Joan Carles March: "Hablar del suicidio es una herramienta preventiva muy potente, siempre que se haga con responsabilidad"

Más de 11 vidas será presentado en la Feria del Libro este domingo, 26 de abril, a las 17.30 horas en Pabellón de la Fundación Caja Rural Granada por Miguel Guerrero, psicólogo clínico especialista en conducta suicida, referente en Andalucía, coordinador de la Unidad de Prevención del Suicidio en el Hospital Costa del Sol y del Plan Andaluz para la Prevención del Suicidio.
—¿Cómo le surge la idea de iniciar esta serie sobre prevención y conducta suicida y, posteriormente, materializarla en un libro?
—La idea nace de una necesidad ética y profundamente personal. Durante años, en mi trabajo en el ámbito público, me encontré de frente con el impacto devastador del suicidio, especialmente tras la muerte de un compañero muy querido. Aquello no solo me sacudió emocionalmente, sino que me obligó a hacerme preguntas incómodas: qué estábamos haciendo mal, por qué no hablábamos de esto y por qué, casi siempre, llegábamos tarde.
Me hizo ver que no basta con intervenir bien en el después; necesitamos estar mucho antes, generar cultura de escucha, de acompañamiento y de acción preventiva. Y, sobre todo, me llevó a romper el silencio y empezar a hacerme —y a hacer— las preguntas que durante demasiado tiempo habíamos evitado
En ese momento, desde la Escuela Andaluza de Salud Pública, donde yo era director, pusimos en marcha una intervención de apoyo dirigida tanto a los profesionales que habíamos trabajado con él como a su familia. Fue una respuesta cuidada y necesaria, pero también claramente insuficiente en un sentido: llegaba después, cuando el daño ya era irreparable.
Esa experiencia marcó un antes y un después en mi manera de entender la prevención del suicidio. Me hizo ver que no basta con intervenir bien en el después; necesitamos estar mucho antes, generar cultura de escucha, de acompañamiento y de acción preventiva. Y, sobre todo, me llevó a romper el silencio y empezar a hacerme —y a hacer— las preguntas que durante demasiado tiempo habíamos evitado.
A partir de ahí empecé a conversar. Primero con profesionales, luego con periodistas y, sobre todo, con supervivientes y sobrevivientes. Esas conversaciones fueron transformadoras. Entendí que había un conocimiento enorme, pero disperso, y muchas voces valientes que no estaban siendo escuchadas.
Este libro nace precisamente de ahí: de la necesidad de abrir este tema a la sociedad de forma proactiva, de generar conversación y conciencia, y de contribuir —aunque sea modestamente— a reducir el número de suicidios en España.
La serie fue el primer paso para ordenar ese aprendizaje. El libro vino después, casi como una obligación moral: dar permanencia, profundidad y sentido a todo lo que esas personas me habían regalado.
Guardo muy presentes cada una de esas conversaciones. Han sido una escuela de vida que me ha enseñado no solo a comprender el suicidio, sino también a saber cómo abordarlo con respeto, rigor y humanidad.
Este libro nace precisamente de ahí: de la necesidad de abrir este tema a la sociedad de forma proactiva, de generar conversación y conciencia, y de contribuir —aunque sea modestamente— a reducir el número de suicidios en España.
—¿Es la prevención del suicidio uno de los retos fundamentales de la Salud Pública? ¿Qué requeriría para afrontarla con garantías?
—Sin duda, es uno de los grandes retos de la salud pública contemporánea. No solo por las cifras —que son estremecedoras—, sino por lo que representan: sufrimiento invisible, silencio social y fallos estructurales.
Afrontarlo con garantías implica varias cosas. Primero, reconocerlo como un problema colectivo, no individual. Segundo, invertir de forma sostenida en prevención, no solo en intervención en crisis. Y tercero, incorporar una mirada amplia: sanitaria, educativa, social y comunitaria
Además, sabemos que el suicidio no responde a una única causa, sino a la confluencia de múltiples factores de riesgo. Entre ellos, los problemas de salud mental como la depresión o la desesperanza profunda; las situaciones de aislamiento social y soledad; las crisis vitales —pérdidas, rupturas, dificultades económicas o laborales—; los antecedentes de intentos previos; el consumo de sustancias; o la exposición a entornos poco protectores, incluidos contextos de violencia o exclusión. A esto se suman factores culturales y sociales como el estigma o la dificultad para pedir ayuda, que agravan aún más el riesgo.
