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'Pablo y los Ciervos Dorados: sensibilidad, cotidianidad y fantasía'

Blog - Un blog para melómanos - Jesús Martínez Sevilla - Miércoles, 23 de Septiembre de 2026
Pablo y los Ciervos Dorados – 'Vino'.
Portada de 'Vino', de Pablo y los Ciervos Dorados.
Discos Marcapasos.
Portada de 'Vino', de Pablo y los Ciervos Dorados.

Es automático: un año más, llega septiembre y en Humo Internacional se preparan para asaltar el panorama nacional. El viernes pasado fue el lanzamiento de Furar Hondo, el debut con el sello del aclamado artista underground asturiano Fernando Romero, alias from (un match made in heaven, si me preguntan). Hoy mismo han publicado su primer EP los granadinos iannis ANISAKIS, cuya combinación de sonidos industriales y electrónicos tiene una sorprendente vena pop soterrada bajo su ruidismo y experimentación constante. Para los próximos dos meses, se han anunciado trabajos de Fotocopia, Troya y el regreso de los también granadinos La U.R.S.S. Y dicen las malas lenguas que otros proyectos de los que por aquí somos muy fans también tienen ases guardados bajo la manga… Pero hoy de lo que toca hablar es de la primera de esta nueva hornada de publicaciones: el debut del trío pontevedrés Pablo y los Ciervos Dorados.

Formados en torno al Liceo Mutante, un mítico y ya desaparecido espacio DIY de su ciudad, este proyecto encabezado por Pablo Corbillón y completado por su hermana Elena y su amigo Muellin (más la reciente incorporación de otro amigo, Scott) viene con el aval de bandas tan esenciales para entender el underground de este país como Cuchillo de Fuego o Ramper

Formados en torno al Liceo Mutante, un mítico y ya desaparecido espacio DIY de su ciudad, este proyecto encabezado por Pablo Corbillón y completado por su hermana Elena y su amigo Muellin (más la reciente incorporación de otro amigo, Scott) viene con el aval de bandas tan esenciales para entender el underground de este país como Cuchillo de Fuego o Ramper. El tracklist de Vino, que es el título de este primer LP, puede recordar a los de estos últimos: sus siete pistas y 40 minutos se reparten entre canciones largas, con varias cercanas a los diez minutos, y otras muy breves, incluso de menos de un minuto. Lo que comparten todas ellas es un acercamiento muy crudo y esencial: un sonido folk-rock que recorre registros diversos, pero siempre desde una sencillez en las formas que deja que brille la emoción pura que se esconde en cada composición.

En este sentido, la forma de tocar el bajo y la batería que tienen Muellin y Elena, e incluso otros arreglos puntuales, como el órgano de “Vino”, el piano de “Canción de odio” o la trompeta de “Ciervo Dorado”, parece tener como principal objetivo sostener y dar un trasfondo efectivo a las interpretaciones a la guitarra y la voz de Pablo, que exhibe una gran plasticidad y una sobrecogedora capacidad expresiva con ambos instrumentos. La guitarra de “Canción de odio” tiene algo ominoso, oscuro, reforzado por el disonante piano a ritmo de vals; en cambio, los acordes que dan inicio a “Noche de San Juan” tienen tal pureza, suenan tan limpios, que sorprende el giro posterior hacia un ritmo trotón y una sonoridad desértica, propia de un western. Por su parte, los punteos de laúd y guitarra en “Te tengo a mi lado y no sé cómo hacerlo”, que parecen ir persiguiéndose mutuamente, tienen la capacidad de transportarte a otro lugar, a un espacio de ensueño; su reaparición al final de “Noche de San Juan” es una de las cimas emocionales del disco.

No soy el primero en señalar que, salvando las distancias, sus interpretaciones vocales recuerdan, por su amplitud de rango y su desnudez emocional, al poder incomparable de Jeff Buckley, y él mismo lo ha contado entre sus influencias

Y qué decir de su forma de cantar. La belleza inmaculada, la fe inquebrantable que transmite su voz en “Ciervo Dorado” (ayudada por los preciosos coros de Elena) contrasta con los aullidos de dolor cerca del final de “Canción de odio”; poco antes, en esa misma canción, la vulnerabilidad absoluta que se transparenta en su confesión de que “tengo miedo de mí” pone los pelos de punta, mientras que sus ebrios bramidos en “Vino” contagian sus deseos de perder el control como escape a la embrutecedora rutina del trabajo. No soy el primero en señalar que, salvando las distancias, sus interpretaciones vocales recuerdan, por su amplitud de rango y su desnudez emocional, al poder incomparable de Jeff Buckley, y él mismo lo ha contado entre sus influencias. Pero no hay aquí nada del acabado profesional y del maximalismo noventero de los temas más rockeros del estadounidense. En su lugar, como mencionaba antes, encontramos un sonido íntimo, rústico: incluso en los momentos de descontrol eléctrico, da la sensación de que nos estén tocando el álbum en una pequeña habitación a nosotros solos.

