'Los domingos'

Dicen los estudios que los jóvenes de ahora beben menos. Que ya no necesitan emborracharse. Por lo visto, ahora solo vapean, miran el móvil y hablan raro, pero pasan del alcohol. Los lobbies del brebaje alcohólico hacen sus proyecciones y la flecha mira claramente hacia abajo. Es un misterio al que en las tertulias le andan buscando origen porque, en principio, parece algo bueno. Y a todas las generaciones les cuesta asumir que lo que viene es mejor.
A mí me da un poco de pena porque, al despreciar el calimocho, los chavales se pierden uno de los momentos catárticos de nuestra generación. De alguna manera, si no has tenido una buena resaca no te has conocido, no has vivido, no has visitado el mismísimo infierno y has vuelto para contarlo.
Yo no me fío de alguien que nunca ha tenido una resaca. La resaca no es un estado físico; es un planeta. Es una conversación. Es un idioma. La resaca se comenta, se comparte, se exagera. Te vence, te humilla y, una vez superada, te hace mejor. Es una intoxicación que te cambia y te moldea como individuo. Tener una resaca de morir es una paso evolutivo necesario, un escalón más en nuestro miserable tránsito por el universo. Después ya no eres el mismo.
A los veinte fue un estornudo. Una molestia ligera que se curaba en la calle, con un serranito y un jijí jajá. A los cincuenta es una demolición. Anarquía física, tormento mental. Una enfermedad terminal de 72 horas
A los veinte fue un estornudo. Una molestia ligera que se curaba en la calle, con un serranito y un jijí jajá. A los cincuenta es una demolición. Anarquía física, tormento mental. Una enfermedad terminal de 72 horas. Te quita años en el mundo. No es que se te caiga el domingo encima, es que la vida entera te aplasta y te planteas tu propia existencia. Te roba lo que tienes y te empuja a aplazarlo todo. A sobrevivir, simplemente.
Siempre es igual. Abrir el ojo y verlo venir. Saber justo en ese instante cómo va a ser el día con precisión de orfebre florentino. Otra vez lo hiciste, prenda. Y vas a pagar. Sientes un martillo lento detrás de los ojos, la obra de la Sagrada Familia en tu sien. Los pies arrastrando por el pasillo. Sofá, baño, cocina. Cocina, baño, cama. La boca seca como una despedida. El cuerpo pesado, traicionero, como si no fuera tuyo. El bajón infinito.
Y el hambre. El hambre guarra de comida grasienta, de patatas fritas con cosas empanadas y regada con salsas densas y coloridas. Como si el estómago fuera de otro señor. Sin fondo, sin gusto y sin modales.
Luego está lo otro. Las ráfagas de la verdad. Te atraviesan. Se reparten eficazmente a lo largo del día para optimizar el martirio. Una mezcla de vergüenza, arrepentimiento y sospecha que te ametralla. Las frases que dijiste. La gente con la que hablaste. Las cosas que hiciste. Tu mente volviendo a tomar conciencia de la realidad. Anoche no eras gracioso ni estabas guapo. Fue lamentable. Y -adivina, chaval- no tiene remedio.
Yo he tenido resacas de extremaunción. Y eso me ha llevado a probar de todo. Incontables cuñados me han recomendado fórmulas de toda clase. La industria farmacéutica, y el ser humano en general, lleva siglos intentando encontrar una manera de que beber no duela al día siguiente. Es decir, que desinhibirte salga gratis.
Pero nada funciona. La resaca hay que resistirla. Si disfrutas, lo pagas. Si eres el rey de la pista, te caes con todo el equipo. Es como la muerte en Destino Final. Siempre encuentra la forma de cobrar, de mantener el equilibrio natural. Así es como el universo nos dice que somos mortales. Si no existieran las resacas nos habríamos extinguido. Seríamos todos alcohólicos y víctimas de la cirrosis. No se puede pensar en un mundo sin ella. Sencillamente, es el precio de haber sido alguien que hoy no reconoces. Quizá por eso los jóvenes beben menos. Porque no son de pagar ningún precio.
9 de cada 10 granadinos sitúan su primera borrachera el Día de la Cruz, así que calculo que el 4 de mayo es uno de los peores días en la historia de nuestro terruño
9 de cada 10 granadinos sitúan su primera borrachera el Día de la Cruz, así que calculo que el 4 de mayo es uno de los peores días en la historia de nuestro terruño. Yo, como observante de las tradiciones locales y bebedor normativo, recuerdo muy bien aquella mañana de angustia. Fui tambaleante a la farmacia de la Bola de Oro y le rogué al amable boticario que, por lo que más quisiera, me diera algo para aquello que me pasaba y que mi cuerpo no reconocía. El hombre me miró por encima de sus gafas y me dijo con lástima que me fuera al bar de al lado y me tomara una cerveza. Ahí lo entendí todo. Fue cuando supe cómo iban a ser los domingos del resto de mi vida.


















































