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El cadáver del pensador y diplomático fue autentificado, en 1925, en Granada por el entonces rector de la Universidad

El periodista que encontró la momia de Ángel Ganivet perdida en un cementerio

Cultura - Gabriel Pozo Felguera - Domingo, 11 de Junio de 2017
En este nuevo reportaje el escritor y periodista Gabriel Pozo reconstruye el fascinante proceso por el que el periodista Enrique Domínguez Rodiño buscó y encontró, 27 años después del suicidio, el cadáver de Ángel Ganivet y su repatriación a Granada, el multitudinario entierro, el homenaje de la ciudad y qué fue de su viuda. No te pierdas otro capítulo más de la apasionante historia de la Granada poco conocida que nos ofrece cada semana Gabriel Pozo Felguera.
El entierro de Ángel Ganivet fue una de los más multitudinarios de la historia de Granada.
Prensa de la época
El entierro de Ángel Ganivet fue una de los más multitudinarios de la historia de Granada.
  • Gracias al “alma gemela” (Francisco Navarro Ledesma) y al corresponsal de guerra de El Imparcial (Enrique Domínguez Rodiño) se pudo repatriar el cadáver del escritor 27 años después de suicidarse, tras estar ilocalizable su tumba

  • El último médico que vio en Riga a Ganivet le diagnosticó una grave enfermedad mental; se pidió a la Embajada en San Petersburgo que lo encerraran en un manicomio, pero la respuesta llegó cuando ya se había suicidado

  • El cadáver fue autentificado, en 1925, en el cementerio de Granada por el Dr. Fermín Garrido, ya que conservaba el pelo, el pronunciado prognatismo de su mandíbula, cicatriz de una pedrada en la frente y por su pierna derecha rota

Riga, junto al mar Báltico. 29 de noviembre de 1898. El diplomático y escritor granadino Ángel Ganivet se suicida arrojándose por dos veces al agua casi congelada del río Dwina. Va a recoger a su mujer e hijo que vienen de España. Lo entierran en un perdido cementerio. Menos mal que un íntimo amigo, desde Madrid, pide que metan su cadáver en una caja metálica, pensando en el futuro.  Su familia, sus paisanos y su país casi le olvidan. Vienen las guerras europeas y se le pierde el rastro a su tumba… Hasta que el corresponsal Enrique Domínguez Rodiño queda bloqueado en Riga durante la Revolución Rusa, 22 años más tarde. A falta de trabajo, se dedica a buscar el cadáver de Ganivet; había leído algo suyo y conocía la acerada polémica que corría por Granada acerca del monumento que Juan Cristóbal había modelado para recordar al “perdido” Ganivet. Esta es la historia de cómo un periodista buscó y encontró la momia de Ganivet, y se inició su definitiva repatriación.

Tengo la duda de si el periodista de El Imparcial conocía a Ángel Ganivet más por su obra literaria que por el enfrentamiento que existía en Granada (del que se hacía bastante eco la prensa de Madrid) acerca del monumento que esta ciudad había preparado a la memoria de su insigne escritor y suicida. El corresponsal Enrique Domínguez Rodiño recaló en Riga en 1920 para informar de la revolución rusa, camino de Petrogrado (actual San Petersburgo). Pero en la frontera de Riga (capital de la región letona) tuvo que detenerse a esperar autorización. Pasaban las semanas y los rusos no le daban el visado. Así es que se acordó de la tragedia de Ganivet y decidió enviar alguna crónica sobre él.



Ángel Ganivet retratado al óleo por su amigo José Ruiz de Almodóvar. Es una obra propiedad de los herederos del pintor, cedido al Museo de Bellas Artes de Granada.

Lo primero era buscar su tumba y comenzar por ahí su historia. Pero ¿dónde estaba enterrado? El consulado de España había sido eliminado. La disputa continua del territorio letón entre Alemania, Polinia y Rusia; la Primera Guerra Mundial; y la Revolución rusa de 1917 dejaron el territorio arrasado

Lo primero era buscar su tumba y comenzar por ahí su historia. Pero ¿dónde estaba enterrado? El consulado de España había sido eliminado. La disputa continua del territorio letón entre Alemania, Polinia y Rusia; la Primera Guerra Mundial; y la Revolución rusa de 1917 dejaron el territorio arrasado. Los archivos oficiales habían desaparecido. Y lo peor era que Riga contaba con varios cementerios debido al cruce de civilizaciones que es esa zona del mar Báltico.

El corresponsal de El Imparcial fue a ver si el cura de la iglesia católica sabía algo. Las iglesias suelen ser buen archivo y refugio en tiempos de tribulaciones. Eso ocurrió el 29 de octubre de 1920, a juzgar por la fecha que lleva el certificado. En la primera crónica que publicó su periódico (9. 12. 1920) cuenta que se encuentra en los umbrales de Rusia: “Historia de un viaje que no se ha llegado a realizar”, en la cual mete unas líneas desvelando claramente que ha conseguido encontrar el lugar de enterramiento de Ganivet. “Tumba anónima, fría sin un nombre, sin flores…”, dice.

La reacción inmediata en Granada fue desempolvar la idea de repatriar el cadáver de Ganivet, ya que había sido localizado por el corresponsal de El Imparcial. Los primeros intentos antes de la I Gran Guerra,  iniciados en 1908 por el Centro Artístico, en 1911 por Juan Echevarría Álvarez en su Noticiero Granadino y en 1912 por el Ayuntamiento, no habían llegado a cuajar. Pero en 1920 ya no había guerra en Riga y estaba localizada la tumba; era el momento propicio.

