Daniel Doña presenta 'Doma' en Granada: "No había otra manera de abordar la obra que desde el propio cuerpo como campo de batalla"

Intérpretes: Daniel Doña y Cristian Martín.
Día: jueves, 7 de mayo.
Lugar: Sala Neomudéjar del Colegio Máximo de Cartuja (Facultad de Comunicación Audiovisual).
Hora: 19.30 horas.
Entrada gratuita hasta completar aforo.
El coreógrafo y bailarín granadino Daniel Doña presenta por primera vez en Granada su espectáculo Doma, una potente propuesta de danza contemporánea que reflexiona sobre la violencia, el abuso de poder y las tensiones entre tradición y disidencia. La cita tendrá lugar este jueves 7 de mayo, a las 19:30 horas, en la sala Neomudéjar del Colegio Máximo de Cartuja (facultad de Comunicación Audiovisual), con entrada gratuita hasta completar aforo.
La pieza, interpretada por el propio Doña junto a Cristian Martín, marca además el debut de su compañía en este espacio universitario, reforzando el vínculo entre creación artística y compromiso social
Finalista a dos Premios Max de las Artes Escénicas 2026 —Mejor Espectáculo de Danza y Mejor Coreografía—, Doma llega en una gira nacional iniciada en la Fira de Tárrega, y consolidado como un acto de resistencia coreográfica que fusiona flamenco, danza española y lenguajes contemporáneos, en sintonía con la personalidad artística de Daniel Doña. La pieza, interpretada por el propio Doña junto a Cristian Martín, marca además el debut de su compañía en este espacio universitario, reforzando el vínculo entre creación artística y compromiso social.
—Doma se presenta como un “acto de rebeldía” frente a la crueldad, el abuso de poder y la violencia. ¿Cómo se traduce ese posicionamiento ético en lenguaje coreográfico? ¿De qué manera el cuerpo puede convertirse en un dispositivo de resistencia?
"Para mí no había otra manera de abordar Doma que desde el propio cuerpo como campo de batalla. No me interesaba representar la violencia desde fuera, como si fuese algo ajeno, sino dejar que atravesara la estructura física del movimiento, que afectara al ritmo, al peso, a los cuerpos que, en este caso, no representan la violencia, la sostienen"
—Para mí no había otra manera de abordar Doma que desde el propio cuerpo como campo de batalla. No me interesaba representar la violencia desde fuera, como si fuese algo ajeno, sino dejar que atravesara la estructura física del movimiento, que afectara al ritmo, al peso, a los cuerpos que, en este caso, no representan la violencia, la sostienen. Si trabajas dramaturgias que abordan temas tan duros, es difícil separar lo escénico de lo personal, y ahí es donde aparece la ética: en los cuerpos de Cristian y mío que no pueden soltarse del todo de lo que nos atraviesa como seres humanos. Y ahí aparece la resistencia, cuando el cuerpo deja de obedecer, cuando se quiebra, cuando se agota. Es inimaginable la capacidad de resistencia del cuerpo en situaciones extremas.
—En la pieza hablas de “domesticación” como tensión. ¿Podríamos entender Doma como una dialéctica entre control y emancipación? ¿Dónde sitúas el límite entre disciplina y libertad en la danza?
—Sí, Doma se mueve en esa tensión constante entre control y libertad. La domesticación, tal y como la entiendo en la pieza, no es solo una imposición externa, sino algo que el propio cuerpo acaba incorporando, casi sin darse cuenta. Y ahí es donde aparece el conflicto: en cómo deshacer o cuestionar aquello que ya está integrado. Doma se traduce en una partitura coreográfica atravesada constantemente por la tensión que provoca la búsqueda de la liberación que llega justo cuando el cuerpo sabe: cuándo obedecer y cuándo no.
El excepcional coreografo.
—Tu trabajo siempre ha transitado las zonas de fricción entre el flamenco, la danza española y la contemporaneidad. ¿Cómo construyes ese territorio híbrido sin caer en lo decorativo o en una simple fusión de estilos?
"No se trata de fusionar lenguajes ni de sumar estilos, porque ahí es donde aparece lo decorativo. Mi interés no está en mezclar flamenco y contemporáneo, sino trabajar desde un lugar más profundo: entender qué necesita cada idea y qué lenguaje la sostiene mejor"
—Para mí no se trata de fusionar lenguajes ni de sumar estilos, porque ahí es donde aparece lo decorativo. Mi interés no está en mezclar flamenco y contemporáneo, sino trabajar desde un lugar más profundo: entender qué necesita cada idea y qué lenguaje la sostiene mejor. Yo parto siempre de la danza española, porque es mi raíz, pero no como paradigma, sino como lenguaje vivo que se transforma y se tensiona con naturalidad desde el presente. Para mi ese territorio híbrido aparece cuando dejas de preocuparte por “de dónde viene” Si un gesto flamenco está, tiene que tener sentido dentro de la dramaturgia. Y ahí siento que está el límite: cuando el lenguaje no responde a una necesidad real de la pieza y se convierte en adorno. Yo intento trabajar justo en el lado contrario, donde cada decisión tiene un porqué, aunque eso suponga romper con la forma o incomodar ciertas expectativas sobre lo que debería ser la danza española o el flamenco.
