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'Geese amenizan el fin del mundo'

Blog - Un blog para melómanos - Jesús Martínez Sevilla - Miércoles, 19 de Julio de 2023
Geese – '3D Country'.
Portada de '3D Country', de Geese.
Indegranada
Portada de '3D Country', de Geese.

En los últimos años el rock ha vuelto a renacer. No ya como el género mainstream que fue, dominando la cultura popular, pero sí como un espacio de innovación musical tremendamente fertil. El segundo revival del post punk, originado esta vez en las islas británicas, ha traído consigo ideas mucho más interesantes que el primero. Especialmente por parte de esos tres grupos que se encuadraban inicialmente en ese post punk y que han ido derivando hacia sus propias maneras de hacer avanzar la música de guitarras: black midi, Black Country, New Road y Squid. Este club ha lanzado obra maestra tras obra maestra y han puesto patas arriba el panorama, mientras otros grupos han seguido modelos más predecibles. En EE.UU. hasta ahora iban a la zaga, pero este año se están poniendo las pilas. Primero llegó esa barbaridad dance-punk que es Dogsbody, de Model/Actriz, y ahora han llegado Geese.

El título no es inocente: sin abandonar sus querencias art punk, Geese han decidido acercarse a los sonidos netamente estadounidenses del country, el soul, el blues, y darles un remozo espectacular, como si de pronto ganasen profundidad

Este quinteto de Brooklyn, Nueva York, debutó en 2021 con un primer disco notable, Projector. Aunque algunas canciones respondían a un modelo más tradicional y manido de post punk, había una energía innegable que animaba todo el proyecto y lo llevaba hacia direcciones fascinantes. Lo que no parecía anunciar aquel primer disco era el giro que han dado con su nuevo LP, 3D Country. El título no es inocente: sin abandonar sus querencias art punk, Geese han decidido acercarse a los sonidos netamente estadounidenses del country, el soul, el blues, y darles un remozo espectacular, como si de pronto ganasen profundidad. Podría decirse que han intentado reinventar la Americana para el siglo XXI, con un resultado vibrante, variado y divertidísimo. Lo mismo encontramos baladas tan sinceras y directas como “I See Myself”, con su delicioso groove y sus maravillosos coros en el estribillo, que brutales embestidas ruidistas como la de “Mysterious Love”. Lo que no aparece en ningún momento es el menor indicio de aburrimiento: la misma electricidad que recorría el debut atraviesa cada uno de los once cortes del álbum.

Buena parte de ello tiene que ver también con la magnética voz de Cameron Winter, que no podía ser más expresiva y versátil

Buena parte de ello tiene que ver también con la magnética voz de Cameron Winter, que no podía ser más expresiva y versátil. Este cantante no solo tiene la habilidad, sino también la voluntad de ser protagonista, al modo de los grupos de rock setentero a los que claramente toman como referencias. En “Gravity Blues”, que suena a los Rolling Stones de inicios de aquella década (y también a los Black Crowes), la potencia vocal y el carisma de Winter recuerdan de hecho a Mick Jagger. Es capaz de transmitir con gritos y con susurros, con falsetes y con tonos engolados. Winter adopta aquí poses teatrales, excesivas, y lo hace desde el punto medio ideal entre la ironía y la seriedad, consiguiendo hacerlas creíbles. Todo el álbum vive en ese equilibrio entre lo camp y la solemnidad, como muestra el concepto que lo articula: el disco dibuja un mundo postapocalíptico en el que el caos y la confusión conviven con la diversión, todo ello narrado con una estética sacada del lejano oeste.

No hay más que escuchar el primer corte, “2122”. La canción no deja de mutar en ningún momento, sonando a mil cosas diferentes en cada fase, todas ellas abrumadoras; como una versión aún más extrema de “Six-Pack”, de Shame

No hay más que escuchar el primer corte, “2122”. La canción no deja de mutar en ningún momento, sonando a mil cosas diferentes en cada fase, todas ellas abrumadoras; como una versión aún más extrema de “Six-Pack”, de Shame. Mientras tanto, Winter suelta bramidos sobre deidades y eventos cataclísmicos de distintas tradiciones culturales (“When the Ragnarok comes down and the sun and moon collide/We can make love in the end times”). El álbum no podía empezar mejor, y encadena cuatro auténticos temazos. “3D Country” es una fantástica canción de rock sureño, coros soul incluidos, con una progresión perfecta y un montón de detalles sonoros deliciosos, como esa arpa recurrente en las estrofas. Aunque cuenta la dura historia de un cowboy que lo ha perdido todo, el tono es esperanzado y luminoso (“What I saw could make a dead man die/I'm goin' home”). A continuación, “Cowboy Nudes” sube el ritmo para hablar de las ventajas de la vida después del fin del mundo. El divertidísimo puente, con sus congas y sus polirritmos, celebra cómo Nueva York ha sido engullida por las aguas. Después de esto, la mencionada “I See Myself” es una celebración del amor, con su esplendor y sus angustias, de ritmo calmado pero con una corriente de fondo de lo más funky.

