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La peste de Albert Camus y el dilema moral de una pandemia

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 15 de Marzo de 2020
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'Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras, y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas'. La Peste, Albert Camus.

Una singular noticia se escondía días atrás entre los abarrotados índices de información relativos a la crisis del coronavirus; en Francia e Italia se había producido un peculiar repunte de ventas de un libro, una novela escrita por el filósofo francés Albert Camus en 1947, La Peste. En España, no sabemos si por ser más iletrados, más irresponsables o porque somos menos susceptibles a la paranoia, no tenemos hasta el momento ningún repunte significativo de ventas, pero si un curioso incremento de búsquedas en Google. Se ve que somos más de buscar resúmenes de novelas, que leerlas. También en Italia, se había producido un curioso interés en la novela de José Saramago Ensayo sobre la ceguera. Ambas novelas analizan el comportamiento humano en situaciones límites ante enfermedades devastadoras. En el caso del escritor portugués debido a la extensión de una enfermedad que provoca ceguera, en el caso del escritor francés narra los acontecimientos sucedidos en una metafórica Orán, ante una epidemia de peste, con el consiguiente aislamiento de la ciudad. ¿Qué puede haber de singular en estas novelas para que de repente se produzca este curioso renacimiento e interés?

La respuesta simple y sencilla es que nos sitúa delante de nuestro espejo moral, y nos obliga a mirarnos a nosotros mismos, y ver si nos reconocemos o no. La respuesta larga y algo más elaborada es la que vamos a desarrollar. Como en toda buena literatura y más en novelas como éstas, con interés por una reflexión que trascienda y nos obligue a pensar moralmente, la anécdota, el contexto concreto, la trama y los personajes, no son más que una excusa para ayudarnos a pensar críticamente sobre nuestro comportamiento

La respuesta simple y sencilla es que nos sitúa delante de nuestro espejo moral, y nos obliga a mirarnos a nosotros mismos, y ver si nos reconocemos o no. La respuesta larga y algo más elaborada es la que vamos a desarrollar. Como en toda buena literatura y más en novelas como éstas, con interés por una reflexión que trascienda y nos obligue a pensar moralmente, la anécdota, el contexto concreto, la trama y los personajes, no son más que una excusa para ayudarnos a pensar críticamente sobre nuestro comportamiento. Las ideas que refleja La Peste se encuentran tratadas con más profundidad y acervo filosófico en otros ensayos de Camus, pero probablemente con menos empatía y capacidad de hacernos comprender el trasfondo ético y moral de nuestro comportamiento en situaciones límites. Para Camus la epidemia de peste que describe no es sino el motivo literario para la reflexión filosófica que le importa: el mal existe en este mundo, y nada podemos hacer para eliminarlo de raíz, por completo, pues siempre volverá, como sucede con otras enfermedades más terrenales o naturales. Creemos que hemos acabado con ellas, pero de una manera u otra, siempre vuelven, y nos golpean con una violencia inesperada. Lo que importa es cómo comportarnos, cómo podemos cada uno de nosotros rebelarnos, ante algo que estará siempre ahí, a veces aletargado o escondido, otras campando a sus anchas, y necesitamos una brújula moral que vuelva a situarnos en el norte correcto de lo que está bien y de lo que no lo está. El alcance moral de nuestras decisiones lo medirá el bien que podamos hacer con nuestros actos, con cada uno de aquellos que nos rodean, con la solidaridad frente al egoísmo del “sálvese quien pueda”.

Centrándonos en la novela de Camus: qué podemos aprender del comportamiento de sus protagonistas, de sus entuertos y deambular en la asolada y descorazonada Orán, que nos permita ver reflejados, de manera más o menos exacta, de manera más o menos acertada, los diferentes comportamiento morales que pudiéramos tener en una situación similar, en una crisis como la actual que nos produce angustia, y que corre el riesgo de causar, no un daño económico inevitable, ni el daño de la perdida humana, con todo el dolor que eso conlleva, sino ponernos a prueba moralmente, con el riesgo de descubrir que no somos quienes creíamos ser.

