'Triángulo de Amor Bizarro, a pecho descubierto'

Blog - Un blog para melómanos - Jesús Martínez Sevilla - Miércoles, 27 de Mayo de 2026
Triángulo de Amor Bizarro – 'Mi catedral'.
Portada de 'Mi catedral', de Triángulo de Amor Bizarro.
Discos Marcapasos.
Portada de 'Mi catedral', de Triángulo de Amor Bizarro.

Soy el tipo de aficionado a la música que considera lo más normal del mundo afirmar que Triángulo de Amor Bizarro son el mejor grupo español de las dos últimas décadas. Lo expreso así porque esta idea, que parece un lugar común en ciertos círculos, es de hecho una percepción relativamente de nicho. TAB no tienen un público masivo, aunque desde luego haya crecido mucho desde sus inicios; hay una gran cantidad de “grupos de guitarras” que han surgido en la última década que tienen una proyección mucho mayor. Eso sí, su prestigio crítico ha sido consistente desde el primer disco: cada álbum que han sacado ha sido aplaudido a rabiar, incluyendo el último, SED (2023). Para mí, no obstante, este LP fue el primero en el que a la banda de Boiro se le vieron las costuras. Por un lado, porque por primera vez se les colaron en el tracklist canciones claramente mediocres. Por otro, porque, después de reinventarse y encontrar nuevos lenguajes en cada uno de sus primeros cinco largos, aquí empezaba a haber un reciclaje de ideas tanto en las letras como en lo sonoro. Así pues, a muchos fans este disco nos dejó mal sabor de boca.

Su primera publicación con el sello fuera una versión en castellano del tema que les dio nombre, “Bizarre Love Triangle”, de New Order, que sonaba casi calcada a la original, me parecía una exploración demasiado obvia de su propia mitología, lo que alimentaba todos mis temores

Las noticias posteriores, además, no daban muchos motivos para el optimismo. Primero llegó la marcha de Zippo, guitarrista, teclista y hype man oficial que llevaba con el grupo desde la gira de Año Santo. Ya en formato trío, la banda se embarcó en una gira por su vigésimo aniversario que, aunque ciertamente tenía un formato fascinante[1], cabía interpretar como un primer paso hacia convertirse en un legacy act, un grupo cuyo atractivo y poder viene de lo que hicieron en el pasado y no de lo que pueden llegar a hacer. Por último, se anunció que Triángulo de Amor Bizarro había firmado por Sonido Muchacho, lo cual, meses después de que nombraran a Luis Fernández como co-director general de Universal Music Spain, parecía algo así como la capitulación definitiva del mundo discográfico independiente español ante las majors. Que, además, su primera publicación con el sello fuera una versión en castellano del tema que les dio nombre, “Bizarre Love Triangle”, de New Order[2], que sonaba casi calcada a la original, me parecía una exploración demasiado obvia de su propia mitología, lo que alimentaba todos mis temores.

Se trata de un álbum muy aventurado en lo sonoro, afilado en lo lírico y, ante todo, valiente

Afortunadamente, Mi catedral ha resultado ser algo muy diferente a lo que esperaba. En términos generales, se trata de un álbum muy aventurado en lo sonoro, afilado en lo lírico y, ante todo, valiente. De hecho, la portada, en la que por primera vez sale el propio grupo, me parece una declaración de intenciones: este disco pretende ser una muestra de lo que son capaces de hacer tres personas armadas solo con sus instrumentos y su rabia. El grupo se ha lanzado a hacer cosas que nunca habían hecho: hay cuerdas y pianos, hay aplicaciones de la teoría musical y de nuevas técnicas instrumentales, hay combinaciones de lo orgánico y lo sintético mucho más complejas que las ensayadas hasta ahora. Lo cierto es que estos experimentos no siempre les salen bien, pero la sensación es diametralmente opuesta a la que dejaba SED: aquí se percibe a una banda con hambre y perfectamente orientada en torno a lo que quieren hacer.

La excelente melodía vocal está arropada por una batería atronadora, una guitarra luminosa y una línea de bajo sublime, y los giros compositivos (¡ese silencio casi completo a los dos minutos!) mantienen en todo momento la viveza de la canción

Esto es especialmente evidente en la cara A, y la primera canción ya nos lo muestra: “SMT en el Palacio Real” empieza con casi tres minutos de dramáticos acordes de piano en modo frigio, mientras Isa dibuja perturbadoras imágenes en las que la tecnología digital se funde físicamente con nuestros cuerpos (“el cobre y el plomo se mezclan con la carne”). Cuando por fin entra la banda al completo, el brutal rugido noise se siente como un huracán. Incluso para un grupo que siempre ha tocado a todo trapo, la potencia de esta segunda mitad es prodigiosa. Acto seguido, el grupo saca su cara más pop sin perder ni un ápice de garra con “Diosas adolescentes”. La excelente melodía vocal está arropada por una batería atronadora, una guitarra luminosa y una línea de bajo sublime, y los giros compositivos (¡ese silencio casi completo a los dos minutos!) mantienen en todo momento la viveza de la canción. Más adelante, “Media Vida” suena claramente como su homenaje a Model/Actriz, y lo cierto es que consiguen recrear la urgencia oscura y erótica de la propuesta de los de Boston desde sus propias coordenadas.

La canción tiene un punto de delirio, de sueño lúcido, y yo por lo menos lo compro por completo.

