El pasado 19 de julio, la Escuela Andaluza de Salud Pública (EASP) cumplió 40 años. Cuatro décadas de compromiso con la salud pública, la formación y la equidad, aunque los últimos 8 años han estado plagados de deterioro institucional y falta de compromiso de futuro. Sin embargo, la efeméride pasó en silencio. Sin actos. Sin felicitaciones. Sin reconocimientos visibles. Sin apenas palabras dirigidas a quienes han hecho posible esta historia. 

Ocho meses después, el acto conmemorativo previsto ha sido cancelado por segunda vez, esta vez en el contexto electoral andaluz. La pregunta es inevitable: ¿Puede aplazarse indefinidamente una celebración que reconoce a toda una institución? ¿Debe el calendario político imponerse al reconocimiento de lo público?

Ocho meses después, el acto conmemorativo previsto ha sido cancelado por segunda vez, esta vez en el contexto electoral andaluz. La pregunta es inevitable: ¿Puede aplazarse indefinidamente una celebración que reconoce a toda una institución? ¿Debe el calendario político imponerse al reconocimiento de lo público?

El contraste resulta aún más llamativo si se observa lo ocurrido recientemente en el Hospital Universitario Reina Sofía, donde sí se ha celebrado su 50 aniversario con un acto institucional de alto nivel y presencia del presidente andaluz. Allí hubo discurso, reconocimiento y foto. Aquí, silencio.

No se trata de cuestionar la celebración de un hospital de referencia, cuya trayectoria merece sin duda ser reconocida y además le tengo un gran cariño al hospital de Córdoba. Se trata de preguntarse por qué unas instituciones sí y otras no. Por qué lo asistencial recibe respaldo institucional, mientras la salud pública —menos visible, pero igualmente esencial visto cada vez más tras la pandemia— queda relegada.

Porque si algo define a la EASP no son los actos oficiales ni las agendas institucionales. Lo que la ha convertido en un referente nacional e internacional —incluyendo su reconocimiento por organismos como la OMS— son sus profesionales. Personas que, durante 40 años, han trabajado con rigor, vocación y compromiso, incluso en contextos difíciles y con escaso reconocimiento.

La EASP no es solo una institución: es una comunidad. Una red de conocimiento y trabajo que ha contribuido a mejorar sistemas de salud, formar generaciones de profesionales y situar la equidad en el centro del debate sanitario. Nada de eso es menor. Y nada de eso debería depender de coyunturas electorales

La EASP no es solo una institución: es una comunidad. Una red de conocimiento y trabajo que ha contribuido a mejorar sistemas de salud, formar generaciones de profesionales y situar la equidad en el centro del debate sanitario. Nada de eso es menor. Y nada de eso debería depender de coyunturas electorales.

En los últimos años, además, la institución ha atravesado un proceso de incertidumbre que culminó con su integración —y en la práctica, desaparición— en el futuro Instituto de Salud de Andalucía, aún no ejecutada. Un cambio de enorme calado que hace aún más incomprensible la falta de reconocimiento a su trayectoria histórica.

En un contexto global donde los sistemas públicos de salud enfrentan desafíos crecientes, desde crisis sanitarias hasta tensiones estructurales, instituciones como la EASP son más necesarias que nunca. Pero lo son, sobre todo, por las personas que las sostienen.

Por eso, más allá de decisiones administrativas o tiempos políticos, hay algo que no debería posponerse: el reconocimiento.

  • Reconocimiento a la dedicación.
  • Reconocimiento al conocimiento acumulado.
  • Reconocimiento a una forma de entender lo público que pone a las personas —especialmente a las más vulnerables— en el centro.

No habrá acto. No habrá foto.

Pero sí hay memoria, trabajo y compromiso.

Y eso, aunque no se celebre, sigue sosteniéndose gracias al trabajo de los profesionales de lo público. Porque lo público es lo que es importante defender siempre y más en estas elecciones del 17 de mayo.