Artículo de opinión por Agustín Martínez

'Vox gana, Granada pierde'

Política - Agustín Martínez - Jueves, 16 de Julio de 2026
Sobre el nuevo Gobierno de Moreno y el peso de Granada, un artículo de Agustín Martínez que te recomendamos.
Primera reunión presencial del nuevo Consejo de Gobierno.
Junta de Andalucía
Primera reunión presencial del nuevo Consejo de Gobierno.

Hay decisiones políticas que pesan por lo que prometen hacer y otras por lo que simbolizan. El nuevo Gobierno de coalición de Juanma Moreno pertenece a esa segunda categoría. Porque, más allá del reparto de consejerías o del intercambio de sillones, el mensaje que envía es diáfano: Granada vuelve a ocupar el lugar que el PP le ha reservado desde que gobierna Andalucía, el del territorio al que se le piden votos mientras se le niega influencia.

Durante años se nos prometió que Granada tendría un peso decisivo en la Junta. Que la Alhambra y Sierra Nevada eran líneas rojas, un auténtico “casus belli” cuya gestión jamás saldría de la provincia. Bastó llegar al poder para hacer exactamente lo contrario. Las dos mayores joyas del patrimonio granadino fueron despojadas de la autonomía política prometida y sometidas a una estructura cada vez más centralizada en Sevilla. Aquellas solemnes promesas acabaron archivadas en el mismo cajón donde descansan tantos otros compromisos contraidos en campaña.

La salida de la cartera de Fomento -la consejería con mayor capacidad inversora de la Junta- de la órbita de la granadina Rocío Díaz, supone mucho más que un simple reajuste orgánico

Ahora llega un nuevo episodio de esta vieja historia. La salida de la cartera de Fomento -la consejería con mayor capacidad inversora de la Junta- de la órbita de la granadina Rocío Díaz, supone mucho más que un simple reajuste orgánico. Significa que Granada pierde el escaso músculo político que conservaba en el departamento que decide carreteras, metro, vivienda, infraestructuras o transportes. Justo cuando la provincia sigue esperando inversiones estratégicas largamente aplazadas, la voz granatensis pierde volumen dentro del Gobierno.

Pero quizá la ironía alcance cotas difícilmente superables con la flamante Consejería de Inteligencia Artificial. Andalucía crea un departamento específico para liderar una revolución tecnológica… y Granada vuelve a contemplar el espectáculo desde la grada

Pero quizá la ironía alcance cotas difícilmente superables con la flamante Consejería de Inteligencia Artificial. Andalucía crea un departamento específico para liderar una revolución tecnológica… y Granada vuelve a contemplar el espectáculo desde la grada. Resulta casi cómico, si no fuera profundamente ofensivo. La ciudad alberga algunos de los grupos de investigación en inteligencia artificial más prestigiosos de España y de Europa; la Universidad de Granada es una referencia internacional en este ámbito; empresas, centros tecnológicos y talento científico llevan décadas construyendo un ecosistema reconocido dentro y fuera del país. Y, sin embargo, cuando llega el momento de convertir ese conocimiento en liderazgo institucional, el mapa vuelve a dibujarse mirando hacia otros territorios. Granada aporta la inteligencia; otros administran el poder.

La lista de agravios empieza ya a parecer un inventario. Ahí está el progresivo vaciamiento del Parque de las Ciencias; la liquidación de la Escuela Andaluza de Salud Pública, entregando uno de los grandes referentes internacionales de la salud pública a una operación política difícil de justificar; o la persecución casi obsesiva contra la Universidad de Granada, probablemente la institución académica más prestigiosa de Andalucía, a la que se le han bloqueado titulaciones estratégicas mientras se allanaba el camino a universidades privadas con una diligencia verdaderamente admirable. Nunca resultó tan sencillo comprender cuáles son las prioridades de este Gobierno.

Y todo ello sucede, además, en un Ejecutivo marcado por un pacto con Vox que ya no puede esconderse detrás de eufemismos

Y todo ello sucede, además, en un Ejecutivo marcado por un pacto con Vox que ya no puede esconderse detrás de eufemismos. Las 150 medidas asumidas por Moreno no constituyen un simple acuerdo parlamentario: representan un profundo desplazamiento ideológico que sitúa a la Junta en los márgenes de los consensos democráticos construidos durante décadas.

Ahí aparece la llamada "prioridad nacional", incompatible con el principio constitucional de igualdad; el negacionismo climático, convertido ya en política pública mientras los incendios forestales, como el reciente desastre de Los Gallardos, recuerdan con dramática contundencia que la naturaleza no negocia con los discursos ideológicos, la anunciada derogación de la Ley de Memoria Democrática de Andalucía, empeñada en borrar la memoria de las víctimas para satisfacer viejas nostalgias, la apuesta cada vez más descarada por la educación concertada mientras se debilita la enseñanza pública, o una privatización sanitaria que ha alcanzado cifras difíciles de explicar en una comunidad donde las listas de espera baten récords mientras los recursos públicos acaban alimentando balances privados.

Granada vuelve a ser, una vez más, la provincia útil para los discursos y prescindible para las decisiones

Granada vuelve a ser, una vez más, la provincia útil para los discursos y prescindible para las decisiones. Se la exhibe cuando conviene presumir de la Alhambra, de Sierra Nevada, de su universidad o de su talento científico. Pero cuando llega la hora de repartir poder, inversiones y capacidad de decisión, siempre aparece algún motivo para mirar hacia otro lado.

Quizá el verdadero problema no sea que Granada pierda peso político. El verdadero problema es que el Gobierno andaluz parece haber asumido que puede seguir debilitándola sin pagar coste alguno. El escandaloso silencio ante este ninguneo del presidente provincial del PP y presidente de la Diputación y de la alcaldesa de la capital -no hace tanto ojito derecho de Bonilla- es absolutamente vergonzoso e incalificable aunque parece contar con la complacencia de decenas de miles de granadinos que se lamentan mucho en la barra de los bares, pero muy poco en las urnas. 

Y esa es la peor noticia de todas. Porque una provincia que normaliza el desprecio institucional acaba convirtiendo la resignación en costumbre. Y no hay política más eficaz para condenar un territorio a la irrelevancia que lograr que sus propios ciudadanos dejen de sorprenderse cuando vuelven a ningunearlo.