Descubriendo a los clásicos: Las Grecas cambiaron la historia del pop español con el primer gran disco de rock flamenco

Blog - Un blog para melómanos - Jesús Martínez Sevilla - Jueves, 11 de Junio de 2020
Las Grecas – Gipsy Rock
Portada de 'Gipsy Rock' de Las Grecas
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Portada de 'Gipsy Rock' de Las Grecas
Esta semana en “Descubriendo a los clásicos”, miro a la música española de la década de los setenta, cuando en medio de la convulsión política y cultural del fin del franquismo e inicio de la Transición, flamenco y pop se encontraron de diversas maneras. En concreto, reivindico el legado de Las Grecas, cuyo Gipsy Rock fue posiblemente el primer ejemplo exitoso de fusión y abrió la puerta a decenas de otros grupos.

Los años setenta del siglo XX fueron un momento decisivo en la historia de España, una bisagra entre cuarenta años de dictadura y lo que entonces se presentaba como un futuro de modernidad, democracia y paz (por supuesto, la realidad ha sido más complicada que esa ilusión). La convulsión política vino acompañada de vastos cambios culturales, con un relevo generacional que forzó un cambio más profundo de lo que el régimen habría querido, pero no tanto como para revisar el pasado y alterar la estructura profunda del Estado franquista. Y de aquellos polvos, estos lodos. Pero a lo que iba: el arte de los años setenta en España refleja este momento de agitación, de despertar y quitarse las telarañas de encima. El cine, siempre más reflexivo, lo tematizó explícitamente desde bien pronto, en películas como El desencanto o Cría cuervos. En la música, una forma de expresión más inmediata, sucedió de forma más orgánica, como un fenómeno que al principio se manifestaba simplemente en sonidos y apariencias diferentes y chocantes para las sensibilidades anteriores.

Un papel especial en esta transición cultural lo jugó el flamenco. Se trataba de un género políticamente complejo: la resistencia a la opresión y persecución del pueblo gitano está inscrita en su esencia, pero al mismo tiempo había sido adoptado por el régimen como bandera de la españolidad

Un papel especial en esta transición cultural lo jugó el flamenco. Se trataba de un género políticamente complejo: la resistencia a la opresión y persecución del pueblo gitano está inscrita en su esencia, pero al mismo tiempo había sido adoptado por el régimen como bandera de la españolidad. Precisamente por eso su uso por artistas rompedores fue esencial a la hora de materializar y consolidar esa nueva cultura de la juventud española. Por un lado, estuvo el llamado rock andaluz, con Triana como abanderados, que fusionaron la ambición y las texturas del rock progresivo con elementos armónicos del flamenco. Por otro, están los artistas que desde una raíz jonda se acercaban a sonidos modernos de diversa clase. Esta tendencia la inauguraron Lole y Manuel y más tarde la consagraron Camarón, Paco de Lucía, El Lebrijano o Enrique Morente. Ambas corrientes tienen en común haber recibido gran atención por parte del público, enorme aplauso crítico y, sobre todo, una admiración retrospectiva a prueba de balas: son parte de nuestro legado musical más resplandeciente, y nadie suele cuestionarlo.

Otra corriente de características similares, en cambio, no ha corrido la misma suerte: el llamado “sonido de Caño Roto”, representado por Los Chorbos (y su integrante Manzanita), Los Chichos o Los Chunguitos. Herederos directos de Bambino y Peret, gitanos todos ellos, su música surgía del encuentro entre la rumba y varios estilos de pop, especialmente de influencia afroamericana (soul, disco, funk). Sus letras se caracterizaban por contar historias de amor trágicas, con la cruda realidad de los barrios obreros surgidos del éxodo rural de las décadas previas (como el propio barrio de Caño Roto) como telón de fondo. Su tremendo éxito de público nunca evitó que fueran considerados como de mal gusto, sin duda en gran parte por el clasismo y racismo despertados por esa asociación tan próxima con barrios marginales. Pero su música ha sido incluso más ineludible que la de los grupos del rock andaluz o la de los nuevos flamencos, parte incuestionable de la banda sonora de un país, asociada a la fiesta y la celebración por la infecciosa alegría de la rumba, a pesar de sus temáticas trágicas.

En cualquier caso, hay un grupo cuya importancia en ocasiones se subestima al hablar de todos estos cruces de flamenco y pop, tal vez por su precocidad. Y es que si pensamos en términos cronológicos, El patio de Triana, Nuevo día de Lole y Manuel y El sonido Caño Roto de Los Chorbos comparten año de edición: 1975. Pero ya un año antes había aparecido el álbum debut de dos jovencísimas hermanas gitanas que llevaban años cantando en fiestas y tablaos, que habían vivido parte de su infancia en Argentina, donde se habían encontrado de lleno con el rock más vanguardista (que entonces llegaba a España con cuentagotas, a través de las bases militares estadounidenses), y que habían convertido todo ese conocimiento en el rompedor Gipsy Rock. Sus nombres eran Carmela y Tina Muñoz, pero toda España las conoció como Las Grecas.

