Antonio Ruz Romero, un militar de honor
Queridos familiares de represaliados, compañeros y compañeras, vecinas y vecinos de Granada:
Nos convoca hoy aquí el peso de la memoria, pero, sobre todo, este es un profundo acto de amor, de justicia y de dignidad colectiva; un acto en defensa de la democracia, la libertad y la justicia social, que hoy está siendo amenazada en nuestro país y en el mundo.
Hoy, 20 de julio, noventa años después del golpe de Estado perpetrado por generales traidores a la República y a España, que ensangrentó y fracturó nuestra tierra, estoy aquí de pie frente a estas tapias no solo como una ciudadana más o como una representante pública. Estoy aquí con el orgullo de una familia, para que nunca caiga en el olvido impuesto el nombre, la vida y el sacrificio de mi tío abuelo, y de tantos asesinados como él: el capitán del Ejército en la reserva, miembro de la Agrupación Socialista de Granada y secretario general provincial de UGT, Antonio Ruz Romero.
Para los verdugos que firmaron su sentencia, fue solo un nombre más en una lista de ejecuciones rápidas en la madrugada del 2 de agosto de 1936. Pero para nosotros, y para la historia real de Granada, Antonio Ruz Romero fue mucho más
Para muchos, la historia oficial redujo su vida a un expediente frío: la Causa sumarísima número 33/36. Para los verdugos que firmaron su sentencia, fue solo un nombre más en una lista de ejecuciones rápidas en la madrugada del 2 de agosto de 1936. Pero para nosotros, y para la historia real de Granada, Antonio Ruz Romero fue mucho más. Él fue un hombre de ciencia, un militar de honor que se mantuvo leal al juramento dado a la República y un defensor incansable de la libertad y de la justicia social. Nació en el año 1890, ejerció la carrera militar hasta el año 1933, pasando con posterioridad a la vida política, afiliándose a la Agrupación Socialista de Granada, que hoy yo tengo el inmenso honor de dirigir. Siendo militar obtuvo el rango de capitán en la Fábrica de pólvoras de El Fargue como maestro de personal de material de Artillería. Con posterioridad, también fue empleado del departamento de Licencia de Armas en el Gobierno Civil.
Casado con Amalia de las Quintas García, tuvieron cinco hijos, tres varones y dos mujeres. Mientras trabajó como militar en la fábrica de pólvoras de El Fargue, vivió en las mismas dependencias de la fábrica donde existían viviendas para los oficiales, cuando causó baja en el ejército para incorporarse a la vida política se mudó a la calle Ángel, muy próximo al hoy Palacio de Los Patos. Allí vivió con su familia hasta el día de su fusilamiento.
Como he dicho, Antonio Ruz Romero era Capitán del Cuerpo de Artillería, hasta 1933, que decidió dar un paso al frente en la política y dejó el ejercito activo. Un hombre que entendía el valor de la disciplina, del deber y, por encima de todo, de la lealtad al orden constitucional de la República que había jurado defender. Su formación técnica y su valía le llevaron a ejercer como maestro de personal y técnico en un lugar neurálgico para nuestra provincia: la histórica Fábrica de Pólvoras y Explosivos de El Fargue.
Allí, entre el estruendo de las máquinas y el olor a azufre, Antonio no se limitó a su labor técnica. Miró a los ojos de la clase trabajadora y comprendió sus luchas. Por eso, dio un paso al frente y asumió la responsabilidad de ser dirigente provincial de la Unión General de Trabajadores (UGT) en Granada y militante de la Agrupación Socialista. El capitán del ejército se fundía así con el obrero, rompiendo las barreras de clase para construir un país más justo.
Mencionar hoy a El Fargue no es un detalle menor. No podemos entender la muerte de mi tío abuelo sin hablar de la tragedia y el castigo que sufrió la Fábrica de Pólvoras
Mencionar hoy a El Fargue no es un detalle menor. No podemos entender la muerte de mi tío abuelo sin hablar de la tragedia y el castigo que sufrió la Fábrica de Pólvoras. El Fargue era la joya de la corona militar y el motor industrial de Granada. Cuando se produce el golpe militar fascista, los golpistas sabían que controlar la fábrica era vital para asegurar el éxito del alzamiento en el sur.
Pero se encontraron con un obstáculo insalvable para sus planes de tiranía: la inquebrantable conciencia de sus trabajadores.
