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'Parecidos y diferencias entre la ética, la religión, el derecho y las costumbres'

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 11 de Abril de 2021
'Ángel con chaleco antibalas' -El ángel Ozone', de Bansky, Londres 2007.
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'Ángel con chaleco antibalas' -El ángel Ozone', de Bansky, Londres 2007.
'Predicar moral es fácil; mucho más fácil que ajustar la vida a la moral que se predica'. Arthur Schopenhauer

La semana pasada vimos 3 preguntas y 3 respuestas para aprender qué es la moral. Sin embargo, hay otros ámbitos diferentes que también presumen de poder decirnos qué es lo correcto y qué no, ya sea el derecho que rige nuestras sociedades, las normas que las religiones desean que cumplamos, o aquellas costumbres que en una cultura o en una comunidad debemos seguir para encajar. Actuar éticamente supone seguir en tu vida una serie de normas, de prescripciones morales, si queremos ser sujetos éticamente aceptables. De ahí a convertirnos en  buenas personas tan solo hay un paso. Actuar conforme a la ley, al derecho, siguiendo obligatoriamente las leyes de un país democrático, nos convierte en buenos ciudadanos, o al menos eso se supone. Seguir los mandamientos y prescripciones de la religión que profesas, si profesas alguna, te convierte en un fiel creyente, y en una buena persona, al menos según la doctrina de la iglesia que sigas. Cumplir las costumbres sociales de tu cultura o sociedad, te convierte en un sujeto que encaja en lo socialmente aceptable. Para una sociedad una buena persona es aquella que es aceptada socialmente, que encaja en la sociedad o cultura a la que pertenece. Todos estos ámbitos comparten algunas normas y prescripciones con  la moral sugerida por la reflexión ética, aunque no siempre. Entonces, ¿en qué se diferencian? ¿Se puede acaso ser un ciudadano respetuoso con las leyes y a su vez una persona mediocre moralmente? ¿Se puede ser religioso y fiel a tu fe y ser mala persona? ¿Se puede cumplir todas las costumbres de tu cultura o sociedad y sin embargo dejar mucho que desear desde un punto de vista moral?

Se puede acaso ser un ciudadano respetuoso con las leyes y a su vez una persona mediocre moralmente? ¿Se puede ser religioso y fiel a tu fe y ser mala persona? ¿Se puede cumplir todas las costumbres de tu cultura o sociedad y sin embargo dejar mucho que desear desde un punto de vista moral?

La respuesta corta es que sí, se puede. La larga, mucho más matizada, viene a continuación. Toda sociedad se dota de un armazón jurídico para garantizar su convivencia, unas leyes de obligatorio cumplimiento, y si nos las cumples te arriesgas a que la autoridad te castigue. La responsabilidad jurídica en tanto ciudadanos procede de la autoridad que delegamos en las autoridades políticas que dictan las leyes. Autoridades, idealmente, elegidas democráticamente. La mayoría de las leyes son compatibles con preceptos morales, aunque la moral abarca un ámbito mucho más amplio de comportamientos no obligatorios. La solidaridad, no mentir a quienes te importa o a nadie en general, no juzgar a nadie por su manera de vida, no causar daños evitables a otros, no meterte en la vida privada de los demás, la generosidad de compartir lo que no necesitas, o no destruir recursos medioambientales, ser educado y respetuoso, entre otros muchos ejemplos. Una diferencia esencial existe entre ser un buen ciudadano respetuoso con la ley y ser bueno moralmente: en el primer caso la obligación es externa, es el poder coercitivo del derecho el que te obliga a acatar y comportarte según las normas. Moralmente el mandato ha de proceder de tu buena voluntad, ser consciente que es tu deber actuar conforme a la norma, no porque si no lo haces y te pillan te castiguen. De ahí también, que abarque un número mucho mayor de actos, que los que corresponderían a ser simplemente un ciudadano que cumple las leyes. Puede parecer una diferencia insustancial en estos tiempos donde la moralidad es tan frágil, pero es esencial. Las leyes no te prohíben aprovecharte de la buena voluntad de una persona, si no infringes el derecho, la moral, por ejemplo, sí.  

En un sistema democrático no deberían darse muchas contradicciones entre normas legales y morales, algunas son inevitables, dada la pluralidad de formas de vida que conviven en una democracia, pero aun así se pueden dar objeciones de conciencia a determinadas normas. Recordemos los tiempos en los que el servicio militar era obligatorio y moralmente decidías no ir, pagando el precio, porque tu conciencia estaba en contra

En un sistema democrático no deberían darse muchas contradicciones entre normas legales y morales, algunas son inevitables, dada la pluralidad de formas de vida que conviven en una democracia, pero aun así se pueden dar objeciones de conciencia a determinadas normas. Recordemos los tiempos en los que el servicio militar era obligatorio y moralmente decidías no ir, pagando el precio, porque tu conciencia estaba en contra. En sistemas totalitarios o autoritarios, oponerte a normas que consideras injustas, aunque estés obligado jurídicamente, es una obligación moral. La tensión entre las leyes y lo moral es más que evidente en estos casos. Todas estas cuestiones tienen un hilo común, la propia conciencia moral como último ámbito de decisión, sobre si acatar una ley o no. El poder político o el poder jurídico tienen el ámbito delimitado por su territorio. El mandato de tu conciencia no, trataras de aplicarlo independientemente de las leyes concretas del lugar en el que vivas.