El primero en reaccionar en prensa local y nacional (El Sol, 6 de enero de 1921) fue Antonio Gallego Burín. Escribió un artículo titulado “Ángel Ganivet, su muerte, su monumento y sus restos”. Plantea que se retome el intento de devolver a Ganivet a “esta tierra caliente y hermosa…” Y añadía Gallego que nunca mejor ocasión para intentar repatriar el cadáver, ahora que estaba cercana la fecha de la inauguración del monumento que Juan Cristóbal tardó años en modelar en su estudio de Madrid; lo tenía preparado para colocar en la subida a la Alhambra.

De paso, Gallego Burín aprovechaba su artículo para mostrar su descontento con la decisión de ubicar el monumento a Ganivet en la Alhambra, y no en la zona del Paseo de los Tristes o del Avellano, en lugar apartado como estaba previsto (La decisión final de la zona alhambreña la exigió Juan Cristóbal). “Yo pido ayuda” –decía Gallego- a todos para lograr que “los restos de Ganivet vuelvan de Riga a España”.

A Gallego Burín le siguieron otros muchos escritores locales: desde el Defensor de Granada ya lo venía haciendo periódicamente el periodista Andrés Gutiérrez Fernández; desde El Sol se sumaba Eduardo Marquina (18.1.1921) a la idea expuesta por Gallego Burín, etc.

Crónicas de la búsqueda ganivetiana en 1920

Pero lo mejor estaba por venir. Enrique Domínguez, al ver la gran repercusión de sus primeras líneas de un mes antes, escribió tres nuevos artículos detallando sus investigaciones en Riga. Lo hizo los días 14, 21 y 23 de enero de 1921. Incluso envió por correo postal el acta de defunción que había conseguido (aunque El Imparcial no la hizo pública hasta varios años después, el 28 de marzo de 1925).

Novedades de la crónica del 14 de enero de 1921. Domínguez especula sobre si habría sido un suicidio, un crimen, una conspiración política o un accidente. Se quejaba de que la guerra había destruido archivos o se los habían llevado los rusos; también de que sus pesquisas no avanzaban porque ya no quedaban cónsules del tiempo de Ganivet que pudieran informarle. Además, Ganivet ejerció muy poco tiempo en Riga y no llegó a congeniar con casi nadie.

Hasta que se topó con el bibliotecario del Ayuntamiento, Nicolás Busch, y le rebuscó entre viejos periódicos. En varios de ellos hallaron noticias de la extraña muerte y enterramiento del cónsul de España. Uno de ellos decía: “El cónsul de España, recientemente nombrado en Riga, Sr. Ganivet y García, falleció el martes de muerte repentina”. En otro diario apareció una esquela puesta por el Consulado de España que rezaba: “El entierro del cónsul de España, Doctor Ángel Ganivet y García, tendrá lugar el sábado 3 de diciembre, a las once de la mañana, saliendo de la iglesia católica en la Plaza del Castillo”. Al día siguiente, se informaba del entierro y de la asistencia de la familia del fallecido, “llegada en estos días a Riga” (Se refería a su esposa Amelia Roldán Llanos y a su hijo Ángel Tristán, de tan sólo cuatro años), además de autoridades locales, cónsules y algún español.

El corresponsal rebuscó en los archivos policiales. Habían desaparecido, allí no había nada sobre la “muerte repentina” de Ganivet. El corresponsal recurrió a la iglesia católica de San Miguel. Efectivamente, allí estaba registrada su muerte en lengua rusa. Solicitó un certificado fidedigno al párroco, aunque escrito en alemán. El papel dice: “Iglesia parroquial católica de Nuestra Señora de los Dolores en Riga (plaza del Castillo, 5). (…) El 29 de noviembre falleció en Riga, ahogado, en estado irresponsable, Ángel Ganivet y García, hijo de (en blanco). Realizó el entierro el cura vicario Tabenski en el cementerio de San Miguel, el 3 de diciembre de 1898”.

Al periodista le extrañó aquella expresión del cura de “estado irresponsable”. Qué significaría. Todo el mundo había escrito en España que Ganivet se suicidó al conocer las duras condiciones del Tratado de París, mediante el cual Estados Unidos quitó a España lo que le quedaba de colonias en América. Algo así como un suicidio patriótico. Y ahora descubría por letra de un cura un dato que llamaba la atención.





Retratados en Helsinki. En el invierno de 1897, las hermanas de Ganivet (Josefa e Isabel) acompañaron a su hermano, su cuñada Amelia y su sobrino Ángel Tristán (de tres años) a su consulado en Helsinki. Los cuatro aparecen retratados en estas fotos de dos estudios locales. Estas instantáneas están depositadas en el Archivo de la Casa de los Tiros de Granada.

El bibliotecario del Ayuntamiento le ayudó a publicar un breve en la prensa local reclamando si alguien recordaba lo del suicidio del cónsul, ocurrido 22 años atrás. Y apareció precisamente el último médico que había tratado a Ángel Ganivet, el Dr. Ottomar Haken.

Novedades de la crónica del 21 de enero de 1921. Se trataba de una entrevista con el doctor, titulada “Cómo murió Ganivet”. Ottomar le contó que incluso una hermana suya, interesada en la lengua española, había conocido a Ganivet durante el poco tiempo que vivió en Riga. A través de ella se convirtió en médico de la mayoría de cónsules extranjeros.

Por aquellos últimos días de noviembre, Ganivet estaba viviendo en la casa del su amigo el cónsul alemán Von Burck y no en la “casa blanca” del número 22 de la calle Balozu, al otro lado del río.

Según recordaba el doctor, el cónsul alemán se lo había llevado a su consulta porque detectó que Ganivet estaba atravesando un mal momento, “había advertido el mal estado de salud de su amigo”. Al ver que empeoraba, consiguió convencerlo para ir a su clínica. “Daba muestras Ganivet de una extraña agitación; descuidaba su trabajo; apenas si comía; estábase hasta altas horas de la madrugada dando vueltas en su cuarto, y muy de mañana, casi sin haber dormido, lanzábase diariamente a la calle, emprendiendo solo largos paseos, que muy a menudo se prolongaban hasta que se cerraba la noche”.