La respuesta de los militares sublevados contra los obreros de izquierdas de El Fargue fue de una crueldad metódica, obsesiva, feroz. Se desató una auténtica cacería humana. La posterior e infame Causa 103 de 1936 es el reflejo escrito de ese ensañamiento: decenas de compañeros de mi tío abuelo, metalúrgicos, químicos, peones y sindicalistas de la UGT, fueron perseguidos, torturados y hacinados en prisiones provisionales bajo acusaciones falsas de sabotaje.
Se calcula que al menos 170 trabajadores de la Fábrica de El Fargue terminaron fusilados, muchos de ellos arrojados a las fosas del Barranco de Víznar y Alfacar y otros tantos ejecutados aquí mismo, contra estas frías piedras de la tapia del cementerio de San José. Querían extirpar de raíz la conciencia de clase en la fábrica. Querían que la pólvora que antes servía para la defensa de la patria, ahora se fabricase bajo el látigo del terror y el silencio de los fusilados.
Mi tío abuelo, el Capitán Antonio Ruz Romero, fue una de las primeras y más destacadas piezas que los sublevados quisieron cobrarse para descabezar esa resistencia.
El 20 de julio de 1936, tal día como hoy hace noventa años, Granada amaneció sitiada por el miedo. Antonio, demostrando el temple de su rango de capitán y la coherencia de su militancia de izquierdas, no buscó un escondite seguro. Acudió con determinación al Gobierno Civil en la calle Duquesa (hoy Facultad de Derecho). Se mantuvo al lado de las autoridades legítimas, intentando defender la legalidad que el pueblo se había dotado en las urnas.
Ese día, en el Gobierno Civil (hoy Facultad de Derecho), se encontraban reunidos cinco dirigentes de formaciones del Frente Popular, Virgilio Castilla Carmona (Presidente de la Excma. Diputación de Granada), César Torres Martínez (Gobernador de Granada), Juan José Santa Cruz y Garcés (Ingeniero y exdiputado), Enrique Marín Forero (Abogado) y Antonio Ruz Romero (Oficial militar retirado y dirigente socialista en el Comité del Frente Popular de Granada). Mientras se celebraba esa reunión, fuerzas de Falange Española y fuerzas del Ejército sublevado ocuparon el edificio del Gobierno Civil y detuvieron a los allí presentes. Posteriormente, los golpistas reunieron pruebas incriminatorias, la mayoría de ellas inventadas, lo que les llevó a ser sometidos a un juicio sumarísimo. Construyeron una burda mentira alegando que Antonio y sus compañeros estaban armados e intentaron abrir fuego contra las tropas de ocupación. Aquello no era un juicio; era un guion de muerte ya escrito. Fueron condenados a pena de muerte en Consejo de Guerra celebrado el uno de agosto, por el absurdo delito de "rebelión militar".
¿Rebelión militar? ¡Qué paradoja tan cínica e hiriente! Un capitán del ejército regular que defendía la legalidad, la República y a su Gobierno Civil, condenado por rebelión por aquellos que acababan de traicionar sus juramentos militares y de alzarse en armas contra su propio pueblo.
A las 06:00h de la mañana del dos de agosto de 1936 fueron fusilados en las tapias del cementerio de San José. Tenía tan solo 46 años cuando la metralla segó su vida. El Registro Civil de Granada lo apuntó días después con una gélida frialdad de burócrata: "fallecido a consecuencia de disparos de fuego".
Su hermano recogió su cuerpo de las tapias, y se lo llevó a su viuda en su propio vehículo, para poder velarlo en su casa de la calle Ángel y darle digna sepultura
Por suerte, su hermano Baltasar, maestro armero de la fábrica del Fargue y mi abuelo, pudo interceder por él para darle digna sepultura, hecho este que también le supuso más de un problema, llegando incluso a tener que ocultarse para no ser asesinado igualmente. Su hermano recogió su cuerpo de las tapias, y se lo llevó a su viuda en su propio vehículo, para poder velarlo en su casa de la calle Ángel y darle digna sepultura.
Tras su muerte, la vida para su mujer y sus cinco hijos cambió radicalmente, como es de imaginar. Al no poder afrontar el alquiler donde vivían, se mudaron a Escudo del Carmen, junto a la calle San Matías, piso muy pequeño, interior, todo el día con la luz encendida, sin comodidad alguna, sin baño. Allí, el hijo mayor abandonó a su suerte a la familia para irse a Zaragoza, las dos hijas fallecieron por enfermedad con poco más de veinte años y los dos hijos pequeños tuvieron que abandonar los estudios y ponerse a trabajar en la Fundición Castaño, junto al Puente Verde, para mantener a la familia. Mucho dolor entre esas cuatro paredes, sufrimiento y muerte. Tierra.
