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'Morir en el intento'

Blog - El ojo distraído - Jesús Toral - Viernes, 18 de Diciembre de 2020
Imagen de una persona migrante en el Puerto de Motril.
Alba Feixas @FeiGar
Imagen de una persona migrante en el Puerto de Motril.

Desde que tenemos constancia de la historia de la humanidad, todo ser vivo ha luchado por su propia supervivencia, antes de que hubiera gobiernos democráticos o dictatoriales, antes de que los límites de cada estado se estipularan de forma un tanto arbitraria; es una cualidad humana y sin embargo, no dejamos de criticarla cuando vemos a nuestro vecino echar mano de ella. Esta semana hemos conocido el sobrecogedor testimonio de Prince, nombre ficticio de un muchacho nigeriano de catorce años que salió de Lagos en un barco mercante y viajó en la diminuta estancia de dos metros cuadrados entre el casco del buque y la pala del timón. Durante quince días, ese chaval se tuvo que alimentar únicamente con el agua salada del mar, fue testigo de violentas discusiones que a punto estuvieron de costarle la vida hasta que arribó al puerto de Las Palmas. Los médicos ni siquiera eran capaces de encontrarle las venas por su extrema delgadez y durante varios días apenas contaban con su recuperación. Este chico ha narrado en Facebook su trágico viaje, improvisado, después de tomar la decisión de emprenderlo al escuchar a un grupo de tres personas en Lagos, la capital nigeriana, hablar de cómo iban a colarse en dicho barco hasta Europa. Su impulsividad le incitó a arriesgarse, alentado por el hecho de que, para entonces, esos catorce años de vida habían estado cubiertos de tristeza, falta de oportunidades y quimeras de un mundo mejor.

Es casi imposible encontrar un punto de culpa en un joven que se arroja a los brazos de una muerte casi segura solo por salir del infierno en el que vive; y sin embargo, en esta parte de la Tierra en la que nos jactamos de ser dueños del país y decidir quién entra y quién sale de él, muchas personas siguen considerando que el drama de la inmigración está ligado a la delincuencia, a la droga o al ánimo de ganar dinero sin trabajar

Es casi imposible encontrar un punto de culpa en un joven que se arroja a los brazos de una muerte casi segura solo por salir del infierno en el que vive; y sin embargo, en esta parte de la Tierra en la que nos jactamos de ser dueños del país y decidir quién entra y quién sale de él, muchas personas siguen considerando que el drama de la inmigración está ligado a la delincuencia, a la droga o al ánimo de ganar dinero sin trabajar.

La historia de Prince puede parecer terrorífica, pero solo porque la ha dado a conocer; sin embargo, se repite en miles de seres cuyo testimonio no conoceremos porque no lo contarán o incluso porque sus protagonistas perecieron en aguas del Mediterráneo.

Yo mismo he tenido la oportunidad de entrevistar a decenas de inmigrantes que me contaron sus vivencias con una naturalidad aterradora. Nunca olvidaré, por ejemplo, a Mohamed, a quién conocí hace unos años en Níjar, Almería, por la amargura y la desolación que destilaba su mirada. Él tenía diecisiete años cuando yo lo traté, estaba cojo de una pierna y había perdido la visión de un ojo por un disparo que recibió a los ocho años en su país, Senegal, y que estuvo a punto de costarle la vida en ese momento. Cruzó el estrecho con quince años, en una barca hinchable junto con otras siete personas. Una tempestad les sorprendió en el trayecto y cayó al agua un par de veces. Sus compañeros no movieron un dedo para ayudarle, pero tuvo la fortaleza de subir a la embarcación pese al envite de las olas. La desesperación debía de ser tan grande que, en un momento determinado, uno de los pasajeros sacó un martillo de entre sus pertenencias y la emprendió a golpes indiscriminados, tal vez con el fin de deshacerse de los demás y sentirse más seguro, con una fuerza tan descomunal que destrozó la pierna de Mohamed. Cuando la Cruz Roja les recató en Algeciras solo quedaban vivos él y otro muchacho, el agresor había caído al mar. Estuvo varios días entre la vida y la muerte y cuando se encontró con fuerzas, decidió escapar del hospital para trasladarse a Almería a reunirse con su hermano.

