LOS RIGORES ESTIVALES EN OTROS TIEMPOS

¿Cómo se las ingeniaron nuestros abuelos para sobrevivir a las calores?

Ciudadanía - Gabriel Pozo Felguera - Domingo, 28 de Junio de 2026
Gabriel Pozo Felguera responde en este magistral y refrescante reportaje, lleno de curiosidades e imágenes singulares de nuestros antepasados que, sin electricidad, afrontaban con paciencia, mucha inventiva y creatividad lo que ahora llamamos insoportables olas de calor. Por el mejor cronista de Granada.
Composición con recursos tradicionales para atravesar las épocas más duras del estiaje en el pasado.
LUIS RUIZ RODRÍGUEZ.
Composición con recursos tradicionales para atravesar las épocas más duras del estiaje en el pasado.
  • Trabajos físicos más duros, sin agua corriente, sin electricidad para aire acondicionado y enfriar neveras… los antepasados las pasaron canutas y recurrieron al ingenio para soportar temperaturas casi tan elevadas como las olas de calor actuales

Ya están aquí, llegaron ya. Cada año más temprano y con mayor intensidad. Aunque también nuestros abuelos y padres las sufrieron. Son las calores del Sur. Las que aprietan con la canícula y que seguramente nos regalarán muchos días por encima de 40 grados a la sombra en los dos próximos meses. La electricidad es la gran diferencia de hoy con el ayer para combatirlas, el cable de la luz nos permite disponer de aparatos de refrigeración de casas, lugares de trabajo y enfriamiento de bebidas. Los antiguos no gozaron de esos privilegios, soportaron trabajos más pesados y a pleno sol. Sufrieron mucho más, aunque se las ingeniaron para enfriar sus vidas en tiempos de las calores. Y se quejaron menos. Baños en albercas, pozas en los ríos, infinidad de abanicos, tomando el fresco de las noches, bañándose en fuentes y remojando las sandías y el vino en los pozos. Lo que sigue son algunos recuerdos y trucos tradicionales para enfriar nuestras vidas en épocas sofocantes como las que se aproximan, recolectados en las memorias de nuestros mayores y vividas en la niñez por quienes hoy apenas necesitamos peine.

Las calores, sí. Digo bien. Porque en Granada siempre nuestros padres y abuelos las llamaron así. No ola de calor, que eso es una modernez y propia de otros lugares más al norte. Las calores es la mejor forma de definir el periodo abrasador de mayor sufrimiento por altas temperaturas, concentrado en la canícula

Las calores, sí. Digo bien. Porque en Granada siempre nuestros padres y abuelos las llamaron así. No ola de calor, que eso es una modernez y propia de otros lugares más al norte. Las calores es la mejor forma de definir el periodo abrasador de mayor sufrimiento por altas temperaturas, concentrado en la canícula. O sea, de mediados de julio a mediados de agosto. Cuando se rozaban los cuarenta grados en el mercurio. Aunque eso era antes, porque últimamente la canícula se ha alargado tanto que empieza en junio y se prolonga hasta bien entrado septiembre. Habrá que retocar algunos significados del Diccionario.

Dicen los entendidos que calor es masculino, normalmente un término culto y de latitudes más frescas. Mientras que la calor es femenino y se utiliza por tierras donde el calor es más extremo. Tórrido y mortal en muchos casos. Las calores forman parte enteramente del patrimonio andaluz, algo de La Mancha, Extremadura y región de Murcia. Zonas donde no es adecuado utilizar calorín (de Bilbao y la Rioja), porque lo que aquí sufrimos es un calor extremo, agobiante y bochornoso. Sobre todo, si se prolonga muchos días y se convierte en verdadera ola de calor.

El Aquarium, uno de los últimos kioscos de agua que hubo en la Carrera del Genil, por el dibujante López Sancho.

El calor es más finolis para gente que no lo sufre tanto. Y las calores es más apropiado para nosotros, los del Sur de la Península, que la soportamos ya sin remedio un año sí y el siguiente también y más fuerte

En suma, que el calor es más finolis para gente que no lo sufre tanto. Y las calores es más apropiado para nosotros, los del Sur de la Península, que la soportamos ya sin remedio un año sí y el siguiente también y más fuerte. Dice la Fundación del Español Urgente (Fundeu) que el calor y la calor son igual de correctos. Y no porque lo diga la RAE, es que ya nuestros antepasados lo sabían y preferían su uso por ser más ajustado para describir el ambiente de bochorno y falta de aire que sufren los cuerpos de los sureños.