Y aun así es una buena canción, con una intrigante letra sobre la relación entre la religión, el poder y la maldad a lo largo de la historia (“What is a lie to the infinite ages?”)

Es verdad que no todo el disco mantiene el despampanante nivel de ese inicio. Las dos siguientes canciones, que suenan más a post punk, no terminan de dar en el clavo. “Undoer”, el tema más largo del álbum, tiene un tono más oscuro, con esa línea de bajo que tanto destaca y una interpretación vocal más siniestra por parte de Winter. Aunque contiene muchos elementos interesantes, le falta un poco del gancho del resto del LP: es una canción menos redonda, más exploratoria, y en algunas de esas exploraciones se pierde un poco, como en el puente, que no llega a tomar una forma del todo convincente. Por eso, ese curioso final que suena como el caos que se desataría en el momento mismo del apocalipsis se siente como un añadido un poco gratuito. “Crusades” comete el pecado contrario: es el tema más obvio y simplón del tracklist, con esas guitarras machaconas que oscilan entre dos notas, al estilo de los primeros Velvet Underground, y esas cuerdas igualmente repetitivas. Y aun así es una buena canción, con una intrigante letra sobre la relación entre la religión, el poder y la maldad a lo largo de la historia (“What is a lie to the infinite ages?”).

“Tomorrow's Crusades”, por su parte, intenta algo más interesante, metiendo algún toque bluegrass con ese violín

“Tomorrow's Crusades”, por su parte, intenta algo más interesante, metiendo algún toque bluegrass con ese violín. Pero esta mezcla de estilos no termina de funcionar tanto como otras, y algunas de las fases de la canción son menos efectivas, como el post-estribillo medio funky, medio hard rock en el que la mezcla resulta algo turbia. Pero estos son los mayores peros que se le pueden poner al álbum; el resto de canciones son más que buenas. “Mysterious Love”, en concreto, es casi tan disparatada y potente como “2122”: el contraste entre su estribillo ensordecedor y la radiante segunda mitad, en la que Winter repite “Some people are alone forever” de forma extrañamente optimista, se disfruta muchísimo. “Domoto” tiene el mejor crescendo del disco (acompañado por una letra exquisita sobre la despedida de dos amantes: “You can't stay here, in this place/Dark corridors, long hallway of my life”), además de toques instrumentales excelentes, como el piano eléctrico de la segunda estrofa.

Y Geese se proponen como la orquesta del Titanic, dispuesta a guiarnos hacia nuestro fin con una sonrisa sarcástica dibujada en sus caras, sin miedo, con el corazón cargado de pena y curiosidad a partes iguales.

“St. Elmo” pone fin al álbum con su momento más camp y esperpéntico, pero siempre sin llegar al ridículo. La pianola y el banjo remiten directamente a un saloon. Winter, con una voz de Elvis crepuscular, invita a alguien a bailar mientras el mundo arde a su alrededor. Eso es 3D Country: la banda sonora de un Armagedón sorprendentemente animado y liberador. Y Geese se proponen como la orquesta del Titanic, dispuesta a guiarnos hacia nuestro fin con una sonrisa sarcástica dibujada en sus caras, sin miedo, con el corazón cargado de pena y curiosidad a partes iguales. Personalmente, si tocan ellos, lo tengo claro: yo me uno al baile. Aunque casi mejor si conseguimos que el mundo no se acabe y podemos seguir escuchándolos poner del revés el rock and roll más clásico.

Puntuación: 8.2/10

 

 

 

Imagen de Jesús Martínez Sevilla

(Osuna, 1992) Ursaonense de nacimiento, granaíno de toda la vida. Doctor por la Universidad de Granada, estudia la salud mental desde perspectivas despatologizadoras y transformadoras. Aficionado a la música desde la adolescencia, siempre está investigando nuevos grupos y sonidos. Contacto: jesus.martinez.sevilla@gmail.com