'Phoebe Bridgers supera el duelo y se supera a sí misma'

Seis años son toda una vida en el mundo de la música; más aún en nuestros tiempos de economía de la atención y contenido de formato corto. Desaparecer durante tanto tiempo es lo contrario de lo que aconsejaría cualquier agente de la industria. Y quizás no sea justo decir que Phoebe Bridgers ha estado desaparecida: al fin y al cabo, su gran salto comercial llegó con the record (2023), el álbum de su supergrupo con Julien Baker y Lucy Dacus, boygenius. Pero han pasado seis años desde que salió Punisher (2020), uno de los discos definitorios del indie en lo que va de década, y Bridgers no ha sido fácil de seguir por sus redes o sus apariciones públicas. Según cuenta ella misma, los efectos alienantes de vivir como figura pública en esta era de hiperconexión algorítmica la han llevado a dar un paso atrás en ese plano.
En este disco, Bridgers se enfrenta a todos estos cambios vitales con la honestidad brutal que la caracteriza, componiendo algunas de las canciones más efectivas de su carrera y dejando auténticas perlas poéticas por el camino
Pero no es que no le hayan pasado cosas: al contrario, su vida ha dado varios vuelcos significativos. Aparte de ese salto al estrellato compartido con Baker y Dacus, su relación con el actor irlandés Paul Mescal, que iba camino del altar, saltó por los aires; empezó a salir con el cómico estadounidense Bo Burnham; y, sobre todo, su padre, a quien la unía un vínculo difícil, falleció, dándole un escalofriante halo premonitorio a la letra de su hit “Kyoto” (“I’m gonna kill you/if you don’t beat me to it”). Todos estos eventos dan forma de manera decisiva a Lost Weekend, el tercer LP en solitario de la californiana, cuyo título es una referencia simultánea a John Lennon y al alcoholismo de su padre. En este disco, Bridgers se enfrenta a todos estos cambios vitales con la honestidad brutal que la caracteriza, componiendo algunas de las canciones más efectivas de su carrera y dejando auténticas perlas poéticas por el camino.
No hay más que escuchar la primera estrofa de la primera canción, “The Outside”: “Crying in a suit and tie/but you should see the other guy”, entona Bridgers en una voz totalmente irreconocible gracias al vocoder, poniendo inmediatamente sobre la mesa el negrísimo humor que la caracteriza. La escena descrita es, por supuesto, el funeral de su padre; pero los recuerdos se distorsionan y fusionan en los siguientes versos (“One more time for old time's sake/I'll watch him get carried away:/fist through the drywall,/I'm frozen in place/but not afraid”), trasladándonos a una situación de violencia cotidiana que se conecta con el funeral a través de un hilo común: la disociación de Bridgers (“When I am on the outside/watching”). Esta incapacidad para experimentar su vida de manera directa afecta incluso a sus momentos felices, como el crowdsurfing que describe en la siguiente estrofa, y marca el tono de un disco que se recrea en esa sensación de irrealidad y distancia consigo misma. Ahí están versos icónicos como “I’ve been daydreaming about sleeping” (“Haunted”) o “That night I had a dream that I was sleeping” (“Other Plans”).
Es quizás la mayor exhibición de su poderío lírico, con ese estilo que combina magistralmente la mención de detalles mundanos con la profundidad filosófica, el lenguaje sencillo y sin florituras con el simbolismo, el sarcasmo con la sinceridad
Por otra parte, esas primeras referencias a su compleja relación con su padre anticipan la cruda exploración que lleva a cabo en “Still Standing”. En ella, la cantante narra discusiones y palizas (“I found her bleeding over the sink”) y expone su ambivalente reacción tanto a esa violencia (“I wasn't too young to understand,/I just didn't think it was so bad;/and it wasn't, in a way”) como a la muerte de su maltratador (“Feeling indifferent, wearing black./Sometimes I want you back,/but not today […] I can't imagine you dead,/but you are, every day./Thank you for everything”). Es quizás la mayor exhibición de su poderío lírico, con ese estilo que combina magistralmente la mención de detalles mundanos con la profundidad filosófica, el lenguaje sencillo y sin florituras con el simbolismo, el sarcasmo con la sinceridad. Es la misma ambigüedad que recorre “Never Going Back!”, donde esa idea de que nada volverá a ser como antes podría referir a la irreversibilidad de la muerte de su padre, pero también a la imposibilidad de reconciliarse con él aun en vida, tal como indica el mensaje de buzón de voz de su padre que oímos al final de la canción y que resulta tan tierno como pasivo-agresivo.
