'Aplausos que avergüenzan'

Hay aplausos que avergüenzan. El martes, en el Congreso de los Diputados, la bancada del Partido Popular celebró con palmas y sonrisas el rechazo de un decreto que contenía medidas esenciales para millones de personas en este país. Aplaudieron mientras se tumbaba la subida de las pensiones, el refuerzo del Ingreso Mínimo Vital, la prohibición de cortar la luz, el gas o el agua a quienes no pueden pagarlos, y la suspensión de los desahucios de personas vulnerables. Aplaudieron, en definitiva, el no rotundo a un escudo social mínimo para quienes viven al filo de la exclusión. Y ese aplauso dice mucho más de lo que pretendía decir, de quienes tan ufanos estaban ¿O es que ya no se acuerdan del infame “que se jodan” dirigido a los parados desde el mismísimo hemiciclo por la inefable Andrea Fabra?
Porque no se trataba de una votación técnica ni de un pulso parlamentario más. Se trataba de decidir si el Estado protege o no a quienes menos tienen
Porque no se trataba de una votación técnica ni de un pulso parlamentario más. Se trataba de decidir si el Estado protege o no a quienes menos tienen. De elegir entre blindar derechos básicos o convertirlos en moneda de cambio política. Y en esa elección, la derecha extrema y la extrema derecha, o lo que es lo mismo, Partido Popular, Vox y Alianza Catalana, optaron por el rechazo. No por matices, no por desacuerdos parciales, sino por un “no” en bloque, que más que al Gobierno, como ellos pretendían, golpea directamente a pensionistas, familias sin recursos, trabajadores pobres y personas que ya cargan con demasiadas incertidumbres.
Resulta obsceno escuchar después los discursos hipócritas sobre responsabilidad, rigor o defensa del interés general
Resulta obsceno escuchar después los discursos hipócritas sobre responsabilidad, rigor o defensa del interés general. ¿Qué rigor hay en votar contra que un pensionista no pierda poder adquisitivo? ¿Qué responsabilidad hay en negar que una familia vulnerable tenga garantizado el suministro eléctrico o el acceso al agua? ¿Qué interés general se defiende cuando se deja caer la protección frente a desahucios? La respuesta es incómoda, pero evidente: se defiende una estrategia política que antepone el desgaste del Gobierno a la dignidad de millones de ciudadanos.
El voto conjunto de PP y Vox ya no sorprende. Es la normalización de una alianza que convierte la crueldad social en herramienta de oposición. Lo verdaderamente inquietante es la naturalidad con la que se asume que estas políticas pueden rechazarse sin coste moral alguno, como si la pobreza, la exclusión o la precariedad fueran abstracciones y no realidades que atraviesan barrios, pueblos y hogares de todo el país.
El Gobierno también tiene su parte de culpa en este naufragio. La obstinación en empaquetar un totum revolutum de medidas dispares en un único decreto vuelve a demostrar un empecinamiento político reiterado
Ahora bien, sería irresponsable señalar solo a un lado del hemiciclo. El Gobierno también tiene su parte de culpa en este naufragio. La obstinación en empaquetar un totum revolutum de medidas dispares en un único decreto vuelve a demostrar un empecinamiento político reiterado. Mezclar avances sociales imprescindibles, con disposiciones accesorias o controvertidas no fortalece el escudo social: lo debilita. Obliga a votar en bloque, facilita el rechazo y ofrece a la oposición la coartada perfecta para tumbarlo todo sin entrar al detalle.
Si las medidas son tan necesarias -y lo son-, ¿por qué no llevarlas de forma individualizada? ¿Por qué no obligar a cada grupo parlamentario a retratarse voto a voto, derecho a derecho, pensión a pensión? La respuesta vuelve a ser incómoda: porque se ha priorizado la comodidad del trámite sobre la eficacia política. Y cuando se juega con derechos básicos, esa comodidad sale cara.
Lo ocurrido ayer no es solo una derrota parlamentaria. Es una fotografía nítida del país que algunos quieren construir: uno donde los más vulnerables sobran del debate y donde la política se reduce a una competición de gestos, aplausos y bloqueos. Frente a eso, conviene no olvidar quién aplaudió y qué aplaudió exactamente. Porque hay aplausos que no se borran, y votos que dejan cicatriz.































