Ernesto Fernández y Andrés Cortés, pronunciar sus nombres para que sigan formando parte de la memoria colectiva
Antes de decir una sola palabra sobre la historia de mis dos tíos abuelos, quiero hablar de vosotros. Porque sé que ninguno de los que hoy está aquí ha venido movido únicamente por la curiosidad. Hemos llegado hasta este lugar porque, en algún momento de nuestras vidas, alguien nos faltó. Un abuelo del que apenas se hablaba.
Un padre al que nunca conocimos. Un hermano, un tío, una madre, un vecino…
Personas a las que les arrebataron no solo la vida, sino también el derecho a ser recordadas con dignidad.
Durante muchos años nos hicieron creer que el silencio era la única forma de seguir adelante. Que era mejor no preguntar. Que remover el pasado solo traería dolor. Pero quienes crecimos entre silencios sabemos que el dolor nunca desaparece mientras la verdad permanezca enterrada.
Por eso estamos hoy aquí. No para abrir heridas, porque esas heridas nunca llegaron a cerrarse, sino para hacer algo tan sencillo como imprescindible: pronunciar sus nombres sin miedo. Devolverles el lugar que les corresponde en nuestras familias y en nuestra historia. Recordar que fueron personas de carne y hueso, que amaron, trabajaron, rieron y soñaron, y que nadie tiene derecho a condenarlas al olvido.
Mientras quede un hijo, un nieto, un sobrino o un bisnieto dispuesto a recordar, ellos seguirán viviendo. Nosotros somos su memoria y la voz que ya no pueden alzar.
Rescatar del olvido a quienes defendieron la República es una forma de honrarlos y de comprender el origen de las libertades que hoy disfrutamos.
Cada historia recuperada reafirma el compromiso de mantener viva la verdad y recordar a quienes pagaron con su vida su compromiso con la democracia.
Y ahora quiero contar brevemente la historia de Ernesto Fernández Jiménez y de su cuñado Andrés Cortés Tortajada, mis dos tíos abuelos, fusilados en estas tapias.
Ernesto fue una de las figuras más relevantes de la vida política granadina durante los años de la Segunda República. Médico de vocación y militar por servicio, forjó una trayectoria tan brillante como ejemplar, alcanzando el honor de convertirse en el capitán médico de la Marina más joven de su tiempo y siendo distinguido con la Medalla al Valor por su heroico comportamiento en la Guerra de Marruecos.
Republicano convencido, patriota y militante del PSOE, consagró su vida a la defensa de los ideales de justicia, libertad y progreso. Participó activamente en la vida pública de Granada y en los acontecimientos de la Revolución de Octubre de 1934. En la repetición de las elecciones celebrada el 3 de mayo de 1936 obtuvo el respaldo de más de doscientos mil ciudadanos, siendo elegido diputado por Granada en las Cortes de la República. Aquella confianza popular no fue fruto de la ambición ni del afán de poder, sino el reconocimiento a una vida entregada, con honestidad y compromiso, al servicio de los trabajadores del campo y de los más humildes.
Concluida aquella última sesión parlamentaria en tiempos de paz, regresó a nuestro pueblo. Pero la Historia, inexorable, reclamó de nuevo su presencia. Fiel a su conciencia y al deber que siempre guio sus actos, emprendió el camino de Gor a Granada con el propósito de organizar una columna miliciana que marchara hacia Córdoba. No llegó a cumplir ese cometido. Tras la proclamación del estado de guerra fue detenido y, el 7 de agosto de 1936, fusilado junto a otras destacadas personalidades de la vida política e intelectual granadina. Tenía apenas treinta y seis años.
Con su muerte no solo fue segada una existencia consagrada al servicio público; también quedó rota una familia. Su esposa, abatida por el dolor de la pérdida, enfermó y falleció poco tiempo después, dejando huérfanas a sus tres hijas. Así, el sacrificio de Ernesto trascendió su propia persona y se convirtió en el símbolo de una tragedia que alcanzó a toda una generación, cuyas vidas quedaron irremediablemente marcadas por la violencia y el desgarro de la guerra.
Durante décadas, su historia permaneció envuelta en el silencio. En mi familia apenas se hablaba de Ernesto, no porque hubiera sido olvidado, sino porque su recuerdo seguía doliendo demasiado. Solo con el paso del tiempo comprendí que aquel silencio escondía el peso de una pérdida irreparable y el sufrimiento de quienes tuvieron que aprender a convivir con la ausencia y el miedo.
