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'Trece razones para leer a Hannah Arendt en tiempos de derecha extrema'

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 2 de Mayo de 2021
Hannah Arendt.
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Hannah Arendt.

'Y ¿por qué, si es usted tan amable de responder, se convirtió en una pieza del engranaje o siguió siéndolo en esas circunstancias?' Hannah Arendt, “Responsabilidad personal bajo una dictadura”

Leer no te garantiza que seas más tolerante, demócrata o que ames la libertad, la personal y la colectiva. No evita que tu odio nuble tu corazón, ni que tu discernimiento crítico quede eclipsado por tus emociones. No evita que caigas en las mentiras que alientan el odio y destruyen tu humanidad. No evita que caigas en las garras del fascismo, apoyándolo directamente, o indirectamente,  sea justificando sus acciones y proclamas, sea mirando a otro lado porque te conviene. Leer no te salva de nada de eso, pero lo hace terriblemente difícil. Mientras más leas, mientras más comprendas, más complicado será que el fascismo clave sus garras en ti y desfigure tu humanidad hasta quedarla irreconocible. Hay muchas lecturas posibles que actúan como vacunas contra el racismo, la intolerancia o el odio que desprende esta ideología, pero leer a Hannah Arendt ayuda especialmente.  Filósofa que sufrió directamente el nazismo y que durante toda su vida trató de comprender qué componente de la frágil naturaleza humana nos hace ser cómplices directos, o mirar a otro lado, porque creemos que no nos atañe directamente su ideología del odio, no nos sentimos afectados, concernidos ni preocupados, hasta que por azares del destino seamos un obstáculo para ellos y fijen su mirada en nosotros.

Leer no te salva de nada de eso, pero lo hace terriblemente difícil. Mientras más leas, mientras más comprendas, más complicado será que el fascismo clave sus garras en ti y desfigure tu humanidad hasta quedarla irreconocible

Razón 1: A ver si espabilas, políticamente hablando. Y no hay mejor manera para despertarte de tu apatía que leer sus textos. Apatía que nos embarga y nos desconecta de la política con afirmaciones tan absurdas como el famoso mantra de: a mí me da igual, yo soy apolítico. Cualquiera que pretenda embaucarte con ese mantra miente y pretende utilizarte…políticamente. No somos apolíticos, entre otros motivos, porque no podemos serlo. El individuo no vive en un universo solipsista, donde solo él existe, y todos los demás que le rodean son meras figuras que le acompañan. Lo que hacemos, por insignificante que sea, influye en los demás, y lo que los demás hacen, por insignificante que sea, nos afecta. Y la única herramienta que poseemos, a no ser que desees tratar a pedradas a todo el mundo para que no te molesten, es la política, el arte de comprender el mundo, de comprender a los demás, de comprendernos, y de paso tratar de coordinar nuestras acciones para mejorar nuestra situación, y la de los demás. De ese caldo de cultivo que es: “no me representan”, “todos los políticos son iguales”, “no me interesa la política”, “Yo no soy el político típico”,  y demás ninguneos interesados a la política, proceden los fascismos, los totalitarismos, o similares. Ni todos los políticos son iguales, ni todas las políticas son iguales, y no hacer nada, o ser una parte de un engranaje que está corrupto, es lo que lleva a la banalidad del mal. Pero esa es otra razón. Si algo no te gusta, ¡actívate para cambiarlo!, actúa con coherencia entre lo que defiendes, lo que dices, y ante todo, lo que haces. El cambio comienza por uno mismo, por no pasar, por defender aquello en lo que crees, siempre respetando que otros puedan creer cosas diferentes y tienen el mismo derecho a defenderlas y luchar por ellas que tú.

