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'Tales de Mileto y el desinterés por la filosofía y las lenguas clásicas'

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 21 de Noviembre de 2021
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'Al sabio Tales, oh Zeus, raptaste del estadio mientras a unos juegos gímnicos asistía. Te alabo por haberle conducido cerca de las estrellas que el anciano ya no podía ver desde la tierra'. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos.

La filosofía ha ido perdiendo progresivamente lustre en nuestro país. De vez en cuando asoma algún artículo o alguna entrevista en algún medio de comunicación relacionada con la filosofía, pero es solo la excepción que confirma la regla; escasos oasis en el desierto acrítico en el que estamos convirtiendo la educación en nuestra sociedad. Una educación en saberes inútiles, imprescindible para sobrevivir en tiempos tan líquidos como los actuales, a pesar de la presión de los mercados para desvalorizar este tipo de conocimientos. Así vagamos sin rumbo.  Hace ya tiempo que nuestros gobernantes la han ido incluyendo, junto a otros clásicos saberes, latín o griego por ejemplo, en el baúl de cosas inservibles, sin saber muy bien qué hacer con ellos. Degradando estos conocimientos como poco prácticos, inservibles o caducos, a la vez que una generación tras otra se educa aprendiendo el sentido de la vida a través de influencers que te venden el agua en el que se bañan, literal y figuradamente. Así ellos se hacen millonarios, y sus seguidores más idiotas. La filosofía, aprender latín, griego u otros saberes arcaicos, estará pasado de moda, y será más o menos útil para hacer videos en Tik Tok o subir historias a Instagram, pero desde luego, si para algo sirve es para vacunarse contra la idiotez reinante, y así evitar que no solo te conviertas en idiota, sino que también contagies de idiotez a los demás.

 La filosofía, aprender latín, griego u otros saberes arcaicos, estará pasado de moda, y será más o menos útil para hacer videos en 'Tik Tok' o subir historias a Instagram, pero desde luego, si para algo sirve es para vacunarse contra la idiotez reinante, y así evitar que no solo te conviertas en idiota, sino que también contagies de idiotez a los demás

¿Alguien cree que un adolescente educado en esas lenguas muertas, en la ética o en la filosofía, caería en la vacuidad de los bulos que colonizan el entorno en el que vivimos? No, por la sencilla razón de ser educados en un conocimiento que no sirve para nada, porque sirve para todo, entre otras cosas dotarles de las herramientas críticas para manejarse en un mundo cada vez más caótico y sometido a pulsiones que desafían la razón. No tan diferente de aquél en que los primeros filósofos occidentales decidieron que la razón era la mejor manera de comprender el mundo, y no aquellas narrativas míticas que preferían la explicación sobrenatural a la búsqueda de causas en la naturaleza. Hoy día los mitos son estas absurdas narrativas basadas en la ignorancia y en el odio que pretenden sustituir a la razón, porque siempre es más sencillo dejar que otros piensen por nosotros, que el arduo camino de la búsqueda crítica del conocimiento por uno mismo. La dicotomía es la misma, entre la razón y el sentido común del que nos dota la filosofía, y la superstición y la ignorancia, adopten la forma que adopten, mitos en la antigüedad, desinformación, desconfianza en la ciencia, bulos de las redes sociales, y demás mitos en la actualidad. Pero para ello, para sobrevivir al caos y al dominio ajeno, es necesario el esfuerzo de aprender a pensar,  a tener criterio propio, y el aprendizaje de la filosofía, del griego, del latín, entre otras sabidurías ahora consideradas prescindibles, es de los pocos conocimientos que te preparan para ello. Todos los demás son útiles, pero sin el soporte de este tipo de saberes, deambulan desorientados y sin anclaje racional.

Poco importa que el aprendizaje de estas llamadas lenguas muertas, en las que escribieron, vivieron y respiraron aquellos que son el cimiento de nuestra cultura y sociedad, eduque a los adolescentes en el conocimiento y aprendizaje de las semillas de nuestro propio lenguaje, ampliando exponencialmente nuestra capacidad para comprender el mundo que nos rodea, expandiendo los horizontes de los conceptos con los que aprehendemos la realidad, con los que nos comunicamos. Todo  esto se desvaloriza a un ritmo vertiginoso, no importa dominar ni conocer el origen de nuestro lenguaje, de los conceptos con los que explicamos nuestra realidad y nos comunicamos, los símbolos que dotan de sentido a  nuestra cultura. Al igual que no importa aprender a cuestionar, dudar, preguntar, inquirir, investigar. Lo que importa es adecuar el horizonte mental del futuro títere en el que salen convertidos los adolescentes y los jóvenes a un mercado laboral sin alma, o lo que es peor, sin corazón. No es nada nueva esta manera de pensar. Ya en su propio origen, la filosofía occidental se vio obligada a justificar ante sus contemporáneos su utilidad.

