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Artículo de opinión

Europa contra sí misma (I)

Política - Javier Terriente Quesada - Sábado, 30 de Mayo de 2020
Javier Terriente Quesada inicia con este artículo una serie de reflexiones dedicadas al papel de la Unión Europea y a las asignaturas pendientes que lastran las respuestas ante crisis tan graves como la provocada por el Covid-19.
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La gravísima crisis económica provocada por el Covid-19 en España ha puesto de manifiesto las tremendas dificultades de encontrar alternativas progresistas, cuando  el Estado, desde hace años, se ha autoimpuesto la tarea de reducir a mínimos su capacidad de intervención en el aparato productivo y financiero. Año a año, la esfera de lo público ha ido mermando sin cesar, al tiempo que las grandes corporaciones de intereses se reparten la mayoría de sus funciones tradicionales, con suculentas adquisiciones a precio de saldo: seguridad, salud, educación, pensiones, servicios sociales, administraciones...

Los gobiernos del PP, y algunos del PSOE en años precedentes, impulsaron un retroceso del incipiente Estado del Bienestar y de las estructuras autonómicas y municipales, unido a la verticalización intolerable de las decisiones políticas, extremando la indefensión de los ciudadanos ante la expansión del COVID-19. Una combinación explosiva hoy en ascenso.

237.906 casos confirmados y 27.199 muertes, colocan a España en el 5º puesto del ranking mundial, tras Estados Unidos, Reino Unido, Italia y Francia. Un siniestro honor.  

Pese a que la crisis ha puesto patas arriba todo el andamiaje ultra liberal, está tan afianzada la costumbre de convivir con estas formas de entender y construir Europa, que se acepta de buen grado que un selecto grupo de autoridades comunitarias no electas, dicte objetivos, reglas y procedimientos inaceptables que determinan la vida y la muerte de los ciudadanos.

Está por consensuar un proyecto alternativo de reconstrucción a escala europea, que ofrezca una respuesta progresista global y unitaria a la crisis y a los déficits de credibilidad de las instituciones

Con varios países en estado de shock y las economías en bancarrota, la épica no está de su lado. Está por consensuar un proyecto alternativo de reconstrucción a escala europea, que ofrezca una respuesta progresista global y unitaria a la crisis y a los déficits de credibilidad de las instituciones. Nada que ver con la exigencia de un gobierno de concentración, en la línea del que algunos medios de comunicación de referencia defienden para España. Un sueño absurdo, basado en un buenismo inútil, puesto que el PP, fagotizado por  Vox, juega en otro partido: destruir al gobierno de coalición a cualquier precio, lo que supondría un retroceso político, social y laboral de efectos demoledores.     

De momento, se han cerrado los márgenes de autonomía de las vías nacionales de salida a la crisis, en coherencia con el poder absoluto de los mercados sobre la política europea y la soberanía democrática de los ciudadanos. Un claro ejemplo de que la política se ha subordinado a la economía y que ésta es deudora de los intereses de las grandes corporaciones. Sin duda, esta inversión de valores es determinante en los cambios políticos que se avecinan en todo el mundo.

Europa ha padecido en estos últimos años una confluencia dramática entre varias tendencias que se retroalimentan, poniendo en cuestión el futuro de un Proyecto Común. En conclusión, la creación de un Estado de Bienestar a escala europea, es una asignatura urgente

Europa ha padecido en estos últimos años una confluencia dramática entre varias tendencias que se retroalimentan, poniendo en cuestión el futuro de un Proyecto Común: 1- La re-nacionalización y el patrioterismo, derivados de un fuerte empuje centrípeto de los Estados para protegerse, supuestamente, del centralismo burocrático de la Comisión, lo que ha reforzado la hegemonía alemana en el escenario europeo; 2- La des-socialización progresiva de los Estados, en virtud de la implantación de un Mercado Único, dependiente de un sistema de derechos menguantes; 3- la Ampliación hacia el Este, de la mano de modelos ultra liberales devastadores; 4- las transferencias de soberanía de los Estados a las instituciones centrales de la UE y al BCE, guiados por un autoritarismo creciente; 5- la sacralización, en su versión más doctrinaria, del libre mercado como una fórmula milagrosa de garantizar una asignación eficaz de medios y recursos; 6- la apología de la libre competencia, como una respuesta ilusoria  a las concentraciones monopolistas de las empresas y servicios fundamentales; 7- la reducción de los derechos económicos, sociales y laborales, subordinándolos a las necesidades y exigencias de la economía, entendida como un mercado virtuoso e inteligente; 8- el poder omnímodo, omnisciente y omnipresente de la Troika: Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional, sobre los parlamentos nacionales y la Eurocámara; 9- La subordinación de la UE a los intereses corporativos de la economía alemana, y, subsidiariamente, al eje franco-alemán; 10- la consolidación de un pensamiento único inapelable e infalible, sobre el funcionamiento y el desarrollo de la UE; 11.- la  conversión de Europa en un espacio común agujereado por los lobys y los paraísos fiscales; 12.- la incapacidad para evitar los procesos de deslocalización de las grandes firmas multinacionales; 13.- la carencia de un proyecto de Reconstrucción, que aborde la superación de las viejas dicotomías Norte-Sur, Oeste-Este y las desigualdades intolerables de todo tipo que recorren Europa. En conclusión, la creación de un Estado de Bienestar a escala europea, es una asignatura urgente.

La idea de Europa como una fábrica de sueños ha fracasado. Esta manera idílica de interpretarla, ha entorpecido la conformación de una voluntad política común independiente, y, en coherencia, ha causado la ausencia de proyectos alternativos creíbles e indispensables.

Exactamente lo contrario al enfoque optimista y moralizante de los Padres de Europa, Schuman, Monnet, Adenauer y Gasperi, traducido en la Declaración Schuman de 1950, ministro de Asuntos Exteriores francés. A ellos se les sumarían posteriormente Churchill, Spaak, Hallstein y Spinelli. Sus propósitos eran incentivar la cooperación entre los países europeos, destruidos por dos guerras mundiales, y fomentar la solidaridad entre ellos para garantizar la paz. Una clara desproporción entre la ambición admirable de aquellos objetivos y el enfoque funcionalista, pragmático, para conseguirlos.  

Había en el fondo una visión entusiasta, aunque errónea, al confiar que las instituciones y las legislaciones comunitarias serían el producto de la emancipación natural y directa del desarrollo económico

Había en el fondo una visión entusiasta, aunque errónea, al confiar que las instituciones y las legislaciones comunitarias serían el producto de la emanación natural y directa del desarrollo económico. Esa ingenuidad histórica los llevó a infravalorar la contradicción inevitable entre los procesos de integración económica, materializados en la  Comunidad del Carbón y del Acero en 1951, germen del Mercado Común Europeo, y la esfera de las políticas e instituciones comunitarias incipientes. El mundo al revés. Según los Padres fundadores, no es la política la que debe guiar a la economía, sino el libre mercado el que determine a la política.

Un proceso sin fin es como un pollo sin cabeza. La UE ha ido sumando vagones, aunque no se sabe bien cómo, con quienes ni hacia dónde se dirige. ¿Es una cita a ciegas? En parte.

Pese a todo, no hay nada más funcional que impulsar alternativas creíbles a esta Europa, eso sí, sin grandes optimismos.

Javier Terriente Quesada es militante de izquierda y activo participante en la lucha por las libertades y la democracia.