Después llega “BBBMV a.r.m.a.s.”, otro tema sorprendente que empieza con un bucle de sintes antes de introducir un ritmo de batería constante, unas guitarras borrosas y gigantescas y unos sintes vibrantes que flotan sobre todo lo demás. Las armonías vocales de Isa y Rodrigo ponen los pelos de punta a poco que escuchas la letra, que habla sobre el genocidio en Palestina de manera oblicua, poética, pero escalofriante (“la estrella separa sus puntas/y convergen en excavadoras”; “nubes de drones llevan nuestros nombres”). A continuación, la experimentación llega a su culmen con “Matar a un Rey”: primero un violín sibilante y tenso, a medio camino entre la Velvet Underground y “Baba O’Riley”, dialoga con la guitarra mientras la batería se pone completamente frenética. Después hay una transición en la que las cuerdas se vuelven solemnes mientras Rodrigo cuenta la historia de Luigi Mangione con una ambigüedad moral deliciosa; al final, un ritmo motorik sostiene unos sintes juguetones y unas cuerdas ominosas mientras unos coros repiten una y otra vez “matar a un CEO, colgar a un rey”. La canción tiene un punto de delirio, de sueño lúcido, y yo por lo menos lo compro por completo.

A partir de este punto, sin embargo, empiezan a sucederse cortes que me resultan menos convincentes

A partir de este punto, sin embargo, empiezan a sucederse cortes que me resultan menos convincentes. “Mi catedral” y la final “Sacrificio”, por ejemplo, son otras dos buenas demostraciones del talento de estos tres para componer hits de pop ruidoso, pero en este caso reaparecen los caminos ya andados, las referencias ya conocidas. Sobre todo en la segunda de ellas: la paleta sonora vuelve a ser un homenaje a The Cure, como lo era “Vigilantes del espejo”, mientras que la letra y la melodía recuerdan a sus propios temazos de pop ocultista, como “Baila Sumeria” o “Barca quemada”. “En la corte del E.” vuelve a introducir cuerdas y piano, pero aquí me parece que no termina de funcionar tan bien; que además la letra referencie la única canción de la primera cara que me resulta algo aburrida, “Odio a mi generación”, con ese estribillo más bien gris y plano que repiten en exceso, no ayuda. “Este contra Oeste” sí que me parece genial, un petardazo de energía power pop y toneladas de fuzz que llega directo al cerebelo. “La era chapada en oro”, en cambio, empieza muy bien, pero para mí pierde brío con el paso de los minutos: le falta algo de variedad a las estrofas y el puente es meramente correcto.

Y luego llega el momento más llamativo de todo el disco: “Pat a trenca”. Este tema parece haber deleitado a muchos fans, pero confieso que a mí no me convenció como single y tampoco me convence ahora.

Y luego llega el momento más llamativo de todo el disco: “Pat a trenca”. Este tema parece haber deleitado a muchos fans, pero confieso que a mí no me convenció como single y tampoco me convence ahora. De inicio, la guitarra acústica y el uso recurrente de lo que parece un acordeón recuerdan mucho a “Something in the Way”; poco a poco, la canción va creciendo, incorporando unas cuerdas sentimentales, una guitarra distorsionada, una batería inmensa y unos coros. Y aunque la letra, que cuenta una historia real de la vida de Rodrigo en la que unos niños se rebelan contra el autoritarismo y la violencia de un maestro, me gusta mucho (“no vamos a olvidar/está muerto el dictador”), la grandilocuencia con la que la adornan a mí me choca un poco viniendo de un grupo que nunca ha pecado en ese sentido. Lo cual, además, afecta al confuso cierre emocional del disco: cuando acaba “Pat a trenca” y empieza la mencionada “Sacrificio”, la sensación que queda es la de haber pasado a un bonus track, y tanto una como otra canción terminan dejándome más frío por culpa de esta sucesión algo extraña.

Dicho todo lo cual, hay algo que sí ha cambiado a mejor en mi percepción de “Pat a trenca”: en el contexto de este álbum, me parece otro ejemplo más (aunque para mí sea el menos exitoso) de los intentos de Triángulo de Amor Bizarro de encontrar nuevas formas de decir lo que quieren decir. Recupero de nuevo la reflexión sobre la portada: ahí están los tres, a pecho descubierto, instrumentos en mano, cogiendo lo que más ruido hace con toda su fuerza, usando la única herramienta que tienen para enfrentarse a este jodido mundo. No, Mi catedral no es una obra maestra, pero es el sonido de un grupo inconformista en lo artístico y contestario en lo político reencontrándose con el impulso que los ha animado durante más de dos décadas. Eso por aquí se celebra.

Llamadas:


[1] Y, todo hay que decirlo, en el concierto en que yo los vi en Madrid fueron una apisonadora, a pesar de haber perdido a Zippo. Es más, las canciones de Año Santo sonaron increíblemente frescas, totalmente renovadas.

[2] A quienes además ya habían homenajeado descaradamente en “Estrella solitaria”.fasdsa

Imagen de Jesús Martínez Sevilla

(Osuna, 1992) Ursaonense de nacimiento, granaíno de toda la vida. Doctor por la Universidad de Granada, estudia la salud mental desde perspectivas despatologizadoras y transformadoras. Aficionado a la música desde la adolescencia, siempre está investigando nuevos grupos y sonidos. Contacto: jesus.martinez.sevilla@gmail.com