'Arctic Monkeys siguen atrapados en el marasmo del éxito'

Blog - Un blog para melómanos - Jesús Martínez Sevilla - Miércoles, 23 de Noviembre de 2022
Arctic Monkeys – 'The Car'
Portada de 'The Car', de Arctic Monkeys.
Indegranada
Portada de 'The Car', de Arctic Monkeys.

¿Son Arctic Monkeys el mayor grupo de rock del mundo? Es una pregunta bastante difícil de responder, ya que definir los términos es de por sí bastante arduo. ¿Ser el “mayor grupo” significa puramente tener las mayores ventas? ¿O los mayores números de streaming? ¿O hacer la mayor gira? Con base en cualquiera de los tres baremos, la deprimente realidad es que Imagine Dragons ganaría holgadamente a los Monkeys. Aparece entonces la segunda cuestión a definir: ¿qué significa ser un grupo de rock en 2022? Sí, sigue habiendo grupos exitosos en los que las guitarras son claramente protagonistas, pero aquello a lo que podemos llamar rock con cierta convicción está muy lejos de ser el fenómeno superventas de los años setenta y ochenta. No hay ya un equivalente creíble a Led Zeppelin, Pink Floyd o AC/DC; ni siquiera, y aquí llega lo interesante, si hablamos de los Monkeys, que llevan al menos una década alejándose cada vez más del género. En esa deriva, no somos pocos los que hemos perdido el interés por la producción de la banda.

Porque The Car es un ejercicio tal de aburrimiento, de indolencia, de falta de inspiración, que daría hasta un poco de pena si no fuese porque Alex Turner se encarga de recordarnos que todo ello se debe a su absurdo nivel de éxito y lujo

Vale, lo entiendo, no debe ser fácil seguir haciendo música después de petarlo a nivel mundial con tu quinto disco, hasta el punto de que tus también absurdamente exitosos inicios queden en un distante segundo plano por el resto de tus días. Pero sinceramente, lo que están haciendo los Arctic Monkeys bordea la tortura, los crímenes de lesa humanidad, o cuando menos la autoparodia. Puedo llegar a admirar las santas narices que le echaron al hacer un álbum temático sobre un hotel-casino en la luna. Pero a nivel puramente musical no había demasiadas cosas en Tranquility Base Hotel & Casino (2018) que invitasen a volver a él. Aun así, escuchando ahora su nuevo disco, hay que reconocerles que al menos parecían estar divirtiéndose al componer aquel álbum. Porque The Car es un ejercicio tal de aburrimiento, de indolencia, de falta de inspiración, que daría hasta un poco de pena si no fuese porque Alex Turner se encarga de recordarnos que todo ello se debe a su absurdo nivel de éxito y lujo.

Llevamos una racha curiosa de artistas pop regodeándose de forma bastante desagradable en su riqueza: lo de Lorde el año pasado fue igualmente vergonzoso; pero por contraste el disco de Billie Eilish demuestra que se puede hacer un álbum sobre el éxito sin dar vergüenza ajena. El problema es que lo que realmente parece es que Alex Turner, ocupado como está en disfrutar de viajes en yate por la Costa Azul, no tiene muchas ganas de seguir haciendo música. Las letras del álbum vuelven una y otra vez sobre la misma idea: ¿y si el grupo, y él mismo, se han quedado sin nada que decir? O peor: ¿y si lo que pasa es que no son capaces de decirlo? Esta es la imagen central del estribillo de “Big Ideas”, que de tan explícita ni siquiera se podría considerar un acto fallido: “I had big ideas, the band were so excited/The kind you'd rather not share over the phone/But now the orchestra's got us all surrounded/And I cannot for the life of me remember how they go”. En efecto, parece que el grupo se hubiera reunido en el estudio para encontrarse de pronto sin una sola buena idea en torno a la que hilar el disco, salvo esa ausencia en sí misma.

Se trata de una mezcla de soft rock, pop barroco y lounge music con toques puntuales de funk o ritmos latinos, un intento de sonar clásicos y elegantes que resulta un pastiche insufrible y aletargado desprovisto de toda originalidad

Y por cierto, la referencia a la orquesta me lleva ahora a hablar del sonido del LP. Se trata de una mezcla de soft rock, pop barroco y lounge music con toques puntuales de funk o ritmos latinos, un intento de sonar clásicos y elegantes que resulta un pastiche insufrible y aletargado desprovisto de toda originalidad. Y no es que esté mal ser retro: como demostraron Silk Sonic el año pasado, se puede recrear punto por punto un estilo pretérito, y uno profundamente decadente, y hacerlo con vigor y calidad. El problema es la falta de gusto en prácticamente todas las decisiones. ¡Qué horrenda la guitarra funky de “I Ain't Quite Where I Think I Am”! ¡O el efecto wah-wah en “Jet Skis on the Moat”! ¡Qué grima el ritmo de bossa nova gentrificada en “Mr. Schwartz”! Por momentos parece que estuvieran haciendo un esfuerzo por meter con calzador los elementos más ridículos que se les han podido ocurrir.

Sin embargo, lo realmente imperdonable de The Car es que apenas hay canciones que merezcan ser llamadas tales.

Sin embargo, lo realmente imperdonable de The Car es que apenas hay canciones que merezcan ser llamadas tales. El tema titular lo ejemplifica muy bien, aunque quizás la palma se la lleve esa gran nada que es “Sculptures of Anything Goes”. Apenas hay estribillos. No ya estribillos buenos, sino estribillos: las composiciones son a menudo lineales y planas, inexplicablemente más interesadas en recrearse en las atmósferas que intentan crear, pese a la falta de calidad de las mismas, que en construir una progresión coherente. La excepción a esta norma es “Body Paint”, la única canción con un punto de garra, y se nota a todos los niveles, incluida la voz de Turner. Parece que el único tema que motiva al inglés a estas alturas son los celos: la canción habla sobre unos cuernos mal escondidos por su pareja, y al menos al hablar de esto despierta de su estupor. Porque durante la mayor parte del álbum intenta sonar como un crooner clásico con soporífero resultado; con esa dicción tan insoportable, sus siempre prolijas letras se hacen igualmente difíciles de tolerar.

Los Monkeys, y su cantante y letrista en particular, parecen eternamente atrapados en el lobby de un hotel de lujo que es al mismo tiempo insulso y kitsch

Por lo demás, los Monkeys, y su cantante y letrista en particular, parecen eternamente atrapados en el lobby de un hotel de lujo que es al mismo tiempo insulso y kitsch, sin mucha idea de cómo han llegado allí, de si les gusta o de si quieren seguir en ese lugar. El final del álbum con “Perfect Sense” es muy delator: “Sometimes I wrap my head around it all/And it makes perfect sense”. A veces, Alex, le ves sentido a todo esto; pero en el fondo sabes que no hay ningún sentido que verle a este truño que habéis sacado. Anda, no te rompas más la cabeza y tómate otro martini.

Puntuación: 3.8/10

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Imagen de Jesús Martínez Sevilla

Investigador en formación, trabaja en la Universidad de Granada. Le interesa hacer ciencia social comprometida, por lo que estudia la salud mental desde perspectivas despatologizadoras y transformadoras. Además, milita en colectivos de la ciudad. En sus ratos libres, escribe sobre música pop. (Osuna, 1992).