En el último reconocimiento, el doctor aseguró que Ángel Ganivet padecía parálisis general progresiva y manía persecutoria, sumamente peligrosa

Tras el reconocimiento facultativo, el doctor aseguró que padecía parálisis general progresiva y manía persecutoria, sumamente peligrosa. “Como era muy grande su agitación  -prosiguió el doctor- y se hacía mayor en cuanto se ponía a hablar de sus enemigos, concertados según él para buscar su ruina y perderle, después que procuré tranquilizarle con todos mis medios, recomendándole reposo y recetándole calmantes, aconsejé al barón Von Bruck fuese recluido inmediatamente su amigo en un manicomio en evitación de una posible desgracia. Luego se trataría, cuando viniese su esposa, que estaba al llegar de España, y de la que Ganivet hablaba constantemente, no sin cierta incoherencia, aunque como si de su llegada, esperada con vehemente ansiedad, aguardase él su curación, si permitía la gravedad de su mal sacarlo de la Casa de Salud, de entregárselo a su esposa para que lo restituyese a España”.



Puerto de Riga. Esta foto es de primeros años del siglo XX. Se trata del muelle de Riga, en la parte vieja de la ciudad, donde atracaban los vaporcillos que unían con el barrio en la zona oeste. Quizás alguno de los que aparece fotografiado fue desde el que se arrojó Ganivet el 29 de noviembre de 1898. La foto es del Archivo de la Casa de los Tiros.

Por desgracia, el cónsul alemán nada podía hacer sin consultar antes a la embajada española en San Petersburgo, de la cual dependía. Y las comunicaciones no eran precisamente rápidas por aquellos años. El doctor recomendó que se hiciera el trámite lo antes posible, porque el caso era urgente.

La comunicación a la embajada se hizo tal como recomendó el médico. Pero la respuesta llegó tarde, cuando Ganivet ya se había arrojado al agua.

Muy pocos días después de ver al médico, el 29 de noviembre por la mañana, Von Bruck y Ganivet se despidieron sin que el primero sospechara nada de las intenciones del segundo. Se dirigió al vaporcito que conectaba las dos orillas del inmenso Dwina; iba a esperar a su esposa Amelia Roldán y a su hijo, que venían en un buque desde Alemania. Sólo faltaba una hora para el atraque. Ganivet se arrojó vestido con ropa espesa a las gélidas aguas del río. Fue rescatado por la marinería, pero volvió a arrojarse en cuanto le dejaron solo para ir a buscar mantas. En la segunda ocasión ya no fue posible salvarle la vida.

Su esposa y su hijo tuvieron que coger un coche cuando comprobaron que no les estaba esperando. Se fueron al consulado; esperaron hasta las diez de la noche, cuando el cónsul alemán fue a darles la terrible noticia.

El periodista de El Imparcial pidió opinión al doctor si creía que Ganivet se habría salvado de haberlo recluido al instante en un manicomio. La respuesta fue: “No. Su mal era incurable. Tal vez se hubiese podido evitar el trágico fin, pero para su dolencia no había ya remedio humano”.



Acta defunción. Este documento fue obtenido por el corresponsal de El Imparcial. El original está en ruso, pero el cura le hizo copia en alemán. Es la partida de defunción de Ángel Ganivet, donde se indica que falleció en “estado irresponsable”. Es de la iglesia católica de Riga; el cura informó al periodista español del cementerio donde había sido enterrado el escritor granadino 22 años atrás. A partir de este documento comenzó la intensa búsqueda de su cadáver en noviembre de 1920.

El médico Ottomar Haken había conocido a otro cónsul español en Riga. Debió ser antes de la II Guerra Mundial, se apellidaba Zapiro; le informó que estaban haciendo gestiones para repatriar el cadáver de Ganivet.

Por la correspondencia consular hemos podido llegar a conocer que la embajada española en Rusia tuvo conocimiento del trastorno mental de Ganivet, pero no se reaccionó a tiempo. También de que llegó un telegrama desde Madrid, de su amigo Francisco Navarro Ledesma, solicitando que se le embalsamara en un ataúd de zinc. Aunque esta gestión ya la había previsto el propio consulado. Ganivet fue enterrado con la presumible intención de poder repatriarlo pronto.

Amelia Roldán y su hijo Ángel Tristán ya estaban de regreso en España el 21 de diciembre; el cadáver de su marido quedó metido en el fondo de una fosa de casi tres metros de profundidad. Su hijo recordaba, muchos años después, que le pareció de paredes de cemento o de hielo.

Novedades de la crónica del 23 de enero de 1925. La tercera y última crónica del corresponsal de guerra en busca de la tumba de Ganivet es muy interesante. Domínguez Riaño cuenta cómo, con el certificado de defunción en la mano, tomó un tranvía hacia la zona de los cementerios del Riga. En mitad de un campo de nieve virgen. Al fin consiguió dar con el camposanto católico. Unos niños y una anciana no le entendieron; la mujer del sepulturero tampoco. Un hombre que hacía coronas de difuntos le dijo que regresara cuando estuviese el enterrador, porque de lo contrario sería imposible hallarla. Hacía 22 años del enterramiento, la zona había estado en continua guerra. Quizás Ganivet ya no estuviera en esa sepultura, porque las tumbas fueron reutilizadas o completadas con los soldados muertos en los frentes de batalla.

El corresponsal recorrió todas las tumbas del cementerio católico. Ninguna tenía el nombre de Ángel Ganivet

El corresponsal recorrió todas las tumbas del cementerio católico. Ninguna tenía el nombre de Ángel Ganivet. Lo mejor sería regresar al día siguiente en busca del enterrador; llevaba muchos años en el oficio y conocía bien el cementerio.