Todo  esto se desvaloriza a un ritmo vertiginoso, no importa dominar ni conocer el origen de nuestro lenguaje, de los conceptos con los que explicamos nuestra realidad y nos comunicamos, los símbolos que dotan de sentido a  nuestra cultura

El propio Tales de Mileto, al que se considera el primero de siete sabios presocráticos, que no eran realmente siete, sino veintidós, pero esa es otra historia, fue objeto de burla al reírse de él por caerse en un profundo pozo al ir deambulando descuidado, ensimismado en sus cábalas filosóficas. Se ensañaban porque le criticaban por dedicarse a una tarea que no era práctica. Aunque si examinamos los éxitos de su vida, resulta que a lo mejor sí que su incipiente peregrinaje filosófico le sirvió de algo.

Tales nació hace más de dos mil seiscientos años en Mileto. Mileto era una ciudad situada en la costa jónica del mundo antiguo, la actual Turquía, de influencia helenística, y básicamente una ciudad comercial que cimentaba su éxito en servir de puente comercial entre las Ciudades Estado griegas y el Imperio Persa.  El llamado primer filósofo occidental era hijo de padres fenicios, y el carácter comercial y abierto al mundo de su ciudad le permitió viajar, conocer mundo y familiarizarse tanto con la ciencia de la navegación como con la matemática y astronomía de los reinos circundantes del Mediterráneo. Como decíamos, los rumores en su época alababan la buena cabeza del personaje, pero le criticaban que no tuviera éxito práctico. Recordemos que su ciudad destacaba por dedicarse a ganar dinero a espuertas gracias al comercio entre dos mundos. Hasta que uno de ellos, el persa, arrasó la ciudad, pero esa también es otra historia.

Era pues una sociedad donde lo práctico era ganar dinero. A Tales le sucedía como hoy día a todos aquellos interesados en la filosofía, el griego, el latín, el arte, o las matemáticas puras, ansiaba el conocimiento por el mero placer del conocimiento. Anteponía el valor cualitativo al cuantitativo. No estaba obsesionado por hacerse rico y nadar en una abundancia que no podría llevarse a la tumba. Pero, como también sucede hoy día, eso no implica que ese conocimiento que otros consideraban poco práctico, o inútil, no le sirviera para dar alguna lección a sus contemporáneos sobre su arrogancia.

A Tales no parece que le gustará especialmente este tipo de prácticas poco limpias, pero se ve que se hartó de que se rieran del escaso valor de su cabeza llena de pájaros, y del poco dinero que tenía

Aristóteles narra una significativa anécdota: gracias a sus conocimientos teóricos predijo la llegada de una abundante cosecha de aceitunas, cuando nadie se lo esperaba. En el momento más bajo del mercado alquiló casi todas las almazaras de la ciudad, para luego realquilarlas a precio mucho más alto cuando llego la explosión de cosecha de aceitunas. Como vemos, la especulación no es algo inventado por el mercado financiero. A Tales no parece que le gustará especialmente este tipo de prácticas poco limpias, pero se ve que se hartó de que se rieran del escaso valor de su cabeza llena de pájaros, y del poco dinero que tenía.

Sobre todo destacó como ingeniero, aplicando con sabiduría práctica todos aquellos conocimientos matemáticos que había ido adquiriendo en su peregrinaje por el mundo civilizado conocido; entre otras hazañas científicas, memorables para la época, destacan su habilidad para, en medio de una guerra, desviar el curso del río Halys, para permitir el paso de tropas aliadas. Midió la altura de las pirámides de Egipto calculando su sombra y comparándola con la sombra de otro objeto que pudiera medir físicamente, utilizando cálculos geométricos. Fue quien, según Diógenes Laercio en su  Vidas de los filósofos, dividió el año en 365 días, y aún más importante para su época, y la prosperidad y seguridad del comercio marino de su ciudad, descubrió la importancia de la Osa Menor para ayudar a guiar la navegación.

En filosofía se le suele estudiar como aquél que dijo que el elemento primordial de la naturaleza, el arké, era el agua. El agua es igual a la vida. Hoy día podemos sonreír displicentemente por esta especulación, pero en esa época tratar de explicar la realidad a través de causas naturales y no por la intervención divina de los dioses, era un significativo avance, que dio lugar a una época de esplendor racional durante siglos de los que, aún hoy día, nuestra sociedad se beneficia.

Conocer la historia de Tales nos enseña, entre otras cosas, que la disyuntiva no se encuentra entre lo teórico y lo práctico, entre lo presuntamente inútil y lo presuntamente útil, entre lo que proporciona beneficios materiales y lo que distraídamente nos lleva a caer en los pozos de la ignorancia de la gente. El saber de disciplinas como la filosofía, el griego, el latín, el arte,  tiene valor, como el amor o la generosidad, porque no tienen precio. Porque no es mesurable, ni debe serlo. Renunciar a la filosofía, o al aprendizaje de estos arcaicos saberes, puede que nos permita hacernos más ricos, o no, pero lo que es seguro, es que renunciar a ellos nos vuelve más idiotas. Es nuestra elección, ¿qué preferimos para nuestra sociedad?  Porque como decía Stuart Mill: es mejor ser un humano insatisfecho que un cerdo satisfecho; mejor ser Sócrates insatisfecho que un necio satisfecho.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”