Y qué decir de “The Governor’s Waltz”, la canción que aborda de manera más directa su ruptura con Mescal: versos como “You had a nosebleed, you were in my way/and you didn't remind me of anything”, “I was too happy to feel at home”, “You deserved better, you wanted me” o “I’m next to you, you’re next to nothing” bailan constantemente entre la autocrítica furibunda y el dardo envenenado a su ex. Incluso los temas dedicados a Burnham presentan una tensión similar entre el agradecimiento puro y cierta dependencia siniestra: “And if you didn't like either one of my friends/I'd kill them, I'd kill them,/Bobby:/this could be the end of wanting,/I exist only if you're watching”, canta en “Bobby”. Pero este indudable talento lírico es solo una parte de lo que convierte a Bridgers en la cantautora más importante de su generación; lo que la distingue de otras contemporáneas suyas es la producción. En este sentido, al trilema, como se autodenomina el equipo formado por la propia Bridgers, Ethan Gruska y Tony Berg, se han unido aquí en labores de producción el omnipresente Jack Antonoff y el aplaudido Alex G.
Los resultados hablan por sí solos: Lost Weekend es un disco exquisito en el apartado sonoro, lleno de decisiones sorprendentes que ponen la piel de gallina
Los resultados hablan por sí solos: Lost Weekend es un disco exquisito en el apartado sonoro, lleno de decisiones sorprendentes que ponen la piel de gallina. Precisamente “Bobby” es una buena canción para ilustrarlo: la explosión de emoción de este tema funciona gracias a su eufórico ruidismo, que superpone sonidos orgánicos y sintéticos en un estilo que solo se me ocurre describir como shoegaze-folk. No es el único momento que me ha hecho ahogar un grito de sorpresa. La canción que da nombre al disco parece estar a punto de terminar sin que haya pasado gran cosa, apenas un órgano sintético tocando un solo acorde, cuando de pronto los rítmicos jadeos de Bridgers dan paso a un estallido de colorida folktrónica digna del Sufjan Stevens más experimental. Por su parte, “Kill Me” empieza como una balada dulce, aunque inquietante, hasta que, después de tres minutos y medio, se abre de par en par: suena un tambor como un abismo apareciendo a tus pies, una guitarra eléctrica ruge con una fuerza inusitada, la batería te arrolla y un coro espectral recita “se acabó” en persa una y otra vez.
La sensación que consiguen transmitir Bridgers y sus colaboradores con sus arreglos es que el disco está poblado de fantasmas
Así pues, la sensación que consiguen transmitir Bridgers y sus colaboradores con sus arreglos es que el disco está poblado de fantasmas. De hecho, hay dos momentos en el tracklist (al final de “Liberty Tree” y en “Lost Parade”) en los que la melodía de “Graceland Too”, la fantástica canción de Punisher, reaparece deformada, como interpretada por una comparsa de espíritus. Evidentemente, la fascinación por lo sobrenatural en parte responde a la pérdida de su padre; pero lo cierto es que es algo que ha atravesado toda su obra: no hay más que ver la portada de su debut, Stranger in the Alps. Lo que creo que es diferente en Lost Weekend es que esta obsesión suya se pone en relación directa con la tendencia a la disociación de la que hablaba en “The Outside”, llegando a una cierta resolución. De eso tratan las dos últimas composiciones completas del álbum. “I Can’t Wait” está atravesada por un bucle de voces incorpóreas, y en la primera parte Bridgers se presenta a sí misma como una aparición; sin embargo, después de afirmar que “I’m not good, but I’m better”, de repente nos encontramos con un exquisito pasaje de folk cristalino, en el que la californiana entona a dúo con Cameron Winter una letra sobre reconciliar las distintas partes de una misma (“All my life/side by side:/Hyde, Jekyll, Hyde,/finally together”).