La calor y las calores en la literatura

La expresión ola de calor tiene poquísima tradición en la literatura española. Menos aún si se refiere a los veranos andaluces. La calor o las calores ya fueron expresiones favoritas de los literatos del pasado. Así lo han venido expresando los grandes autores de los últimos siglos, a pesar de que entre 1350 y 1850 no apretaron tanto las calores veraniegas por estar atravesando lo que se llamó la Pequeña edad de hielo. Hubo muchos de esos veranos durante cinco siglos que apenas se sobrepasaron los 35 grados a la sombra.

La calor como tema literario ya figura en el Romance del prisionero (anónimo recopilado en el siglo XVI) con la cancioncilla:

Que por mayo era, por mayo,

cuando aprieta la calor,

cuando los trigos encañan

y están los campos en flor…

Luego vino el Siglo de Oro de las letras españolas y sus autores trataron el tema la calor, más en su versión femenina que masculina. Como si fuese más dañina y habitual. Miguel de Cervantes, que siempre habitó más la zona caliente del centro-sur peninsular, se refería más a las calores que al calor. El gran Lope de Vega versificaba también la versión femenina en su San Diego de Alcalá: "La calor es excesiva/sestear aquí".· Le secundan incluso poetas-soldados como Alonso de Ercilla, que traslada a Indias las calores andaluzas para describir el bochorno en la guerra del Arauco: “Como creció la seca y las calores…” (En su Araucaria).

Más cercanos en el tiempo tenemos a Benito Pérez Galdós que, en sus Episodios Nacionales, también prefiere el uso de las calores al masculino para describir la calentura que se vivía en las zonas populares de Madrid: “Con las calores del verano, la gente de los barrios bajos buscaba el fresco en las aceras, maldiciendo el bochorno que no les dejaba pegar ojo…” (En Fortunata y Jacinta). Su contemporáneo granadino A. Joaquín Afán de Ribera versificaba el verano granadino de 1899 (Revista La Alhambra, número de julio), con la siguiente estrofa:

Con estas calores

se arrugan las faldas

y es más conveniente

salir a buscarlas.

Las brisas del Darro

en la Cuesta áspera

el sudor enjuta

de sus lindas caras.

El tema de las calores y aguadores, en burro y a espalda, fueron ampliamente tratados por los humoristas granadinos de los años treinta. Dos ilustraciones de López Sancho.

Sin duda que uno de los autores que mejor comprendió la diferencia entre calor (masculino) y calor (femenino) fue el gaditano José María Pemán, porque por ser andaluz bien sufría los rigores del estío sureño: “Lo peor es cuando, al fin, el verano pasa a canícula y los calores son suplantados por las calores. Las calores no son hembras: son furias. Ninguna defensa, por lo visto, cabe frente a ellas. Conscientes de su poderío, no admiten objeción alguna…”.

Lorca, en 'Bodas de Sangre', describe a la perfección lo peor del verano en la sofocante Vega de Granada: “¡Madre, que me quemo con las calores de este secano! No hay agua que temple esta sangre”

Finalizo las referencias literarias con Gabriel García Márquez y nuestro primer poeta local. El nobel colombiano sabía distinguir el calor de la calor. Al respecto escribe en Cien años de soledad: “Úrsula, en cambio, conservaba apenas una vaga nostalgia de las calores de la tarde…”. Federico García Lorca, en Bodas de Sangre, describe a la perfección lo peor del verano en la sofocante Vega de Granada: “¡Madre, que me quemo con las calores de este secano! No hay agua que temple esta sangre”.

Siempre hubo calores, pero no tan persistentes

Lo que resulta evidente es que las olas de calor, las calores o las subidas puntuales de temperaturas son actualmente de mucha mayor intensidad que en el pasado. Los datos hunden el relato de quienes niegan el cambio climático y el calentamiento global. También parece que hace mucho más calor porque la abundancia de medios de comunicación no para de recordárnoslo. Como si de esta manera contribuyeran a enfriar el ambiente.

Sus registros demuestran que era habitual superar los cuarenta grados de vez en cuando, aunque no todos los años como ahora.

No se tienen noticias fidedignas de las temperaturas récord soportadas por Granada anteriores al siglo XX, cuando fue abierto el Observatorio de Cartuja por los jesuitas (1901). Sus registros demuestran que era habitual superar los cuarenta grados de vez en cuando, aunque no todos los años como ahora. En el periodo 1901-60 las temperaturas máximas registradas en los meses más calurosos fueron las siguientes: mayo, 35,5; junio, 40,4; julio, 42,8; agosto, 41; y septiembre, 38,6. El récord de 42,8 fue alcanzado el 29 de julio de 1935. (Extraoficialmente, la prensa informaba que el 18 de agosto de 1937 se habían alcanzado los 45 en la capital).

