DE BAR EN PEOR

De la generosidad (en general)

Política - Paco Espínola - Viernes, 10 de Abril de 2026
En su espacio de opinión en El Independiente de Granada, Paco Espínola nos ofrece, con su magistral estilo, un artículo sobre las alianzas electorales.

Juan Antonio Delgado, diputado de Podemos, ha destacado «la generosidad» del partido con la coalición Por Andalucía, mientras que el Gran Timonel, Pablo Iglesias, considera que ésta no ha sido generosa con Podemos.

Podemos apareció como un tsunami electoral que acabaría con el bipartidismo y se ha convertido en una onda en un estanque. Aunque levantó desconfianzas sobre su capacidad de gestión y su dudoso perfil político, se benefició del cabreo popular y de las ansias de cambio.

La necesidad de captar votos les llevó a una deriva ideológica al ritmo de La Yenka. Al vaivén de “Izquierda, derecha, adelante, atrás.”, Iglesias, tras el éxito europeo, incorporó el soniquete simplista del “tic, tac” marcando el tiempo electoral de municipales y autonómicas. 

Sin embargo, el resultado no fue el esperado. Ni el triunfo de Ada Colau en Barcelona y Manuela Carmena en Madrid eran un triunfo de Podemos, aunque Iglesias fingiese lo contrario. Ambas negaron su filiación. Tampoco funcionaron las alianzas municipales, a pesar de la renuncia a última hora de imponer la marca. 

Las elecciones generales de 2015 no les sonrieron. La rotunda negativa a coaligarse con IU la resumió Iglesias con una frase propia de un neoliberal: «Se vive muy cómodo fiel a tus principios inamovibles sabiendo que vas a ser minoritario». Él es más de la línea de Groucho Marx: «Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros». Y se definieron: no eran ni de izquierdas ni de derechas, eran transversales. Como aquel concejal de Podemos en Granada que dijo ser «socialdemócrata» y en realidad era de Motril y del Barça.

La fractura con Andalucía fue evidente y, en otras comunidades, las designaciones a dedo en las listas provocaron la salida de muchos afiliados. 

La moderación de Podemos, una transformación en menos de dos años digna de estudio psiquiátrico, llevó al partido a ofertar un programa electoral en 2015 que parecía elaborado por un nutricionista sugiriendo una dieta equilibrada para diabéticos.

Entonces fueron buenas las bases militares, la educación concertada, el Senado (donde ya estaba Podemos), el Consejo General del Poder Judicial, la ley electoral que tanto criticó, las eléctricas privadas, ni fijó la renta universal prometida. Un año antes, pidieron no adherirse al boicot académico y científico a Israel que hasta Stephen Hawking apoyó. Tras poner en jaque al bipartidismo, amenazó al sindicalismo promoviendo la creación de un sindicato. Incluso giraron a la derecha planteando pruebas de aptitud a los funcionarios consolidados.

Y es que hay partidos tan buenos, tan buenos, hay políticos tan piadosos y tan caritativos, que el día que no quedaran en el mundo desgracias que socorrer e injusticias que reparar, la existencia les parecerá baldía y desprovista de sentido. Por esto la miseria tiene tantos partidarios. Si no hubiese riqueza no habría miseria. Si no hubiese miseria no habría generosidad, y la generosidad está considerada, se decía antaño, si no como uno de los sentimientos más nobles del hombre, por lo menos como uno de los que más enaltecen a la mujer. 

Estoy de acuerdo con las excelencias de la generosidad, aunque me choca el que se la relegue casi exclusivamente para uso de políticos desocupados. Hasta cuando se la ejerce en privado parece una cosa de mujeres. Frecuentemente, cuando una pareja bien avenida sale del Parlamento o de misa-mitin de doce y se tropieza con un partido pobre, es el hombre quien se conmueve; pero en vez de alargar directamente su mano, le pasa a la mujer los votos que lleva en el bolsillo de la chupa

–Toma, Yolanda –le dice–. Para ese desdichado…

La generosidad resulta así un sentimiento femenino y esto le hace perder a la miseria gran parte de su decoro. Es una lástima, pero no debemos por ello pensar mal de la generosidad. Sin duda, la generosidad es una virtud admirable. Tanto que aquella mujer que asumió la generosidad del hombre donante de votos los utilizase en influir para subir las pensiones y el salario mínimo, bajar el paro y llegar a los dos millones de cotizantes en la Seguridad Social. 

Reconozco las excelencias de la generosidad, pero si se ha encontrado ya la forma de acabar con la miseria, y si la miseria se conserva solo para desarrollar los sentimientos caritativos en el alma de los izquierdistas de verdad, los puros, los adanes rojos, los auténticos, creo que se abusa un tanto. Los que tenemos una naturaleza simplista no nos acostumbraríamos fácilmente a vivir en un mundo sin generosidad. Sería doloroso, aunque nos consolaríamos pensando que ya no hacía falta. 

Y mientras la izquierda genuina, la pura, la verdadera, siguiera experimentando la necesidad imperiosa de alguien a quien socorrer (dice un podemita en Facebook que «PCE e IU son como PP y Vox»), podría constituir asociaciones en defensa del cinéma vérité, pongo por caso, y en alianza con Feijóo, cuyo hijo de nueve años es todo un experto en la saga “Torrente”, modificar el sistema educativo: «Queremos elevar el nivel de exigencia lingüística, cultural y constitucional», ha dicho. 

En España, donde el Gobierno sanchista le va quitando cada vez más pobres a las damas caritativas como Ayuso, gran parte de su ternura femenina ha derivado hacia la bebida, en concreto a la cerveza que ha reivindicado como cultura madrileña. Pero la cultura es más amplia y la generosidad de la derecha llega hasta los medios de comunicación financiando a humildes empresas como Ladilla Press (la de Vito Quiles, Inda, Marhuenda, Ana Rosa, Motos, Abad, Iker).

Sí, los políticos españoles son generosos. Especialmente la izquierda auténtica.