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'Gorillaz mantienen su frescura cambiando la fórmula'

Blog - Un blog para melómanos - Jesús Martínez Sevilla - Miércoles, 18 de Noviembre de 2020
Gorillaz – 'Song Machine, Season One: Strange Timez'
Portada de 'Song Machine, Season One: Strange Timez', de Gorillaz.
IndeGranada
Portada de 'Song Machine, Season One: Strange Timez', de Gorillaz.

Decir que 2020 ha sido un año extraño sería quedarse muy corto. Pero si había un grupo que pudiese encontrarse como en casa en este mundo caótico en el que la pandemia nos ha obligado a quedarnos en casa y usar aún más nuestros dispositivos digitales, ese era Gorillaz. La banda virtual nació hace ya casi dos décadas, y sin embargo el paso del tiempo solo ha hecho que su propuesta se haga más relevante en lo conceptual y en lo musical. Ya desde el principio, en su primer single, Gorillaz se han distinguido por unir diseños y tácticas promocionales vanguardistas con una música  innovadora y arriesgada, generando encuentros entre géneros que en su momento resultaban chocantes. A estas alturas de la película, en cambio, eso que hace un par de décadas desconcertaba se ha convertido en pop a secas, y la banda de Damon Albarn encarna (aunque sea en la pantalla) el zeitgeist musical como pocas otras.

La pregunta entonces se transforma en: ¿cómo seguir evolucionando como grupo si el panorama se parece cada vez más a lo que haces? La respuesta ha sido este pequeño invento, anunciado a principios de año: Song Machine, un proyecto audiovisual en el que cada mes  han lanzado un single colaborativo con artistas de lo más dispares, creando a la vez una especie de narrativa que conecta los videoclips

La pregunta entonces se transforma en: ¿cómo seguir evolucionando como grupo si el panorama se parece cada vez más a lo que haces? La respuesta ha sido este pequeño invento, anunciado a principios de año: Song Machine, un proyecto audiovisual en el que cada mes (aproximadamente) han lanzado un single colaborativo con artistas de lo más dispares, creando a la vez una especie de narrativa que conecta los videoclips. Así, un grupo caracterizado por el alto grado de unidad conceptual de sus discos (el mejor ejemplo sería el ecologista Plastic Beach, de 2010) se ha arriesgado a empezar un disco yendo canción a canción, sin saber a dónde iban a llegar ni siquiera con quiénes iban a poder trabajar. Una apuesta osada que, como pudimos ir viendo con cada nuevo single, ha dado sus frutos: las canciones que llegaban cada mes eran por lo general excelentes, y aunque la aparición de la pandemia dificultó el ritmo de producción de las mismas, también proporcionó un hilo conductor amplio que se plasma en ese título, Strange Timez (“tiempos extraños”).

Porque la culminación de este experimento ha sido finalmente un álbum de estudio, el primero de varios que van a hacer en este formato a juzgar por ese “Temporada uno” que acompaña al título. Y aunque el disco en su conjunto no sea tan sobresaliente como fueron la mayoría de singles sueltos, sí que es muy divertido. La introducción no podía ser más adecuada, con esa “Strange Timez” junto a Robert Smith de The Cure que marca el tono a través de sus psicodélicos teclados y de la entrada, mediada la canción, de la potente sección rítmica. Las referencias de la letra a la situación en Bielorrusia, por contra, le dan un punto de contacto con la realidad que el resto del disco más bien evita. Aunque en esta ocasión el álbum no tenga un concepto unificador como tal, la mayoría de letras se caracterizan por traslucir la necesidad de evasión ante la terrible situación en que nos encontramos, en muchos casos mediados por drogas u otras adicciones (como los videojuegos en “Pac-Man”).

La introducción no podía ser más adecuada, con esa “Strange Timez” junto a Robert Smith de The Cure que marca el tono a través de sus psicodélicos teclados y de la entrada, mediada la canción, de la potente sección rítmica

Después de este primer corte, sin embargo, encontramos un bache en “Valley of the Pagans”, con Beck. La canción tiene un ritmazo, eso es innegable, pero tanto la voz del californiano como la de Albarn suenan fatal, los efectos que distorsionan el sonido resultan invasivos y resulta menos sorprendente o emocionante que la mayoría de otras canciones. “The Lost Chord” tampoco me convence del todo: otra vez la combinación de bajo y batería atrapa, pero no puedo evitar sentir que el estilo entre el disco y el R&B del resto de la instrumentación y el tono de la voz de Leee John resultan más bien horteras. Pero desde aquí el disco no hace sino mejorar. “Pac-Man” con ScHoolboy Q recrea los sonidos del conocido videojuego, creando un aire juguetón sobre el que el rapero lanza un par de estrofas cargadas de personalidad. “Chalk Tablet Towers” es sin duda la mejor de las canciones que no han sido singles, y aunque la colaboración de St. Vincent no sea tan prominente u obvia como otras del disco, sus recurrentes coros (“Oh, oh, oh, oh-oh!”) son absolutamente adictivos.

