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artículo por joan carles march

Cuando perder la casa también enferma

Ciudadanía - Joan Carles March - Sábado, 26 de Septiembre de 2026
El caso de Maricarmen recuerda que un desahucio no es solo la pérdida de una vivienda: puede afectar a la salud física, mental y social de las personas, especialmente cuando se trata de mayores. Un artículo imprescindible del experto en Salud Pública Joan Carles March.
Maricamen sale en camilla tras ser desahuciada.
RTVE
Maricamen sale en camilla tras ser desahuciada.

Maricarmen tiene 87 años y llevaba unos 70 viviendo en la misma casa. El miércoles salió de ella en camilla, después de que se ejecutara su desahucio. Su hogar había sido durante décadas mucho más que cuatro paredes: era su lugar de seguridad, sus recuerdos, sus rutinas, sus vínculos, una parte de su propia historia.

No es una afirmación retórica. Existe evidencia científica que lleva años mostrando que la inseguridad residencial y los procesos de desahucio tienen consecuencias sobre la salud física y mental

Y ahí está una de las claves que solemos olvidar cuando hablamos de desahucios. Perder una vivienda también significa perder salud.

No es una afirmación retórica. Existe evidencia científica que lleva años mostrando que la inseguridad residencial y los procesos de desahucio tienen consecuencias sobre la salud física y mental.

En Granada, un grupo de investigadores de la Universidad de Granada y de la Escuela Andaluza de Salud Pública estudió a 205 personas que estaban viviendo procesos de desahucio. Los resultados fueron especialmente preocupantes: el 88% presentaba niveles patológicos de ansiedad y el 91% de depresión. También se encontraron niveles elevados de estrés postraumático. Las mujeres presentaban niveles más altos de ansiedad y depresión. Son cifras de hace unos años, pero el problema que describen sigue siendo plenamente actual. 

Porque un desahucio no empieza necesariamente el día en que una persona abandona su casa. Empieza mucho antes. Empieza con la incertidumbre. Con las cartas. Con las llamadas. Con el miedo a no poder pagar. Con no saber dónde se vivirá dentro de unas semanas o unos meses. Con las noches sin dormir. Con la preocupación por los hijos. Con la sensación de que se pierde el control sobre la propia vida. Y ese proceso sostenido de incertidumbre también tiene consecuencias.

La casa como espacio de seguridad

En una persona mayor, el impacto puede ser todavía mayor. Una casa no es solamente un lugar donde dormir. Es donde se han construido recuerdos, relaciones, rutinas y autonomía. Es el espacio que permite saber dónde están las cosas, quién vive alrededor, dónde comprar, con quién hablar, cómo organizar cada día.

La literatura psicológica señala que una situación así puede generar un duelo complejo, ansiedad anticipatoria, depresión y una profunda sensación de inseguridad. En las personas mayores, además, la pérdida del hogar puede tener un impacto especial por la cantidad de vida y de experiencias asociadas a ese espacio

Cuando todo eso desaparece de forma abrupta, no estamos hablando únicamente de un cambio de domicilio. Estamos hablando de una ruptura biográfica.

En el caso de Maricarmen, la salida en camilla hizo visible algo que normalmente queda oculto: la vulnerabilidad que puede producir la pérdida del hogar.

La literatura psicológica señala que una situación así puede generar un duelo complejo, ansiedad anticipatoria, depresión y una profunda sensación de inseguridad. En las personas mayores, además, la pérdida del hogar puede tener un impacto especial por la cantidad de vida y de experiencias asociadas a ese espacio.

Por eso el acompañamiento no debería empezar después del desahucio. Debería empezar mucho antes.

El cuerpo también acusa el golpe

Cuando hablamos de desahucios pensamos rápidamente en salud mental. Y con razón. Pero el impacto es más amplio.

Las investigaciones realizadas en Granada mostraron también una peor percepción de la salud y una mayor presencia de problemas físicos entre las personas afectadas por estos procesos. En un estudio con personas en riesgo de perder su vivienda se encontró una probabilidad muy superior de declarar una salud deficiente y una mayor presencia de enfermedad cardiovascular respecto a la población general andaluza.

Quienes sufren un desahucio suelen encontrarse en situaciones de mayor vulnerabilidad económica y social. Pueden existir desempleo, pobreza, problemas familiares, enfermedades previas, dificultades para acceder a los servicios o redes de apoyo insuficientes

La explicación no está en una única causa. Quienes sufren un desahucio suelen encontrarse en situaciones de mayor vulnerabilidad económica y social. Pueden existir desempleo, pobreza, problemas familiares, enfermedades previas, dificultades para acceder a los servicios o redes de apoyo insuficientes.

Precisamente por eso hablamos de determinantes sociales de la salud. La salud no depende solamente de lo que hacemos dentro de nuestro cuerpo. Depende también de las condiciones en las que vivimos. Y tener una vivienda estable es una de ellas.