Quiero terminar recordando a mi otro tío abuelo, Andrés. Rescatando su nombre del silencio a través de una de las cartas que escribió cuando ya conocía cuál iba a ser su destino.
Andrés había nacido para recorrer las vías del ferrocarril, no para acabar ante un pelotón de fusilamiento. Su trabajo como ferroviario, jefe de la Estación de Gorafe, no era solo un oficio; era parte de su identidad, una identidad compartida con tantos compañeros afiliados a la UGT. Pero en aquellos años pertenecer a un sindicato bastaba para convertirse en un enemigo.
Acusado de rebelión militar —una amarga paradoja para quien había permanecido fiel a la legalidad republicana— fue condenado a muerte. Su calvario comenzó en Guadix y continuó en la cárcel de Granada, donde el encierro y la incertidumbre hicieron interminables sus noches. Más tarde sería trasladado a Burgos, donde la esperanza terminó por apagarse. Trasladado de nuevo a Granada fue ejecutado en febrero de 1941.
En una de sus últimas cartas, dirigida a su padre, Andrés dejó escrito el testimonio de aquel sufrimiento con una serenidad que todavía hoy me conmueve. Cuando la leí, tuve la sensación de que aquellas palabras eran su último abrazo a la familia, su última forma de permanecer junto a los suyos antes de enfrentarse a la muerte.
“Querido padre: Un golpe duro, muy duro para su avanzada edad, se le presenta con mi fusilamiento, por concurrir en él la herejía y el atropello más grandes, pues a mí noble conducta y decente proceder, han respondido aquellos a los que salvé la vida por mis sentimientos cristianos, con informes falsos y llenos de perversidad para acabar conmigo.
A todos ellos, siguiendo hasta el fin mis normas de conducta, los perdono y ese perdón ha de hacerse extensible a todos ustedes, pues no quiero dejar a ningún familiar la herencia de la venganza…. Creo que tienen bastante con recordar el pasado para que sus conciencias no estén tranquilas. Ahora pues, a procurar desterrar lo más pronto posible mi falta, con entereza y resignación”.
Unas palabras que estoy segura expresaban también el deseo de Ernesto y de tantos otros que murieron defendiendo los ideales de una España que soñaban más justa, aunque ellos se quedaran en el camino:
“He sufrido mucho, más aún de lo que usted pueda imaginarse, pero me voy satisfecho de que este sufrimiento mío y el de miles de personas tendrá en breve compensación cuando España vuelva a recuperar lo que cobarde y traicioneramente le robaron….
….Quisiera que a los chicos los eduque usted y nuestros familiares bajo el ambiente del perdón. Son jovencitos y esto creo que lo pueden conseguir. Hacer otra cosa sería dejarles una herencia ajena a mi condición y voluntad.
A toda la familia, por lo buena y lo bien que conmigo se han portado, me los llevo grabados en el corazón”.
Después de conocer la historia de Ernesto y de Andrés, uno comprende que lo verdaderamente importante no es cómo murieron, sino cómo vivieron. Fueron hombres que creyeron, que trabajaron por mejorar la vida de quienes les rodeaban y afrontaron el final de sus vidas con una dignidad que el tiempo no ha conseguido borrar.
En las últimas palabras de Andrés a su padre, comprendí que, incluso en las circunstancias más terribles, seguía pensando en los suyos antes que en sí mismo. No escribió para alimentar el rencor, sino para despedirse con serenidad y dejarles el mayor de los legados: la esperanza de que algún día el odio dejara de marcar el destino de las familias.
Creo que en esas palabras hay algo profundamente humano: el sufrimiento, la dignidad y, sobre todo, la voluntad de no dejar el odio como herencia.
Por eso estamos hoy aquí, para devolverles el nombre, la historia y la dignidad que nunca debieron perder. Mientras exista alguien dispuesto a pronunciar sus nombres, Ernesto Fernández, Andrés Cortés y tantas otras víctimas de la violencia y la intolerancia seguirán formando parte de nuestra memoria colectiva. Ese es el verdadero triunfo sobre el olvido.































