino no nos afecta solo a nosotros, sino a aquellos que nos rodean, que nos proporcionan amor y refugio, y se sienten igualmente afectados por nuestras decisiones e impulsos a la hora de manejar nuestra vida.  

Montaigne en sus Ensayos nos da las claves que necesitamos para recuperar el orgullo que nos proporciona  la libertad de enfrentarnos cara a cara con aquellos padecimientos que  tanto tememos, como la enfermedad, la pobreza, o la muerte. En la libertad interior que nadie ni nada puede arrebatarnos, encontramos la llave que nos libera de las cadenas de las prisiones exteriores. Y es ese orgullo último, esa última carcajada ante la inevitabilidad de algunos males, lo que puede dotar de una migaja de sentido hasta al absurdo del sinsentido de la vida, como la anécdota que el filósofo francés narra de aquel condenado a muerte, al que camino del cadalso el sacerdote intentaba consolarle diciéndole que esa noche cenaría con Jesucristo, a lo que respondió; id vos, que yo ayuno.

El estoicismo no es solo una herramienta moral para manejar los desmanes del incierto destino, propio, sino que con su ayuda aprenderemos que ese destino no nos afecta solo a nosotros, sino a aquellos que nos rodean, que nos proporcionan amor y refugio, y se sienten igualmente afectados por nuestras decisiones e impulsos a la hora de manejar nuestra vida

No deja de sorprender el incesante número de personas inteligentes, a los que la naturaleza y la educación han permitido pulir su natural capacidad de raciocinio, y renuncian sin embargo a su uso,  sobreactuando o renunciando a ejercer el autocontrol cuando les golpea la vida, o sin saber disfrutar con moderación y buen uso de la buena fortuna, ya  sea por acciones propias, o porque el destino siempre juega con cartas marcadas. Rehuimos el dolor,  ese anatema para nuestra sociedad, no solo el físico, sino el emocional, preferimos la huida, un mal mayor, antes que ser capaces de aceptar que es parte de nosotros, siempre buscando placebos que nos hagan creer que ese dolor podrá desaparecer con tan solo desearlo, en lugar de aceptar su naturalidad, y dejar de temerlo, más que a la misma muerte. Aquí marca nuestro filósofo distancia con ese otro manual para la supervivencia, igualmente tentador como opción moral, el epicureísmo, que trata de evitar todo aquello que nos proporcione dolor. Montaigne cita las palabras de Cicerón: No está la dicha en la alegría, ni en los placeres, ni en la risa, ni en la diversión que acompaña la frivolidad, sino a menudo, pese a la tristeza, en la firmeza y la constancia. Al contrario que su antagonista, el epicureísmo, rehuir el dolor, no aceptarlo, lleva a la larga un mayor sufrimiento. El dolor es de dos tipos, sea físico o emocional, insiste el pensador francés, o  es intenso, pero breve, o es constante, pero más liviano y fácil de sobrellevar, siempre que tu intelecto, tu raciocinio, sean capaces de controlar los males y padecimientos que afectan a tu cuerpo y tus emociones.

Que está en nuestra mano dar valor a las cosas que en verdad importan, muchas de las cuales no tienen precio, porque no cuestan nada, lo demuestra nuestra obsesión por aquellas cosas que compramos a un alto precio, dando más valor a lo que más dinero nos cuesta obtener. Sería absurdo si no fuera parte esencial de la estupidez de la sociedad de consumo en la que vivimos, corrompiéndonos con la avaricia, uno de los más terribles vicios que un ser humano puede adquirir. No es la necesidad lo que desencadena esta perversión de la convivencia de los seres humanos, sino la abundancia. Mientras más tienes más quieres, no porque lo necesites, sino por la estúpida obsesión por poseer algo a lo que los demás atribuyen un valor, lo que hace que tú también se lo atribuyas, no porque realmente lo tenga, no porque te resulte de utilidad. Cuántos objetos que realizan la misma función, elegimos por su precio, el más elevado, porque creemos que eso nos dota de esa estupidez que llamamos estatus social. Vivimos en una sociedad donde el valor lo contamina la avaricia hasta límites insospechados, hasta tal punto que uno no sabe si reír o llorar cuando un periódico encabeza un titular diciendo que una gran corporación o banco solo ha ganado x miles de millones, cuando sus expectativas eran ganar x miles o cientos más, y eso a su vez repercute en la inestabilidad financiera de las bolsas, moviendo virtualmente millones y millones que desaparecen y aparecen en las manos de unos pocos como por arte de magia, con la mirada condescendiente y asombrada, de una sociedad incapaz de reaccionar a la avaricia desmedida de eso que llamamos poderes financieros, sintiendo envida, y no enojo ante lo absurdo de este sistema de dar valor acosas que ni son útiles para la vida, ni necesarias.