Eso no significa que todos los problemas se hayan resuelto, sino que por primera vez siente que puede vivir con el conflicto en su interior
Entonces llega “As Above”, donde, después de recordar esa tendencia suya a la disociación (“I'm always lookin' for the exit”), Bridgers comienza a chillar por encima de un océano de cuerdas y efectos: “Whatever happens after, it doesn't matter:/you won't have to believe in magic,/leave it to me and I'll make it happen”. Estos versos conectan con otro tema de Punisher, “Chinese Satellite”; siempre ha habido una parte de Bridgers que ha querido creer en lo que no podemos explicar, y aquí, al fin, parece haber encontrado algo que le da la seguridad para hacerlo: la paz que le transmite su relación con Burnham. Eso no significa que todos los problemas se hayan resuelto, sino que por primera vez siente que puede vivir con el conflicto en su interior. Tal como lo enuncia ella misma, esta dualidad es algo inevitable, pero no trágico: “As above, so below;/as it was, so it goes”, esto es, todo se repite, todo se refleja; todo ocurre por un motivo, pero nada es tan importante.
Después de esto, el corte final es una vuelta a la canción titular, a la que añade una nueva estrofa, poniendo el broche al álbum al enlazar las reflexiones de las canciones anteriores con el duelo por su padre
Después de esto, el corte final es una vuelta a la canción titular, a la que añade una nueva estrofa, poniendo el broche al álbum al enlazar las reflexiones de las canciones anteriores con el duelo por su padre: “He's not coming back,/but I still live by the things he taught me,/like how to forgive when they're not sorry”. Hay cosas que no tienen solución, pero eso no implica que debamos vivirlas como condenas, como lo que define nuestras vidas. Quizás la canción que mejor capture ese espíritu de optimista resignación sea “Haunted”, cuya alegre instrumentación bluegrass adorna una melodía absolutamente adictiva; Bridgers parece estar reprimiendo la risa cuando nos cuenta, con travieso fatalismo, que “If you're gonna make a wish, then/you better be specific:/you're gonna have to live it every day”. Por no hablar de lo liberador que resulta ese pareado genial: “I have no secrets, only feelings,/and I know those go away./There is a difference between lying/and deciding what not to say”.
Estamos ante un álbum casi redondo, que tiene espacio incluso para el peculiar ambient-folk de “Panorama”
Ese aire tan juguetón convierte a “Haunted” en uno de los hits más claros del álbum, junto a “Bobby” y el single “Lost Boys”, cuyos fantásticos arreglos de viento hacen aún más pegadizo su estribillo. En fin, estamos ante un álbum casi redondo, que tiene espacio incluso para el peculiar ambient-folk de “Panorama”. “Other Plans” es el único tema que podríamos considerar mediocre, con su melodía plana y su estructura poco interesante. Y también es cierto que la racha inicial, desde “The Outside” hasta “Haunted”, es tan buena que los temas de la segunda mitad del álbum impactan menos en primera escucha, hasta que vas descubriendo sus encantos poco a poco. Por lo demás, Lost Weekend es un triunfo a todos los niveles. Incluso, quién lo iba a decir, a nivel comercial: el disco ha llegado al número 1 en ventas en Reino Unido y al número 2 en EE.UU. ¿Quién necesita seguir los dictados de la economía de la atención cuando se tiene este talento?
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Puntuación: 9.3/10
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