El sepulturero miró en sus números de registro, cogió un plano y se encaminó seguro hasta una sepultura sin nombre, situada en el primer parterre frente a la iglesia, la quinta de la segunda calle. Se trataba de una especie de “sarcófago de hormigón, resquebrajado y sin tapa”.

“Ni una lápida, ni una cruz, ni un nombre que lo confirmase”, escribió el periodista. Pero el enterrador estaba segurísimo. No recordaba si había alguien más enterrado encima, porque en cada sepultura solían meter a tres personas. Quizás robaran la placa y la lápida, pero el enterrador estaba seguro. Por eso preguntó si a Ángel Ganivet lo habían enterrado en sarcófago metálico. De no haber sido así, ahora sus restos estarían muy deteriorados por tanta humedad, sería imposible confirmarlo.

Incluso el enterrador echó mano de un largo pincho para saber si tocaba con metal. Si la varilla atravesaba la tierra es que a Ganivet no le habrían enterrado en caja de zinc, tal como había pedido su amigo Navarro Ledesma por telegrama. Ahí se nos queda la historia contada por el periodista de El Imparcial. Al menos, con los datos que trajo sobre la localización de la tumba ya se podían reiniciar desde Madrid y/o Granada las gestiones para la repatriación del cadáver.

Lo que no publicó Domínguez Riaño (o no supo) fue que el enterrador pinchó en la tumba. El hierro se introdujo hasta tocar, en el fondo, la carcasa de zinc que contenía la momia de Ángel Ganivet. No nos han podido confirmar cuántos cadáveres había enterrados y descompuestos encima, si uno o si dos más. Pero lo que era seguro es que el metálico del fondo correspondía al  del cónsul español.

El monumento, paso previo a la repatriación (1917-1921)

Antes de que el periodista localizara la tumba sin nombre en Riga, el Centro Artístico de Granada ya venía moviendo el tema del monumento a Ganivet en Granada. Por iniciativa del omnipresente cacique y bienhechor Natalio Rivas, se había hablado con Mariano Benlliure; el gran escultor del momento era amigo de D. Natalio, incluso había acogido a su recomendado Juan Cristóbal como aprendiz en su taller de Madrid.

El monumento sería un busto, en actitud pensativa, (a partir de un dibujo de Manuel Ángeles Ortiz), en piedra blanca, con un hombre desnudo en bronce que intenta dominar al macho cabrío echando agua por su boca, ante él, en sentido alegórico

La revista Nuevo Mundo recordaba que, ya antes de 1905, D. Natalio, Luis Seco de Lucena, propietario de El Defensor de Granada, y Francisco Navarro Ledesma (el amigo íntimo de Ganivet en Madrid) habían hablado de mover papeles para repatriar a Ganivet y, de paso, erigirle el monumento. Incluso dijo D. Natalio que contaba con el “genio desinteresado y entusiasta de Mariano Benlliure”. Pero el asunto del monumento quedó parado, quizás por la repentina muerte de Navarro Ledesma.

Al final, fue Juan Cristóbal González Quesada (1896-1961), joven protegido del diputado y ministro alpujarreño, quien se quedó con el encargo de hacer el monumento. Se iba a pagar por suscripción popular y sería colocado en los accesos a la Fuente del Avellano.

Corría 1917. Juan Cristóbal le había prometido a D. Natalio que el monumento estaría acabado muy pronto. Para finales de diciembre de 1918 es seguro ya que Juan Cristóbal había iniciado  el encargo (aunque sabía que tendría dificultades para cobrarlo), porque en el Noticiero Granadino del día 19 desvelaba las características que iba a tener dicho monumento. Advertía el periodista que quizás los granadinos más tradicionales quedaran decepcionados, mientras que a los modernistas seguro que le gustaba. Había tomado ideas de los retratos y dibujos de Ganivet “sólo el mínimo exigible a todo artista cuando pretende individualizar”. Ya se olía la omnipresente y tradicional polémica estéril entre bandos granadinos.

Se compondría de un busto, en actitud pensativa, de labios carnosos (a partir de un dibujo de Manuel Ángeles Ortiz). Sería en piedra blanca y encaramado sobre una columna de piedra gris, con una guirnalda de bronce y una escueta dedicatoria. Estaría situado al pie de una fuente y, delante, en sentido alegórico, un hombre desnudo en bronce intentaba dominar al macho cabrío echando agua por su boca.



Monumento en La Alhambra. Tras varios años de trabajos de Juan Cristóbal, el 3 de octubre de 1921 fue colocado el monumento Ganivet en los paseos de La Alhambra. No era, en principio, el lugar pensado desde que surgió la idea, ya que la intelectualidad del momento y los jóvenes se inclinaban por colocarlo en el Paseo de los Tristes, lugar por excelencia de la Cofradía del Avellano. Los más conservadores no entendieron el simbolismo del atleta desnudo luchando contra el macho cabrío. El trabajo del escultor, que iba a pagarse por suscripción popular, al final fue sufragado principalmente por el Centro Artístico y Natalio Rivas. La revista La Esfera de Madrid publicó una reseña con foto días después de la inauguración. En la otra foto actual vemos el monumento tras su reciente restauración tras caerle un árbol al busto y partirlo en dos.
Recordaba el Noticiero que el lugar de ubicación siempre se pensó en el Centro Artístico que sería el Paseo de los Tristes. Así al menos opinaba Melchor Fernández Almagro, que fue el autor del artículo y uno de los directivos del Centro Artístico. Y lo justificaba porque era el sitio que Ganivet no dejaba de visitar cada vez que regresaba a Granada, donde confluía la esencia de la ciudad ganivetiana: Alhambra, Albayzín, Sacromonte, gitanos, el río, el bosque, etc.
 
Había nacido otra polémica de calado en Granada. Muchos no entendieron aquel hombre sujetando al carnero, ni que un estanque fuese lo más adecuado para un ahogado. Y lo peor de todo: que se ubicara al lado de la fuente del Tomate.

