artículo de Eduardo Jiménez Fernández, Profesor Titular del Departamento de Teoría e Historia Económica de la UGR

'Otro Mundial para la hipocresía'

Política - Eduardo Jiménez Fernández - Domingo, 14 de Junio de 2026
Eduardo Jiménez Fernández, profesor titular del Departamento de Teoría e Historia Económica de la UGR, nos ofrece un análisis necesario sobre las contradicciones que rodean a la Copa Mundial de la FIFA 2026. No te lo pierdas.
El presidente de la Fifa, Gianni Infantino y el de Estados Unidos, Donald Trump.
FIFA
El presidente de la Fifa, Gianni Infantino y el de Estados Unidos, Donald Trump.

En un acto celebrado el pasado 19 de mayo de 2026 en la sede de las Naciones Unidas, y con motivo del Día Mundial del Fútbol, Gianni Infantino, presidente de la FIFA, sostuvo que la Copa del Mundo de 2026 debía constituir «una oportunidad para unir al mundo en un contexto internacional complicado» y que este deporte «es una excusa para acercar a las personas». Estas palabras chocan con las políticas migratorias implementadas por uno de los países organizadores de este evento, Estados Unidos (EEUU). Ante esta disonancia, la organización más importante del futbol mundial declaró que «la FIFA no es la dueña del mundo y que debe respetar las decisiones de los gobiernos» manifestando que no tiene ningún motivo para arrepentirse de que EEUU sea uno de los países anfitriones del campeonato.

La última entrega de esta competición celebrada en Catar en el año 2022, pasó a la historia por convertirse en una de las expresiones más evidentes de las contradicciones que desde hace años acompañan a la aristocracia de este deporte

La última entrega de esta competición celebrada en Catar en el año 2022, pasó a la historia por convertirse en una de las expresiones más evidentes de las contradicciones que desde hace años acompañan a la aristocracia de este deporte. Bajo la solemne retórica que envuelve este tipo de acontecimientos, la elección del emirato quedó marcada por una larga sombra de sospechas y denuncias. En el marco de esta representación cuidadosamente escenificada, mientras millones de aficionados se dejaban arrastrar por la emoción del torneo y el fervor de sus selecciones, numerosas organizaciones internacionales seguían señalando los excesos y contradicciones de una monarquía absolutista que, bajo los focos de este escenario, intentaba proyectar una imagen de modernidad difícilmente conciliable con las denuncias sobre derechos y libertades fundamentales. Entre las principales denuncias formuladas por numerosas organizaciones internacionales figuraban las precarias condiciones laborales de miles de trabajadores migrantes, en su mayoría procedentes de Asia Meridional, las restricciones de determinadas libertades civiles y la situación de las mujeres en un país sometido desde hace años a un intenso escrutinio en materia de derechos humanos. Precisamente este último aspecto encierra una paradoja difícil de digerir y que se encuentra biunívocamente relacionada al convulso contexto geopolítico actual. Durante años, buena parte de los gobiernos occidentales a través del mainstream informativo, han invocado la situación de los derechos de las mujeres en Irán como argumento para cuestionar la naturaleza del régimen iraní. Sin embargo, esos mismos principios parecen disfrutar de una extraordinaria capacidad de adaptación cuando las exigencias del mercado aconsejan sacrificar la coherencia ética en el altar de la cuenta de resultados.

Al mismo tiempo, el país beligerante, que con frecuencia se presenta como garante de la democracia y de los derechos humanos, mantiene su respaldo político y estratégico a un tercero (Israel) que se caracteriza por perpetrar en un mismo acto, un genocidio en Gaza y una limpieza étnica en el sur del Líbano y en los Altos del Golán

Tampoco el Mundial de 2026 parece comenzar bajo un horizonte especialmente halagüeño. Uno de los países anfitriones (EEUU) participa activamente en una agresión militar contra otro Estado (Irán) cuya selección aspira igualmente a formar parte del carnaval mediático. Al mismo tiempo, el país beligerante, que con frecuencia se presenta como garante de la democracia y de los derechos humanos, mantiene su respaldo político y estratégico a un tercero (Israel) que se caracteriza por perpetrar en un mismo acto, un genocidio en Gaza y una limpieza étnica en el sur del Líbano y en los Altos del Golán.  El mismo país anfitrión que ha levantado una valla de más de 1.200 kilómetros en su frontera para evitar la inmigración desde otro de los países organizadores, tiene en una prisión de Nueva York al presidente de Venezuela, secuestrado en Caracas en una operación contraria al derecho internacional, y amenaza con invadir Cuba o amedrentar a cualquiera nación que ose mancillar la palabra del señor Trump. En estas circunstancias, resulta especialmente difícil aislar un acontecimiento deportivo de semejante magnitud del contexto geopolítico en el que se desarrolla.

Con la destreza de un prestidigitador, la FIFA intenta convencer a la opinión pública, por no decir, publicada, de que el brillo de los focos puede hacer desaparecer las sombras de sus propias contradicciones

Con la destreza de un prestidigitador, la FIFA intenta convencer a la opinión pública, por no decir, publicada, de que el brillo de los focos puede hacer desaparecer las sombras de sus propias contradicciones. Para sostener semejante ejercicio de prestidigitación colectiva resulta indispensable la colaboración de una maquinaria mediática dispuesta a llenar portadas con goles, estadísticas y relatos épicos cuidadosamente empaquetados, procurando que las tragedias de nuestro tiempo no perturben los hábitos de consumo ni la tranquilidad emocional de los devotos del balón. De este modo, mientras los telediarios convierten cada regate en un acontecimiento histórico y cada planteamiento táctico en materia de Estado, el mundo prosigue su marcha hacia un horizonte cada vez más incierto, convulso y peligroso.

Aunque, pensándolo bien, quizá ese sea el mayor triunfo de los sumos sacerdotes de la FIFA, el haber conseguido que las calamidades de nuestro tiempo queden reducidas a simples pausas entre anuncios de Coca-Cola y las repeticiones del último gol memorable.

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