Afrontarlo con garantías implica varias cosas. Primero, reconocerlo como un problema colectivo, no individual. Segundo, invertir de forma sostenida en prevención, no solo en intervención en crisis. Y tercero, incorporar una mirada amplia: sanitaria, educativa, social y comunitaria.
La prevención no puede depender de la buena voluntad de algunos profesionales comprometidos; debe ser una política pública estructurada, sostenida en el tiempo y basada en la evidencia y la empatía
Necesitamos formación específica en todos los niveles, protocolos claros, recursos accesibles y, sobre todo, cultura de cuidado. Esto incluye también identificar precozmente esos factores de riesgo, fortalecer los factores protectores —como el vínculo social, la escucha activa o el sentido de pertenencia— y actuar antes de que la persona llegue a una situación límite.
La prevención no puede depender de la buena voluntad de algunos profesionales comprometidos; debe ser una política pública estructurada, sostenida en el tiempo y basada en la evidencia y la empatía.
—Y, ¿están preparados los sistemas de Salud Mental para garantizar la atención en este asunto?
—Hoy por hoy, no lo están suficientemente. Hay profesionales extraordinarios, comprometidos y bien formados, pero el sistema en su conjunto presenta carencias importantes, especialmente en recursos, coordinación y capacidad preventiva.
El suicidio es un fenómeno complejo, donde influyen también variables sociales, económicas, relacionales y culturales. Reducirlo exclusivamente a lo clínico limita nuestra capacidad de respuesta
Además, es importante entender que la salud mental es un factor clave, pero no el único. El suicidio es un fenómeno complejo, donde influyen también variables sociales, económicas, relacionales y culturales. Reducirlo exclusivamente a lo clínico limita nuestra capacidad de respuesta.
Falta formación específica en conducta suicida en los planes de estudio, pero también falta algo igual de importante: dotar de herramientas a muchos otros actores que están en primera línea. Educadores, fuerzas de seguridad, profesionales del ámbito laboral, responsables comunitarios o líderes sociales necesitan saber cómo detectar el sufrimiento, cómo escuchar y cómo actuar sin generar más daño.
A esto se suma la falta de coordinación entre dispositivos, la escasez de tiempo para una escucha real y la intervención tardía, muchas veces centrada en fases agudas, cuando la prevención debería empezar mucho antes
A esto se suma la falta de coordinación entre dispositivos, la escasez de tiempo para una escucha real y la intervención tardía, muchas veces centrada en fases agudas, cuando la prevención debería empezar mucho antes.
También tendemos a medicalizar el sufrimiento sin abordarlo en toda su complejidad. Y eso es un error. No todo se resuelve con fármacos si no hay escucha, vínculo y contexto.
Por eso, más que reforzar solo los servicios de salud mental —que es imprescindible—, necesitamos un enfoque integral: más recursos, más formación transversal y una red comunitaria capaz de sostener, acompañar y detectar el malestar antes de que se convierta en una crisis.
—¿Por qué hablar de suicidio ha sido un tema tabú durante muchos años? ¿Qué perjuicios ha ocasionado ese silencio a supervivientes y familiares?
—El suicidio ha sido históricamente un tabú por razones culturales, religiosas y sociales. Durante mucho tiempo se ha asociado al pecado, a la debilidad o a la vergüenza, lo que ha generado un silencio social profundamente arraigado.
Ese silencio ha tenido consecuencias muy graves. Ha aislado a quienes sufrían en primera persona, dificultando que pidieran ayuda. Ha dejado a las familias en una soledad enorme, no solo por la pérdida, sino por la ausencia de espacios donde poder nombrar lo ocurrido y compartir el dolor sin miedo al juicio
Ese silencio ha tenido consecuencias muy graves. Ha aislado a quienes sufrían en primera persona, dificultando que pidieran ayuda. Ha dejado a las familias en una soledad enorme, no solo por la pérdida, sino por la ausencia de espacios donde poder nombrar lo ocurrido y compartir el dolor sin miedo al juicio.