—Has señalado en distintas ocasiones que tu creación surge de procesos de introspección, a veces dolorosos. ¿Qué papel juega lo autobiográfico en Doma y cómo se transforma esa experiencia íntima en una propuesta escénica colectiva?
"Después de toda esa catarsis, de ese trabajo de desnudez dramatúrgica, lo que volvió a aparecer fue el amor. Y eso también forma parte de la pieza: no como algo idealizado, sino como algo que resiste dentro de toda esa complejidad"
—En Doma hay un punto claramente autobiográfico, porque trabajamos desde lo vivencial. Ha sido un proceso difícil, sobre todo al poner en el estudio la relación que Cristian y yo tenemos desde hace 18 años, tanto en lo personal como en lo profesional. Llevar eso al cuerpo, convertir en movimiento nuestros conflictos, nuestras tensiones y nuestras vivencias como pareja, no ha sido sencillo. Porque también en las relaciones personales aparecen la crueldad, la domesticación y el abuso de poder, aunque no siempre se nombren así. Y enfrentarse a eso desde la creación implica exponerse, quitar capas y asumir cierta incomodidad. Pero al mismo tiempo, la pieza no se queda en lo íntimo. Ese material personal se transforma en algo que puede ser compartido, porque habla de dinámicas que no son solo nuestras, sino que atraviesan muchas relaciones humanas. El inicio del espectáculo, que es un abrazo, apareció al final del proceso. Después de toda esa catarsis, de ese trabajo de desnudez dramatúrgica, lo que volvió a aparecer fue el amor. Y eso también forma parte de la pieza: no como algo idealizado, sino como algo que resiste dentro de toda esa complejidad.
—En la pieza aparecen los “ritos culturales de la tradición” en tensión con la creación actual. ¿Qué aspectos de la tradición te interesa preservar y cuáles consideras necesario subvertir?
Daniel Doña.
—Para mí la tradición está muy bien resumida en un texto que me escribió Roy Galán para El Verbo, un trabajo anterior a Doma, y que firmo completamente. Viene a decir que la tradición, cuando no se cuestiona, es la muerte del movimiento: la imposibilidad de que algo nuevo ocurra. Es aceptar sin rechistar lo que hay de comer, es depositar la confianza en ideas ajenas, es repetir caminos que ya están marcados y dejarse llevar por lo que se supone que uno tiene que hacer. En ese sentido, la tradición puede convertirse en una forma de no pensar y de no decidir.
"A mí me interesa trabajar justo en el lado contrario. No negar la tradición, porque hay una memoria y una verdad en ella que son importantes, pero sí evitar que se convierta en una norma cerrada"
A mí me interesa trabajar justo en el lado contrario. No negar la tradición, porque hay una memoria y una verdad en ella que son importantes, pero sí evitar que se convierta en una norma cerrada. Cuando eso pasa, limita la evolución. Por eso, en mis piezas, la tradición está en tensión constante con el presente. No como algo que se conserva intacto, sino como algo que se pone en crisis, que se cuestiona y que se transforma. Solo así puede seguir teniendo sentido hoy.
—Doma parece inscribirse en una línea de trabajo donde el arte no es neutral, sino profundamente político. ¿Qué responsabilidad crees que tiene hoy el coreógrafo frente al contexto social y político que habita?
—No creo en la neutralidad del arte ni la de los artistas. Se que es menos arriesgado ser un artista complaciente o de perfil bajo, que asumir una posición crítica. Ya lo sufro en la actualidad y sé que mi pensamiento incomoda. Se han cerrado algunas puertas, sobre todo en Madrid, pero es que no pronunciarse en según qué temas, en el fondo ya es una forma de posicionarse. Para mí, el arte tiene que mirar de frente al contexto en el que vive. No como un panfleto, pero sí como un espacio de denuncia, de cuestionamiento. Porque cuando el arte deja de incomodar, se vuelve inofensivo y si no dialoga con la realidad sociopolítica de su tiempo, pierde sentido.
—El espectáculo se plantea también como un “pulso” con el espectador. ¿Qué tipo de experiencia buscas generar en quien observa: incomodidad, identificación, cuestionamiento?
"Creo profundamente en el poder transformador de la cultura. El teatro y el arte que me interesa, también como espectador, es el que me hace pensar, reflexionar y cuestionarme. No me interesa tanto una propuesta basada únicamente en el entretenimiento"
—Creo profundamente en el poder transformador de la cultura. El teatro y el arte que me interesa, también como espectador, es el que me hace pensar, reflexionar y cuestionarme. No me interesa tanto una propuesta basada únicamente en el entretenimiento.