Temperaturas máximas y mínimas registradas en el Observatorio de Cartuja en el periodo 1901-81.

En el último medio siglo, y especialmente en lo que llevamos del XXI, esa temperatura máxima de 42,8 ha sido batida en Granada en innumerables ocasiones, prácticamente todos los veranos. Y lo peor de todo es que ha ocurrido varios días seguidos con temperaturas superiores a 42. Hasta ahora, el récord de calor lo tenemos fijado en 46 grados el 14 de agosto del año 2021 (en el Aeropuerto), 45,9 en Cartuja. Sólo nos falta un grado para llegar a los 47 de Sevilla.

Pero se producían bastantes cada verano, aunque casi nunca los médicos las achacaban a golpes de calor o relacionadas con las temperaturas; lo normal es que se hablara de insuficiencia respiratoria

A finales del siglo XIX y principios del XX solían ser más llamativas las noticias publicadas en prensa por fallecimientos durante heladas ─las temidas siberianas─ que por la calor. Pero se producían bastantes cada verano, aunque casi nunca los médicos las achacaban a golpes de calor o relacionadas con las temperaturas; lo normal es que se hablara de insuficiencia respiratoria. Pero las hubo, como las ocurridas la segunda semana de julio de 1892 en que fallecieron bastantes personas en la provincia de Sevilla y algunas en la Vega de Granada. En sus certificados de defunción figura la asfixia como causa probable de los óbitos. El 5 de agosto de ese año se superaron los 45 grados en Sevilla y los 41 en Granada.

La dureza de los trabajos en tierras de calor

Antes de rememorar los métodos, trucos y medios de que disponían las generaciones anteriores a nuestros padres para combatir las calores hay que recordar algunas consideraciones de partida. Y compararlas con el ayer y el presente.

Las islas frígidas que suponen los comercios, la hostelería o grandes superficies comerciales se nos quedarían inservibles para refugiarnos si se cortara la luz

En la actualidad somos infinitamente más vulnerables que antes; nuestras vidas dependen de un hilo: del cable de la luz. Estamos perdidos si se nos corta por avería o conflicto. De ocurrir así, regresaríamos de inmediato a la antigüedad, volver a adaptarse o morir. Hoy prácticamente todo depende de la electricidad; sin ella no podemos hacer prácticamente nada en nuestros hogares. Menos aún combatir las calores veraniegas; en Granada tienen aire acondicionado el 65% de las viviendas, de mayor o mejor calidad o potencia. Y el resto se apañan con ventiladores. Todo eléctrico. Las islas frígidas que suponen los comercios, la hostelería o grandes superficies comerciales se nos quedarían inservibles para refugiarnos si se cortara la luz.

En segundo lugar, la alimentación era mucho más pobre. Nuestros padres y abuelos eran menores en estatura y peso. Quemaban menos calorías y, por tanto, generaban menos calor. La cara buena de la necesidad es que soportaban mejor los rigores del verano y sudaban menos.

Contaba mi abuela que ella estuvo segando un mes completamente tapada con sombrero, pañuelo, mangas largas y guantes. Porque se iba a casar al acabar la siega y la piel tostada por el sol no estaba a la moda. Permaneció al sol todos los días y no le alcanzó un rayo en ningún lugar de su cuerpo

En cambio, los trabajos eran mucho más duros. En su mayoría manufactureros, agrícolas o de construcción. No existía tanto trabajo de oficina o en edificios refrigerados. Hoy sería incomprensible ver a cuadrillas enteras segando a mano a las tres de la tarde, porque con el relente de la mañana no era aconsejable. Y qué me dicen de la trilla, que había que hacerla en los peores días de calor y a todas horas del día. En medio del polvillo irrespirable que levantaba la parva. O los picapedreros extrayendo grava en las canteras del Molinillo.

Contaba mi abuela que ella estuvo segando un mes completamente tapada con sombrero, pañuelo, mangas largas y guantes. Porque se iba a casar al acabar la siega y la piel tostada por el sol no estaba a la moda. Permaneció al sol todos los días y no le alcanzó un rayo en ningún lugar de su cuerpo. Hoy los trabajos agrícolas han evolucionado radicalmente y para bien; las cabinas de una cosechadora de cereal o de un tractor parecen las de un avión comercial. Con su aire acondicionado y su nevera dentro.