Habitualmente agrupadas junto a los grupos del sonido Caño Roto (el Jeros, líder de Los Chichos, era primo suyo y compuso algunas de las canciones del disco), lo que las distingue de estos, aparte de su carácter pionero, es el explosivo sonido de este primer álbum

Habitualmente agrupadas junto a los grupos del sonido Caño Roto (el Jeros, líder de Los Chichos, era primo suyo y compuso algunas de las canciones del disco), lo que las distingue de estos, aparte de su carácter pionero, es el explosivo sonido de este primer álbum. El rock guitarrero a lo Jimi Hendrix con influjos de funk que da cuerpo a las canciones no tiene nada que envidiar a las mejores producciones de la época en EE.UU. o Reino Unido, y es que contaron con los mejores músicos de la península. No hay más que escuchar los primeros instantes del inmortal single “Te estoy amando locamente”, primer corte del disco, para darse cuenta: la atronadora batería y la distorsionada guitarra suenan colosales, expansivas y urgentes, como preparadas para el fin del mundo. La canción es excelente, con ese puente que es un auténtico caramelo. Y para redondear, por supuesto, están las interpretaciones vocales de las propias Tina y Carmela, que además de cantar con carácter inconfundiblemente flamenco y a buen nivel técnico, le dieron su propio toque a la letra (“te estoy amando locamenti”, “dame tu ausenci”), haciéndola aún más inolvidable.

Todo el álbum (diez canciones, 32 minutos) juega con los mismos elementos, introduciendo pequeños giros según el tema: los sintes y las melodías de inspiración árabe en “Bella Kali”, el breakdown funky de “Amma Immi”, el órgano de “Orgullo”… Pero en todos los casos la instrumentación suena muy suelta y libre, algo especialmente evidente en dos canciones: la mítica “Achilipú”, en la que la banda completa solo entra en el estribillo, mientras el resto del tiempo los instrumentos dialogan con las voces; y “No, Nanay”, donde las interpretaciones son muy expresivas, con un aire de jam session. También cabe destacar el contraste que caracteriza a “Te amo, te amo, te amo”, cuyas melodías vocales remiten claramente a The Beatles, mientras que el instrumental resulta más heavy y oscuro. Y por supuesto hay que mencionar la impresionante “Asingara”, una de las mejores composiciones del disco junto con “Te estoy amando locamente”. Las dimensiones épicas de este corte (que recuerdan también al single) hacen que la colisión de estilos sea más productiva que nunca.

Por una parte, dado el tono melodramático de las historias de amor que cantaban las Muñoz, la decisión de actualizar una copla de Quintero, León y Quiroga como “La Zarzamora” difícilmente podría ser más adecuada

Otro aspecto que habla muy bien de la creación de este álbum, apadrinada por José Luis de Carlos, es la selección de las versiones. Por una parte, dado el tono melodramático de las historias de amor que cantaban las Muñoz, la decisión de actualizar una copla de Quintero, León y Quiroga como “La Zarzamora” difícilmente podría ser más adecuada. Por otra, apropiarse a su manera del hit de sus precursores musicales más directos, Smash, con “Así así (El Garrotín)”, además de ser una inteligente decisión desde el punto de vista comercial, permite trazar con claridad la genealogía de la fusión flamenca de la que Las Grecas forman parte. Los intentos de aquel grupo del underground sevillano por acercar flamenco y rock habían sido breves y algo toscos, con “partes pop” y “partes flamencas” (cantadas precisamente por Manuel Molina, de Lole y Manuel) yuxtapuestas; lo que consiguieron Las Grecas fue sonar completamente flamencas sobre instrumentales que eran completamente pop. La fórmula se iría perfeccionando aún más, con experimentos inclasificables como Veneno sirviendo de puente hacia el flamenco pop bien engrasado de Ketama, pero es improbable que todo esto hubiese llegado a darse sin este trascendental disco de las hermanas Muñoz.

Por desgracia, fue su único y efímero momento de gloria: lanzaron tres discos más durante los tres años siguientes, cada vez con menos éxito, hasta que se disolvieron en medio de disputas económicas con su mánager. Los otros grupos mencionados al inicio de este artículo triunfaron en el hueco abierto por ellas. La vida de Tina se convirtió en una pesadilla, con ingresos en hospitales psiquiátricos, problemas con las drogas y temporadas en prisión, hasta su prematura muerte en 1995, afectada por el sida. Carmela, que siempre había sido la líder, intentó relanzar el dúo con otras compañeras, incluida la hija de Tina, Saray, pero nunca consiguió que estos intentos despegaran. Lo que es peor: el nombre Las Grecas es ahora propiedad de una de las cantantes con las que intentó reformar el grupo, por lo que hay discos lanzados en la década pasada con ese nombre pero sin ninguna implicación de las Muñoz. Algo similar a lo ocurrido con Triana. Una historia trágica, como las que cantaban en sus letras, pero más sórdida. Por eso, mejor quedarnos con lo bueno: la innovadora música de dos hermanas que dejaron una huella indeleble en la cultura popular española.

Imagen de Jesús Martínez Sevilla

Investigador en formación, trabaja en la Universidad de Granada. Le interesa hacer ciencia social comprometida, por lo que estudia la salud mental desde perspectivas despatologizadoras y transformadoras. Además, milita en colectivos de la ciudad. En sus ratos libres, escribe sobre música pop. (Osuna, 1992).