Pocos granadinos habían aportado un chavico para pagar el monumento. Después de cobrar poco y mal, fue el escultor Juan Cristóbal quien presionó para que el monumento fuese colocado donde está

Así había transcurrido el tiempo entre finales de 1918 en que Fernández Almagro vio el boceto en el taller madrileño de Juan Cristóbal y finales de 1920, en que el escultor aceleró los trabajos al conocer que habían sido localizados sus restos en Riga. La revista La Alhambra dedicó tres páginas a pontificar sobre el asunto en su número de 30 de septiembre de 1920.

Pocos granadinos habían aportado un chavico para pagar el monumento. Al final le tocó a muy poquitos cubrir el gasto de fundición: el Centro Artístico, D. Natalio… Después de cobrar poco y mal, fue el escultor Juan Cristóbal quien presionó para que el monumento fuese colocado donde está. La instalación fue inaugurada el 3 de octubre de 1921; la prensa y los fotógrafos del momento levantaron acta de ello.

Comienza la larga repatriación

Pero habían transcurrido nueve meses desde la localización de la tumba y la elección del monumento alhambreño. Y los restos de Ganivet continuaban en tal estado. Ya la familia real española nada podía hacer contactando con la familia real rusa, como ocurrió en una anterior ocasión. La revolución roja había acabado con todos los Romanov en la tumba. Ahora por Riga mandaban los bolcheviques y sus coaligados.

Ya he anticipado que desde enero de 1921 se venían sucediendo campañas de prensa pidiendo la repatriación del cadáver. Todos se habían subido al carro de El Imparcial: La Esfera en artículos de 19 de febrero, 16 de julio y 12 de noviembre de 1921; Eduardo Marquina en El Sol; varios articulistas locales en El Defensor de Granada, etc.

Carmen de Burgos (Colombine) en El Heraldo (28 enero de 1921) entrevistaba a la hermana viva de Ganivet, Josefa, para que le contara vida, obras y muerte de su hermano Ángel; Josefa recordaba cómo su madre nunca supo los amoríos en pecado del cónsul con la cantante Amelia Roldán, ni los nietos que había tenido con ella.

La hermana sabía que Ángel y Amelia vivían un amor tormentoso: a veces juntos donde él estaba de cónsul, a veces separados con Amelia en casa de su madre, en Barcelona. Ganivet decía que no se casaba por no dejar una carga al Estado, según declaraciones de su hermana. Contaba cómo ella (Josefa) y su otra hermana (Isabel) habían acompañado a la pareja y al niño en 1897 durante su estancia en Helsinki.



Familia Ganivet. Esta foto fue publicada por el periódico La Voz, en Madrid. Se ve a varios miembros de la familia Ganivet: su hermana Josefa y su cuñado Francisco en el centro, Ángel Tristán Ganivet el joven de la derecha, y en los extremos las hijas de Josefa y Francisco. Están delante del vagón del tren en la Estación del Norte de Madrid; ahí venía el arcón con la momia de Ganivet desde Hendaya. Desde Riga hasta el puerto vasco había venido en un barco. Toda esta familia acompañó el cadáver desde Madrid hasta Granada. La Voz publicó varias fotografías más del enorme gentío que formó la comitiva del traslado hasta la Universidad de la calle San Bernardo y después hasta Atocha.

Pero cuando al verano siguiente trasladaron a Ángel a Riga no quiso que volvieran a acompañarle los cuatro, pues había solicitado regresar a Madrid, a un puesto burocrático del Ministerio. Creía que la región de Letonia sería un destino transitorio. Escribió a la familia diciendo que aquel clima plomizo le aplastaba la cabeza, le dolía todo y estaba deseando regresar. La familia seguía sin creerse lo del “doble suicidio” veintitrés años después.

“Pienso en lo que estos días hablan los periódicos de una tumba –se lamentaba Josefa Ganivet-, en la que no se sabe a ciencia cierta si están sus huesos, y donde un sepulturero se dispone a pinchar, como esos consumeros que atraviesan las mercancías a ver si hallan resistencia”. Así había sido, pero el pincho no llegó a atravesar su momia por estar protegida por el metal. De no haber sido por la iniciativa de su amigo Navarro Ledesma, quizás todavía estuvieran podridos o deshechos en la tierra letona.

Fue necesario el empujón dado por D. Natalio (que había sido ministro de Instrucción Pública unos pocos años antes) y del Dr. José de Cubas, cuñado de Navarro Ledesma y también miembro del cuerpo diplomático; ambos hicieron que se acelerasen los trabajos de extracción de la urna. Pero estábamos ya en la primavera de 1925. Desde Granada había viajado una delegación a hacerse cargo de los huesos.

La exclusiva de que los restos de Ganivet, ¡por fin!, habían sido facturados para España la dio Antonio Gallego Burín en El Sol de Madrid y en El Defensor de Granada el 17 de marzo de 1925. Jugó con ventaja gracias a un telegrama de la delegación granadina. Nadie se lo creía por aquí. Habían transcurrido ya 27 años y varios intentos de repatriación. Ninguno con éxito.

Pero esta vez era verdad. José de Cubas había sido compañero de Ganivet; confirmó la salida del ataúd metálico en un barco desde Riga, el día 19 de marzo. También el nuevo cónsul de España en Riga, Enrique Marcos, enviaba telegramas de confirmación.

A partir del 19 de marzo de 1925, los periódicos españoles fueron informando puntualmente del recorrido del barco que lo traía. Madrid y Granada se preparaban para recibir a tan insigne literato. El 25 de marzo el buque atracó en Hendaya; el Ayuntamiento de San Sebastián le rindió honores. El 28 llegaba la momia a Madrid; allí se sucedió una enorme manifestación de estudiantes, profesores, familiares, paisanos y una delegación del Ayuntamiento de Granada que había ido a recibirlo. En la Estación del Norte estaban también su hijo Ángel Tristán, su hermana Josefa, su cuñado y sus sobrinas.