Un riesgo que también puede llegar al extremo

Hay un dato que conviene mencionar, aunque no debería convertirse en el centro de la historia.

Pero sí nos dice algo importante: hay personas para las que la amenaza de perder su vivienda alcanza niveles de sufrimiento psicológico que pueden llegar a ser extremos. Y eso convierte el proceso de desahucio también en una cuestión de prevención y de salud pública

En otra investigación de personas amenazadas de desahucio, el 46,7% presentó algún nivel de riesgo suicida según el instrumento utilizado: bajo, moderado o alto. El estudio encontró además que una mayor duración del proceso de desahucio se asociaba con mayor riesgo y que el apoyo social actuaba como un elemento protector.  Este dato requiere prudencia. No significa que un desahucio provoque un suicidio. El suicidio es un fenómeno multicausal y no puede establecerse una relación causal simple a partir de estos datos.

Pero sí nos dice algo importante: hay personas para las que la amenaza de perder su vivienda alcanza niveles de sufrimiento psicológico que pueden llegar a ser extremos. Y eso convierte el proceso de desahucio también en una cuestión de prevención y de salud pública.

¿Qué hacemos desde la salud?

Aquí aparece una pregunta incómoda. ¿Qué ocurre cuando una persona llega a Atención Primaria con insomnio, ansiedad, depresión, dolor o un empeoramiento de una enfermedad crónica y detrás de todo eso existe una amenaza de desahucio?

Podemos tratar el síntoma. Podemos recetar. Podemos derivar. Pero si no preguntamos por las condiciones de vida, quizá no lleguemos a la raíz del problema.

Podemos tratar el síntoma. Podemos recetar. Podemos derivar. Pero si no preguntamos por las condiciones de vida, quizá no lleguemos a la raíz del problema.

Por eso incorporar preguntas sobre inseguridad residencial en determinados contextos puede ser útil. No para convertir al profesional sanitario en trabajador social o abogado, sino para detectar una situación que puede estar condicionando la salud y activar los recursos adecuados.

La respuesta tampoco puede ser exclusivamente sanitaria. Necesita vivienda, servicios sociales, salud, comunidad y apoyo psicológico trabajando juntos. Porque una persona que está a punto de perder su casa no necesita únicamente que alguien trate su ansiedad. Necesita también que alguien se pregunte por qué está ansiosa y qué podemos hacer para reducir la causa de ese sufrimiento.

Prevenir también es proteger

La historia de Maricarmen debería servir para algo más que para conmovernos durante unos días. Debería ayudarnos a pensar en prevención. En detectar antes. En acompañar antes. En evitar que la amenaza se prolongue durante meses o años. En prestar especial atención a las personas mayores, a quienes viven solas, a quienes tienen enfermedades crónicas, discapacidad o problemas de salud mental. Y en reforzar las redes comunitarias.

Porque la investigación de Granada ofrece otra enseñanza importante: el apoyo social importa. Cuando las personas cuentan con redes de apoyo, el riesgo disminuye. Esto también es salud pública

Porque la investigación de Granada ofrece otra enseñanza importante: el apoyo social importa. Cuando las personas cuentan con redes de apoyo, el riesgo disminuye. Esto también es salud pública.

La vivienda es un determinante de salud

Quizá haya llegado el momento de dejar de considerar la vivienda como un asunto separado de la salud. La vivienda es donde dormimos. Donde nos recuperamos de una enfermedad. Donde cuidamos. Donde crecen los niños. Donde envejecemos. Donde mantenemos nuestras relaciones. Donde construimos buena parte de nuestra identidad.

Por eso, cuando una persona pierde su casa, no pierde únicamente un espacio físico. Puede perder seguridad, autonomía, vínculos, rutinas y bienestar

Por eso, cuando una persona pierde su casa, no pierde únicamente un espacio físico. Puede perder seguridad, autonomía, vínculos, rutinas y bienestar.

Maricarmen nos lo ha mostrado de una manera especialmente dura. Pero detrás de su historia hay muchas otras personas que quizá no salen en televisión, no generan imágenes y no tienen cientos de personas delante de su portal. Personas que viven meses con miedo. Personas que dejan de dormir. Personas que enferman. Personas que necesitan ayuda y no siempre saben dónde encontrarla.

Por eso la pregunta no debería ser solamente cuántos desahucios se producen. También deberíamos preguntar: ¿Cuántas personas enferman durante el proceso? ¿Cuántas desarrollan ansiedad o depresión? ¿Cuántas empeoran sus enfermedades crónicas? ¿Cuántas dejan de pedir ayuda? ¿Cuántas pierden sus redes? Y, sobre todo, ¿qué podríamos haber hecho antes?

Porque desde la perspectiva de la salud pública, evitar que una persona pierda su hogar también puede ser una forma de prevención. Y quizá esa sea una de las lecciones más importantes que nos deja el caso de Maricarmen: una vivienda no es solamente un techo. También es salud.