Artículo de Opinión por Gorka Rodríguez

'Esa noche'

Ciudadanía - Gorka Rodríguez - Viernes, 1 de Mayo de 2026
Para disfrutar de la lectura, este artículo con el estilo pausado y profundo del periodista Gorka Rodríguez.
Pendientes del móvil.
Freepik
Pendientes del móvil.

Hay historias que uno no recuerda: las reescribe. Durante años, me contaron una que parecía perfecta. Una feria en alguna ciudad andaluza. Un chico y una chica. Se entendieron rápido, de esa forma casi sospechosa en la que dos grupos de amigos se mezclan y todo fluye sin esfuerzo. Hablaron. Rieron. Bebieron. Caminaron de un sitio a otro como si el día, la tarde y la noche no tuvieran final.

Ricky Martin y la inconsciencia de la edad hicieron el resto. Entonces no había móviles o no estaban tan generalizados. Así que en pleno pico de endorfinas hicieron lo que se hacía antes para volver a verse con alguien: fijar un lugar, una hora, y confiar en la buena fe del otro. Quedaron para el día siguiente en la esquina de la entidad bancaria de la calle más céntrica.

Pero, piruetas del destino, sucedió que al día siguiente el amigo del chico enfermó. Pensaban que era una vulgar resaca pero derivó en algo peor. No mortal pero aparatoso. Así que tocó hospital, esperas y curas. El tiempo se detuvo en aquel consultorio y el drama empezó a tomar forma en la cabeza del chico. Como es lógico, el estómago de su amigo le era total y absolutamente indiferente. Solo podía pensar en su cita. Aquello no avanzaba y el médico aparecía y ordenaba otro análisis y otras pruebas y más suero y más tiempo. 

Tuvo ganas de llorar. Ella no estaba. La buscó en la calle y en los bares pero no apareció. Nunca volvió a verla

Para cuando el buen doctor por fin les dio el alta, el chico ya estaba infartando y con el cortisol disparado. Sacó a su amigo a rastras y lo llevó al hotel volando. Lo soltó en la cama como un saco de cemento y corrió y corrió. Como nunca en su vida. Pero cuando llegó, sin aliento, era media hora tarde. Se agachó con las manos en las rodillas, reclamando oxígeno y oteando el horizonte urbano-festivo que, de repente, le amenazaba. Tuvo ganas de llorar. Ella no estaba. La buscó en la calle y en los bares pero no apareció. Nunca volvió a verla. 

Ahí empezó la historia que le acompañó más de veinte años. Durante todo ese tiempo pensó que había llegado tarde al amor de su vida. Que ella estuvo allí, esperándole, mirando el reloj, decepcionándose poco a poco hasta irse. Construyó una escena que no vio: ella sola, quizá triste, quizá enfadada, quizá pensando que él no había sido quien parecía. La idealizó. La convirtió en un punto de inflexión. En uno de esos momentos que, si hubieran sido distintos, habrían cambiado todo. 

La vida es diabólicamente circular y hace unos días se tropezó con ella. Cosas de las redes

Pero la vida es diabólicamente circular y hace unos días se tropezó con ella. Cosas de las redes. Hablaron y después de un rato, ella le confesó sin darle ninguna importancia que nunca fue a aquella cita. No llegó a esperarle. No miró el reloj. No se fue decepcionada. Simplemente decidió no volver. No le gustó lo suficiente. Sin más. De hecho, al día siguiente conoció a otro chico, que fue su pareja durante años. Tuvieron una hija. Hizo su vida. Una vida en la que él apenas era un recuerdo.

Cuando lo escuchó, el chico sintió un escalofrío que subió rápidamente por la espalda y se instaló en la sien. Creyó perder la consciencia por un momento. Se le secó la boca e intentó seguir hablando con normalidad, como si la historia de su vida no hubiera cambiado en ese instante. Apenas pudo.

No hay tragedia más silenciosa que esa: descubrir que algo que para ti fue todo, para el otro ni siquiera existió. Durante dos décadas fue el protagonista de un relato que solo ocurría en su cabeza. En la película real, él era poco más que un figurante, un secundario que entretiene a la estrella hasta que aparece el galán. 

Era feliz revolcándose en la nostalgia de algo que no había vivido. Prefería su oportunidad perdida, su tragedia griega, su canción de Sabina, su melodrama con la música de La La Land de fondo

Resulta que a veces recibimos una respuesta vulgar a una pregunta que creíamos extraordinaria. Habría sido hermoso para él irse al otro mundo con su falsa y gloriosa historia intacta. Qué importancia hubiera tenido seguir pensando que había perdido el amor de su vida por una sucesión fortuita de fatalidades: la saturación de la atención primaria, una pertinaz descomposición, la naturaleza meticulosa de un joven médico de urgencias. Da igual. Aquello no le hacía mal a nadie. No necesitaba saber otra cosa porque su versión era mejor y la verdad, absolutamente innecesaria. Era feliz revolcándose en la nostalgia de algo que no había vivido. Prefería su oportunidad perdida, su tragedia griega, su canción de Sabina, su melodrama con la música de La La Land de fondo.

Pero esas cosas no se eligen. Pasan sin más. No necesitamos saber tanto. El exceso de información genera infelicidad. Ahora, el recuerdo de esa noche se ha oscurecido. De repente, es una historia que no apetece contar. Le han robado la épica, el desgarro y la descarga de melancolía que le mantenía en pie. Al final, sigue solo. Ya ni siquiera tiene una esquina donde esperar a alguien que nunca llegará. 

Gorka Rodríguez.