El mayor entierro en Granada

Al día siguiente se desplazó otra representación a Moreda a esperar el tren. Dicen que Granada asistió a cuatro multitudinarios entierros durante el primer tercio del siglo XX: el más numeroso fue el de Ganivet en 1925; el del Padre Manjón en 1923; los otros dos, del Dr. Fermín Garrido y del Duque de San Pedro de Galatino, en 1936.

El 28 de marzo de 1925, a primera hora de la tarde, la antigua Estación del Sur estaba abarrotada de granadinos. Las crónicas hablan de que asistió la corporación municipal, la Diputación, la Universidad, los estudiantes, el Gobierno civil, los escolares… la ciudad en pleno. Todo el mundo quería llevar a hombros el féretro con Ganivet; tuvieron que organizarse por turnos: desde el vagón que lo transportó a la Caleta; el siguiente hasta San Juan de Letrán; hasta la Cruz Blanca; hasta la Plaza de Toros del Triunfo; hasta San Juan de Dios… Siguieron varias chicotás hasta llegar al salón de plenos del Ayuntamiento, donde quedó instalada la capilla ardiente. La ciudad se paró, toda la gente salió a la calle a mostrar sus respetos al hijo pródigo que regresaba a casa más de un cuarto de siglo después.

A las once y media de la mañana del día siguiente fue organizado el entierro. Habían cerrado hasta los colegios para que pudieran asistir estudiantes y profesores. Y se encaminaron  la Cuesta de Gomérez arriba, no sin antes haber llegado a la iglesia de Santa Ana a rezarle un responso. El féretro llegó hasta la glorieta donde le esperaba su monumento desde hacía cuatro años. Se prodigaron las loas, los poemas y lectura de discursos enviados desde fuera. Hasta una escuadrilla de aviones de la Base de Armilla se sumó al homenaje sobrevolando la avalancha humana.



Parada ante su monumento. La impresionante comitiva fúnebre, tras recorrer las calles de Granada y velarlo una noche en el Ayuntamiento, se paró ante su monumento en los paseos de La Alhambra. Allí le rindieron el último homenaje todos los colectivos ciudadanos, con lectura de poemas y discursos. Esta foto de Torres Molina fue publicada por la prensa de Madrid.

Allí se rogó que regresara parte de la gente, ya que el cementerio de San José no podía acoger a la multitud. Pocos hicieron caso. El Ayuntamiento había abierto una sepultura en lugar privilegiado, nada más atravesar la puerta principal, en la cuarta fila, a la izquierda, flanqueado por dos familias de rancio abolengo (a su izquierda, nada menos que los descendientes del emperador Moztezuma). La intención era convertir el lugar en un panteón monumental como los vecinos de ese patio de ricos (La solemne promesa política se quedó reducida a una lápida normal, la que perdura desde entonces).



Lápida actual. En esta foto se ve la lápida actual de Ángel Ganivet en el cementerio de Granada. Está enterrado entre panteones de casas pudientes de aquel momento, en lugar preferencial del camposanto. Una inscripción en latín indica la fecha de su fallecimiento. El acta de entierro anunciaba que la fosa se había hecho reforzada para que después se erigiera un panteón por suscripción popular. Pero está en el mismo estado en que le enterraron el 29 de marzo de 1925.

La momia era auténtica

Algún periodista de Madrid había cuestionado la autenticidad de los restos después de tantos años, enterrados en un ambiente hostil y en tierra regada por la sangre de varias guerras. Dudaban de la seriedad del periodista de El Imparcial (que ya había dejado de escribir allí para 1925). Por eso, la comisión que gestionó la repatriación del cadáver se encargó de que no se rompiera la cadena de custodia de la caja.

No obstante, al lado de la misma tumba en el cementerio granadino, el Rector y catedrático de Patología, Fermín Garrido Quintana, ordenó que cortaran los precintos para verificar que se trataba del cadáver de Ángel Ganivet. Dos fotografías nos recuerdan aquel preciso instante.

Apareció el cadáver momificado de Ángel Ganivet. Estaba vestido con el abrigo largo con que fue sacado del río Dwina; en su perfil sereno se apreciaba perfectamente el prognatismo de su mandíbula; conservaba toda su pelambrera negra característica. Y su barba, desprendida sobre el pecho. Fermín Garrido, que le había conocido de pequeño, procedió a analizar aún más aquel cuerpo perfectamente momificado, no se sabía si porque lo embalsamaron antes de enterrarlo en 1898 o porque el sarcófago de cemento de Riga actuó de congelador, como cualquier enterrado en el permafrost.

El secretario del Ayuntamiento escribió la siguiente acta sobre el reconocimiento de la momia (omitimos los prolegómenos de testigos): “Al efecto, fue cortado el lacre del Consulado de España en Riga que ligaba el ataúd de aluminio y procedióse a desoldar dicho ataúd, y abierta que fue su tapa y puestos de manifiesto sus restos por el Rector de la Universidad D. Fermín Garrido Quintana, fueron reconocidos, certificando de que en efecto los restos son del malogrado Ganivet, que fue íntimo amigo suyo y que así lo acreditan las prominencias frontales muy acusadas, el desarrollo y conformación del cráneo y el cabello castaño oscuro a él adherido; la dentadura, completa, con su marcado prognatismo; una señal en la frente, cicatriz de una pedrada siendo niño en las “guerrillas” con las de la parroquia de la Virgen, tan notablemente descritas en su trabajo “La derrota de los greñudos (sic)”, y por último, y como dato decisivo, la señal de la osteomielitis de los adolescentes que padeció en la tibia derecha. Afirma igualmente que el estado de conservación en que se encuentran los restos obedece al agua del mar (sic) en que murió Ganivet”.