Por la tarde de verano resulta ya prácticamente imposible ver a nadie trabajando bajo el sol.

La construcción y otros trabajos al aire libre están hoy regulados por normativas que eliminan las horas centrales, se hacen jornadas continuas para evitar momentos con el sol más vertical. Las tardes ya son inhábiles a efectos laborales. Y si hay que colocar una sombrilla sobre el tajo, se coloca y no pasa nada. Pero por la tarde de verano resulta ya prácticamente imposible ver a nadie trabajando bajo el sol.

Dos mujeres segando cebada en tierras altas, en 1964. J. MIGUEL PANDO/ARCHIVOS ESTATALES.
Acarreando haces de mies en tierras de La Mancha.
Recogieron la parva en las eras de El Padul.
Aventando cebada en la era grande de Huétor Santillán.
Picapedreros extrayendo grava para carreteras en las canteras de Puerto Blanco.
Carro cargado de piedras en la zona del Puerto de la Mora.
Grupo de mujeres completamente cubiertas con pañuelos y una aguadora durante el escardado de campos en la campiña cordobesa. J. MIGUEL PANDO/ARCHIVOS ESTATALES

Urbanismo tradicional contra la calor

La vivienda, las calles, el pueblo, la ciudad han sido desde siempre el primer recurso a considerar para luchar contra las temperaturas extremas, los fríos y las calores. Ahí sí que nuestros antepasados fueron más inteligentes. También eran menos y no estaban tan apiñados como ahora en el territorio. Edificaban a lo ancho y no a lo alto como ahora. Los trogloditas comprobaron muy pronto las ventajas de vivir en cuevas, con temperaturas medias muy benignas. No necesitaban apenas calefacción ni refrigeración. El interior de sus grutas está siempre a una media de 16-18 grados. De trogloditismo se sabe mucho en Granada por ser la provincia que concentra mayor número de viviendas bajo tierra.

Ese concepto de que cuanto mayor grosor de las viviendas, mayor grado de protección fue conocido y practicado por todas las culturas que nos han precedido

Ese concepto de que cuanto mayor grosor de las viviendas, mayor grado de protección fue conocido y practicado por todas las culturas que nos han precedido. La musulmana diseñó calles estrechas y en vericueto, para que el frío y el calor les afectaran lo menos posible. Además, con gruesos muros de piedra o tapial y casi nunca de más de tres alturas. Porque a medida que ascendían mayor exposición al sol y a los aires fríos. Con ventanas minúsculas, siempre enfrentadas en la línea de los vientos dominantes, para cerrarlas y calentar o refrescar, según conviniese.

En el caso de grandes residencias, las de los pudientes, había dos elementos importantísimos: la alberca central para que el agua refrescara el ambiente y las habitaciones calientes y frías. Los poderosos y sus moradas siempre tuvieron las alas de invierno y las de verano, es decir, aquellas partes más expuestas al sol eran para el invierno y las más sombrías, para el verano.

Para quienes no disponían de casas palaciegas ni patios con alberca, no había más solución que aguantarse

Para quienes no disponían de casas palaciegas ni patios con alberca, no había más solución que aguantarse. O recurrir a gasas y telas humedecidas, colocarlas en las puertas y ventanas y que pareciera que el aire entraba más fresco. Mantener las estancias en la oscuridad era un remedio que sumar a los recursos caseros. Y dormitar, aletargarse mientras tanto, esperando que llegara la noche y menguara la calor para recobrar actividad.

Era muy habitual en pueblos, sobre todo de la Costa, hacer esteras de esparto, carrizo o cañas para cubrir puertas, ventanas y balcones. Resultaban bastantes efectivos

Había otros remedios un tanto colectivos, sobre todo en calles comerciales del centro. Consistían en tender toldos entre fachadas y minorar los rayos solares. Seguían los parasoles sobre escaparates o en las puertas, de manera que parecía que algunos comercios tenían unas tiendas de campaña delante. Era muy habitual en pueblos, sobre todo de la Costa, hacer esteras de esparto, carrizo o cañas para cubrir puertas, ventanas y balcones. Resultaban bastantes efectivos.

El urbanismo de hoy en la ciudad, la mayoría en pisos de torres de varias alturas, no puede combatir con más elementos que los que añada el constructor en origen. Que suele ser relativamente efectivo, a la vez que costoso de calentar o enfriar. La realidad es que prácticamente todas las promociones modernas las entregan con aire acondicionado o con preinstalación.

