'Las certezas'

No existen las pandillas de viejos. La amistad es algo que se vive en su plenitud durante la infancia y la juventud. Ahí se construía sin ser nosotros muy conscientes. Solía forjarse en entornos sucios, bancos llenos de mugre, escalones de hormigón, placetas con grafitis, campos de fútbol de los que castigan las rodillas. Los vínculos nacían en el cole o en el barrio, pero también después de peleas crueles, malentendidos o encuentros fortuitos. Una camiseta gris de Cola-Cao, zapatillas sin marca conocida, un chicle compartido, un mote bien puesto. Era una moneda al aire en un entorno mucho más libre que el de ahora. Había menos padres, menos higiene y más calle.
Ahora, hasta los más tiesos se hacen un degradado cada 10 días y van a la moda
Al menos, así era antes. Ahora el tema se ha complicado porque los chavales no se miran entre ellos. Dan toda su atención a sus celulares. Están menos tiempo fuera y van mucho más limpios. Ya no llevan el pelo largo y despeinado ni la ropa que han heredado de sus hermanos mayores. Ahora, hasta los más tiesos se hacen un degradado cada 10 días y van a la moda.
Hoy, obligamos a los niños a ser amigos de los hijos de nuestros amigos porque nos hace mucha ilusión y nos da seguridad. Así parece que la amistad se eterniza y que todo encaja como un guante en nuestras vidas perfectas de telecomedia americana de los noventa.
Yo siempre he sospechado que eso no se puede forzar. La amistad es absolutamente libre y transita su propio camino. Sus razones son un misterio. De hecho, la mayoría de mis amigos no lo serían si los conociera hoy.
Pero da mucho placer tener un grupo, formar parte de algo, ser importante en tu pequeño círculo de salvajes. Estar en una multitud protegido por tu gente, sin miedo a no tener con quien hablar, sin tener que mirar el móvil fingiendo que estás ocupado. No es estar con los tuyos; es estar con los tuyos frente a todos los demás. Primitivo y un poco animal pero es una sensación maravillosa.
Casi nadie triunfa en una pandilla de amigos normal. Y si triunfa, se va. Los éxitos son individuales pero las pandillas colectivizan el fracaso. Es uno de sus encantos.
Por supuesto, es menos emocionante ver a las mismas personas una y otra vez, un año tras otro, pero reconforta. A veces aburre pero gusta. Es la fuerza de la costumbre y el orgullo de que te vean siempre con los mismos. De vez en cuando apetece conocer a alguien nuevo, pero son pequeñas infidelidades que se perdonan rápido. Estos amantes fugaces vienen y van de un grupo a otro. No tuvieron suerte o no quisieron tenerla. Pronto comprenden que ahí no es. Y los de siempre se quedan. Son muy obstinados. El penas, el perdido, el pasivo agresivo, el inmaduro, el dependiente, el deprimido... Casi nadie triunfa en una pandilla de amigos normal. Y si triunfa, se va. Los éxitos son individuales pero las pandillas colectivizan el fracaso. Es uno de sus encantos.
No te piden exclusividad total pero te comes todas sus manías y defectos. Los toleras una y otra vez. No reprochas, o lo haces poco. Es como una relación de pareja pero siendo todos felices. Si alguna vez me hubiera casado, lo habría hecho con alguno de mis amigos, pero no quería perderme la tensión, la ansiedad y la frustración que ofrece el amor romántico.
Para mí, la cumbre de la relación amistosa, la prueba definitiva de la comunión absoluta y no sexual entre dos personas, es estar solo con tu amigo sin hablar ni una palabra
Para mí, la cumbre de la relación amistosa, la prueba definitiva de la comunión absoluta y no sexual entre dos personas, es estar solo con tu amigo sin hablar ni una palabra. Sin tener que decir nada porque no le tienes que demostrar lo simpático, agradable y maravilloso que eres todo el tiempo. Es estar completamente convencido de que después de ese silencio infinito todo seguirá exactamente igual entre vosotros. Esa clase de certeza no se consigue muchas veces en la vida.
Ya os habéis elegido, para bien o para mal. No hay marcha atrás. Algo que parece tan sencillo pero que se tarda décadas completas en conseguir. Que no se compra con dinero. Que se construye a cada minuto. Que es indestructible y te acompañará a la tumba. Puedes beber de su vaso sin preguntar, pedirle dinero sin preocuparte por lo que piense, permitirle que se ría de tu familia. Puedes darle una colleja si te apetece, no darle las gracias por todo y obviar cualquier regla básica de decoro a su lado. Las ventajas son innumerables.
Hoy, cuando milagrosamente nos reunimos todos, perdemos 30 años de golpe. Pasamos a ser niñatos y a introducirnos en el papel que teníamos cuando todo empezó. Y eso es embriagador.
Te haces viejo y esos encuentros empiezan a oler a Varon Dandy. Se habla más de lo que hicimos que de lo que vamos a hacer.
Pero te haces viejo y esos encuentros empiezan a oler a Varon Dandy. Se habla más de lo que hicimos que de lo que vamos a hacer. Ya no son grandes festivales ni días completos de fiesta y alcohol. Es una torta de chocolate en un banco o una tónica en una cafetería deprimente. Arañando minutos como podemos. Mañana tengo médico, mi madre está fatal, le pillé un vaper al niño. Esos temas. Pero está bien; me conformo. Todo suma. Poco tiempo puede ser muchísimo con la persona adecuada.
Cuando eres pequeño no lo sabes, pero estás eligiendo sin darte cuenta a la gente que te acompañará toda la vida. Eso es mucha responsabilidad para un niño. Así que supongo que es cuestión de azar. Si pudiera hablar con aquel crío le diría que lo hiciera todo exactamente igual. Descubre el mundo con ellos, ríete todo lo que puedas, envejece a su lado. Cuida a tus amigos, chaval.


















