En la novela todo comienza sin que nadie quiera creer que algo malo vaya a suceder, o al menos nada catastrófico. Los signos están ahí, pero nadie quiere verlos, esas ratas enfermas que comienzan a aparecer por toda la ciudad. La burocracia mira a otro lado cuando comienzan a darse cuenta de la multiplicación de casos, nadie desea sentirse responsable de tomar decisiones drásticas, de molestar a la población, especialmente cuando nadie piensa que ellos, la inmensa mayoría, van a ser uno de los desafortunados a los que les toque sufrir la enfermedad. Camus dibuja con precisión de cirujano el desconcierto ante la pandemia, la negación ante lo evidente; la plaga no está hecha a la medida del hombre, por tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar. Pero no siempre pasa. Y debido a esa incredulidad sucede que continuaban haciendo negocios, planeando viajes y teniendo opiniones. ¿Cómo hubieran podido pensar en la peste, que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres, y nadie será libre mientras haya plagas.

Y en este torbellino de desolación creciente, donde casi todos los personajes pierden de una manera u otra su brújula moral, emerge la figura del protagonista, el doctor Rieux, que ante todas estas dudas mantiene firme lo principal: lo esencial era hacer bien su oficio. En la novela vemos como la precaución burocrática de las autoridades por no molestar en exceso a la población con medidas más exigentes lleva a que la enfermedad se extienda, allí donde quizá podría haberse detenido

Y en este torbellino de desolación creciente, donde casi todos los personajes pierden de una manera u otra su brújula moral, emerge la figura del protagonista, el doctor Rieux, que ante todas estas dudas mantiene firme lo principal: lo esencial era hacer bien su oficio. En la novela vemos como la precaución burocrática de las autoridades por no molestar en exceso a la población con medidas más exigentes lleva a que la enfermedad se extienda, allí donde quizá podría haberse detenido. El miedo lleva a su vez a los ciudadanos a no querer reconocer lo evidente, hasta que lo evidente les golpea de lleno, pasan de hacer su vida normal, ir al cine, los bares, el trabajo, al aislamiento, con todo el daño que la angustia por el porvenir ocasiona. La literatura de Camus describe la situación: En realidad, fueron necesarios muchos días para que nos diésemos cuenta de que nos encontrábamos en una situación sin compromisos posibles y que las palabras “transigir”, “favor”, “excepción” ya no tenían sentido. La cuarentena era especialmente cruel para aquellos atrapados en algún lugar ajeno a su hogar, pues únicamente se encontraban de paso. No es difícil comprender como se deben sentir todos aquellos separados de sus seres queridos, cuando la incertidumbre se abalanza sobre su futuro, privados del calor más básico que un ser humano puede recibir. El periodista Rambert, atrapado en Orán, separado de su enamorada, le pide a Rieux que le ayude a eludir la cuarentena, porque el bienestar público se hace con la felicidad de cada uno. El doctor se niega, por responsabilidad. Cuando estamos atrapados en una situación como esta, el egoísmo ante nuestras circunstancias suele ser la primera reacción. Creemos tener derecho a no cumplir las normas que afectan a los demás, porque nuestras circunstancias siempre son especiales.

La felicidad concreta de cada uno parece más importante que la abstracción de un mal que nos acecha, pero que aún no nos ha aprisionado en sus garras. La más natural de las reacciones humanas, la más desastrosa en circunstancias críticas, pues lo abstracto siempre termina por concretarse. Un personaje paradigmático para comprender la brújula moral, su desquiciamiento en época de crisis, es la del religioso Paneloux, con sus sermones acusando a los ciudadanos por su impiedad de haber traído la enfermedad, asegurando que los justos no tenían nada que temer, mientras los impíos sufrirían las consecuencias. El fanatismo que está larvado en nuestras sociedades siempre parece culpar de aquello que nos azota tan cruentamente, de manera tan inesperada, a aquello que odian. El absurdo del odio del fanático concentrado en culpar a alguien, a quien ya odiaban, de manera absurda. Los absurdos siempre se dan la mano. Rieux define a la perfección el fanatismo de Paneloux, en el que se ven reflejados todos los fanatismos: No ha visto morir bastante a la gente, por eso habla en nombre de una verdad. Pero el último cura rural que trate a sus feligreses y haya oído la respiración de un moribundo pensará como yo. Se dedicará a socorrer las miserias más que a demostrar sus excelencias.

