'¡El veinticuatro!'

La voz llamando al siguiente cliente sale de una pescadería y, casi sin querer, acabo asomándome al mostrador. Un señor pregunta cómo preparar la caballa.
Pienso en esos comercios que cierran sin hacer ruido. En esos lugares donde quienes llevan toda una vida haciendo la compra a pie son conocidos por su nombre. En los jóvenes que no pueden quedarse a vivir en el barrio donde crecieron
En la panadería pido una barra de Alfacar. Mientras me cobra, la dependienta pregunta por Cristina, la madre de un cliente que espera su turno.
Fuera, en el quiosco, dos vecinos arreglan el mundo mientras esperan el cambio. Alguien se cruza con otro y la conversación empieza sin necesidad de presentaciones.
Hace unos años estas escenas podían suceder en cualquier barrio de Granada. Hoy aún ocurre en el mío.
De vuelta a casa, antes de que apriete el calor veo el cartel Se Alquila en la persiana de la huevería. Y me hago una pregunta ¿Cómo será mi barrio dentro de diez años?
Pienso en esos comercios que cierran sin hacer ruido. En esos lugares donde quienes llevan toda una vida haciendo la compra a pie son conocidos por su nombre. En los jóvenes que no pueden quedarse a vivir en el barrio donde crecieron. En definitiva, en esos cambios que llegan poco a poco, hasta que un día alguien te dice: “Este barrio ya no es el de antes”.
Y entonces pienso que una ciudad debe decidir qué quiere proteger. Que puede elegir entre esperar a lamentar los cambios o empezar a anticiparse a ellos. Porque la cuestión no es si los barrios cambian. Lo harán. La cuestión es si queremos limitarnos a la mera contemplación o empezamos a decidir cómo queremos que sean
Y es que los barrios no dejan de ser barrios de un día para otro. Cambian poco a poco, de forma tan imperceptible que sólo nos damos cuenta cuando aquello que los hacía especiales ya ha desaparecido.
En el mío, aún me conocen quienes me venden el pan, el pescado, la fruta y quien me sirve el café todas las mañanas. Son gestos tan cotidianos que apenas reparamos en ellos. Pero son los que hacen que un barrio siga sintiéndose como tal.
Y entonces pienso que una ciudad debe decidir qué quiere proteger. Que puede elegir entre esperar a lamentar los cambios o empezar a anticiparse a ellos. Porque la cuestión no es si los barrios cambian. Lo harán. La cuestión es si queremos limitarnos a la mera contemplación o empezamos a decidir cómo queremos que sean.
Las ciudades tienen su ritmo porque están vivas. No hay que prohibir o enfrentar unas actividades con otras. Se trata de comprender mejor cómo y por qué están cambiando nuestros barrios. Si queremos que sigan siendo lugares donde merezca la pena vivir, lo primero es mirar y entender qué está ocurriendo antes de que ciertas tendencias se hagan irreversibles. Solo una ciudad que conoce bien sus barrios puede tomar buenas decisiones sobre su futuro.
La propuesta no salió adelante. Una oportunidad perdida. Entiendo que es legítimo discrepar sobre las soluciones. Pero me cuesta entender que una ciudad renuncie a hacerse las preguntas adecuadas sobre el futuro de sus barrios
La propuesta no salió adelante. Una oportunidad perdida. Entiendo que es legítimo discrepar sobre las soluciones. Pero me cuesta entender que una ciudad renuncie a hacerse las preguntas adecuadas sobre el futuro de sus barrios.



















