Identificación de la momia. El arcón de aluminio vino precintado desde Riga. Antes de enterrarlo en el cementerio de San José (patio primero, cuarta fila), se procedió a certificar que eran sus auténticos restos. Se encargó de verificar la autenticidad el Rector de la Universidad y catedrático de Patología, Fermín Garrido, quien tuvo amistad de joven con Ganivet. El secretario del Ayuntamiento levantó acta: efectivamente, la momia se conservaba bastante bien, envuelta en el abrigo largo con que se ahogó, conservaba su cabellera negra y pelo de la barba, tenía su característico prognatismo de mandíbula, su cicatriz en la frente de la pedrada en la batalla de grenúos e indicios de pierna derecha rota cuando se cayó de una caballería a los ocho años. Fermín Garrido (con barba al lado del féretro) mira al ser requerido por el fotógrafo. A los pies y al lado del sarcófago se ven a los familiares de Ganivet (permanecieron en Granada hasta el 3 de abril). Esta foto, y otra muy similar, están depositadas en la Casa de los Tiros.

El cadáver fue entregado a la familia e incinerado. El acta levantada por el secretario general del Ayuntamiento ya apuntaba que se había construido una fosa reforzada para, en el futuro, cargar sobre ella el mausoleo por suscripción popular. Acuerdo que nadie se ha ocupado de ejecutar desde entonces

El cadáver fue entregado a la familia e incinerado. El acta levantada por el secretario general del Ayuntamiento ya apuntaba que se había construido una fosa reforzada para, en el futuro, cargar sobre ella el mausoleo por suscripción popular. Acuerdo que nadie se ha ocupado de ejecutar desde entonces.

¿Qué fue de la viuda del escritor?

Entre los familiares asistentes a este entierro en Granada no se encontraba su viuda. Los párrafos que siguen son su pequeña y también trágica historia.

Ganivet y Amelia Roldán Llanos se habían conocido en un baile de Carnaval en Madrid, en 1891. Se enamoraron. Y Ganivet se fue a vivir con aquella hermosa cantante, La Cubana (era hija de un cubano). Nunca se casaron. Atravesaron épocas de mucha felicidad y otras no tan alegres. Tan pronto estaban juntos como pasaban largas épocas separados: él, de cónsul por Europa y ella, en España. Les nació una hija en París, que murió poco después de un año. Ángel Ganivet frecuentaba prostíbulos y amistades de mujeres en sus destinos de soledad. Amelia, una mujer muy liberal para su tiempo, también aprovechaba cuando le venía en gana. Ganivet recibió más de un anónimo en ese sentido. Pero mantenía con ella un idilio y una dependencia muy especiales.

Ganivet fue nombrado cónsul en Riga el 10 de agosto de 1898, pero se incorporó el 9 de octubre. Su mujer y su hijo le seguirían a finales de noviembre. Partieron el 22 de Barcelona y tenían anunciada su llegada para el día 29 de noviembre de 1898. Pero cuando lo hicieron, su marido y padre llevaba ahogado una hora.

Amelia Roldán y su hijo Ángel Tristán permanecieron unos pocos días en Riga tras el entierro. Habló con otros cónsules y con el médico que había tratado los desequilibrios mentales de su pareja (recordemos que no estaban casados formalmente). No creyó que hubiese sido un suicidio, más bien una conspiración política. Un asesinato. Por eso se trajo un pañuelo de su marido impregnado con alguna sustancia, para que lo analizaran en España.

Sabemos que el 21 de septiembre de 1898 ya estaba de regreso en Barcelona, con su madre y su abuela. Desde allí escribió a Antonio Ganivet, primo de Ángel, dándole las noticias que traía de Riga. El cónsul Enrique Gaspar se había hecho cargo de todos los papeleos del entierro mientras ella permaneció en un estado de postración.

En Madrid, las hermanas de Ganivet también querían saber lo ocurrido. Recurrieron a diplomáticos y al amigo Francisco Navarro Ledesma. Tampoco creían en el suicidio. Al menos, Navarro Ledesma había enviado un telegrama pidiendo que embalsamaran en cadáver para intentar repatriarlo lo antes posible.

Las hermanas Ganivet no quisieron saber nada de Amelia Roldán, sólo reclamaron al niño Ángel Tristán desde Madrid. Se mudaron a un piso más grande (Serrano, 72, 2º) para tener más espacio. Pero Amelia se quedó a vivir en Barcelona (calle Aribau) con su madre y su abuela. A pesar de no estar casados legalmente, Amelia recibió 30.000 pesetas del Estado. Con ese dinero, las tres mujeres compraron dos casas en la costa de Barcelona, en Vilasar.

Al poco tiempo encontramos la pista de Amelia Roldán en Madrid, intentando reengancharse a su antiguo trabajo como cantante. No debió irle bien. Madre e hijo sobrevivieron con los pocos ingresos que obtenían de las obras de Ángel. Convivió con otros hombres. En 1909 tuvo otra niña, a quien bautizó con el apellido Ganivet. No conocemos la razón. Se llamó María Luisa Ganivet Roldán. Amelia tan pronto estaba en Madrid como en Barcelona, siempre acompañada por sus dos hijos.

Los rumores apuntan que quemó toda la correspondencia amorosa y personal que guardaba de su amante Ángel Ganivet. Eso debió ocurrir en 1913, cuando le aparecieron problemas coronarios y se sintió morir. Falleció, a los 45 años, el 7 de octubre de ese mismo año.

A partir de entonces, el muchacho Ángel Tristán se fue a vivir con su familia paterna a Madrid, donde residió el resto de su vida.

También a su hermana de madre la localizamos residiendo en Madrid hasta su muerte. María Luisa (1899-1956) y Ángel Tristán (1894-1958), así como varios de sus descendientes, están enterrados en el mismo panteón del cementerio de la Almudena de Madrid. No conocemos quién fue el padre de María Luisa, pero lo que sí sabemos a ciencia cierta es que Amelia Roldán  iba embarazada cuando llegó a Riga en noviembre de 1898 y que el padre pudo ser Angelo Angelloti –Ganivet sospechaba que era el amante de su compañera-. Amelia regresó de Riga sin poder confirmar que su esposo se entendía con la hermana del Barón von Bruck, como sospechaba.