 Y no hay mejor manera para despertarte de tu apatía que leer sus textos. Apatía que nos embarga y nos desconecta de la política con afirmaciones tan absurdas como el famoso mantra de: a mí me da igual, yo soy 'apolítico'

Razón 2: Aprende a pensar por ti mismo. La filosofía no trata de decirte qué debes pensar, ni qué verdades creer, sino cómo aprender a pensar por ti mismo. La filosofía de Arendt trata de diseminar semillas, inquietudes acerca de problemas trascendentales de nuestras sociedades. Cómo crezcan esas semillas, la forma que su fruto adquiera, cómo las aprovechemos, depende de nosotros mismos. Nuestro actual  marco educativo necesita un amplio margen de mejora en lo que se refiere a enseñar a pensar a cada niño, a cada joven, y a cada adulto, por sí mismos. Las prisas por incorporar carne fresca al capitalismo mercantilista, tratando de producir piezas del engranaje que lo hace funcionar, más que crear personas, que a través de valores comprendan el mundo y traten de mejorarlo, no ayuda precisamente. Es responsabilidad de los poderes públicos cambiar esa tendencia, pero también es responsabilidad individual, tratar de mejorar nuestras capacidades críticas, no dejarnos arrastrar por bulos, porque así todo es más fácil, dejando que otros piensen por nosotros, que otros decidan por nosotros. El famoso pin parental es una aberración, pues trata de crear personas sin capacidad crítica, dogmáticas, que solo aprendan una versión de la historia o de la verdad, la que sus padres elijan. ¿Tanto miedo hay a que nuestros infantes y adolescentes encuentren su camino críticamente a través de una pluralidad de opciones? ¿Tanto miedo nos da enseñarles a pensar por sí mismos y que no elijan lo mismo que nosotros?

Cada ser humano al que cosificamos porque viene a refugiarse en nuestras costas del horror de la guerra, del hambre, de la violencia, al que despojamos de humanidad, es una piedra más en el muro de nuestra vergüenza colectiva

Razón 3: Ella fue una refugiada, quién sabe si tú también podrías serlo. Hannah Arendt era una adolescente con inquietudes, sueños, con un futuro brillante en su país, en su hogar. Por aquel entonces ni de lejos podría imaginarse que terminaría por convertirse en una exiliada, huyendo de la Gestapo, que la había detenido por disidente política y por judía. En Francia el gobierno la detuvo de nuevo, y  fue trasladada a un campo de concentración en los Pirineos, donde pocos años antes se agolpaban los refugiados republicanos españoles, también exiliados. ¿Cuántos menas, de esos que con tanta facilidad se criminaliza, fueron en aquella época niños y niñas españoles que huían de la violencia, el odio, la persecución política? Arendt aprovechó el caos de la caída de Paris en manos nazis para huir a EEUU. Otras compañeras y compañeros de prisión no tuvieron tanta suerte y terminarían en los hornos crematorios. Un espléndido texto suyo, Nosotros los refugiados, tiene tanta vigencia hoy como antaño. Denuncia como los totalitarismos, la violencia indiscriminada por motivos políticos, religiosos, étnicos, condena a miles de personas a convertirse en refugiados, sin papeles, a los que las democracias abandonan al no saber qué hacer con ellos: al parecer, nadie quiere saber que la historia contemporánea ha creado una nueva clase de seres humanos; la clase que es confinada en campos de concentración por los enemigos y en campo de internamiento por los amigos. Negamos a los que huyen de la violencia, de la guerra, del hambre, el derecho a la dignidad, les pedimos que renuncien a todo, les convertimos en meros objetos a desechar, para que no nos molesten. Una indignidad que corroe nuestro sentido moral, mientras políticos sin escrúpulos sacan provecho de alentar ese odio y esa indignidad contra otros seres humanos, que podrían ser Hannah Arendt, podríamos ser cualquiera de nosotros si las circunstancias cambian. Cada ser humano al que cosificamos porque viene a refugiarse en nuestras costas del horror de la guerra, del hambre, de la violencia, al que despojamos de humanidad, es una piedra más en el muro de nuestra vergüenza colectiva. Son personas, con sueños, con familia, con sentimientos como cualquiera de nosotros, que han tenido la mala fortuna de nacer en territorios desolados donde la esperanza ha dejado de existir. ¿Y sí alguna catástrofe natural o humana nos convirtiera en ellos? ¿Así querríamos ser tratados?

