'Banderas'

Siento que haya pensado que le iba a hablar de Antonio Banderas, el actor malagueño que conquistó Hollywood, disfrutó sin ataduras de la ley del deseo y vivió al borde de un ataque de nervios en la España colorida que retrataba Pedro Almodóvar. Ay, qué tiempos aquellos en los que nuestra mirada y nuestra sensibilidad eran abiertas y sin prejuicios.
No, ni Antonio Banderas es ese personaje que vemos en las pantallas ni estas letras van de su carrera cinematográfica o empresarial.
El pasado 2 de enero, mientras hacía mi trabajo y, de paso, enseñaba qué es la Toma a una visitante de una provincia vecina, un reguero de banderas de España en pleno centro de Granada me llevó a dos tenderetes. "Me las quitan de las manos", podían haber vociferado los mercaderes del mercado de las banderas. Un puesto en Puerta Real, el otro junto a Isabel la Católica. En uno, banderas sin escudo, las de Vox, ¿para silenciar a Felipe, el Rey? En el otro, del PP, más grandes y con escudo.
Y las banderas, que quién sabe si no procedían de un gran almacén chino, se convirtieron en un juego de niños. Esta es más bonita que la otra, le decía un abuelo a su nieto.
Con las banderas que se agitan en los desfiles no se come, no se paga el alquiler ni la hipoteca, no se recibe una pensión que te permita vivir dignamente tras una larga vida de trabajo, no te tratan de un agresivo cáncer sin exigirte la tarjeta de crédito, no te abren las puertas del conocimiento las universidades públicas
Con las banderas que se agitan en los desfiles no se come, no se paga el alquiler ni la hipoteca, no se recibe una pensión que te permita vivir dignamente tras una larga vida de trabajo, no te tratan de un agresivo cáncer sin exigirte la tarjeta de crédito, no te abren las puertas del conocimiento las universidades públicas. Pero hay quien piensa que con la bandera se mide el patriotismo y que te hace ser mejor español ponerla en tu perfil de wasap o lucirla entre las pulseritas de la muñeca.
Soy española y me siento orgullosa de la España que grita ¡No la guerra!; la que denuncia el genocidio en Gaza; la que no se arrodilla ante Trump -ojo que pronto exige sus barras y estrellas en todas las banderas-; la que se estremece cuando una persona muere en la calle de frío; la que ofrece agua al migrante abandonado por los traficantes de personas en plena playa; la que lucha por su sanidad y su educación públicas; la que cuida a sus mayores; la que teje redes de solidaridad para no dejar a nadie atrás; la España que siempre hemos sido, solidaria, trabajadora y abierta.
¿En qué momento lo hemos olvidado? ¿En qué momento hemos convertido el insulto en otra bandera? ¿En qué momento hemos perdido esos valores, la humanidad, la ciencia y el conocimiento? ¿En qué momento hemos pensado que el venado aquel que asaltó el Capitolio es un referente?
Una vez Alfonso Guerra dijo que a España no la iba a conocer ni la madre que la parió. Y ahora somos nosotros y nosotras las que no sabemos dónde está la madre que conquistó derechos y libertades y construyó con sangre, sudor y lágrimas su democracia.
Mientras tanto, en la calle Reyes Católicos de Granada, en la España en la que no es obligatorio el servicio militar, las banderas se agitaron al paso de la Legión. Solo faltó “El novio de la muerte”. Somos así, pura contradicción. De película.

