Los baños en albercas, cocederos de lino y ríos

Había dos dichos o refranes en tiempos de nuestros abuelos que venían muy al pelo de la canícula, asociados de manera bastante exacta. El primero era que con las calores llegaban las primeras sandías. Las que entonces se cultivaban sin que existieran los invernaderos. Calor, sandía refrescada en un pozo o tinaja era sinónimo de que estaban aquí los temidos sudores. El otro refrán era muy utilizado por el comercio local: “Con las calores ni si cobra ni se paga”. Venía a significar que a partir de media mañana las calles quedaban vacías, la gente se retiraba de los mercados, las tiendas se dejaban en penumbra y casi preferían que no se presentara nadie a comprar. Ya no volvían a abrir hasta que regresaba el fresco. No existía la dictadura actual de tiendas abiertas ininterrumpidamente en horas más calurosas. Aunque la situación ha cambiado ahora con la abundancia de turismo, que suele moverse a horas consideradas intempestivas por los de aquí. Nunca se sabe si el turista entra buscando comprar o parapetarse en el aire acondicionado.

El agua de cauces era buscada por los más jóvenes y niños, pandillas enteras iban al Genil y al Darro, lo acotaban con piedras y hierbas y hacían represas en las que remojarse. Hoy eso ya no existe

Por supuesto que los inventos recientes de las pérgolas espolvoreando agua fresca no existían. Pero sí el agua como principal elemento refrigerante. El agua de cauces era buscada por los más jóvenes y niños, pandillas enteras iban al Genil y al Darro, lo acotaban con piedras y hierbas y hacían represas en las que remojarse. Hoy eso ya no existe.

Abundaron los estanques dentro de algunas casas antiguas que no eran un mero adorno. Se utilizaban para el baño y aseo de las familias que las habitaban. Y quienes no tenían piscina en el patio, se apañaban con media tinaja en la que metían a los más pequeños. Recipiente histórico que con el tiempo fue sustituido por el barreño de zinc.

Tres niños bañándose en un barreño en el patio de su casa de Santa Fe.
Niñas refrescándose en la alberca de un carmen del Albayzín a principios del siglo XX. M RIOBOÓ

Aunque el mayor atractivo para el baño de jóvenes fue siempre la abundante red de grandes albercas que rodeaban la ciudad y pueblos de Granada. Unas, las menos, eran albercas de riego, pero la mayoría fueron grandes piscinas llamadas cocederos de cáñamo y lino. Cuando llegaba junio ya solían tenerlas rebosantes de agua, esperaban la siega de esos vegetales y llenarlas para “cocer” sus fibras durante semanas. Pero mientras llegaba la siega, los cocederos eran las mejores piscinas. Las últimas que más utilizaron los jóvenes estuvieron situadas en la zona de Cruz de Lagos. Todavía queda una en la carretera de La Zubia.

El aseo personal resultaba complicado por la ausencia de una red de agua potable que la distribuyera por los domicilios

El aseo personal resultaba complicado por la ausencia de una red de agua potable que la distribuyera por los domicilios. Había que acudir a las fuentes más próximas, o a las acequias principales, para llenar tinajas y recipientes. Los cuartos de baño y las duchas fueron inexistentes hasta bien entrado el siglo XX y se generalizaron a partir de finales de los cincuenta, cuando se instaló la red de tuberías. Hasta entonces no hubo más remedio que asear los cuerpos y eliminar sudores y olores mediante lavados por partes. La palangana, el barreño, el lebrillo y el aguamanil eran los instrumentos de aseo. Una esponja enjabonada y un aclarado rápido fueron los antecedentes de la ducha. Las bañeras eran un lujo de muy pocos.

Los pilares y pilones para abrevar animales también servían para refrescar a transeúntes; estaban situados a las entradas de los caminos, en el Puente del Cristiano, Fuentenueva, calle Elvira, el Pilar del Toro (en su antiguo emplazamiento), etc

Los pilares y pilones para abrevar animales también servían para refrescar a transeúntes; estaban situados a las entradas de los caminos, en el Puente del Cristiano, Fuentenueva, calle Elvira, el Pilar del Toro (en su antiguo emplazamiento), etc. Las fuentes públicas de agua, con potables y gratis, no abundaban tanto como ahora. Debido principalmente al riesgo de contraer el cólera. Pero no había que preocuparse, te topabas con algún aguador pregonándola por la calle.