En tiempos donde la inmediatez coloniza nuestras neuronas, y hemos aprendido a comunicarnos con simbolitos llamados emoticonos, en lugar de ser capaces de utilizar nuestro rico lenguaje para comunicar nuestras emociones, nuestras ideas, nuestros miedos, nuestras esperanzas, es reconfortante, o una señal de haberte convertido en arcaico y obsoleto, disfrutar leyendo la espléndida y abundante correspondencia de una pensadora tan original y brillante como Arendt

Razón 4: El maravilloso, pero olvidado, arte de la correspondencia. En tiempos donde la inmediatez coloniza nuestras neuronas, y hemos aprendido a comunicarnos con simbolitos llamados emoticonos, en lugar de ser capaces de utilizar nuestro rico lenguaje para comunicar nuestras emociones, nuestras ideas, nuestros miedos, nuestras esperanzas, es reconfortante, o una señal de haberte convertido en arcaico y obsoleto, disfrutar leyendo la espléndida y abundante correspondencia de una pensadora tan original y brillante como Arendt, que se encuentra  en parte archivada en la biblioteca del Congreso de los EEUU o publicada. Sus cartas con su maestro, amante, rechazado, reivindicado, pero nunca olvidado Heidegger, De 1925 hasta 1975. Historia viva de un convulso siglo. Con el también filosofo Karl Jaspers, en un encomiable ejercicio compartido que trata de comprender el mundo en el que vivían, de 1926 a 1969, o con la escritora Mary MacCarthy, en la década de los cincuenta y de los sesenta, mostrándonos su interés por el arte, la cultura viva de Nueva York y mil temas cotidianos más, pues no solo de los importantes se vive y se respira. Podría ser que leer algo de esta correspondencia, o de tantas otras que pensadores, escritores o políticos, nos han legado, reanime nuestro interés por esta maravillosa manera de relacionarnos, y de comprendernos, los unos a los otros. Nuestros pensamientos adquieren reposo cuando los escribimos, se adquiere profundidad. Hoy día escribir una carta que no sea por mera necesidad, se ha convertido en algo no solo olvidado, sino despreciado. Nosotros nos lo perdemos.

Razón 5: Comprender lo que está sucediendo para no repetir los errores del pasado. Existe cierta reticencia, más o menos bienintencionada, a tratar de comprender por qué se producen determinados acontecimientos, simplificando los análisis, ya que por su cercanía en el tiempo aún nos hieren. Tratar de comprender que haya gente que vote partidos xenófobos o con tintes autoritarios, o corruptos, no justifica la barbarie, pero es necesario examinar en profundidad causas y contextos, con todos los matices; la comprensión no significa negar la atrocidad (…) significa, más bien, examinar y soportar conscientemente la carga que los acontecimientos han colocado sobre nosotros. Estas palabras de la pensadora alemana en Los orígenes del totalitarismo deberían hacernos reflexionar sobre la necesidad de no despreciar los problemas que provocan esos neofascismos que nos inundan, sino por el contrario reconocerlos, tratando de buscar soluciones desde una óptica profundamente diferente, basándonos en la democracia, la tolerancia, la justicia, la igualdad, y el resto de valores que nos dignifican como sociedad. Ignorar esos problemas no los hará desaparecer, los incrementará.

Cuántas veces hemos observado como desde la derecha extrema se tiende a desprestigiar a las ONGs, despreciando su trabajo, o a aquella persona que por compromiso social trata de denunciar injusticias, como desahucios de personas sin recursos, protección de inmigrantes, lucha contra el machismo asesino u otras aberraciones que se dan en nuestra democracia

