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Recuerdos de mi vida en el campo

Blog - El ojo distraído - Jesús Toral - Viernes, 21 de Febrero de 2020
Imagen de la histórica protesta del pasado miércoles.
P.V.M.
Imagen de la histórica protesta del pasado miércoles.

Era pleno verano y yo, un joven turista llegado desde el País Vasco a Otívar, un pueblo que encontró su forma de subsistir a través de la fruta tropical, los tomates y los aguacates. Tumbado en la cama, en plena noche cerrada, escuchaba los sonidos chirriantes de las máquinas trasnochadoras que se desplazaban por el interior de la panadería para meter y sacar el pan en los hornos. Y, pese a que tenía doce años y que a veces me despertaban, no me quejaba en absoluto, porque sabía que era la única forma de que al día siguiente, en el desayuno, tuviera esas roscas crujientes que calientes perfumaban la cocina entera y obligaban a cerrar los ojos como si el aroma atrajera imágenes sugerentes percibidas con la mente y no con los ojos. Nunca he vuelto a comer un pan tan sabroso, tan fresco, que un día más tarde estaba igual de bueno que recién hecho. Eran aquellos tiempos en que los tomates sabían a tomates y el pan, a pan.

Habíamos llegado aprovechando las vacaciones de mi padre en la empresa guipuzcoana en la que estaba empleado y, pese a que mi madre seguía dedicando parte de su tiempo a una limpieza concienzuda de la casa que habían erigido sobre la de mis abuelos, lo cierto es que teníamos la fortuna de disfrutar de la playa, adonde íbamos varias veces por semanas en autobús, de comidas en modestos restaurantes y de las terrazas de verano

Habíamos llegado aprovechando las vacaciones de mi padre en la empresa guipuzcoana en la que estaba empleado y, pese a que mi madre seguía dedicando parte de su tiempo a una limpieza concienzuda de la casa que habían erigido sobre la de mis abuelos, lo cierto es que teníamos la fortuna de disfrutar de la playa, adonde íbamos varias veces por semanas en autobús, de comidas en modestos restaurantes y de las terrazas de verano. Mientras tanto, mi tío y otros muchos vecinos cuyo sustento procedía del campo no perdonaban un solo día. No tenían vacaciones, ni descansos y se contentaban con relajarse algún domingo, en el que nos invitaban a comer un choto rodeados de familia, en el cortijo. Eso sí, nosotros llegábamos a media mañana y nos íbamos a la alberca a bañarnos antes de tomar unas tapas y unos refrescos y mis tíos se levantaban aún más temprano que de costumbre para realizar las tareas del campo con antelación y poder dedicarnos el tiempo de la comida y no recuerdo verlos entrar a bañarse con nosotros. Siempre estaban pendientes de la finca. El campo no entiende de vacaciones, ni de fines de semanas y aquellos que le ofrecen sus servicios acaban absorbidos por la tierra, por sus necesidades, por sus peticiones interminables, al margen del exiguo beneficio que después le ofrecerán al agricultor.

En los bancales de mi tío se cultivaban árboles y plantas. Y en mitad de la finca había construido el cortijo. Nada que ver con la idea de esas mansiones que erigen las clases más pudientes en la parte de Andalucía Occidental. En Otívar, los cortijos eran pequeñas construcciones con una sala donde poder colocar un colchón para dormir en caso de necesidad, un diminuto aseo y una chimenea para cocinar. Todo muy modesto y levantado con muy pocos medios con el fin de pasar noches solitarias al cuidado de los cultivos o animales. Por eso, cuando mis padres y otros tíos y primos nos desplazábamos allí, nos colocábamos en el porche tupido con cañas para protegernos del sol, ya que en el interior no había espacio suficiente para todos.

Eran evidentes las diferencias físicas entre mi tío y mi padre. El último, ajeno al trabajo del campo, aparentaba diez años menos, con el cabello negro y la tez morena, pero no en exceso; el primero, con una piel arrugada y ennegrecida por el sol, con algunos dientes de menos, una dicción complicada de entender para un niño que llegaba desde la otra punta del país porque apenas había salido del pueblo, pero a la vez ágil y experto en sol, en lluvia, en tierra, en plantas, en árboles, en malas hierbas y en animales.

