¿Cultura o comercio?

El pasado trece de marzo, Granada recibió la buena noticia de que la ciudad había pasado el corte de las ciudades finalistas para ser elegidas como Capital Europea de la Cultura en 2031. Un programa especial de Radio Granada daba cuenta del fallo durante esa mañana conectando desde el Salón de Plenos del Ayuntamiento. El locutor se esforzaba en describir lo que veía a su alrededor y los personajes que pululaban por el acto para entrevistarlos. En primer lugar, lo hizo con la alcaldesa, como es natural, y después los oyentes esperábamos las entrevistas con algunos personajes de la cultura granadina. Sin embargo, el locutor nombraba al presidente de la Confederación Granadina de Empresarios y de la Cámara de Comercio y a otros personajes de la vida económica granadina. Los oyentes, esperábamos impacientes las entrevistas con García Montero, Víctor Medina, el concejal de Cultura, algún director de teatro, algún gestor cultural, algún escritor… Finalmente, el locutor se decide a entrevistar al director del Palacio de Congresos, persona relacionada de manera indirecta con la cultura, pero al mismo tiempo representante de una de las pifias patrimoniales más sonadas de los últimos años en nuestra ciudad, por lo mal planteada y gestionada que ha estado esa institución desde su nacimiento. Cuando el locutor le preguntó, el director se alegró de la elección de Granada como finalista y, sobre todo, en la fecha en que se producía esa elección, 2026, fecha significativa y conmemorativa. Dudé de que se refiriese el entrevistado al famoso encuentro de Juan Boscán y Andrea Navagero hace quinientos años en el Generalife, símbolo del nacimiento de la poesía moderna en lengua española y que, por cierto, ha sido despachado por la Universidad con dos conferencias, pero sí creí que se iba a referir al 50 aniversario del primer homenaje popular a Federico García Lorca, “El 5 a las 5 en Fuentevaqueros” de 1976. Pero no, al parecer para este impulsor de la cultura granadina existía una conmemoración más importante: los Juegos Olímpicos de invierno que se celebraron en Sierra Nevada en 1996. Se le olvidó aclarar que, si los conmemorábamos en este año, la razón no era otra que la de un cambio de fecha provocado por la ausencia de nieve en 1995.
En la retransmisión de la fiesta posterior a la celebración de “aquel día histórico” para la cultura granadina, no hubo ni una sola entrevista a un representante de dicha cultura
En fin, en la retransmisión de la fiesta posterior a la celebración de “aquel día histórico” para la cultura granadina, no hubo ni una sola entrevista a un representante de dicha cultura. No tuve más remedio que reflexionar y lo vengo haciendo desde entonces: ¿qué se pretende con esta candidatura? ¿Reforzar la cultura en Granada? ¿Resolver las deficiencias estructurales que tiene la ciudad? Por ejemplo: la falta de un gran teatro capaz de albergar espectáculos de gran formato o la falta de un edificio digno para el Ateneo, una de las instituciones que más programación cultural ofrece cada año a la ciudad, o la ausencia de una programación estable de teatro que no dependa de otras instituciones o empresas, o un logro más modesto: una estatua de Federico García Lorca en el centro, en el espacio entre sus dos casas. Y a propósito de Federico García Lorca: ¿pretende lograr la candidatura, de una vez por todas, que tanto su obra como su figura sean efectivamente “el buque insignia” de la renovación cultural que la capitalidad pueda provocar en la ciudad? No obstante, me temo que, tanto la arquitectura y el esqueleto de aquella retransmisión radiofónica como las posteriores referencias en prensa y en distintos medios de comunicación nos hacen sospechar que quizá todo este esfuerzo no esté tan encaminado a la mejora de la actividad cultural granadina y su difusión, sino más bien al fomento de la única industria existente hoy en día en nuestra ciudad –además de la industria de la “hierba”, como aclara siempre un querido amigo, también artista–, la industria de servicios, de servicios de ocio: hostelería, restauración, apartamentos turísticos, souvenirs, etc., para cuyo desarrollo es imprescindible aumentar el número de visitantes.
Todos los trabajos y los negocios son muy dignos, menos cuando atentan contra la dignidad de las personas y la capacidad de las ciudades. Granada está al límite de esas posibilidades, la vida de sus ciudadanos está ya seriamente amenazada por la explotación salvaje que se viene haciendo de sus atractivos turísticos. Estamos a tiempo de que Granada no se convierta en otra Palma de Mallorca, Barcelona o Málaga, ciudades en las que sus habitantes genuinos o los empleados, funcionarios o estudiantes allí destinados, no pueden vivir en ella por las disfunciones en precios y en calidad de vida que ha producido la explotación exagerada del turismo. Una ciudad no puede ser exprimida como una naranja. Y que la cultura vaya a ser excusa para esa destrucción nos preocupa e inquieta a quienes amamos esta ciudad y trabajamos por su cultura.
Junto a Luis García Montero y Javier Egea promocionó a comienzos de los ochenta la tendencia poética bautizada como Otra Sentimentalidad, germen de la posterior poesía de la experiencia. Ha publicado además dos novelas, algunos libros de ensayo, varias obras de teatro y dos libros de aforismos, Después de la poesía (Almería, 2006) y La vida no te espera (Sevilla, 2014). De 2004 a 2008 colaboró como columnista con el diario La Opinión de Granada.

















