Aguador callejero con unas cañas sobre las cántaras para mitigar el sol.
El botijo, pipo, búcaro, alcarraza, pirulo, piporro… ese gran invento del neolítico mediterráneo que tan buen servicio hizo y continúa haciendo. Cada vez más olvidado.

A mediados del XIX los médicos granadinos y algunas casas comerciales recomendaban beber mucha agua para evitar deshidratarse

A mediados del XIX los médicos granadinos y algunas casas comerciales recomendaban beber mucha agua para evitar deshidratarse (Igual que hace ahora el presidente del Gobierno en TikTok). Pero advertían del peligro de beber con exceso o echarle unas gotas de vinagre para apartar la sed; eso provocaba disenterías, abundantes cólicos y diarreas. Incluso algunas muertes. En su lugar proliferaron bebidas “higiénicas” con mezcla de alquitrán; iban vendiendo botellas por las calles y pueblos como mejor remedio para alejar el tifus en los veranos. Llegó a hacerse bastante famosa el agua de alquitrán de Guyot. Una especie de bebida isotónica actual hecha a partir de alquitrán vegetal de pino noruego.

El río Genil y sus frías pozas fue un gran descubrimiento veraniego para mitigar las calores

El río Genil y sus frías pozas fue un gran descubrimiento veraniego para mitigar las calores. Sobre todo, cuando se pudo acceder en el tranvía de la Sierra hasta el Charcón. Se veían familias enteras, cargadas de cestas, para acotar los mejores sitios. En la charca elegida se bañaban y dejaban en un extremo de la corriente la sandía, las frutas y las botellas para que se refrescaran.

A las neveras de corcho le sucedieron en los años sesenta las forradas de metal, pero todavía necesitadas de barras de hielo para enfriar bebidas.

El pozo, donde lo había, o la tinaja fueron las fresqueras más habituales. Eso siempre que no se tuvieran posibles para comprar el hielo que se vendía a diario de los ventisqueros de Sierra Nevada o, a partir de los años veinte, comprado de las primeras fábricas que empezaron a hacer sus barras y las repartían por las calles. La conservación de alimentos mediante frío era muy precaria, limitada a unas pocas horas. Nuestros abuelos y padres tardaron en conocer el sabor de una cerveza bien fría, la temperatura habitual era la tibieza. Jamones, quesos, panera, chacinas y lo que hubiera se guardaban en las despensas, ubicadas en los rincones más frescos. Con el riesgo de que también aparecieran mohos.

Había algunas familias que tenían fresquera, eso sí, alimentada con el hielo que compraban. Estaban fabricadas, por lo general, con corcho, que era el material que mejor frenaba el deshielo

Había algunas familias que tenían fresquera, eso sí, alimentada con el hielo que compraban. Estaban fabricadas, por lo general, con corcho, que era el material que mejor frenaba el deshielo. Hasta que en los años sesenta empezaron a parecer fresqueras o neveras recubiertas con chapa, por lo general fabricadas por Cervezas Alhambra o marcas similares. Unas botellas convenientemente envueltas en hielo aguantaban fresquitas durante todo un día.

Quienes tenían dinero no se privaban de saborear unos helados. Heladeros en Granada los hubo desde siempre, porque Granada ─contrariamente al resto de Andalucía─ gozó del privilegio de tener Sierra Nevada al lado. Y el servicio de neveros que la transportaban y repartían por la capital y pueblos limítrofes. Hasta que empezaron a llegar heladeros del norte de Italia (los Rocco se quedaron), el sistema de hacer helados granadinos era muy tosco y rudimentario: una señora, por lo general, bajo una lona en una esquina, raspaba o rascaba la barra de hielo, cogía el picado en unos puñados y sobre el hielo granulado vertía los sabores.

En los pueblos de la Vega era costumbre envolver la fruta en los pajares porque así se conservaba más tiempo y decían que más fresca

En los pueblos de la Vega era costumbre envolver la fruta en los pajares porque así se conservaba más tiempo y decían que más fresca. La forma de enfriar el vino, melón y cualquier otro refresco en Santa Fe, Chauchina, Fuentevaqueros, etc. era meter los productos en un saco de arpillera e introducirlos en los pozos. La capa de agua estaba a menos de dos metros y fresquísima. La llamaban agua de remanso. Pero dejaron de hacerlo cuando se corrieron rumores de que esas aguas llevaban disueltos los jugos de los cadáveres. De hecho, en algunos de esos pueblos se llegó a prohibir enterrar a los difuntos en el suelo ya que decían que era darle sepultura al baño-maría.

