Un verano en el Parque de las Ciencias.

Sartre y el sentido de la vida

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 23 de Abril de 2017
Jean- Paul Sartre.
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Jean- Paul Sartre.

'Como todos los soñadores confundí el desencanto con la verdad'. Jean-Paul Sartre

¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Qué se espera de mí que haga? ¿Por qué son tan angustiosos y aburridos los domingos? ¿Por qué siempre se me olvida poner la muda de ropa interior en la maleta? Vale, las dos últimas preguntas son más propias de un guion de una película de Woody Allen, que de una reflexión metafísica sobre la angustiosa existencia de nuestra vida, pero  tampoco vamos a negar que ambas situaciones pueden ser igualmente agobiantes. El pensador danés Sören Kierkegaard abrió la espita del grifo de la angustia existencial al plantearse las amargas decisiones que continuamente nos vemos obligados a tomar en la vida, a la que venimos, no ya sin un pan bajo el brazo, como se decía antiguamente, sino sin manual de instrucciones que nos diga cómo ir resolviendo todos esos acertijos en los que se convierten las decisiones de nuestra vida, desde que en el jardín de infancia aquella hermosa niña nos preguntó si nos atreveríamos a besarla y nos quedamos paralizados ante tal aterrador reto. Y a partir de ahí, todo fue a peor.

Jean- Paul Sartre, el filósofo francés que recorrió las avenidas de la existencia durante los años más terroríficos del siglo XX, y nos transmitió toda su angustia vital en sus obras, recogió el guante lanzado por Kierkegaard, e intentó responder a esas preguntas que todos alguna vez hemos declamado a altas horas de la madrugada

Jean- Paul Sartre, el filósofo francés que recorrió las avenidas de la existencia durante los años más terroríficos del siglo XX, y nos transmitió toda su angustia vital en sus obras, recogió el guante lanzado por Kierkegaard, e intentó responder a esas preguntas que todos alguna vez hemos declamado a altas horas de la madrugada, algo perjudicados, mientras reflexionábamos sobre las p… que nos hacía nuestra vida. Su respuesta fue contundente y esclarecedora; no hemos venido a nada en especial en esta vida, porque nuestra naturaleza es la libertad; el hombre está condenado a ser libre. Una respuesta algo chocante, porque hasta el más afortunado de los seres humanos, no vamos a hablar ya de aquellos que en la historia de la humanidad han vivido, o viven, bajo el yugo de algún tipo de esclavitud, siempre se han sentido encadenados de una u otra manera. Pero no,  no hemos venido con manual de instrucciones por una cuestión muy sencilla; todos los objetos artificiales tienen una función concreta. Todos vienen con manual de instrucciones. Pero nosotros no, podemos decidir en qué nos convertimos y a qué nos dedicamos. Podemos elegir, siempre podemos elegir. Cada una de esas decisiones que tenemos que tomar es un ejercicio de libertad para Sartre.

Por mucho que nos quejemos de la falta de libertad, lo que estamos haciendo es renunciar a ella y dejar que otros elijan por nosotros, preferimos la comodidad de ser miembros de un rebaño y dejarnos conducir por los perros pastores, que decidir libremente nuestro propio camino

Por mucho que nos quejemos de la falta de libertad, lo que estamos haciendo es renunciar a ella y dejar que otros elijan por nosotros, preferimos la comodidad de ser miembros de un rebaño y dejarnos conducir por los perros pastores, que decidir libremente nuestro propio camino. Claro que ser libres no te garantiza ni que seas feliz ni que tengas éxito, pero es tu elección. En la doctrina del existencialismo del pensador francés, no hay nada nuevo en la base de este pensamiento. Los antiguos estoicos tenían claro que la vida puede ponerte las cadenas que quieras, que pueden encerrarte en una prisión real o virtual, atraparte en mil dependencias que impiden tu libre albedrío, pero hay un lugar al que nunca podrán controlar, si te resistes y ejerces tu voluntad de ser libre, para la que has nacido. Tu interior, tus pensamientos, tus deseos, tus sentimientos. Todos ellos los controlas tú en última instancia y si renuncias a hacerlo es por comodidad o miedo, lo que lleva ineludiblemente a la angustia, que tan importante papel jugaría en la filosofía sartriana; “¿Llegamos a disipar o a disminuir nuestra angustia? Lo cierto es que no podríamos suprimirla puesto que nosotros mismos somos angustia”

Un burócrata atrapado en un aburrido trabajo, siempre levantándose a las mismas horas, siempre respondiendo en una ventanilla a las mismas preguntas, siempre poniendo el sello a los mismos papeles, siempre llegando al hogar y coreografiando la misma y aburrida coreografía con su familia y amigos. Siempre quejándose de su falta de libertad, del sinsentido de su vida y del aburrimiento eterno en el que vive. Sartre diría que en realidad este personaje actúa con mala fe, pues es él mismo, el que ha renunciado a la libertad de aprender otras coreografías y qué diablos, por qué no, inventarse algunas de su propia creación.

