Artículo de Opinión por Gorka Rodríguez

'Brutal'

Ciudadanía - Gorka Rodríguez - Viernes, 12 de Junio de 2026
El periodista Gorka Rodríguez recurre a fina ironía en este artículo. No te lo pierdas.
Mesa de restaurante reservada.
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Mesa de restaurante reservada.

Si tuviera pasta montaría un restaurante. Dinero fácil. La oferta es gigantesca pero todavía hay sitio para más y más. Solo hay que ser un poco imaginativo. Ser original y sorprendente. Porque está claro que el gastrobar ha muerto. Nos dejó junto al ubicuo vinagre de módena, el maldito rulo de queso de cabra, el desconcertante camembert empanado, los lucrativos huevos rotos y el añorado coulant de chocolate. 

Así que hay que ir a la revolución total. Por ejemplo, el nombre. Se me ocurre algo así como La Chulapa, La Bellaca, La Perra, La Perra Descarada o La Perra Golfa, Vieja y Lianta. Después, un subtítulo tipo: cocina honesta, cocina con alma, fogón sincero, sabor y corazón, y cosas así. Hay que ponerle piel al asunto. 

Ese nombre sería solo la puerta de entrada a una idea mucho más ambiciosa: no sería un restaurante. Sería una experiencia brutal. Un rollo desenfadado e informal nunca visto antes. Es el concepto. La buena vibra. 

Buscaría varios emprendedores con grupo hostelero propio para que me echaran una mano. Chicos jóvenes, audaces, bien vestidos. Mozos con la energía de quien ha encontrado su mejor versión después de unos cuantas horas de coaching, mentoring y leadership. Pijos pero malotes. Auténticos canallitas con scooter de alta cilindrada. 

La carta sería brutal, por supuesto. Bao de carrillera con lotus, torreznos de Soria con salsa de llave ácida, brioche de croquetas de ensaladilla con mayo kimchi, smash burger con velo de kinder sorpresa y camión cisterna de chedar, dumpling de kobe y peta zeta, taco de tartar de salchichón con chocolate dubai y tataki de carne madurada vieja como el infierno. De postre, torrija de tarta de queso frita en caramelo. Tique medio de 60 euros.

Mi plan incluiría afterwork, coctelería, brunch y dj. Todo muy canalla e instagrameable hasta el infinito

Mi plan incluiría afterwork, coctelería, brunch y dj. Todo muy canalla e instagrameable hasta el infinito. Camareros con el cuello tatuado, tardeíto, elaboraciones "en mesa", photocall, zonas premium y demás espacios excluyentes. Un par de influencers "dando caña" en redes, obvio. Dos turnos de mesa y una política de reservas exclusiva para sortear canis, chonis y tal. 

No habría dos sillas iguales, las bombillas a la vista pero la luz tenue como un búrdel, madera envejecida para las mesas, muchos colores pero apagados, vasos de duralex, embutidos sobre papel de estraza, por supuesto. Autenticidad escenificada. Mi genial idea, claramente avanzada a su tiempo, es que todo parezca heredado cuando en realidad ha sido minuciosamente planificado. Con una inversión de 200k por cabeza lo hacemos. Brutal.

Ojalá los hosteleros de Granada tomaran nota de estas propuestas tan extravagantes, singulares y únicas. Imaginemos una ciudad llena de locales así. Soñemos con ello y hagámoslo. Hay que diferenciarse. No vaya a ser que gracias a una combinación mágica entre codicia empresarial y falta de talento todas las ciudades estén construyendo una oferta gastronómica idéntica y parezcamos medio tontos. Comiendo todos lo mismo y haciendo las mismas fotos a la misma gilda de 6 pavos en la misma bandeja de acero inoxidable. O que el turismo salvaje, junto a la ilusión de exclusividad que emana de las redes sociales, nos esté jodiendo también por este lado y acabemos pagando 16 euros por un sandwich mixto. Sería brutal que nos sintiéramos modernos cuando en realidad solo somos unos palurdos con pretensiones.

Basta ya de sitios desagradables con precios normales, donde puedes ir sin reserva, de forma improvisada, sin pensarlo una semana antes. Entrar, tomar una cerveza y picar algo en cualquier rincón. Que no te echen a la hora y media

Mientras tanto, por favor, cerremos ya mesones, tabernas y bares feos. Basta ya de sitios desagradables con precios normales, donde puedes ir sin reserva, de forma improvisada, sin pensarlo una semana antes. Entrar, tomar una cerveza y picar algo en cualquier rincón. Que no te echen a la hora y media. Asco de jamón asado, tapa de lomo alioli, migas con pescado. El camarero: un divorciado de 58 años con escasas habilidades sociales, boli en el bolsillo de una camisa de manga corta que un día fue blanca, manos trabajadas. Ni un tatoo que echarse a la boca. Una señora boliviana le ayuda en la cocina y monta los menús del día, pero no te explican ni un mísero concepto. Solo es un bar con tragaperras en lugar de música, luz normal de la que sirve para ver las cosas que tienes delante. Un negocio sin encanto, que ni siquiera es tan viejo para ser moderno, que no pertenece a un holding hostelero que abre, cierra y cambia en función del algoritmo. Quién querría ir a un local que no te promete ser único ni eleva tu clase ni te hace mejor, que no te vale para hacerte una foto y, mucho menos, para ubicarte socialmente. Fuera ya esos sitios que no tienen nada de brutal. Qué somos, ¿salvajes?

Gorka Rodríguez.