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El Guernica andaluz

Blog - El ojo distraído - Jesús Toral - Viernes, 9 de Febrero de 2018
Cartel de la II Marcha Senderista La Desbandá.
Club Senderista La Desbandá
Cartel de la II Marcha Senderista La Desbandá.

Pese a vivir toda mi infancia y juventud en Euskadi, oí hablar de la desbandá de Málaga mucho antes de saber lo que fue, en la voz de mi tía que describía la experiencia desde el punto personal de nuestra familia. Y ahora que agrupaciones como la Asociación Granadina Verdad, Justicia y Reparación, liderada entre otros por mi compañero Paco Vigueras, está tratando de recordar su memoria, en el 81 aniversario del suceso, vuelven a mi mente con toda dureza las historias de mi tía María sobre la matanza indiscriminada de malagueños que huían del bando franquista. Ocurrió un 8 de febrero de 1937. Ese día, veinticinco mil tropas italianas, árabes y alemanas en apoyo a Franco, acompañadas de sus correspondientes tanques, submarinos, barcos de guerra y aviones irrumpieron en Málaga. Y la población aterrorizada comenzó a huir en masa hacia otra ciudad andaluza que todavía era republicana por sinuosos caminos de montaña, haciendo un recorrido de más de 250 kilómetros: Almería.

Ante todo, mi abuelo Cristóbal era un hombre sabio y grande y demostró que la humanidad y el amor a la vida están por encima de cualquier ideología. La fría mañana del 9 de febrero de 1937 recogía leña en el campo junto con su hijo Andrés. Al regresar al pueblo se toparon con un amigo, Alfonso, y los tres continuaron juntos en dirección a su pueblo hasta que escucharon unas voces. Mi abuelo les pidió silencio a los otros dos y se encaminó sigiloso hacia el lugar de procedencia de dicho sonido. Había cuatro personas: un hombre de unos 25 años, una mujer algo más joven con un bebé en brazos y una niña de 3 años...

Y en medio de ese trayecto emerge Otívar, el pueblo de mi madre y de mis abuelos, en plena serranía tropical. Un municipio relativamente aislado, a 14 kilómetros de la costa de Almuñécar, donde la población estaba fragmentada, como el resto del país, entre republicanos y falangistas. Y al igual que otras muchas localidades de la zona, se convirtió en testigo mudo de una evasión multitudinaria protagonizada por más de 150.000 personas, entre abuelos, hombres, mujeres y niños. Muchos caminaban descalzos y sin apenas ropa porque se les rompía por el camino. Y a la dura caminata se le unía el constante acompañamiento de los bombardeos desde aviones y barcos franquistas que no estaban dispuestos a permitir esa huida pese a que se tratara de población civil.

Mi abuelo, que trabajaba en el campo, decía que era de derechas. Claro que en aquellos tiempos, ante la ignorancia extrema de filosofías políticas, es difícil determinar hasta qué punto compartía los ideales nacionales. El hecho es que él era hermano mayor de la hermandad del Rosario, y como los republicanos no apoyaban a la iglesia, supongo que él, tampoco les respaldaba a ellos.

Ante todo, mi abuelo Cristóbal era un hombre sabio y grande y demostró que la humanidad y el amor a la vida están por encima de cualquier ideología. La fría mañana del 9 de febrero de 1937 recogía leña en el campo junto con su hijo Andrés. Al regresar al pueblo se toparon con un amigo, Alfonso, y los tres continuaron juntos en dirección a su pueblo hasta que escucharon unas voces. Mi abuelo les pidió silencio a los otros dos y se encaminó sigiloso hacia el lugar de procedencia de dicho sonido. Había cuatro personas: un hombre de unos 25 años, una mujer algo más joven con un bebé en brazos y una niña de 3 años. Estaban sucios y tenían las ropas ajadas. Mi abuelo, escondido tras un árbol, pudo escuchar la conversación que mantenían, mientras él se derrumbaba en el suelo:

            –Ya no doy ni un paso más.

            –¿Cómo que no Juan? –Preguntó la mujer– Tenemos que llegar a Almería.