Doma mira de frente al espectador y deja en el aire una reflexión sobre algo tan antiguo como la domesticación y el abuso de poder, pero que hoy sigue teniendo una vigencia tremenda. No busco generar incomodidad por sí misma, sino activar una conciencia: una mirada más despierta, más crítica. Tiene que ver con lo colectivo, con la memoria y, sobre todo, con una advertencia, porque al final, si uno permanece impasible ante lo que le rodea, termina siendo devorado por ello.
—¿Cómo ha sido el proceso de diálogo creativo con Cristian Martín? ¿De qué manera se negocian las autorías en una pieza tan cargada de identidad?
—Con Cristian hace tiempo que las fronteras de la autoría están completamente desdibujadas. Son 18 años sosteniéndonos, en lo personal y en lo profesional, compartiendo procesos, dudas y búsquedas. Todo ese tiempo ha generado un lenguaje común, un discurso coreográfico que, aunque parte de la identidad de cada uno, termina construyendo un mensaje compartido. En una pieza como Doma, tan atravesada por lo personal, no tiene sentido hablar de autoría en términos cerrados. Hay una negociación constante, pero no desde el choque, sino desde la escucha. Cada uno aporta desde su lugar, y la pieza se va construyendo en ese cruce. Trabajar con alguien tan talentoso también te coloca en un sitio donde el ego deja de tener espacio. Cuando hay admiración, respeto y amor, lo importante pasa a ser lo que la pieza necesita, no quién firma cada decisión. Al final, si algo sostiene todo, es precisamente eso: el vínculo. Porque sin ese nivel de confianza, un proceso así no sería posible.
—Tu trayectoria ha sido reconocida por abrir nuevos caminos dentro de la danza española. ¿Sientes que existe hoy un relevo generacional que continúe esa búsqueda o seguimos atrapados en ciertos marcos estéticos heredados?
—Afortunadamente, las nuevas generaciones han entendido que la danza española le pertenece a quien la crea y a quien la vive, atravesada por sus propias circunstancias sociales, políticas y culturales. Como decía José Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia…”. Y desde ahí es desde donde se construye hoy el lenguaje.
"A la danza española la salva precisamente su capacidad de evolucionar. Es lo que la mantiene viva y, en cierto modo, invencible. Pensar que un arte relativamente joven tiene que quedarse fijado en una única estética o en unos códigos concretos es limitarlo, es ponerle puertas al campo"
A la danza española la salva precisamente su capacidad de evolucionar. Es lo que la mantiene viva y, en cierto modo, invencible. Pensar que un arte relativamente joven tiene que quedarse fijado en una única estética o en unos códigos concretos es limitarlo, es ponerle puertas al campo. Vienen coreógrafas y coreógrafos con muchísimo talento y con una mirada muy consciente del presente. Otra cosa es si van a tener las oportunidades necesarias. Seguimos pidiendo más espacios para la danza y seguimos escuchando que no es rentable. Pero lo que no se conoce, no puede ser ni valorado, ni estudiado, ni comprendido
—Doma ha sido nominada a los Premios Max en dos categorías. Más allá del reconocimiento, ¿qué lugar ocupa esta obra dentro de tu recorrido artístico? ¿Es un punto de llegada, de ruptura o de tránsito hacia nuevas formas de creación?
—Doma, sin haberlo planteado así desde el inicio, cierra una trilogía muy clara dentro de mi recorrido: Entre hilos y huesos, El Verbo y Doma. Tres trabajos atravesados por la denuncia social y la memoria democrática. La investigación que inicié con Entre hilos y huesos ha marcado casi cinco años de creación, muy vinculados al dolor, la opresión y la barbarie vivida durante la dictadura franquista. En ese sentido, Doma no es tanto un punto de llegada como un cierre de ciclo. Y a partir de ahí, siento la necesidad de dar un giro.
"Ahora me interesa poner el foco en otras preguntas que también me atraviesan como creador. Qué ocurre con las obras cuando dejan de estar en el foco de actualidad, cuando pasan los ritmos de exhibición que impone el mercado y todo se vuelve rápidamente obsoleto"
Ahora me interesa poner el foco en otras preguntas que también me atraviesan como creador. Qué ocurre con las obras cuando dejan de estar en el foco de actualidad, cuando pasan los ritmos de exhibición que impone el mercado y todo se vuelve rápidamente obsoleto. Hay algo ahí, entre lo efímero y lo perecedero, que me está generando un nuevo punto de partida dramatúrgico. También aparece una reflexión muy directa sobre la sostenibilidad de la creación: qué pasa con todo lo que generamos —escenografías, vestuario, estructuras— y cómo eso dialoga con un sistema que empuja constantemente hacia producir lo nuevo. El presente de los trabajos se convierte en pasado con demasiada rapidez. Todo eso está ya en el germen de lo próximo. Un nuevo trabajo donde quiero pensar el tiempo, la permanencia y la huella que deja la creación: BLANCO, SÓLIDO, CRISTALINO.




















