Cada mañana, cuando salgo de casa para ir a trabajar al Ayuntamiento de Granada, donde tengo el inmenso honor de servir a mis vecinas y vecinos como portavoz del grupo socialista y secretaria general de los socialistas de Granada, atravieso esa misma calle. Atravieso la calle Escudo del Carmen, paso por delante de esa misma corrala hoy rehabilitada para apartamentos turísticos. Cuanto dolor hay detrás de esas paredes.
Cada día, al caminar por esa calle adoquinada, no puedo evitar pensar en el compromiso de tantos por el juramento dado, por la democracia y por la justicia social, que los llevó a la muerte, Pienso en el dolor de aquella viuda que esperaba el cuerpo de su esposo. No puedo evitar pensar en el valor de mi abuelo cargando con el cuerpo de su hermano asesinado. Y, sobre todo, no puedo evitar recordar la enorme responsabilidad que llevo sobre mis hombros. Mis pasos cotidianos hacia el Ayuntamiento, hacia la defensa de la palabra, de la democracia y de la justicia social en el pleno municipal, son el hilo conductor de un compromiso que no terminó con la muerte.
Hoy, compañeros y compañeras, estamos aquí para decirles a aquellos verdugos, y a los nietos de los verdugos, que fracasaron.
Fracasaron porque el olvido no ha ganado la batalla, porque somos muchos los que no vamos a olvidar nunca, y somos muchos los que no vamos a permitir que pase nunca más.
Cada iniciativa que defendemos en el Ayuntamiento, en cualquier institución democrática, en nuestras agrupaciones y asociaciones, cada derecho que protegemos, es un homenaje vivo a Antonio Ruz Romero y a los trabajadores de El Fargue, a los cargos públicos que se mantuvieron fieles a la República y al mandato de las urnas, a los miles de trabajadores que lucharon por un país mejor y más justo
Fracasaron porque hoy, los familiares de los fusilados caminamos libres, defendemos las siglas y los valores del partido por el que él dio la vida, y seguimos alzando la voz en las instituciones democráticas que ellos quisieron destruir con tanques y fusiles. Cada iniciativa que defendemos en el Ayuntamiento, en cualquier institución democrática, en nuestras agrupaciones y asociaciones, cada derecho que protegemos, es un homenaje vivo a Antonio Ruz Romero y a los trabajadores de El Fargue, a los cargos públicos que se mantuvieron fieles a la República y al mandato de las urnas, a los miles de trabajadores que lucharon por un país mejor y más justo, y que por ello fueron encarcelados, torturados, asesinados.
Pero hoy, de nuevo, la sombra del fascismo se apodera de nuestras instituciones. Se empeñan en el olvido, en la equidistancia, en la impunidad, cuando no hay mitad de camino entre la democracia y la dictadura. O se está a un lado, o se está en el otro lado. Cuando el PP y Vox impulsan las llamadas leyes de Concordia, lo que realmente están buscando es un negacionismo a todo lo que pasó, un revisionismo de que pasaron cosas en ambos lados. Lo que realmente pasó fue un golpe militar de traidores a su juramento de defensa de la República que quisieron eliminar materialmente a aquellos que no pensaban como ellos. No hay revisionismo posible, no es posible la equidistancia, como pretende hacer los dirigentes del Partido Popular en su sometimiento al fascismo de Vox.
Llamamiendo a la unidad de la izquierda: "Hoy todos y todas somos antifascistas"
Hoy más que nunca, compañeros y compañeras, hago un llamamiento por la unidad de las fuerzas de izquierdas contra el fascismo que se está apoderando de nuestras instituciones, de nuestras calles, de nuestra juventud. Compañeros y compañeras, hoy 90 años después, es nuestra responsabilidad parar la ola de ultraderecha con más unidad, con más acción, con más izquierda. No hay otro camino. Hoy todos y todas somos antifascistas.
Hoy, el nombre del capitán Antonio Ruz Romero no habita en las sombras de una tumba ni en el silencio temeroso de una casa asustada. Su nombre y el de los miles de asesinados siguen reclamando justicia y memoria en esta tapia del cementerio.
Compañeros asesinados, compañeras asesinadas, vuestra lucha sigue viva. Luchemos juntos.































