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Aquellos maravillosos años

Blog - El ojo distraído - Jesús Toral - Viernes, 25 de Enero de 2019
Protagonistas del añorado programa 'La bola de cristal'.
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Protagonistas del añorado programa 'La bola de cristal'.

Es ley de vida pensar de adolescente que los adultos no te entienden; después, pasan los años, y cuando has dejado de ser joven crees que las siguientes generaciones han perdido los valores que tenías tú y, por eso dejas de entenderles. El caso es que ninguno tiene la razón completa.

Verán, yo pertenezco a esa generación que lo tuvo tan difícil cuando acabó de estudiar, porque estábamos en mitad de una crisis, que los amigos que no habían estudiado nos acusaban de que «es que los que habéis acabado una carrera os creéis que tenéis que trabajar de eso y no buscáis otros empleos»

Verán, yo pertenezco a esa generación que lo tuvo tan difícil cuando acabó de estudiar, porque estábamos en mitad de una crisis, que los amigos que no habían estudiado nos acusaban de que «es que los que habéis acabado una carrera os creéis que tenéis que trabajar de eso y no buscáis otros empleos». Y yo pensaba: «claro, si te parece estudio periodismo para acabar de carpintero». Mi generación, después de dar bandazos hasta encontrar un puesto acorde con los intereses personales, se ha tenido que comer otra crisis que le ha lanzado de nuevo a la cuneta, con más de cuarenta años, con la consiguiente dificultad de volver a coger el tren. Aún así, al volver la vista atrás, reconozco que me siento afortunado.

Cuando era un niño, al volver del colegio tomaba bocatas de nocilla, sin miedo al aceite de palma, la genuina mantequilla, con grasa de la que engorda, porque un niño gordo era un niño sano; paté, chorizo o jamón york, sin envases, envuelto en papel y ya estaba, nos fiábamos de los quesitos El Caserío y, si acaso, acabábamos la merienda con un yogurt Yoplait. Celebrábamos los cumpleaños en casa, con cinco o seis amigos, porque no había parques de bolas, fiestas del cine o paseos a caballo. Las madres nos preparaban chocolate con churros, si acaso, unos bocatas y la tarta y no necesitábamos nada más porque lo más divertido era estar con los amigos.

Después salíamos a la calle con los playmobil sin preguntarnos el motivo por el que no se doblaban sus codos, con los madelman o, con sus hermanos mayores, los geyperman; y si aún no nos los habían regalado, nos conformábamos con las chapas, las canicas o con jugar al dólar, ese hierro puntiagudo que lanzábamos en el cuadrado correspondiente y luego evitábamos saltando hacia el resto de cuadrados, a veces a pata coja

Después salíamos a la calle con los playmobil sin preguntarnos el motivo por el que no se doblaban sus codos, con los madelman o, con sus hermanos mayores, los geyperman; y si aún no nos los habían regalado, nos conformábamos con las chapas, las canicas o con jugar al dólar, ese hierro puntiagudo que lanzábamos en el cuadrado correspondiente y luego evitábamos saltando hacia el resto de cuadrados, a veces a pata coja. Al volver a casa, poníamos la tele para ver a Espinete, que era un erizo gigante y, sorprendentemente, no nos asustaba, y a Don Pimpón, que nadie sabía qué carajo representaba y tampoco nos importaba demasiado, ni nos lo planteábamos. Por la noche, El libro gordo de Petete nos anunciaba que se acababa la programación infantil y cuando nos lo permitían veíamos el Un, dos, tres o El precio justo, porque solo podíamos elegir entre eso o los programas culturales de la Segunda cadena, la UHF. Luego vinieron las privadas y aquello se convirtió en un parque de atracciones visual. Nos encantaba El equipo A, Los problemas crecen, Cosas de casa, El príncipe de Bel Air o McGyver y comentábamos con los amigos el último episodio de V, esos extraños lagartos extraterrestres dirigidos por una Diana vestida de rojo a los que combatía Mike Donovan y su guerrilla. Los sábados nos despertábamos temprano para ver a la bruja Avería en La bola de cristal. Había dibujos animados solamente el fin de semana: Los Mosqueperros, La abeja Maya, Spiderman, El osito Misha, Mazinger Z, Naranjito, La vuelta al mundo de Willy Fog, media hora de diversión antes de Sesión de tarde, que contaba con cabecera propia y emitía películas de vaqueros o aventuras que veíamos todos en familia. Y por la noche, José Luis Moreno y sus muñecos nos hacía reír entre cantante y grupo musical.