En este punto entramos en la mejor fase del disco, caracterizada por la emoción que ha sido bandera del grupo desde siempre: la melancolía (no en vano una de sus canciones más populares se llama “On Melancholy Hill”). “The Pink Phantom” demuestra la capacidad para unir artistas dispares que tiene el proyecto. ¿Quién iba a pensar que una canción con Sir Elton John y el rapero y cantante de Atlanta 6LACK podía funcionar tan bien? Solo una balada posmoderna al piano como esta podía hacer que encajaran. Sus estilos vocales son radicalmente opuestos, pero esa última estrofa en la que sus voces y la de Albarn se superponen pone los vellos de punta. A continuación llega el momento de homenaje más descarado con “Aries”, una recreación punto por punto del sonido de New Order, incluido el inconfundible tono del bajo de Peter Hook. Al parecer, Albarn sabe cómo hacer que suene igual, pero se dio cuenta de que no tenía sentido que lo interpretara otra persona y llamó al mítico bajista para que lo tocara él mismo. Ya de paso, Hook cantó el estribillo, y Georgia contribuye también con esa batería tan ochentera (el toque de caja con un noise gate tan característico) que ayuda a plasmar el sonido original del grupo británico.

La tónica emocional sigue en “Friday 13th”, que pasa por el filtro Gorillaz los sonidos del dub reggae que tan bien encajan con el estilo del rapero Octavian (a quien, por cierto, esta misma semana han echado de su sello tras ser acusado de “abuso físico, verbal y psicológico” por su expareja). El eco que recubre la instrumentación transmite una falsa y oscura sensación de levedad que se corresponde con la letra sobre las consecuencias del consumo de drogas. Se corta aquí la buena racha del disco, desafortunadamente: “Dead Butterflies”, producida junto a Mike WiLL Made-It y con la participación de Roxani Arias y Kano, no termina de casar los distintos elementos que intenta unir. La estrofa de Kano es muy buena, pero suena extraña sobre esta base en la que unos tristes acordes de piano chocan contra una base de trap. Por suerte, se trata de un caso aislado: la siguiente pista, “Désolé”, con Fatoumata Diawara, se ha convertido en la canción más popular del disco por buenas razones. La progresión de la canción es ejemplar, con arreglos complejos que se van sumando poco a poco y que están mezclados a la perfección. La simplicidad estructural de la canción habla muy bien de la capacidad que tienen Gorillaz de enganchar con muy poco.

El álbum se cierra con el primer single, lanzado en el lejano mes de enero: “Momentary Bliss”, con slowthai y Slaves. El carisma arrasador del rapero británico (autor de uno de los mejores discos del año pasado y de un single extraordinario en este) pone un broche de oro al núcleo de este proyecto, expandido con nada menos que seis temas adicionales en la edición deluxe. Estos oscilan entre la divertidísima y bailable odisea que es “Opium”, con Earthgang, y las más bien anodinas colaboraciones con Joan As Police Woman y Moonchild Sanelly. Desde luego merece la pena darles una escucha, aunque sea por oír rarezas como la fusión del rap alternativo de JPEGMAFIA y el punk rock de las japonesas CHAI o la última colaboración de Tony Allen, batería de Fela Kuti, fallecido este año. En cualquier caso, se trata de canciones claramente menos trabajadas y centradas que esas primeras once que constituyen un disco muy notable, otro más, por parte de uno de los grupos esenciales del pop de este milenio. Yo por lo menos espero con ansias la segunda temporada de este Song Machine. Mientras mantengan este nivel, Gorillaz no tienen nada que temer: el futuro de la música se parece cada vez más a lo que ellos predijeron hace veinte años.

Puntuación: 8.1/10

Si quieres escucharlo, pincha en el siguiente enlace: Gorillaz – Song Machine, Season 1: Strange Timez

Imagen de Jesús Martínez Sevilla

Investigador en formación, trabaja en la Universidad de Granada. Le interesa hacer ciencia social comprometida, por lo que estudia la salud mental desde perspectivas despatologizadoras y transformadoras. Además, milita en colectivos de la ciudad. En sus ratos libres, escribe sobre música pop. (Osuna, 1992).