Razón 6: Los caminos al totalitarismo. Las semillas para comprender el ascenso del nazismo o las barbaries estalinistas en la Unión Soviética en pleno siglo XX, analizadas en Los orígenes del totalitarismo, están ahí para que a través de la comprensión de las causas de esos fenómenos, aprendamos lo suficiente para que no vuelvan a producirse situaciones similares. Lo primero que hemos de reconocer es que el mundo moderno, ilustrado, a pesar de todo su potencial liberador, de todo su auge tecnológico, ha provocado a su vez consecuencias indeseables, que de no tener en cuenta causan graves problemas, al aparecer soluciones alternativas a las democráticas, como en su momento los fascismos, u hoy día algunos de los populismos tan presentes en nuestras sociedades, como el trumpiano y derivados del mismo en Europa. O el autoritarismo de Estados como Polonia y Hungría en la propia Unión Europea. Estos movimientos tienden a culpar a grupos de personas; antisemitismo en la Alemania Nazi, gitanos, homosexuales, disidentes políticos, inmigrantes, menores no acompañados que huyen de la miseria, como culpables de todos los males. En tanto chivos expiatorios los convierten en parias, en escoria. Ecos de estos discursos podemos observarlos hoy día en la criminalización de colectivos de inmigrantes, básicamente por el hecho de serlo. Estos gérmenes del totalitarismo crecen con mayor rapidez en una sociedad de masas, donde se devalúa la política, se alienta que el individuo ponga sus intereses egoístamente por encima del resto, haciéndoles partícipes de algún tipo de esencias patrias que les hace creer ser diferentes, mejores al resto. Lo público se devalúa mientras se favorece lo privado. El activista político, que ejerce de ciudadano se ve con recelo. Cuántas veces hemos observado como desde la derecha extrema se tiende a desprestigiar a las ONGs, despreciando su trabajo, o a aquella persona que por compromiso social trata de denunciar injusticias, como desahucios de personas sin recursos, protección de inmigrantes, lucha contra el machismo asesino u otras aberraciones que se dan en nuestra democracia.

Cada compromiso individual con lo colectivo, con una causa justa, por pequeña que sea, es un cambio a mejor, no solo de la sociedad, de nosotros mismos

Razón 7: Mientras menos vida participativa tengas, más contribuyes a que te utilicen. Una vez que se desprestigia la participación pública, reivindicativa, se pasa a desarticular la sociedad civil, a aislar socialmente al individuo. Al desacreditar la política se produce una atomización de la sociedad, el individuo aislado es más fácilmente manipulable. Las sociedades plurales que se vertebran más horizontalmente que verticalmente, a través de organizaciones civiles, son sociedades que muestran un mayor  vigor democrático. Son sociedades más sanas. Abandonar esta vertebración a través de discursos del odio, y del desprecio a la pluralidad, nos convierte en sociedades más uniformes, menos libres, menos justas, menos iguales. Se crean vanas esencias abstractas que tratan de uniformar; solo hay una lengua que importe, una cultura que importe, una religión que importe, una bandera que importe, una patria que importe, una determinada moralidad que importe. Una uniformidad social, de pensamiento único, con devastadoras consecuencias. Aceptar las diferencias, convivir con ellas, es uno de los principales retos de las democracias. Los regímenes autoritarios, del tipo que sean, tratan de homogeneizarnos, así somos más fácilmente manejables, como un rebaño gobernado por depredadores. Cada compromiso individual con lo colectivo, con una causa justa, por pequeña que sea, es un cambio a mejor, no solo de la sociedad, de nosotros mismos.

Cuando la pensadora alemana reniega de amar causas, patrias, pueblos, sabe bien lo que está diciendo. El amor es algo demasiado importante para devaluarlo en lo abstracto, solo debe existir en lo concreto, las personas, con nombre y apellido

Razón 8: Somos algo más que anónimas y solitarias maquinas que trabajan. Arendt muestra su preocupación por la deriva de la modernidad que trata de convertirnos en seres anónimos, egocéntricos, individuos aislados, que hacen poco más que nacer, educarse para encontrar un trabajo, laborar un día tras otro, de manera automática, enterrando cualquier creatividad y comunión social, y dejando uno o dos días a la semana para olvidarnos de nuestra anodina vida, recorrer centros comerciales donde en palabras de la filósofa nos encontramos juntos en soledad. Arendt no vivió el auge de la era tecnológica, que en lugar de comunicarnos tiende a aislarnos más y más del resto de individuos. Sustituimos lo real por lo virtual. El único trato real con otros seres humanos los tenemos en esos templos modernos llamados centros comerciales donde el consumo ha sustituido a cualquier otro intercambio social. Lo económico vence a lo político, y cuando eso sucede, nos deshumanizamos, perdemos lo que nos singulariza, ese gozo compartido de un mundo en armonía. Comprometerse con grandes causas es esencial, pero no debemos olvidar que lo que importan son las personas, de carne y hueso, no entes abstractos, grandes símbolos, que lo aguantan todo. Cuando la pensadora alemana reniega de amar causas, patrias, pueblos, sabe bien lo que está diciendo. El amor es algo demasiado importante para devaluarlo en lo abstracto, solo debe existir en lo concreto, las personas, con nombre y apellido. Albert Camus ya nos advirtió de lo mismo, y con igual polémica se rebeló contra el amor incondicional a causas, pueblos o patrias. Ese amor, al final, siempre deviene en sacrificar personas inocentes que se encuentran en el camino de alcanzar tu ideal. Lecciones de la historia ha habido muchas en este sentido, cuando las causas importan más que las personas concretas a las que defienden pierden su legitimidad moral.