Nunca fue rico, pero consiguió mantenerse a fuerza de mucho trabajo, de frutas tropicales que le servían para vivir. Y eso sí, siempre había más gastos, más inversión para poder asumir una plantación mayor que acababa revirtiendo en la misma cantidad de beneficios

Nunca fue rico, pero consiguió mantenerse a fuerza de mucho trabajo, de frutas tropicales que le servían para vivir. Y eso sí, siempre había más gastos, más inversión para poder asumir una plantación mayor que acababa revirtiendo en la misma cantidad de beneficios.

Y cuando nos reuníamos alrededor de una enorme y copiosa mesa de alimentos, junto a la carne de un choto alimentado a conciencia y criado en el campo, rodeada de patatas fritas, cultivadas por él mismo, de aspecto tan feo como saludable, ensaladas de lechugas frescas y tomates deformes y aromáticos repletos de pulpa, sentíamos la fortuna de alimentarnos con lo mejor de la tierra.

Y el postre nunca era helado o tartas, ¡qué va!, en aquella mesa corría la fruta: chirimoyas carnosas, mangos jugosos, higos o brevas, uvas recién cortadas de la parra que nos protegía del sol. Una explosión deliciosa de sabores que endulzaban las discusiones de sobremesa.

Han pasado algunas décadas y hoy es mi primo, su hijo, quién se encarga de las mismas tierras, con el mismo cariño, esfuerzo y trabajo. Sigue sin apenas poder cogerse vacaciones, ni fines de semana y aunque el cortijo ahora es una coqueta casita de campo y junto a la alberca para riego tiene una piscina, lo cierto es que los hijos ya no la utilizan porque no quieren seguir su estela.

El campo se muere porque la mayoría ya no lo queremos y los pocos que siguen sacrificándose por él sufren cada vez más la explotación de unas empresas que monopolizan el mercado y los someten a la esclavitud a cambio de míseros precios que después multiplican por varios ceros al exponerlos en sus establecimientos

El campo se muere porque la mayoría ya no lo queremos y los pocos que siguen sacrificándose por él sufren cada vez más la explotación de unas empresas que monopolizan el mercado y los someten a la esclavitud a cambio de míseros precios que después multiplican por varios ceros al exponerlos en sus establecimientos.

Es surrealista pensar que quien produce y saca adelante con mimo cada una de esas frutas y verduras que compramos a precio de oro en el supermercado sea el que menos dinero obtenga con ellas, tan poco que a veces ni le merece la pena recolectarlas. Pasa con los escritores, que son los que menos se llevan del libro publicado, y con los cantantes y con el resto de los artistas. Hemos creado una clase social de parásitos que son los que no tienen ni idea de crear y se aprovechan de las creaciones de los demás para forrarse únicamente extendiéndolas al resto de la población.

El peligro principal, en el caso del campo, es que sin los agricultores no hay frutos y los distribuidores no van a remangarse los pantalones para pisar la tierra que están estrangulando. 

Por supuesto que estos trabajadores tienen razón en sus reivindicaciones y ya era hora de que se organizaran para protestar con todas sus fuerzas. Pero que quede claro que el problema es que ellos se llevan un porcentaje excesivamente reducido del dineral que consiguen otros por esos mismos cultivos, porque es posible que logren  hacerse oír y que obtengan por ello algunas mejoras, pero me temo que, como siempre, ocurrirá a costa del bolsillo del consumidor y no por un cambio de actitud o de la forma del negocio de los intermediarios, que continuarán llorando por unas supuestas limitadas ganancias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Imagen de Jesús Toral

Nací en Ordizia (Guipúzcoa) porque allí emigraron mis padres desde Andalucía y después de colaborar con periódicos, radios y agencias vascas, me marché a la aventura, a Madrid. Estuve vinculado a revistas de informática y economía antes de aceptar el reto de ser redactor de informativos de Telecinco Granada. Pasé por Tesis y La Odisea del voluntariado, en Canal 2 Andalucía, volví a la capital de la Alhambra para trabajar en Mira Televisión, antes de regresar a Canal Sur Televisión (Andalucía Directo, Tiene arreglo, La Mañana tiene arreglo y A Diario).