También ha alimentado el estigma y la culpa. En muchos supervivientes aparecen preguntas persistentes —“¿qué hice mal?”, “¿por qué no lo vi?”— que se intensifican cuando no existe conversación abierta ni acompañamiento. Ese silencio, además, ha limitado la comprensión social del fenómeno y ha frenado durante años el desarrollo de recursos, formación y políticas públicas eficaces.
Como me decía una periodista, “el silencio puede matar y mata”. Es una frase dura, pero muy certera. Porque el silencio no protege: aísla, confunde y retrasa la ayuda.
Es fundamental hablar del suicidio con responsabilidad, sin morbo ni estigmatización. Hablar permite comprender, escuchar sin juzgar y construir respuestas más humanas. Lo contrario —el silencio— ha sido parte del problema
Por eso es fundamental hablar del suicidio con responsabilidad, sin morbo ni estigmatización. Hablar permite comprender, escuchar sin juzgar y construir respuestas más humanas. Lo contrario —el silencio— ha sido parte del problema.
Romper ese tabú no es solo una cuestión de comunicación, es una herramienta de prevención y de cuidado colectivo.
—Pero hay que superar tantos estigmas y hablar de ello, normalizarlo…
—Exactamente. Hablar es una herramienta preventiva muy potente, siempre que se haga con responsabilidad. No se trata de banalizar ni de generar alarma, sino de abrir espacios seguros donde el sufrimiento pueda expresarse sin miedo.
Normalizar no es trivializar; es reconocer que el dolor existe, que forma parte de la vida y que puede nombrarse. Durante demasiado tiempo hemos confundido silencio con protección, y no es así: el silencio aísla.
Cuando una persona puede decir “no estoy bien” y encuentra escucha en lugar de juicio, acompañamiento en lugar de respuestas rápidas, estamos haciendo prevención real. Porque muchas veces no necesita que le solucionen la vida, sino que alguien esté presente y la tome en serio
Cuando una persona puede decir “no estoy bien” y encuentra escucha en lugar de juicio, acompañamiento en lugar de respuestas rápidas, estamos haciendo prevención real. Porque muchas veces no necesita que le solucionen la vida, sino que alguien esté presente y la tome en serio.
Hablar bien del suicidio también implica saber cómo hacerlo: sin morbo, sin simplificaciones, poniendo el foco en la ayuda, en la salida posible, en los vínculos.
En definitiva, hablar no es el riesgo; el riesgo ha sido no hablar.
—Usted ha roto ese silencio dando voz a supervivientes, especialistas, asociaciones… ¿qué podemos aprender de esos testimonios?
—Sobre todo, humanidad. Dar voz a quienes han vivido el suicidio en primera persona cambia completamente la mirada. Detrás de cada dato hay una historia, una familia, una vida. Y cuando escuchas esas voces, el suicidio deja de ser una cifra para convertirse en una realidad profundamente humana.
Aprendemos que no hay una única causa, que es un fenómeno complejo y multifactorial. Pero también aprendemos algo esencial: que la escucha puede salvar vidas, que el vínculo es una herramienta terapéutica de primer orden y que, muchas veces, lo que una persona necesita no es una solución inmediata, sino alguien que esté ahí, sin juzgar.
Las personas supervivientes nos enseñan también sobre el duelo: su complejidad, su duración, la culpa que lo atraviesa y la necesidad de poder compartirlo. Nos recuerdan la importancia de no dejar a nadie solo, ni en el sufrimiento ni en la pérdida
Las personas supervivientes nos enseñan también sobre el duelo: su complejidad, su duración, la culpa que lo atraviesa y la necesidad de poder compartirlo. Nos recuerdan la importancia de no dejar a nadie solo, ni en el sufrimiento ni en la pérdida.
Y quizás lo más importante: nos enseñan que, incluso en medio del dolor más profundo, puede haber caminos de reconstrucción, de acompañamiento y de sentido. Escucharlas no solo nos ayuda a entender mejor, sino también a cuidar mejor.
—De su serie de entrevistas, ¿cómo seleccionó las conversaciones finales?
—No fue un proceso sencillo. No quise elegir “las mejores” entrevistas, sino aquellas que, juntas, ofrecieran una mirada amplia, complementaria y profundamente humana del suicidio. A lo largo del tiempo he realizado muchas más conversaciones, que han ido ampliando mi comprensión del tema, pero el libro necesitaba un hilo coherente, una narrativa con sentido.