Debemos preguntarnos ¿es posible ser feliz si aquellos que te rodean sufren? Si no comprendemos que las cuestiones que nos hacen mejores personas, como la felicidad, y el disfrute de la libertad, han de ser bienes compartidos, al alcance de cualquier miembro de la comunidad, habremos fracasado como sociedad

Razón 9: Si otros no son felices, nosotros no podemos serlo del todo, si otros no son libres, tampoco nosotros podemos alcanzar la verdadera libertad. O lo que es lo mismo, la política, que es cosa de todo el mundo, tiene una obligación moral, velar por la dignidad de las personas; recuperar el espíritu originario de aquellos pensadores que concebían la democracia como una responsabilidad donde: nadie podía ser feliz si no participaba en la felicidad publica, que nadie podía ser libre si no experimentaba la libertad publica, que nadie, finalmente, podía ser feliz o libre si no participaba y tenía parte en el poder público. Se ha impuesto una corriente de un liberalismo conservador donde se conjuga únicamente la felicidad o la libertad en el plano privado. Y ese plano es importante, pero sin esos espacios compartidos, algo nos falta. Reivindiquemos una política cuya prioridad sea la felicidad pública, la participación política, el poder de la ciudadanía, la libertad pública, espacios públicos para reencontrarnos. La felicidad es una responsabilidad comunitaria, o debería serlo. Renunciar a una sociedad del gozo público es el primer paso para controlarla. Si dejamos que intereses privados te digan cómo has de ser feliz, poseyendo cosas que no te valen de nada, consumiendo productos banales solo porque te dan estatus social, controlando tu regocijo para hacerles a ellos más ricos y a ti más pobre, nunca serás feliz. Tendrás un mal sucedáneo de la felicidad. Debemos preguntarnos ¿es posible ser feliz si aquellos que te rodean sufren? Si no comprendemos que las cuestiones que nos hacen mejores personas, como la felicidad, y el disfrute de la libertad, han de ser bienes compartidos, al alcance de cualquier miembro de la comunidad, habremos fracasado como sociedad.

La razón, una de ellas, es que más allá de que éticamente sea lo apropiado, podrías igualmente ser tú el que sufra la injusticia, y te gustaría que los que son 'engranajes' del sistema no se encogieran de hombros, y dijeran que no es asunto suyo, que no es su responsabilidad, ni su culpa

Razón 10. No seas una pieza del engranaje que perpetua la banalidad del mal. Las sociedades de masa, donde nos convertimos en engranajes de una maquinaria, tratan de eliminar el pensamiento crítico, de eliminar nuestra responsabilidad colectiva. Nos convierten en engranajes de aquello que sabemos está mal, como perpetuar la pobreza o explotar a otros seres humanos, para satisfacer nuestras ansias consumistas. Nos dicen que si no lo hacemos, otros lo harán y lo disfrutarán. “Solo eres una pieza más, acéptalo, y deja que todo siga su curso”, te susurran continuamente al oído. Te convencen de que no puedes hacer nada. Pero una sola pieza que se niegue a encajar en un engranaje maligno puede atascarlo, romperlo. Si tan solo tomamos conciencia de ello. Nos convencemos que denunciar lo que está mal en los sistemas que conforman nuestras sociedades no es nuestra responsabilidad, que ya suficiente tenemos con lo nuestro, ¿por qué habríamos de preocuparnos por los demás?  La razón, una de ellas, es que más allá de que éticamente sea lo apropiado, podrías igualmente ser tú el que sufra la injusticia, y te gustaría que los que son engranajes del sistema no se encogieran de hombros, y dijeran que no es asunto suyo, que no es su responsabilidad, ni su culpa.