“El existencialismo es humanismo”, decía Sartre, y lo es, porque descubrimos que no hay nadie que realmente pueda, en última instancia, responsabilizarse de nuestros actos, salvo nosotros mismos, y eso es lo que nos lleva a la angustia; escribía en su obra más famosa, El ser y la nada: “La angustia se distingue del miedo en que el miedo es miedo de los seres del mundo, mientras que la angustia es angustia ante mí mismo”.

Esta angustia se acrecienta por la naturaleza social del ser humano, cada acción resulta un ejemplo para todos aquellos que nos rodean, si actuamos con sinceridad. Si decidimos vivir una vida como la del aburrido burócrata, esperamos que los demás nos sigan, porque creemos que es lo adecuado. Si decidimos salir cada noche a divertirnos sin temor a las consecuencias, también de una manera u otra estamos lanzando un mensaje ejemplarizante a todos aquellos que nos conocen, diciéndoles, qué estáis haciendo con vuestra vida sin divertiros tanto como yo. Pero no hay elecciones colectivas de este calibre sobre cómo vivir, porque cada uno hemos de hacerlo por nosotros mismos, sin depender de los demás. En última instancia eres libre, hasta para seguir un ejemplo concreto u otro, o no seguir ninguno. No hay forma de renunciar a la libertad, pues incluso en la sumisión de dejar que otros elijan por nosotros, hay una elección libre que en su momento tomamos, de rendirnos.

'El existencialismo es humanismo', decía Sartre, y lo es, porque descubrimos que no hay nadie que realmente pueda, en última instancia, responsabilizarse de nuestros actos, salvo nosotros mismos, y eso es lo que nos lleva a la angustia

El existencialismo no es sino la toma de conciencia de la preeminencia de la existencia sobre la esencia, de aceptar que primero estamos aquí en este mundo tan caótico y tan lleno de posibilidades, de encrucijadas, de éxitos y fracasos, y que luego está la esencia, aquello en lo que queremos convertirnos, aquellas funciones que queremos desempeñar. Un objeto privilegia la esencia sobre la existencia, nace con una función concreta y existe por ella. Si el ser humano privilegia la esencia sobre la existencia y suprime la libertad de elegir qué queremos ser, destruimos aquello que nos dota de sentido, quizá del único sentido por el que merece la pena vivir. Puede que así acallemos la angustia que permanente nos acosa en las elecciones que hemos de tomar, sobre qué hemos de hacer en nuestra vida, pero al acallar esa angustia, nos encadenamos, y el precio es demasiado alto. Siempre demasiado alto.

Simone de Beauvoir escribió una magistral reflexión en El segundo sexo sobre el existencialismo. Es falso, una terrible mentira, la que se ha contado a cada mujer que ha nacido, sobre el papel que debían desempeñar en nuestra sociedad; como madres, como compañeras, como esposas, como trabajadoras, en su estética, en su forma de sentir o en su forma de vivir el sexo. Se les atribuía la esencia antes que la existencia, se les atribuida una función que habían de cumplir si querían encajar en nuestra sociedad. Se las objetivaba, mientras el hombre era libre de elegir, a la mujer se le venía a decir que si querían ser mujeres debían cumplir con los papeles que les asignaban los hombres. Pero la libertad también tiñe la existencia de cada mujer, y por tanto son responsables de rechazar esos roles y elegir en cada momento como quieren existir, como quieren amar, como quieren vivir el sexo, la familia, las relaciones, el trabajo. No son objetos, no vienen con una función que hayan de cumplir para satisfacer su papel en la sociedad, como ningún otro ser humano.

No es de extrañar que durante la mágica década de los sesenta del pasado siglo XX cada joven occidental se sintiera de una manera u otra atraída por esta filosofía que les devolvía algo a lo que las generaciones anteriores parecían haber renunciado, la libertad de existir cada uno a su manera, y no es de extrañar que los lobos que dirigen los rebaños se sintieran, y se sientan, tan amenazados por esta manera de pensar. En el mito de Sísifo Albert Camus hacía una metáfora muy acertada sobre la vida humana;  castigado por engañar a los dioses a subir eternamente una roca por la ladera de la montaña, que después volvía a caer y tenía que iniciar de nuevo el proceso, Sísifo, aceptaba el castigo, sin miedo. Pues nada hay más precioso que aceptar la carga de una vida sin sentido sabiendo que a cada instante tienes la libertad de dotarte de un nuevo sentido, equivocado o no, pero libre.

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”