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Sierra Nevada en Verano, una montaña por descubrir

¡Estos calores!

Blog - Andres Cárdenas - Andrés Cárdenas - Lunes, 31 de Julio de 2017

Ayer mi sombra no quiso salir a la calle conmigo. Dice que ya está harta de soportar estos calores y que prefiere quedarse en casa debajo del aire acondicionado. Yo no es que la necesite mucho, es ella la que me necesita a mí para existir, por eso le dije que podía hacer lo que quisiera. 

Cuando salgo a la calle algunas veces me encuentro con una vecina cuarentona que está de muy buen ver. Cuando anda es capaz de dejar pasmado a cualquier viandante masculino que pase junto a ella. ¡Puf! Es la interjección preferida por los que hombres que pasan junto a ella. Y de algunas mujeres. 

Con ella no he hablado nada más que una vez en que salí a pasear con mi perro a un descampado que hay cerca de mi casa. Ella estaba haciendo lo propio con el suyo, una linda foxterrier hembra blanca con manchas color canela. Cuando mi perro la vio salió corriendo e intentó montarse en ella -en la foxterrier, se entiende- con aviesas intenciones. Yo fui rápidamente a ponerle la correa. Cuando se la puse tiré de él con la idea de hacerle ver que no estaba por la labor de dejarle hacer lo que le mandaba su instinto. Cuando ella vio la fogosidad de mi perro, exclamó: “Debería llevarlo usted siempre atado”. “Entonces yo también debería ir atado”, pensé mientras la miraba libidinosamente. 

Desde entonces cada vez que salgo me doy una vuelta por el descampado por si veo a mi despampanante vecina. La he visto en todas las estaciones del año, pero es en verano donde esta mujer hace sonar todas las alarmas. Sus vestidos cortos y pegados al cuerpo son de los que imprimen sofocones extras en estos días de extremos calores y provocan una revolución solar en toda la extensión de mi sangre. 

Ayer, día en que mi sombra prefirió quedarse en casa, mi vecina no estaba en descampado, pero estaba en una heladería tomándose una horchata. Ver como chupaba la pajita por donde subía la horchata me produjo otro sofoco. Cuando salió de la heladería la seguí cuan detective contratado para descubrir infidelidades conyugales. De pronto me di cuenta: ¡Ella tampoco llevaba sombra! Resolví volver inmediatamente a mi casa porque una atravesada intuición pasó por mi cabeza. La intuición dejo de ser tal cuando vi que mi sombra estaba debajo en mi sofá retozando con la sombra de mi vecina. Me quedé de piedra. 

Al día siguiente le conté esta historia a un amigo psicólogo y dice que por lo pronto no salga más a la calle cuando los termómetros marquen de cuarenta grados para arriba. Y aquí estoy, en mi casa debajo del aire acondicionado.