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Artículo de opinión por Álvaro Salvador

Calor, tormentas, terremotos y mentiras

Ciudadanía - Álvaro Salvador - Miércoles, 19 de Agosto de 2026
Un artículo de Álvaro Salvador sobre el agitado verano que estamos viviendo.
Un termómetro urbano, este verano, marcando 46 grados.
IndeGranada
Un termómetro urbano, este verano, marcando 46 grados.

¿Por qué los órganos oficiales y los medios de comunicación mienten cuando informan de las temperaturas que hemos padecido cada día? ¿Nos creen tontos a los ciudadanos? ¿No saben que tenemos termómetros y podemos usarlos y leerlos? Cuando se pregunta o se protesta, nos dicen con un tono que parece querer perdonarnos la vida que las mediciones se toman en aeropuertos, estaciones u observatorios, y que los termómetros que ellos mismos han colocado en las calles de nuestras ciudades suelen estar estropeados. O bien que están expuestos al sol y por eso aumentan la temperatura real, como si nuestros cuerpos no estuviesen expuestos al mismo sol. Es posible que la razón para estas manipulaciones sea la de proteger nuestra principal industria veraniega: el turismo. Está claro que si se declara que en Sevilla la temperatura ha subido a casi cincuenta grados, nadie va a querer visitar el infierno. Por eso la temperatura de Sevilla, que ya en mayo se acerca a los cuarenta grados, en pleno verano está por debajo de la de Córdoba e incluso debajo de la de ¡Granada! Los justos conformistas, llenos de buenísmo condescendiente afirman que es verano y que en el verano siempre hizo calor. Sí, me acuerdo con nitidez de mis veranos infantiles y adolescentes en Granada y de no poder dormir ni una sola noche por el insoportable calor tropical que nos torturaba un días tras otro. Las historias que algunos desmemoriados cuentan de tener que llevarse una rebequita al cine de verano Albéniz, Alameda o Vergeles y la colchita que había que extender en la noche para no pasar frío de madrugada, son leyendas urbanas. Nunca ocurrió esto, en la Alhambra nos achicharrábamos como ahora al acudir al Festival Internacional de Música y Danza.

En el verano es también lo normal que haya tormentas, sobre todo en agosto: “tormentas de verano” que siempre ayudaron a refrescar el ambiente insoportable. Como esas tormentas que hemos tenido estos días, en las que de improviso surgían unas nubes que parecían guiadas por una mano invisible que las iba colocando sobre nuestros campos y nuestras ciudades y les hacía descargar una tromba de agua en la que el cielo parecía abrirse en canal, acompañando el diluvio con tremendas explosiones que han hecho vibrar cristales e incluso muros, todo adornado de súbitos relámpagos iluminadores del apocalipsis general. Y sus consecuencias: ríos de barro arrasando pueblos y barrios periféricos, cortando las carreteras, haciendo desaparecer los caminos y los cultivos. Tormentas de toda la vida.

Usted que me lee ¿ha asistido alguna vez a un simulacro de emergencia sísmica? ¿En su trabajo, en su comunidad, en un edifico institucional, en el colegio? Yo he trabajado durante cincuenta años en una institución y solo he asistido a ¡un! ensayo de evacuación por terremoto. ¡Uno!

En Granada el fin de semana pasado, toda esta mezcla meteorológica se vio aderezada por un nuevo baile geológico: otro enjambre sísmico. Y los argumentos son los mismos, tanto de parte de las autoridades como de los medios: Granada es una zona sísmica y de siempre lo ha sido y, por lo tanto, sus edificios como y sus ciudadanos están preparados para una emergencia sísmica. ¿De verdad? El ensanche de la ciudad comenzó en los años cincuenta y hasta bien entrados los ochenta no se dictó una normativa obligatoria para construir edificios con medidas antisímicas. Es decir, más de la mitad de los edificios de la ciudad no tienen estructuras que puedan resistir un terremoto fuerte, de siete grados o más en la escala Richter. En cuanto a la preparación de los ciudadanos… Usted que me lee ¿ha asistido alguna vez a un simulacro de emergencia sísmica? ¿En su trabajo, en su comunidad, en un edifico institucional, en el colegio? Yo he trabajado durante cincuenta años en una institución y solo he asistido a ¡un! ensayo de evacuación por terremoto. ¡Uno! De otra parte, el relato del historial sísmico en Granada está hecho de omisiones y olvidos sospechosos. Se habla sí, del famoso terremoto de Arenas del Rey y Alhama en 1884, que destruyó casi en su totalidad las dos localidades; se confunde el terremoto de 1956 con un supuesto terremoto de 1954 en Dúrcal u otro supuesto de 1955 en Armilla (¿?) y en ninguno de los casos se dice que en 1956 el terremoto destruyó el pueblo de Albolote y dañó seriamente los de Atarfe y Maracena, cobrándose varias vidas. En cuanto a los enjambres, hablan del acaecido hace poco en 2021 que se manifestó durante varios días, con algún temblor de cuatro grados que alarmó a la población, pero todas las instituciones y medios (incluido el Instituto Geográfico Nacional) ignoran el enjambre de 1979 que se mantuvo desde marzo a septiembre de ese año, con dos o más terremotos alarmantes cada día, hasta el punto de que las personas se marchaban todas las noches a dormir en los descampados (todavía había descampados en muchas zonas de la ciudad) bajándose incluso los colchones a la calle. ¿Cómo se va a nombrar este suceso en una ciudad tan turística como lo es hoy en día Granada? Es más, al hecho de que haya habido desde el sábado por la mañana hasta la mañana del lunes casi cien temblores pequeños, varios un poco más inquietantes y un terremoto mayor que el de 1956, se le discute el título de enjambre sísmico. Toda la vida ha habido terremotos en Granada, pero mejor hablar de ello bajito y asegurar que existen medidas y precauciones que nadie ve por ninguna parte.

Álvaro Salvador (Granada, 1950) es catedrático emérito de la Universidad de Granada. Ha publicado trece libros de poemas entre los que podemos destacar  Las Cortezas del Fruto (Madrid, l980, Granada 2022), El agua de noviembre  (Granada, l985), La condición del personaje Granada, l992), Ahora, todavía (Sevilla, Renacimiento, 2001), La canción del outsider (Madrid, Visor, 2009) por el que obtuvo el Premio Generación del 27, Diario de Firenze (Granada, 217), Un cielo sin salida (Sevilla, 2020) y los volúmenes antológicos Suena una música (Valencia, Pre-Textos, 1996 y Sevilla, Renacimiento, 2008), POPoemas (Granada, 2014) y Caras B (Granada, 2019).

Junto a Luis García Montero y Javier Egea promocionó a comienzos de los ochenta la tendencia poética bautizada como Otra Sentimentalidad, germen de la posterior poesía de la experiencia. Ha publicado además dos novelas, algunos libros de ensayo, varias obras de teatro y dos libros de aforismos, Después de la poesía (Almería, 2006) y La vida no te espera (Sevilla, 2014). De 2004 a 2008 colaboró como columnista con el diario La Opinión de Granada.
 
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