Busqué diversidad: profesionales de distintos ámbitos, periodistas, personas del ámbito educativo, de emergencias, del tejido asociativo… Quería reflejar que el suicidio no pertenece a un único espacio, sino que atraviesa toda la sociedad
Busqué diversidad: profesionales de distintos ámbitos, periodistas, personas del ámbito educativo, de emergencias, del tejido asociativo… Quería reflejar que el suicidio no pertenece a un único espacio, sino que atraviesa toda la sociedad.
Pero si hay un núcleo central en el libro, son los supervivientes y sobrevivientes. Sus voces son el corazón de esta obra. Personas como Cecilia Borràs y Carles Alastuey, Cristina Blanco o tantas otras que han transformado su dolor en acompañamiento, activismo y conciencia social. Sus testimonios no solo conmueven, sino que ayudan a comprender desde dentro una realidad que muchas veces se observa desde la distancia.
Cada conversación aporta una pieza del puzle. Y juntas construyen una narrativa que va más allá del discurso técnico: una narrativa que pone rostro, emoción y sentido a un problema que durante demasiado tiempo ha sido silenciado.
—¿Cuáles son los síntomas que pueden llevar a una conducta suicida? ¿Cómo detectarlos? ¿Qué se puede hacer?
—No hay una señal única ni universal, pero sí hay un conjunto de indicadores que, especialmente cuando se acumulan o se intensifican, deben alertarnos. Hablamos de cambios significativos en el comportamiento —aislamiento, abandono de actividades habituales, alteraciones del sueño o del apetito—, pero también de señales emocionales como la desesperanza, la sensación de no tener salida o de no encajar.
Detectarlo no es cuestión de ser experto, sino de estar presente. De mirar con atención, de escuchar sin prejuicios y de atreverse a preguntar. Muchas veces vemos señales, pero no las queremos ver o no sabemos cómo abordarlas
A esto se suman verbalizaciones que nunca deben ignorarse: hablar de estar cansado de vivir, de ser una carga para los demás, de no encontrar sentido, o incluso comentarios más indirectos de despedida. También pueden aparecer conductas de riesgo, aumento del consumo de alcohol u otras sustancias, o una aparente “calma” tras un periodo de gran malestar, que a veces indica una decisión ya tomada.
Detectarlo no es cuestión de ser experto, sino de estar presente. De mirar con atención, de escuchar sin prejuicios y de atreverse a preguntar. Muchas veces vemos señales, pero no las queremos ver o no sabemos cómo abordarlas.
¿Y qué hacer? Lo primero es tomarlo en serio. Escuchar de verdad, sin juzgar, sin minimizar y sin intentar dar soluciones rápidas. Acompañar, sostener y facilitar que esa persona no esté sola. Y, por supuesto, ayudar a conectar con recursos profesionales.
Hay algo especialmente importante: preguntar directamente por el suicidio no lo provoca. Al contrario, suele aliviar. Nombrar lo que está pasando puede abrir una puerta a la ayuda y romper el aislamiento en el que muchas personas viven su sufrimiento
Hay algo especialmente importante: preguntar directamente por el suicidio no lo provoca. Al contrario, suele aliviar. Nombrar lo que está pasando puede abrir una puerta a la ayuda y romper el aislamiento en el que muchas personas viven su sufrimiento.
En el fondo, la clave no está en tener la frase perfecta, sino en estar disponibles, cercanos y dispuestos a no mirar hacia otro lado.
—¿Cómo podemos encontrar ayuda?
—Existen recursos sanitarios, servicios de emergencia, líneas telefónicas específicas y asociaciones que ofrecen apoyo y acompañamiento. En España, por ejemplo, está el teléfono 024, la línea 024 de atención a la conducta suicida, disponible las 24 horas, gratuita y confidencial. También el Teléfono de la Esperanza, que lleva muchos años ofreciendo escucha y apoyo en momentos de crisis.
Además, hay numerosas asociaciones y grupos de ayuda mutua donde compartir la experiencia con personas que han pasado por situaciones similares puede ser de gran ayuda.
Hay algo muy importante: el primer paso puede ser una persona cercana. Un amigo, un familiar, alguien de confianza que escuche sin juzgar. A veces, esa primera conversación es la que abre la puerta a todo lo demás.
