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El ejemplo de un niño

Blog - El ojo distraído - Jesús Toral - Viernes, 7 de Agosto de 2015
Bailey Matthews, en una carrera popular.
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Bailey Matthews, en una carrera popular.

“No son horas para que los niños sigan jugando en la piscina porque no me dejan dormir”, “Mi jefe me ha dicho que no he estado hoy a la altura”, “Estoy harto de llegar a casa y no poder ver la televisión porque están mis hijos”, “Se me ha estropeado el coche”. Estas son algunas de las situaciones que nos hacen perder la cabeza y pese a que, en la distancia, comprendemos que son muy poco importantes, mientras las vivimos somos capaces de sentirnos los más desgraciados del mundo.

Y es en ese preciso instante tendríamos que mirar la fotografía de Bailey Matthews, un chaval inglés de 8 años al que hemos conocido esta semana: nació 9 semanas antes de lo previsto, como si tuviera ganas de llegar a este mundo y paradójicamente esas ganas anticipadas de vivir fueron responsables de una parálisis cerebral que le fue diagnosticada con 18 meses. A partir de ahí, sus padres se volcaron con él para que aprendiera a andar, a coordinar, a hablar…y gracias a este enorme esfuerzo, el chico consiguió dar sus primeros pasos una y otra vez; sí, una y otra vez porque ha tenido épocas de avances muy gratificantes intercaladas con retrocesos muy frustrantes. Así, ha necesitado aprender a caminar 4 veces y ahora, con 8 años, sigue teniendo problemas de movilidad (necesita andador) y de coordinación.

Imagino que cuando Bailey le dijo a sus padres que quería participar en un triatlón, hace unos años, ellos le dedicarían una mirada condescendiente y en la intimidad de su habitación se echarían a llorar por las dificultades para que pudiera cumplir el sueño. Lo cierto es que ambos, pese a sus posibles reticencias, decidieron volcarse con ese hijo y ayudarle a combatir sus miedos.

Es imposible que alguien de 8 años, con parálisis cerebral, sea capaz de nadar 100 metros, pedalear 4 kilómetros y correr 1300 metros en solitario si no cuenta con la fe ciega de quienes le quieren. Dicen las crónicas de los periódicos que Bailey hizo el recorrido acompañado en la distancia de su propio padre y que pese a necesitar andador, en los últimos metros, lo soltó. Se caía al suelo cada dos o tres pasos y el público emocionado ante la hazaña que estaba contemplando, aplaudía con rotundidad. Finalmente, cruzó la línea de meta cumpliendo así el sueño de estos últimos años.

La noticia ha dado la vuelta al mundo. Nadie sabe quién ha ganado el triatlón de North Yorkshire, en Inglaterra, ni falta que nos hace, porque lo realmente extraordinario es el ejemplo de un niño que, sin duda, tiene madera de líder y es muy probable que trascienda a sus limitaciones en el futuro con el apoyo de una familia que ha demostrado que se consigue mucho más utilizando los recursos que la vida te ha dado que lamentándose por lo que no podemos hacer.

Todos tenemos alguna discapacidad, yo, por ejemplo, para el fútbol o para los deportes, para planchar, para engañar o para tirarme en paracaídas. Y la única condición para superar cualquiera de ellas es creernos capaces de ello.

Y si no, que se lo digan a Bailey. Por eso, cada vez que nos consideremos desgraciados porque no tenemos una casa mejor, un coche más veloz o dinero acumulado, deberíamos fijarnos en casos como el de este niño inglés que ha desoído todos los intentos de hacerle fracasar y que a lo largo de esa competición ha demostrado que lo importante no siempre es ganar, que tampoco el que llega primero es necesariamente el que más aplausos recibe y que hay miles de formas de llegar de un sitio a otro pero ninguna pasa por rendirse en el suelo cuando uno se derrumba. Hay que levantarse y volver a caminar y alcanzar una meta y proponerse la siguiente para llegar hasta ella también. Y centrarse en la carrera y no despistarse juzgando lo que hacen nuestros contrincantes. Al final, la vida es una carrera de fondo y el peor rival que tenemos para acabar victoriosos somos nosotros mismos.

Bien por Bailey Matthews. Ojalá el mundo se llenara de personas con esa fuerza de voluntad y las convirtiéramos en ejemplos a seguir más que admirar a princesas del pueblo, hijas de folclóricas cuyo único mérito es haber heredado su dinero o novios de actrices que dejaron de trabajar en películas aburridas hace decenas de años. Nuestra escala de valores daría un giro de 180 grados.

Imagen de Jesús Toral

Nací en Ordizia (Guipúzcoa) porque allí emigraron mis padres desde Andalucía y después de colaborar con periódicos, radios y agencias vascas, me marché a la aventura, a Madrid. Estuve vinculado a revistas de informática y economía antes de aceptar el reto de ser redactor de informativos de Telecinco Granada. Pasé por Tesis y La Odisea del voluntariado, en Canal 2 Andalucía, volví a la capital de la Alhambra para trabajar en Mira Televisión, antes de regresar a Canal Sur Televisión (Andalucía Directo, Tiene arreglo, La Mañana tiene arreglo y A Diario).