Volviendo a las canciones, los temas largos comparten el tener construcciones lentas y pacientes, al estilo slowcore, pese a contar con estructuras de estrofa-estribillo bastante reconocibles

Volviendo a las canciones, los temas largos comparten el tener construcciones lentas y pacientes, al estilo slowcore, pese a contar con estructuras de estrofa-estribillo bastante reconocibles. “Vino” y “Canción de odio” tienden más al clímax disonante y caótico y narran historias más reconocibles, cotidianas, mientras que “Noche de San Juan” y “Ciervo Dorado” suenan más folk (con toques country en el primer caso y un punto barroco en el segundo) y se mueven más en lo simbólico a nivel narrativo. En particular, “Noche de San Juan” me parece la canción más intrigante. Me da la sensación de que cuenta una historia partida en dos. Por una parte, tenemos al narrador en una realidad prosaica, hablando con otra persona a la que le unen muchas cosas, pero de la que le separan otras tantas; por otra, tenemos relatos cuasi fantásticos de viajes y animales, que suceden en un plano donde quedarse junto a la otra persona es una posibilidad; pero esto no deja de ser una fantasía (“cantor, no cantas las cosas como son/no dices la verdad con tu canción”). La coda, ese “te tengo a mi lado/y no sé cómo hacerlo”, nos devuelve a la triste realidad: hay silencios que no podemos deshacer con poesía.

Aunque Pablo ha dicho que no hay una sola historia común a todos los temas, sí pienso que hay un hilo conductor que atraviesa la mayoría de ellos al que ya he hecho referencia: un aire de ensoñación que las recorre, un juego con la frontera entre sueño y vigilia, entre fantasía y realidad

En ese sentido, aunque Pablo ha dicho que no hay una sola historia común a todos los temas, sí pienso que hay un hilo conductor que atraviesa la mayoría de ellos al que ya he hecho referencia: un aire de ensoñación que las recorre, un juego con la frontera entre sueño y vigilia, entre fantasía y realidad. En “Duermevela”, que casi suena a nana, este juego es explícito; en “Vino”, el alcohol es el pasaporte que permite la huida de un plano al otro; en “Noche de San Juan”, los planos van en paralelo; en “Ciervo Dorado”, nos lanzamos de lleno a la fantasía, a la capacidad para imaginar algo nuevo. Eso creo que simbolizan las referencias a canciones que están trenzadas en la memoria emocional de Pablo y de media España (Mecano, Los Secretos, Los Manolos): un espacio donde los sentimientos que tanto asustan en “Canción de odio” (“por tu culpa, por tu culpa, por tu gran puta culpa”, ruge Pablo, en uno de los raros momentos de agresividad del disco) puede transformarse en juego, en creación. Además, el cierre con esa inocente felicitación de cumpleaños titulada “23:59”, después de abrir con “Duermevela”, transmite la sensación de que ha transcurrido un día en el tiempo en que escuchábamos el álbum.

Vino consigue que sintamos que hemos vivido muchas cosas al lado de Pablo y los Ciervos Dorados en sus apenas cuarenta minutos

Así pues, Vino consigue que sintamos que hemos vivido muchas cosas al lado de Pablo y los Ciervos Dorados en sus apenas cuarenta minutos. Aunque sí que siento que los tres temas cortos son en cierto modo un pegamento que une las cuatro canciones largas, creo que les funciona. Y “Vino”, la canción, es uno de los singles del año: pocas veces he visto tan bien captadas la belleza y la fealdad simultáneas de la borrachera, el ego desatado y las delirantes visiones heroicas de uno mismo que puede llegar a inducir el alcohol en quien bebe para olvidar. En fin, Humo Internacional lo han hecho de nuevo: Pablo y los Ciervos Dorados son otra joya de la música nacional a la que el sello ovetense presenta en sociedad. Esperemos que sigan por este camino: no sé si alcanzarán al ciervo dorado, pero lo que encuentren por el camino merecerá ser escuchado.



 

 

Imagen de Jesús Martínez Sevilla

(Osuna, 1992) Ursaonense de nacimiento, granaíno de toda la vida. Doctor por la Universidad de Granada, estudia la salud mental desde perspectivas despatologizadoras y transformadoras. Aficionado a la música desde la adolescencia, siempre está investigando nuevos grupos y sonidos. Contacto: jesus.martinez.sevilla@gmail.com