No se trata de actuar como héroes, sino de algo tan sencillo como ser honestos, cada cual con su responsabilidad, haciendo su trabajo, con tal simpleza se lo dice el doctor Rieux al periodista Rambert enfrascado en una desesperada búsqueda de una huida que le permita reunirse con su amada en París: el único medio de luchar contra la peste es la honestidad. Y el primer paso es mirarnos en ese espejo moral que juzga nuestro comportamiento, siendo tan honestos con ellos como podamos, por mucho que nos duela, por mucha hipocresía que nos rodee, por mucho que el temor nos invada. Camus describe el clima desolador en el momento cúspide de la epidemia; Ya no había destinos individuales, sino una historia colectiva que era la peste y sentimientos compartidos por todo el mundo. El más importante era la separación y el exilio (…) los días terribles de la peste no aparecen como una gran hoguera interminable y cruenta, sino más bien como un ininterrumpido pisoteo que aplasta todo a su paso. Es difícil, en nuestra realidad, no vernos reflejados en estas palabras, al ser martilleados cada día con noticias que estremecen nuestros corazones, mientras la enfermedad sigue su avance, y la vida, pretende seguir igual.

Cuando una pandemia acecha, todo cambia, lo intrascendente que antes nos parecía importante, vuelve a su intrascendencia natural, y lo importante recupera su trascendencia: 'La peste había suprimido la tabla de valores'

Cuando una pandemia acecha, todo cambia, lo intrascendente que antes nos parecía importante, vuelve a su intrascendencia natural, y lo importante recupera su trascendencia: La peste había suprimido la tabla de valores. Y esto se veía, sobre todo, en que nadie se preocupaba por la calidad de los trajes ni de los alimentos. Todo se aceptaba en bloque. Rambert, que se creía tan ajeno a la ciudad en su exilio obligado, que había apostado por la felicidad individual tratando de huir, es incapaz de hacerlo, su egoísmo se doblega. Decide aceptar el destino colectivo, no puede poner sus prioridades por encima de los demás, pues,¿cómo se puede ser feliz cuando todos  los demás son infelices? Paneloux, el sacerdote fanático, al cuidar día a día a los enfermos, al ver el padecimiento, el terrible sufrimiento, poco a poco modula sus sermones, hasta que un día, incrédulo por su destino, la enfermedad le alcanza y sucumbe a ella. Todo parece diluirse, hasta los valores más esenciales, atrapados por la angustia de la plaga, pero no podemos perder de vista aquello que importa, las palabras de Rieux iluminan como un relámpago la oscuridad de la tormenta: Es evidente que un hombre tiene que batirse por las víctimas. Pero si por eso deja de amar todo lo demás, ¿de qué sirve que se bata?

Cuando la enfermedad comienza a remitir, las palabras de Camus en la novela también nos hacen reflexionar. No todo acaba con el fin de la plaga, pues es mucho más difícil reconstruir que destruir. Un largo camino aún nos queda por delante cuando la pesadilla termine

Cuando la enfermedad comienza a remitir, las palabras de Camus en la novela también nos hacen reflexionar. No todo acaba con el fin de la plaga, pues es mucho más difícil reconstruir que destruir. Un largo camino aún nos queda por delante cuando la pesadilla termine. Y cuando la dicha, dentro de unos meses al ver que la pandemia remite nos inunde, con toda la naturalidad del mundo, podría ser el momento de aprender, de saber la importancia de una sanidad pública, que nos escatime, que disponga de recursos. Puede ser el momento de luchar porque la ciencia y la investigación tengan todos esos recursos económicos a los que despreciamos en tiempos de normalidad. Más nos vale recordar las palabras que cierran la novela: el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y puede llegar un día que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a una ciudad dichosa.

La Peste es una de las obras maestras de la literatura, con cada lectura, y pueden hacerse varias sin agotar sus sentidos, algo nos enseña. Cada uno de los personajes que visita sus páginas es un arquetipo moral en el que podemos vernos reflejados o al que podemos rechazar. Quizá, aunque no seamos italianos, a los que hace tan solo unos días veíamos de reojo como unos pobres parientes desafortunados, merezca la pena hacer como ellos, y en una de esas desesperadas visitas al supermercado a acaparar víveres innecesarios, podamos visitar a alguna solitaria librería, buscar un ejemplar olvidado en una estantería, y estar dispuestos a vernos reflejados en sus páginas. Quizá nos sorprenda el personaje que mejor refleje nuestro verdadero estado moral, no necesariamente para bien.

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”