Las almunias en pueblos altos, el abanico y el fresco de la tarde

Desde tiempos musulmanes se puso de moda entre los pudientes abandonar la ciudad en la canícula y buscar sitios altos. Fueron los precursores del veraneo. Se trasladaban a las laderas de la Zubia, de la Sierra de la Alfaguara y a los altos de El Fargue. Los moros ricos construyeron sus almunias de verano rodeadas del frescor que proporcionaban la mayor altitud, abundante vegetación, con las albercas y acequias de riego. Una costumbre que copiaron a la perfección los cristianos yéndose a los mismos lugares o incluso algo más alejados si se tenían buenos coches de caballos o cuando aparecieron los vehículos de motor. Arzobispos, canónigos y beneficiados de la Diócesis supieron construirse frescos palacios en Víznar y La Zubia. Las zonas de Alfacar y Huétor Santillán fueron puestas de moda por la potente clase médica que surgió a finales del siglo XIX. En estos pueblos todavía se les sigue llamando “los veraneantes” a quienes conservan esos chalés de principios-mediado el siglo XX.

Hoy no existe en Granada ninguna tienda que se llame abaniquería; siempre hubo varias en la zona comercial dedicadas casi exclusivamente a comercializar abanicos. Porque el abanico era complemento indispensable en tiempos de la calor, especialmente de mujeres

El común de los mortales no tenía más remedio que refrescarse a base de darle al abanico o saliendo a buscar la brisa en las calles que tenían fama de estar aireadas. Hoy no existe en Granada ninguna tienda que se llame abaniquería; siempre hubo varias en la zona comercial dedicadas casi exclusivamente a comercializar abanicos. Porque el abanico era complemento indispensable en tiempos de la calor, especialmente de mujeres. Si se busca en la prensa de finales del XIX y hasta los años treinta del siglo XX aparecen comercios de abaniquería en las calles Mesones, Zacatín, Bibarrambla, Reyes Católicos, etc. (El Buen Tono, Zacatín 12, Mesones 100, El Regalo, Los Muñecos, Cerería Vicente Perales). Una tradición o comercio un tanto desaparecidos que ha sido aprovechada por los manteros de las calles para ofrecer una amplísima gama de abanicos de fabricación china. A cinco euros la pieza. Especialmente cuando cae la tarde. Por cada abaniquería que existía hace un siglo hoy existen cincuenta tiendas de venta de aparatos de aire y ventiladores.

Collage con varios anuncios de las abundantes abaniquerías que existieron en Granada…… hoy sustituidas por vendedores callejeros en las calles más transitadas.

A tomar el fresco se iba a la Carrera de la Virgen, a las alamedas del Genil, al bosque de la Alhambra (siempre dos o tres grados menos que en la ciudad) y sobre todo a Plaza Nueva

A tomar el fresco se iba a la Carrera de la Virgen, a las alamedas del Genil, al bosque de la Alhambra (siempre dos o tres grados menos que en la ciudad) y sobre todo a Plaza Nueva. Esta explanada siempre ha tenido fama de traer aire frío encajonado por el valle del Darro. Incluso dicen que la dos calles que proyectan el aire más fresco por las noches hacia Plaza Nueva son la Cuesta Gomérez y la calle Aire (lateral de la Audiencia, antes llamada Chorrillo de Aire). Publicaba El Defensor en 1916 que había disputas por conseguir asiento sobre el banco de piedra de Santa Ana, porque era el más fresco; y que el vecindario acudía hasta allí con sillas. Las calores obligaban a que la vida en tiempo de verano se prolongara más hacia la noche-madrugada, hasta conseguir conciliar el suelo cuando refrescaba algo. Entre el exceso de calores y la falta de sueño era normal que la gente caminara amuermada buscando la sombra de las aceras.

El vecindario de la Manigua aprovechaba la sombra de las calles estrechas para buscar el fresco… y despiojar a los niños.
Concentración de vecinos de los barrios de San Juan de Dios, Real de Cartuja y Gran Vía que acudían a buscar la brisa de los chorros en la fuente del Triunfo, en los atardeceres de los años sesenta.