Cuántas veces oímos esa frase de ¿quién soy yo para juzgar? Eres la persona adecuada para hacerlo. Tú eres responsable de juzgar todas las acciones que te afectan, incluyendo las que realizas tú mismo. Renunciar a ello es permitir que el mal gane, tolerar que vaya corrompiendo nuestra dignidad moral

Razón 11: Piensa antes de actuar, juzga antes de dictaminar. Cuántas veces oímos esa frase de ¿quién soy yo para juzgar? Eres la persona adecuada para hacerlo. Tú eres responsable de juzgar todas las acciones que te afectan, incluyendo las que realizas tú mismo. Renunciar a ello es permitir que el mal gane, tolerar que vaya corrompiendo nuestra dignidad moral. Es nuestra capacidad de juzgar,  a través de nuestra conciencia, la que ha de tener la última palabra. No hay peor lacra para la humanidad que eso que llamamos obediencia ciega. Hacemos daño a otros, porque nos dicen que miremos a otro lado, o que participemos pasivamente. Sucede porque creemos que no nos convertiremos en víctimas; que a nosotros no nos harán un desahucio, no engrosaremos las colas del hambre,  o que no somos mujeres a las que discriminan, maltratan o matan por el mero hecho de serlo. Sucede porque da la casualidad que no somos extranjeros que huyen de la guerra y la calamidad. Mientras no seamos aquellos que sufren, nos conformamos siendo parte de un proceso que nos envilece y perpetua el mal.

El mal es el mal, elegir uno por encima de otra con la excusa del mal menor es una trampa perversa que nunca debe atraparnos

Razón 12: No seas tan egocéntrico, el mundo importa más que tus egoístas deseos. O en las sabias palabras de nuestra filósofa en Responsabilidad colectiva: La cuestión no es nunca si un individuo es bueno, sino si su conducta es buena para el mundo en el que vive. El centro de interés es el mundo y no el yo. La culpa de nuestras acciones es individual, no colectiva. Si azuzas el odio contra los inmigrantes, si promueves el odio a las mujeres, y alientas los discursos que fomentan el odio machista, si explotas a trabajadores, si eres corrupto, la culpa es tuya, no del mundo que te ha hecho así. Eres culpable de tus actos. Por el contrario, la responsabilidad si es colectiva; si permitimos que en nuestro nombre, por no hacer nada, por mirar a otro lado, se cometan maldades. Si dejamos que la xenofobia se convierta en el discurso dominante, por no entrar en confrontación, la responsabilidad de lo que suceda es social. Si socialmente somos conscientes de que una acción está mal, y la permitimos, por cobardía, indiferencia, o porque hay que elegir entre dos males, y el mejor es el menor, nos traicionamos como comunidad, como seres humanos plenos, nos corrompemos moralmente. El mal es el mal, elegir uno por encima de otra con la excusa del mal menor es una trampa perversa que nunca debe atraparnos.

Razón 13. El derecho a tener derechos y la plena vigencia y necesidad del feminismo en el siglo XXI. Si una mujer no puede dado los condicionamientos sociales, económicos o políticos acceder en plenitud a su derecho a ser ciudadana, en plena igualdad con el hombre, algo falla. Y es la política, una política feminista, la que debe solucionarlo. El empoderamiento de las mujeres ha de ser irrenunciable, no solo como sujetos pasivos de derechos, sino como ciudadanas en plenitud de ellos, ejercitando el poder que les permita legislar para conseguirlos. Beauvoir habla de segundo sexo para denunciar la opresión del patriarcado respecto a las mujeres, su relegación a una posición subordinada al hombre. Arendt nunca fue una activista feminista en el sentido de la pensadora francesa, pero su noción de paria, sujeto al que se le ha privado de derechos, abarca también esa reivindicación de aquellas mujeres, que por nacer como tales, se les priva de un reconocimiento de plena ciudadanía. Múltiples ejemplos de ello tenemos hoy en el mundo, y en nuestro propio país, tan solo nos falta quitarnos la venda, atrevernos a ver el sufrimiento de tantas mujeres, contra las que se ejerce violencia para someterlas, y si no lo hacen se las asesina. ¿Cuántas muertes anuales necesitamos para concienciarnos y hacer algo?

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”