Tuve un primer contacto con él un par de meses después de que se quedara nuevamente solo porque el hermano se había marchado a Madrid y los dolores de su pierna eran terribles. Me pidió ayuda, quería algún buen especialista que lo curara y yo creí que al contar su historia conseguiríamos a alguien que se sensibilizara, pero no fue así. Mantuvimos conversaciones telefónicas durante varios días y la última vez que hablé con él percibí el amargo regusto de la decepción entre sus palabras. También yo estaba decepcionado conmigo mismo por no haber podido hacer más.

No es verdad que el Gobierno español designe una partida específica para inmigrantes, no es cierto que a ellos se les ayude más que a los españoles que están en riesgo de exclusión social, no es real que vengan a delinquir, ni a traficar con droga…

La mayoría de las personas que emprenden viaje desde África a Europa buscan un futuro mejor, ser considerados ciudadanos, no tener que seguir luchando por su vida con cada nuevo amanecer. Al fin y al cabo es lo que les trasmitimos desde nuestra sociedad acomodada, con pisos, casas, coches y todo un entramado de derechos a nuestra disposición que para ellos son ciencia ficción.

No es verdad que el Gobierno español designe una partida específica para inmigrantes, no es cierto que a ellos se les ayude más que a los españoles que están en riesgo de exclusión social, no es real que vengan a delinquir, ni a traficar con droga…

Somos un país solidario, que siempre ha tenido que emigrar: a Sudamérica a principios del siglo XX, a Alemania durante la época del dictador, a Gran Bretaña o a Estados Unidos en los tiempos que corren, y sin embargo, por algún motivo, hay personas que sigue considerando que no es lo mismo, que los españoles vamos a trabajar y que los inmigrantes africanos vienen a quitarnos lo que nos corresponde. Totalmente absurdo. Sobre todo porque el llamado Primer Mundo se esmera en repartir al Tercer Mundo las migajas a cambio de los bastos beneficios que recoge en esos estados por los recursos autóctonos. Colocamos empresas en sus tierras para que ellos mismos nos entreguen su coltán a cambio de una miseria y después esas compañías se enriquecen distribuyéndolo por el mundo. Y para mantener ese estatus necesitan el apoyo de esos gobiernos corruptos a los que ayudan en detrimento del pueblo, pobre, miserablemente pobre y exento de derechos, esclavos modernos que queremos conservar a cambio de abastecer al mundo y enriquecer a unos pocos.

Y después, nuestro cinismo nos lleva a cercenarles incluso el último derecho que tienen: el de luchar por su propia supervivencia, el de arrastrarse hasta alguno de los países supuestamente civilizados con el fin de respirar y vivir

Y después, nuestro cinismo nos lleva a cercenarles incluso el último derecho que tienen: el de luchar por su propia supervivencia, el de arrastrarse hasta alguno de los países supuestamente civilizados con el fin de respirar y vivir.

En tiempos de pandemia, en la que tanto estamos sufriendo, deberíamos llenarnos de empatía con estos seres humanos que llevan tanto padecimiento a sus espaldas que ni siquiera La Covid-19 se convierte en el peor de sus problemas.

Por supuesto que la solución sería ayudarles en sus países de origen, pero ni las grandes compañías, ni los estados están dispuestos a ello por mucho que se les llene la boca de decirlo cuando les interesa quedar bien. Así que, si no sabemos cómo ayudarles más, al menos deberíamos de tener la humanidad de no pensar en cómo ponerles el pie sobre sus cabezas para hundirles en el mar.

Imagen de Jesús Toral

Nací en Ordizia (Guipúzcoa) porque allí emigraron mis padres desde Andalucía y después de colaborar con periódicos, radios y agencias vascas, me marché a la aventura, a Madrid. Estuve vinculado a revistas de informática y economía antes de aceptar el reto de ser redactor de informativos de Telecinco Granada. Pasé por Tesis y La Odisea del voluntariado, en Canal 2 Andalucía, volví a la capital de la Alhambra para trabajar en Mira Televisión, antes de regresar a Canal Sur Televisión (Andalucía Directo, Tiene arreglo, La Mañana tiene arreglo y A Diario).