Toda religión es a su vez un compendio de normas, y de mandatos que podríamos considerar morales, pero a diferencia de aquellos preceptos morales que únicamente se justifican en la propia conciencia, en este caso la obligación de cumplir las normas procede de la divinidad, o en su caso emanan de las jerarquías eclesiásticas que interpretan a la divinidad. Comparten con las prescripciones jurídicas que hay una fuente externa de donde procede la autoridad que obliga a cumplirlas. El Estado en un caso, la divinidad y sus intérpretes en el otro. En el caso de la religión las personas obligadas son aquellos que se consideran creyentes. Hasta qué punto una religión puede obligar a los no creyentes a seguir sus normas morales es una de las principales diferencias entre estados aconfesionales y laicos y aquellos que legitiman a una determinada religión, o la privilegian frente a otras creencias. Considerar que gente que no cree lo mismo que tu ha de estar obligada a compartir tus normas morales no parece muy moral, ni debería serlo.

Convivir en una sociedad democrática debe implicar un respeto mutuo a normas morales divergentes, maneras de vivir plurales, mientras no vayan contra el derecho democrático que legisla nuestras relaciones. Nadie te obliga a abortar, o a divorciarte, o a aceptar una sedación que acabe con un sufrimiento que no tiene solución

Convivir en una sociedad democrática debe implicar un respeto mutuo a normas morales divergentes, maneras de vivir plurales, mientras no vayan contra el derecho democrático que legisla nuestras relaciones. Nadie te obliga a abortar, o a divorciarte, o a aceptar una sedación que acabe con un sufrimiento que no tiene solución. Todos estamos obligados a no matar, o a no robar, u otras normas compartidas bajo un estado democrático de derecho, el resto de opciones deberían quedar al mando de tu conciencia moral, decidas seguir unas prescripciones religiosas, o no, si no crees en ellas. El derecho debería garantizar tu libertad moral, siempre que no actúes causando daño. La ablación de clítoris o el maltrato o discriminación a las mujeres pueden encontrar cabida en algunas interpretaciones ortodoxas de religiones, y aquellos que actúan de tal manera decir que actúan moralmente según los cánones de su religión, y por tanto son buenas personas. No es aceptable en una sociedad libre, ni respetuosa con los derechos humanos, permitir tales excusas. Esas normas morales han de prohibirse, sin permitir que recurrir a la religión las salvaguarde.

En sociedades totalitarias, por motivos de represión política o totalitaria, el conflicto entre la obligatoriedad de aceptar determinadas costumbres o normas de buen comportamiento es mucho mayor con la moral. En las sociedades democráticas, abiertas y plurales, debe haber un consenso entre las diferentes morales que conviven, consenso en normas morales comunes, y en el respeto mutuo a las que son diferentes

Otro punto de conflicto suele darse debido a la confusión entre moral y costumbres de una determinada cultura o sociedad. Muchas de las costumbres culturales o sociales son consideradas cuestión de buen gusto, o educación, básicamente para encajar en aquello que es considerado un comportamiento apto. Muchas de estas costumbres no tienen un trasfondo moral; costumbres con la comida, manera de vestirse, saludar u otras tantas. Aunque el fondo no sea estrictamente moral, respetarlas para no insultar a aquellos que las aceptan, mientras convives con ellos, es cuestión de buena educación, que en sí es un comportamiento moral: respetar a otros que no tienen tus costumbres. Al igual que en la religión o el derecho, la obligación de adaptarte a unas determinadas costumbres es externa, no interna de tu conciencia, que en términos morales siempre ha de ser tribunal de última instancia. En sociedades totalitarias, por motivos de represión política o totalitaria, el conflicto entre la obligatoriedad de aceptar determinadas costumbres o normas de buen comportamiento es mucho mayor con la moral. En las sociedades democráticas, abiertas y plurales, debe haber un consenso entre las diferentes morales que conviven, consenso en normas morales comunes, y en el respeto mutuo a las que son diferentes. Ahí probablemente, se entrecruce la necesidad de que el Estado a través del derecho garantice esos mínimos comunes que han de ser respetados por todas las diferentes pluralidades morales, mientras que  a su vez mantenga el respeto a aquellas diferencias que no pongan en peligro esos mínimos que todos debemos aceptar. Una cultura o sociedad puede considerar aceptable la costumbre del maltrato o la merma de derechos a las mujeres, porque en dicha cultura el varón tiene prevalencia. Desde el punto de vista ético no es aceptable esa situación, aunque la moral de la costumbre de dicha sociedad lo acepte.

Lo que es inevitable en la ética es que tu conciencia, a través de una reflexión que dilucide que moralidad es la adecuada, tiene la última palabra

Como hemos visto la principal diferencia entre aceptar que una reflexión ética guie tu comportamiento moral, y aceptar las normas y preceptos del derecho, la religión o las costumbres, se encuentra en que en esos ámbitos la obligatoriedad procede de fuera. En la reflexión ética que dicta tu moralidad, la obligación depende de tu voluntad y de tu razón, que ha de motivar tus acciones y tu comportamiento. En la mayoría de los casos, en sociedades democráticas y plurales, los conflictos serán mínimos, aunque haya muchas virtudes éticas como la generosidad, la solidaridad, la honestidad, que dependerán exclusivamente de tu voluntad moral. Lo que es inevitable en la ética es que tu conciencia, a través de una reflexión que dilucide que moralidad es la adecuada, tiene la última palabra. Y sería una agradable novedad que todos ejerciéramos esa potestad, sea para actuar de una manera u otra, a la hora de decidir cómo comportarnos, más allá de que lo digan las leyes, de que te lo pida la religión o de que sea costumbre. Saber, tras una profunda reflexión moral, cuál ha de ser nuestro comportamiento, es la mejor manera de crear hábitos que nos den solidez frente a los avatares de la vida, y es la única manera de convertirnos en buenas personas, más allá de cumplir las leyes, seguir las costumbres o profesar una religión, que no te garantiza que llegues a serlo.

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”