Francisco Navarro Ledesma (Toledo, 1869-Madrid, 1906). Fue el alma gemela de Ángel Ganivet, el amigo y confesor. Se conocieron cuando los dos preparaban oposiciones a archivos y la licenciatura en Letras. Mantuvieron, además de estrecha amistad en Madrid, una larga relación epistolar. Los dos escritores, precursores de la Generación del 98, solían asistir a la tertulia del Nuevo Café de Levante. Las postreras misivas de Ganivet en sus delirantes últimas semanas de vida iban dirigidas a él. Fue el depositario confidencial de las verdaderas causas del suicidio de Ganivet.

Después de conseguir plaza como archivero, Navarro Ledesma opositó a cátedra de literatura del Instituto San Isidro de Madrid. Es autor de una de las mejores biografías sobre Cervantes. Fue colaborador de periódicos y revistas (Blanco y Negro, Gedeón) y cofundador del diario ABC. Murió de un infarto fulminante a la edad de 36 años, en 1905.



Enrique Rodríguez Rodiño (Jerez, 1887-Fuenterrabía, 1974). Empresario que viajó por Europa a comienzos del siglo XX. Periodista al servicio de La Vanguardia a partir de 1914, nada más comenzar la Primera Guerra Mundial. Cubrió los distintos frentes desde la perspectiva del bando alemán, recorriendo media Europa.

Acabada la guerra, se quedó en Berlín como corresponsal del diario El Imparcial de Madrid. Allí prosiguió como periodista de guerra nada más iniciarse la Revolución rusa y la guerra civil de este inmenso país. En el otoño de 1920 intentó penetrar hasta Petrogrado, desplazándose hasta la misma frontera, situada en las cercanías de Riga. Esperó durante varias semanas a que le dieran autorización para continuar su viaje al corazón de la guerra rusa. Mientras esperaba el permiso (que finalmente no le concedieron) se entretuvo en investigar la muerte de Ángel Ganivet y buscar sus restos mortales. En diciembre de 1920 ya escribió que tenía localizada la tumba; remitió al menos otras tres crónicas a su periódico de Madrid, que fueron publicadas durante el mes de enero siguiente. Su hallazgo y las crónicas fueron el aldabonazo para que desde Granada y Madrid se hiciera el último intento, esta vez con éxito, para repatriar el cadáver de Ángel Ganivet, si bien se tardaron más de cuatro años en concluir el objetivo.

Lo que recuerda a Ganivet en Riga

Letonia, con su capital en Riga, consiguió ser república independiente en 1991. Siempre estuvo bajo la influencia polaca, alemana o rusa. Fue anexionada por Rusia en 1939; España no reconoció ese hecho. Franco cortó las relaciones con los soviéticos.

Ganivet y su tragedia es un tanto conocido por los intelectuales letones, pero nada por la mayoría de vecinos. Cada año, la Embajada, en colaboración con la Academia de Buenas Letras de Granada, organiza un concurso de relatos-poesía en homenaje a Ángel Ganivet

El consulado en Riga fue cerrado y todo su archivo traído a España, donde se encuentra repartido entre el Archivo General de la Administración y el Histórico Nacional. Ahí también se encuentra el expediente personal de Ganivet, de donde he extraído algunos datos. (Apartado Ministerio Asuntos Exteriores, PP 403, exp. 5106 y H 2029).

España tiene hoy una embajada en Letonia, a cuyo frente se encuentra desde hace tres años Pedro Miguel Jiménez Nácher. Ganivet y su tragedia es un tanto conocido por los intelectuales letones, pero nada por la mayoría de vecinos. Cada año, la Embajada, en colaboración con la Academia de Buenas Letras de Granada, organiza un concurso de relatos-poesía en homenaje a Ángel Ganivet.

La antigua embajada, la de Ganivet de 1898, estuvo enclavada en la parte vieja de Riga, en la margen derecha del río Dwina. Ángel Ganivet se buscó una casa típica de tipo ruso, construida en madera, en el barrio de Hagenberg, situado en la margen opuesta. Por eso tenía que tomar todos los días el vaporcito que las unía, pues no había puente alguno sobre su ancha desembocadura.

En el barrio donde vivió Ganivet muy poco tiempo (recordemos que parte de su estancia la hizo en casa del cónsul de Alemania) conocen esta vivienda como “casa blanca”, por estar pintada de ese color. El embajador nos cuenta que hace ya años fue convertida en un centro escolar. Por las fotos comprobamos que hay un parque infantil en el jardín de su parte izquierda.

Pero lo más importante de esta casa, situada en la calle Baluzo, 22, es la existencia de una especie de monolito en ladrillo que enmarca unos azulejos de tipo granadino. Están dedicados a recordar que allí vivió Ángel Ganivet en otoño-invierno de 1898. La placa de azulejos fue colocada en 1993, nueve años antes de abrir la embajada de España tras la independencia de Letonia. Alguien la dañó o se resquebrajó por las heladas. El embajador solicitó al Ayuntamiento de Granada su reposición; esto ocurrió en el año 2006, con la presencia de una concejala granadina en el acto de su reinauguración.





Casa y placa en Riga. La última casa en que residió Ganivet en Riga todavía existe, en la calle Baluzo, 22. Es de madera, al estilo ruso, y la llaman “casa blanca”. Hoy está convertida en un colegio infantil. A su entrada levantaron en 1993 un pilarcillo con una inscripción en azulejería granadina. Recuerda que allí vivió el escritor granadino. El Ayuntamiento de Granada la repuso por última vez en 2006, ya que se encontraba dañada.