Pero más allá de todos estos recursos, hay algo muy importante: el primer paso puede ser una persona cercana. Un amigo, un familiar, alguien de confianza que escuche sin juzgar. A veces, esa primera conversación es la que abre la puerta a todo lo demás.
Es fundamental romper la idea de que pedir ayuda es un signo de debilidad. Al contrario, es un acto de valentía. Y también como sociedad tenemos que facilitar que esa ayuda esté disponible, accesible y libre de estigma.
—Y si ha sucedido el suicidio, ¿cómo sobrevivir a la pérdida?
—No hay recetas, y es importante decirlo con claridad. El duelo por suicidio es uno de los más complejos que existen: es largo, doloroso y está atravesado por la culpa, las preguntas sin respuesta y ese “¿y si…?” que puede volverse muy persistente.
Sobrevivir a esa pérdida no significa “superarla” ni cerrar una etapa en un tiempo determinado. Significa aprender, poco a poco, a convivir con una ausencia muy difícil de integrar. Cada persona tiene su ritmo, y forzarlo solo añade más dolor
Muchas personas que sobreviven a una pérdida así sienten culpa, vergüenza y una fuerte tendencia al aislamiento. Es algo frecuente, pero también es uno de los mayores riesgos, porque el silencio y la soledad intensifican el sufrimiento.
Sobrevivir a esa pérdida no significa “superarla” ni cerrar una etapa en un tiempo determinado. Significa aprender, poco a poco, a convivir con una ausencia muy difícil de integrar. Cada persona tiene su ritmo, y forzarlo solo añade más dolor.
Por eso es fundamental no atravesarlo en soledad. Poder hablar, encontrar espacios seguros donde compartir, ya sea con profesionales, con personas cercanas o con otras personas que han pasado por lo mismo, puede marcar una gran diferencia. Hablar no elimina el dolor, pero lo hace más habitable.
Con el tiempo —y cada uno a su manera— algunas personas encuentran formas de ayudarse a sí mismas que también acaban ayudando a otros: compartir su experiencia, acompañar, participar en asociaciones
Con el tiempo —y cada uno a su manera— algunas personas encuentran formas de ayudarse a sí mismas que también acaban ayudando a otros: compartir su experiencia, acompañar, participar en asociaciones. No es una obligación, pero sí una posibilidad que muchas personas describen como parte de su proceso de reconstrucción.
Porque el objetivo no es olvidar, sino poder vivir con lo ocurrido sin que el dolor lo ocupe todo, y, poco a poco, volver a encontrar sentido y vínculo con la vida.
—El libro cuenta con un prólogo y epílogos muy especiales…
—Quería que tanto el prólogo como los epílogos fueran algo más que un acompañamiento al libro: que ofrecieran un mensaje final de esperanza y de apoyo a quienes más lo necesitan, especialmente a los supervivientes y a las asociaciones que tanto hacen en silencio.
Contar con el prólogo de Miguel Guerrero Díaz ha sido un privilegio. Es un referente para mí, no solo por su conocimiento, sino por su compromiso constante con la prevención del suicidio. De él he aprendido mucho de lo que hoy sé, pero sobre todo he aprendido a cómo actuar ante la urgencia
Contar con el prólogo de Miguel Guerrero Díaz ha sido un privilegio. Es un referente para mí, no solo por su conocimiento, sino por su compromiso constante con la prevención del suicidio. De él he aprendido mucho de lo que hoy sé, pero sobre todo he aprendido a cómo actuar ante la urgencia.
Los epílogos de Pablo R. Coca y Piedad Bonnett aportan una sensibilidad muy especial. Pablo, desde el arte y la psicología, abre caminos diferentes para comprender y expresar el dolor. Y Piedad, desde la literatura y su experiencia como madre, pone palabras a un sufrimiento inmenso con una profundidad que conmueve y acompaña.
Entre todos, cierran el libro con un mensaje claro: que del dolor también puede surgir sentido, que no estamos solos y que hablar, compartir y acompañar son formas reales de sostener la vida.
Ese era el propósito final: no terminar el libro en el dolor, sino en la posibilidad de la esperanza y en el reconocimiento de todas esas personas y colectivos que, cada día, trabajan para que otras vidas puedan seguir adelante.

















