Que está en nuestra mano dar valor a las cosas que en verdad importan, muchas de las cuales no tienen precio, porque no cuestan nada, lo demuestra nuestra obsesión por aquellas cosas que compramos a un alto precio, dando más valor a lo que más dinero nos cuesta obtener. Sería absurdo si no fuera parte esencial de la estupidez de la sociedad de consumo en la que vivimos, corrompiéndonos con la avaricia, uno de los más terribles vicios que un ser humano puede adquirir

Ni la riqueza, ni la gloria, ni la salud, contienen más belleza y placer que los que les atribuye quien las posee, sentencia Montaigne. De la buena o de la mala fortuna no nos queda otra que aceptar lo que nos ofrece, sabiendo que en nuestra mano está controlar y decidir el bien o el mal que nos hace. Incluso en la desgracia de la poca fortuna está en nuestra mano encontrar la dicha, como demuestra si observamos con perspicacia, la desdicha en la que se mueven muchos de aquellos a los que la fortuna sonrió, sin embargo son incapaces de encontrar la paz de una buena vida. No toda opción es la estoica, claro está, Jonathan Swift, el irónico novelista irlandés se mofaba de la austeridad y el autocontrol de la moral estoica con una frase; el esquema estoico de colmar nuestras necesidades rebajando nuestros deseos es como cortarnos los pies cuando queremos unos zapatos. Dependerá de nuestro carácter y de nuestras creencias vitales y morales, aceptar una visión u otra.

El estoicismo surgió en tiempos convulsos, para aquellos que poco o ningún control tenían sobre su propia vida, ya fueran personas que sufrían indiscriminadamente las injusticias de los poderosos, a los que la mala fortuna de ver sus pueblos conquistados, o perder la libertad por su mala situación financiera, les abocaba a la esclavitud, o los poderosos, a los que su dinero, su gloria o su poder, no les evitaba el vacío de la pérdida de un ser querido, de la enfermedad, o de verse atrapados y devorados por la voracidad amoral del propio poder del que forman parte. Tal y como sucede hoy día, podríamos decir, sea uno un migrante que huye de la guerra, de la violencia, y del terror, o sea un antaño poderoso banquero sometido por la corrupción y la avaricia. Sobrevivir a la desdicha, incluso en la dicha, no nos viene de serie en nuestra frágil naturaleza humana, necesitamos brújulas que nos orienten, y anclas que nos eviten ser devorados por las tempestades que en la vida, como en la naturaleza, vienen y van a su antojo. El estoicismo, con su sobriedad, y con sus renuncias, es un manual para la supervivencia de un mundo que se nos revelará hostil, en un momento u otro de la vida. Hay otros manuales, igualmente válidos, menos resistentes a los deseos, y la felicidad, como existe la opción de renunciar a todo y dejarse arrastrar como rastrojos al viento por la vida. Tu carácter, tu personalidad, decidirán cual elegir, pero si eres un superviviente, nunca deberías dejar que eligieran por ti. No elegir, o que otros elijan por ti, no es sobrevivir, es malvivir.

 

 

 

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”