Tomábamos chicles boomer, bang bang de chocolate o cheiw, con tanto azúcar que daban ganas de tragártelos, pajitas y peta zeta que, para qué engañarnos, sabía a rayos, pero nos daba la sensación de que se freía un huevo en nuestra lengua y nos encantaba. Bebíamos coca cola o Pepsi, nada de ligth o zero, y mirindas, que eran parecidas a la fanta pero tenían un sabor más a mandarina. Escuchábamos cassetes de Parchís, Teresa Rabal, Regaliz o Enrique y Ana, porque en esa época los niños oíamos música infantil, nada de reggaetón o trap. Y como no había mp4 ni móviles, los disfrutábamos en nuestros walkmans, cuyos auriculares nos permitían desconectarnos del mundo adulto que no nos entendía en absoluto.

Coleccionábamos álbumes con imágenes de los futbolistas de la época, que comprábamos en sobres e intercambiábamos los que teníamos repetidos por otros, con los colegas, para completarlos.

Cuando rellenábamos la inscripción del colegio, nuestra madre se dedicaba a sus labores y a nadie le parecía rara esa expresión. Aunque, reconozcámoslo, el mundo era tan machista que Martes y trece hacía chistes con la frase Mi marido me pega, los padres únicamente se dedicaban a trabajar en la fábrica o el taller y delegaban la educación de los niños, la limpieza, las comidas y todo lo concerniente a la casa a las mujeres, que se convertían en criadas de ellos a tiempo completo, sin fines de semana ni vacaciones

Cuando rellenábamos la inscripción del colegio, nuestra madre se dedicaba a sus labores y a nadie le parecía rara esa expresión. Aunque, reconozcámoslo, el mundo era tan machista que Martes y trece hacía chistes con la frase Mi marido me pega, los padres únicamente se dedicaban a trabajar en la fábrica o el taller y delegaban la educación de los niños, la limpieza, las comidas y todo lo concerniente a la casa a las mujeres, que se convertían en criadas de ellos a tiempo completo, sin fines de semana ni vacaciones, porque en la época estival nunca íbamos a hoteles, la economía no daba para tanto, así que nos conformábamos con volver al pueblo de los abuelos, donde mamá estaba aún más ocupada que en casa cocinando no solo para papá y los hermanos sino para los tíos, primos, abuelos y demás familia. No todo era de color de rosa.

Salíamos a dar un voltio o un garbeo y los más ñoños saludaban a los colegas con hola, caracola frente a los más modernos que se decantaban por ¿Qué pasa, tronco? Como no podíamos llegar muy tarde a casa preguntábamos ¿Qué hora es? y alguien siempre respondía la hora 103 lo que nos hacía troncharnos o mondarnos de risa. Siempre había algún pinfloi que no pillaba al vuelo las cosas a la primera, así que le gritábamos Que no te enteras, Contreras, y si seguía sin comprenderlo alucinábamos pepinillos, flipábamos en colores, y le increpábamos ¿De qué vas, Bitter kas? Eres demasié para el body antes de mandarle a freír espárragos. A pesar de todo, mi mejor amigo era guay del Paraguay un tío dabuten, no como el pardillo de la clase, que era más tonto que Abundio. Los fines de semana íbamos a mover el esqueleto en el coche del fitipaldi de la basca y cuando estábamos de acuerdo con alguien decíamos efectiviwonder u okey makey y nos molaba despedirnos con un me piro, vampiro o con un chao pescao.

Soy de esa generación que ahora añora esa época igual que los chavales de hoy añorarán dentro de unas décadas esta, pese a que a nosotros nos parezca peor. Es ley de vida, cada cual debe defender aquello que conoce

Soy de esa generación que ahora añora esa época igual que los chavales de hoy añorarán dentro de unas décadas esta, pese a que a nosotros nos parezca peor. Es ley de vida, cada cual debe defender aquello que conoce.

Lo único que sí es objetivo es que formo parte de la etapa del baby boom y eso significa que somos muchos, más que los siguientes y que los anteriores, tenemos fuerza y toda la sociedad se vuelca en agradarnos cumplamos la edad que cumplamos.

Imagen de Jesús Toral

Nací en Ordizia (Guipúzcoa) porque allí emigraron mis padres desde Andalucía y después de colaborar con periódicos, radios y agencias vascas, me marché a la aventura, a Madrid. Estuve vinculado a revistas de informática y economía antes de aceptar el reto de ser redactor de informativos de Telecinco Granada. Pasé por Tesis y La Odisea del voluntariado, en Canal 2 Andalucía, volví a la capital de la Alhambra para trabajar en Mira Televisión, antes de regresar a Canal Sur Televisión (Andalucía Directo, Tiene arreglo, La Mañana tiene arreglo y A Diario).