            –No puedo más. Los fascistas nos siguen los pasos y nos alcanzarán y acabarán con nosotros. Así que es mejor que use las balas que tengo en la recámara del revólver para mataros a vosotros y con la última terminaré con mi propia vida.

            –¡Eso no! –respondió aterrada la mujer.

            –No hay otra opción. Ya no sé qué hacer.

            Y mientras el desconsuelo se apoderaba de aquel pobre hombre, mi abuelo surgió de entre los árboles para detenerle.

            –¿Está usted loco?–le preguntó indignado.

            –No se meta en esto.

            –¿Cómo que no me meta en esto? No está usted discutiendo en pareja, le está diciendo que la va a matar. Entiendo lo que estará pasando. Si atraviesa esa loma alcanzará a sus compañeros y le será más fácil huir hasta Almería. En cuanto a su familia, no se preocupe que no les faltará nada. Yo les cuidaré.

            –No tengo dinero…

            –Ni yo, –respondió raudo Cristóbal–, pero nos arreglaremos. Tres bocas más en una casa de 6 niños no se notarán demasiado.

Mi abuelo cuidó de Antonia Billodre Navarro y de sus hijos durante varios meses, hasta que el marido la mandó llamar a través de una carta en la que le explicaba que había llegado a Almería. Más tarde, el propio Cristóbal estuvo a punto de perder la vida porque el alcalde de Otívar le acusó de haberle dado cobijo a una roja, además de culparle de otros delitos falsos, pero nunca se arrepintió de haberla acogido. Ella se fue con su marido cuando se lo pidió y mis tíos, que acabaron queriéndola como a una hermana más, dedicaron años a tratar de localizarla sin éxito y la recordaron el resto de sus días.

Mi abuelo cuidó de Antonia Billodre Navarro y de sus hijos durante varios meses, hasta que el marido la mandó llamar a través de una carta en la que le explicaba que había llegado a Almería. Más tarde, el propio Cristóbal estuvo a punto de perder la vida porque el alcalde de Otívar le acusó de haberle dado cobijo a una roja, además de culparle de otros delitos falsos, pero nunca se arrepintió de haberla acogido

Afortunadamente, Juan no corrió la suerte de muchos de sus compañeros de viaje, quienes el 12 de febrero llegaron en tropel a Almería. Ante tal avalancha de refugiados, se destinó una parte del puerto a más de 40.000 personas exhaustas de cansancio y felices por haber logrado alcanzar su objetivo. Esa misma tarde, justo cuando la ropa limpia que les habían cedido empezaba a traspirar seguridad, se escuchó la alarma de la ciudad que anunciaba peligro. No habría pasado más de treinta segundos cuando 10 enormes bombas caían desde los aviones enemigos en el centro y el puerto de Almería con la evidente intención de acabar con las vidas de la población civil indefensa recién llegada. Los cadáveres de los esperanzados viandantes inundaron unas calles pocos minutos antes desbordantes de alegría.

Unos meses después, el bombardeo de Guernica daría pie al inmortal cuadro de Picasso que se encargaría de que no olvidáramos aquella tragedia, pero Andalucía también tuvo su Guernica, fue la desbandá de Málaga y pese a la cantidad de personas inocentes que fallecieron, todavía no ocupa el lugar que debiera en las páginas de nuestra trágica historia reciente. Un pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla, así que no deberíamos enterrar este episodio que sufrieron nuestros propios abuelos y bisabuelos, algunos de ellos perdiendo en el camino la propia vida.

           

 

Nací en Ordizia (Guipúzcoa) porque allí emigraron mis padres desde Andalucía y después de colaborar con periódicos, radios y agencias vascas, me marché a la aventura, a Madrid. Estuve vinculado a revistas de informática y economía antes de aceptar el reto de ser redactor de informativos de Telecinco Granada. Pasé por Tesis y La Odisea del voluntariado, en Canal 2 Andalucía, volví a la capital de la Alhambra para trabajar en Mira Televisión, antes de regresar a Canal Sur Televisión (Andalucía Directo, Tiene arreglo, La Mañana tiene arreglo y A Diario).