'Líbano: una guerra que nunca termina'

El Líbano es uno de los países más pequeños del mundo, con tan solo 10.500 km² (la provincia de Granada tiene 12.400 km²) y 5.5 millones de habitantes.
Formó parte del Imperio Otomano durante siglos, hasta que tras el colapso de los imperios ocurrido después de la Primera Guerra Mundial, pasó a estar bajo control de Francia de la que se independizó en 1943.
Desde 1943 rige un sistema político muy singular y único en el mundo: el presidente es un cristiano maronita, el primer ministro un musulmán de la facción suní, y el presidente del parlamento un musulmán de la facción chií.
Desde ese año rige un sistema político muy singular y único en el mundo: el presidente es un cristiano maronita, el primer ministro un musulmán de la facción suní, y el presidente del parlamento un musulmán de la facción chií. Ese sistema, fruto de una componenda política, intenta mantener el equilibrio entre sectas con el objetivo de apagar los posibles fuegos que pudieran surgir entre ellas. Y lo cierto es que aún consiguiendo un equilibrio precario entre las sectas, ese sistema político tiene como reverso de la moneda, un bloqueo político que con frecuencia hace muy difícil implementar medidas y gobernar.
Tras la Guerra de los Seis Días en 1967, muchos refugiados palestinos acabaron encallando en el Líbano.
Y para ponérselo aún más difícil a los palestinos, en 1970 después del “Septiembre negro”, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) fue expulsada de Jordania, se instaló entonces en Beirut, y fue desde allí desde donde atacaba a Israel.
Entre 1975 y 1990, el Líbano sufrió una brutal guerra civil que comenzó por el ataque de los maronitas a los musulmanes de la OLP. Fueron entonces muchas sectas en contienda (falanges cristianas, chiíes, Hezbollah, frentes palestinos…) y muchos actores extranjeros implicados (Siria, Estados Unidos, Francia e Israel). Cuando por fin, en 1989, se firmó la paz en el llamado acuerdo de Taif, el balance fue tremebundo: habían muerto al menos 150.000 personas, 400.000 habían sido heridas y más de 17.000 fueron desaparecidas.
La primera vez que yo oí hablar del Líbano, fue durante esa guerra civil en septiembre de 1982, y fue a cuenta de la masacre de civiles palestinos que aconteció en los campamentos de refugiados de Sabra y Shatila, ubicados en Beirut.
Tras el asesinato en 1982 del presidente de confesión cristiana Bachir Gemayel (contrario a los palestinos y colaborador de Israel), el ejército israelí que ejercía de controlador en la zona, permitió la entrada de falanges cristianas que se ensañaron con la población civil palestina refugiada. Los muertos se contaron por cientos; otros medios reportan que fueron miles. El ejército israelí no hizo absolutamente nada para impedir la matanza. Y podía haberlo hecho, pero no hizo más que contemplarla mirando hacia otro lado.
Hezbolá, el “partido de Dios”, un proxy del régimen iraní, surgió como reacción a la invasión israelí del Líbano en 1982.
Según Gutiérrez de Terán (2024), un sector de la sociedad libanesa percibe a Hezbollah como “una amenaza sustancial para un Líbano moderno”, mientras que otros destacan su papel en la defensa del país frente al “enemigo sionista”.
En el verano de 2006 estalló la “Guerra del Líbano”, que enfrentó al ejército de Israel con las milicias de Hezbollah. No fue una guerra particularmente larga (duró un mes) pero sí fue particularmente cruenta, hubo muchas bajas civiles y muchísimos daños en la infraestructura del país.
En esa guerra, Hezbollah se reveló como un actor político y militar central de la vida libanesa y con influencia importante en el gobierno y el parlamento. Tan es así que a veces se le considera como un “Estado dentro del propio Estado libanés” porque tiene ejército, policía propia, escuelas, hospitales y una importante red asistencial para los más necesitados.
En 2019, las revueltas que luego se llamaron “Revolución de octubre” aglutinaron contra la corrupción y la debacle económica, a ciudadanos procedentes de todas las confesiones.
En 2022 la libra libanesa colapsó, la inflación y el desempleo se dispararon, y la población sufrió una escasez importante de bienes básicos.
Israel ha aprovechado la coyuntura de la guerra de Irán para invadir el Líbano con la excusa de crear un “amortiguador defensivo”
Y para que nada falte, el pasado 28 de febrero Israel y Estados Unidos atacaron a Irán y entraron en una guerra que se les está complicando más de lo que parece que habían calculado. Ya le pasó a Putin cuando decidió invadir Ucrania, que esperaba cuatro días y va ya por cuatro años.
Israel ha aprovechado esa coyuntura para invadir el Líbano con la excusa de crear un “amortiguador defensivo”.
Pero lo que de verdad están intentando es anexionarse un 10% del territorio libanés, según ha declarado sin tapujos el ministro de defensa israelí, Israel Katz, ya que dice, que la ocupación tendrá “carácter indefinido”.
Las versiones más agresivas del nacionalismo israelí sueñan con el “Gran Israel”, que incluiría además del Israel actual, Gaza, Cisjordania, las alturas de Golán (ocupadas por Israel desde 1967 pero que legalmente pertenecen a Siria) y territorio hoy bajo soberanía libanesa (el sur del Líbano).
En poco más de cuatro semanas, más de un millón de libaneses han sido desplazados de sus hogares (muchas los habrán perdido para siempre) y la cifra de asesinados por las bombas israelíes ascienden a más de 1.500, entre ellos más de 120 menores
En poco más de cuatro semanas, más de un millón de libaneses han sido desplazados de sus hogares (muchos los habrán perdido para siempre) y la cifra de asesinados por las bombas israelíes ascienden a más de 1.500, entre ellos más de 120 menores.
Siguiendo la estrategia ya empleada en Gaza, las acciones militares israelíes en Líbano están exterminando familias enteras y retoman los métodos de 2024, cuando asesinaron a unas 4000 personas. Durante esos bombardeos, murió asesinado Hasan Nasralá el carismático líder que desde 1992 fue secretario general de Hezbollah.
No tienen miramientos en disparar al personal sanitario, y fuentes del Ministerio de Sanidad del Líbano reportan hasta 128 ataques contra instalaciones sanitarias, una violación clara del derecho internacional y de la Convención de Ginebra.
Según Amnistía Internacional es “la absoluta impunidad que Israel ha disfrutado” en guerras anteriores (Gaza sería el ejemplo más salvaje) la que lo anima a repetir esas acciones criminales, entre ellas el desplazamiento forzado de civiles, para finalmente ocupar el territorio que estos dejan vacante.
Convoy de cascos azules españoles en Beirut. Foto: Estado Mayor de la Defensa / Ministerio de Defensa
La mayoría de los libaneses son contrarios a un conflicto con Israel, lo que puede comprenderse fácilmente si se tiene en cuenta la profunda crisis económica, energética e institucional que aqueja al País de los Cedros desde 2019.
Pero Israel al igual que Estados Unidos, tiene sensación de impunidad, visto que el genocidio de la población gazatí que aún continúa, no ha tenido ningún tipo de consecuencias para él.
Irán ha vuelto a hacer recular a Trump tras sus ampulosas amenazas apocalípticas y ha alcanzado un alto el fuego para dos semanas. Ese alto el fuego no incluye al Líbano, que seguirá siendo devastado por el expansionismo israelí.
Otra vez como decía Albert Camus “son los pueblos los que sufren la Historia”.





















