Tomar el fresco supuso entonces la mejor forma de interactuar (como se dice hoy) entre las generaciones que salían a las calles, plazas o fuentes; los mayores trasmitían historias y costumbres que los menores absorbían completamente absortos. Sin necesidad de cable y ni luz

Varias décadas más tarde, ya en los años sesenta y setenta, los peores días de la canícula convertían los jardines del Triunfo y su fuente en uno de los sitios más disputados cuando llegaba el atardecer. La enorme fuente corrida extendía ráfagas de gotillas cuando soplaba la brisa. No había sitio para sentarse en las escalinatas. Allí acudían los vendedores de barquillos, helados y, sobre todo, de chufas; los niños las masticaban fresquitas, porque venían cubiertas con hielo, y se hartaban de beber agua. Tomar el fresco supuso entonces la mejor forma de interactuar (como se dice hoy) entre las generaciones que salían a las calles, plazas o fuentes; los mayores trasmitían historias y costumbres que los menores absorbían completamente absortos. Sin necesidad de cable y ni luz.

Veraneo playero y piscinas públicas

Porque lo de veranear en la playa, aunque sólo fuese en plan dominguero, tardó en llegar. Hasta los años cuarenta no empezaron las excursiones dominicales a la playa, de manera popular, con botijo, tartera, hamaca y sombrilla. Las primeras veces en camiones, hasta que aparecieron los autocares. Por supuesto sin aire acondicionado; que, para más inri, cuando pasaban al lado de las eras de El Padul parecía que una llamarada de las parvas y de aventadores se colaba por las ventanillas.

Ninguna de ellas existe hoy, pero sus nombres no se nos han borrado de la memoria: La Juventud, Miami, Paraíso, Neptuno, etc.

También en los años sesenta empezaron a aparecer las primeras piscinas públicas en Granada. Una nueva oferta que se sumaba a la nada despreciaba plantilla de “terrazas de veraneo” con que contaba la capital en 1959: decía la prensa que los granadinos disponían de un millar de sillas en las terrazas de cafés para refrescarse en las tórridas noches. Una oferta disparatada comparándolo con otras ciudades. Las piscinas públicas fueron un gran acierto y tuvieron grandísima aceptación hasta bien entrados los años noventa; las hubo solamente como recipientes para bañarse y otras que ofrecían servicios de restauración y espectáculos nocturnos. Ninguna de ellas existe hoy, pero sus nombres no se nos han borrado de la memoria: La Juventud, Miami, Paraíso, Neptuno, etc. La eclosión de los coches utilitarios, las piscinas en urbanizaciones o chalés acabaron con aquella costumbre veraniega.

Anuncio de finales de mayo que ya iba preparando las instalaciones del que fue el mejor complejo de piscinas de verano en la segunda mitad del siglo XX. Dio el nombre a todo un barrio.
Piscina del Castillo de Lanjarón, en el año 1959.
La afluencia a las pocas piscinas públicas que había en Granda era masiva, especialmente de gente joven.

Las fábricas de hielo se extendieron rápidamente por toda la provincia a partir de los años veinte. Mataron al centenario negocio del camino de los neveros y de los pozos de nieve. No había pueblo mediano que no tuviera su fábrica hace ochenta años. A los más pequeños acudían isocarros a suministrarles. Hasta que aparecieron los primeros frigoríficos y cámaras; vinieron a sustituir al botijo milenario y las damajuanas forradas de esparto en remojo, para hacerlas resudar. También en los años sesenta, aunque no todo el mundo tuvo nevera tan temprano. En cuanto al aire acondicionado dentro de edificios públicos hubo que esperar a que aparecieran en los años cuarenta. Un sistema muy primitivo al principio. Pero ya era algo. El primer edificio que tuvo aire acondicionado en Granada fue el Cine Aliatar, en 1942.  

Afortunadamente para nuestra generación hemos recibido un importantísimo legado de nuestros padres; y a los que vienen detrás les podemos dejar una herencia que les permite afrontar de mejor manera estas calores que se nos anuncian para los dos próximos meses

Todo lo narrado hasta aquí no es más que una crónica de penalidades. Soportada con estoicismo y resignación porque no se conocía otra cosa. Afortunadamente para nuestra generación hemos recibido un importantísimo legado de nuestros padres; y a los que vienen detrás les podemos dejar una herencia que les permite afrontar de mejor manera estas calores que se nos anuncian para los dos próximos meses. Si no tienen medios para pagar un apartamento en la playa, no hay piscina en su urbanización o no tiene aire acondicionado en casa, siempre le queda el remedio de pasar las tardes de las calores veraneando en los pasillos de los grandes centros comerciales.

Rezo para que una catástrofe o decisiones catastróficas de políticos no nos corten la luz nunca más. Estamos salvados mientras podamos darle al mando del aire y sacar una Milno fresca de la nevera.

El tratamiento y mejora de la información gráfica son obra de Luis Ruiz Rodríguez.

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