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Poner la otra mejilla

Blog - El ojo distraído - Jesús Toral - Viernes, 10 de Noviembre de 2017
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Hace unos días, estaba esperando mi turno en una carnicería abarrotada, iba por el número 32 y yo tenía el 33, y una abuelita encantadora se lió a hablar con el dependiente y, ya puestos, en cuanto acabó de atender al 32, ella muy solícita, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, le pidió:

       –Anda, guapo, ponme medio kilillo de filetes de cerdo.

       – ¿Tiene usted el número 33?–preguntó él.

      –No. Ese número lo tengo yo–respondí de inmediato.

      –Bueno, a este chico no le importa… ¿Verdad?...Que sólo voy a llevarme ese medio kilillo de carne.

Sopesé negarme, porque llegaba tarde a una cita, pero las arrugas de la abuelita encantadora me enternecieron y asentí con la cabeza. El dependiente le preparó su pedido y lo introdujo en una bolsa. A continuación se dirigió de nuevo a ella:

     – ¿Algo más?   

      –Pues…sí, mira…ponme un par de esos choricillos criollos que tienes ahí.

Mis ojos atónitos se compincharon con una mueca de asombro que pugnaba por exteriorizarse en toda su plenitud. ¿Acaso no entendía la diferencia entre una cosa y dos cosas? Intenté buscar cómplices alrededor y una chica que había sido testigo de la situación, me sonrió nerviosa pero calló.

Nos hemos criado en una moral cristiana que nos incita a ser buenas personas en base a lo que creemos que eso supone: ayudar al prójimo, no quejarse, no pegar a nadie, no insultar, respetar a los mayores solo por serlo, aguantar, sufrir, sacrificarse por los demás, poner la otra mejilla…

Huevos, una barra de pan, 250 gramos de alitas de pollo, 300 gramos de jamón serrano, 250 gramos de salchichón, la carne y los choricillos. Me quedé con toda la compra que hizo. La anciana tierna y encantadora del principio se había transformado en mi mente en una vieja bruja aprovechada. A cada nueva petición, mi gesto se iba recrudeciendo y cuando estaba a punto de quejarme, me venía a la cabeza mi propia abuelita y pensaba: “Pobrecilla, cómo puedes pensar eso de ella, estará ya acabando”.

Los resultados: llegué tarde a la cita, me puse de un mal genio impresionante que me duró el día completo y por no pegar a la abuelita la pagué con el resto de amigos y familiares con los que me tropecé durante el resto de la jornada.  Así que mi conclusión es que por poner la otra mejilla a la abuelita acabé fastidiando el día de los míos.

Nos hemos criado en una moral cristiana que nos incita a ser buenas personas en base a lo que creemos que eso supone: ayudar al prójimo, no quejarse, no pegar a nadie, no insultar, respetar a los mayores solo por serlo, aguantar, sufrir, sacrificarse por los demás, poner la otra mejilla…Vamos, que no me extraña que muchos piensen que el infierno está en esta vida, porque tener que aguantar a un maltratador, o sacrificarse por un padre que nunca hizo nada por ti, o amar a un hermano que te despreció o no poder siquiera insultar a quién te escupe…más que en bueno te puede convierte en un sufridor en vida.

Las cárceles están llenas de parroquianos que un día se hartaron de poner la otra mejilla y se liaron a mamporros. Y es que  por mucho que aguantes que las abuelitas se cuelen por la jeta y trates de poner buena cara, por dentro ardes de rabia y eso no lo puedes evitar. Por mucho que permitas que tu jefe se aproveche de ti, sólo acumularás odio hacia él y perderás tiempo de estar con los tuyos. Por más que dejes que tu amigo te engañe una vez tras otra, solo te servirá para sentirte reiteradamente engañado, y tampoco eso lo puedes evitar, y cada vez que escuches con amabilidad y paciencia todo el rollo de la telefonista comercial que te llama justo a la hora en que estás en la siesta el único día que puedes hacerla, solo ganarás que te acabe liando, que compres algo que no quieres, que luego te arrepientas y te consideres estafado y eso, tampoco lo vas a poder evitar.

¿Y si poner la otra mejilla tuviera un significado diferente? Por ejemplo, yo podría entender que fuera algo así como decirle a quién nos ha golpeado la otra: “No pasa nada. No has acabado conmigo. Me has golpeado una mejilla pero todavía me queda otra intacta. Esta que ves. Así que, no está todo perdido. Aún puedo escapar de esta situación para que no acabes haciéndome lo mismo de nuevo”

¿Cómo va a aconsejar nadie que si un asesino me corta un brazo le dé el otro para que haga lo mismo? Y sin embargo, creemos que dejarnos engañar por nuestro entorno es una buena acción, lo hacemos porque somos buenas personas. Hemos entendido que poner la otra mejilla es convertirnos en lelos que enseñan una sonrisa impostada al mal tiempo o que entregan el reloj de oro a quien viene a robarnos el dinero. De hecho, muchos de nosotros estamos hartos de oír eso de: “Este, de bueno es tonto”. Y lo decimos con un poso de profundidad, como si admirásemos y ansiásemos esas cualidades que le hacen ser tan bueno que es tonto, porque nosotros no somos capaces de llegar a tal nivel de bondad que alcance el grado de la idiotez.

Lo siento. No puedo creerme que Dios nos invite a poner la otra mejilla tal y como nos han enseñado que dice la moral cristiana durante toda la vida. Porque en ese caso, Dios estaría al lado de la abuelita, del jefe o del amigo que se está aprovechando de mí y me estaría diciendo que el camino hacia el cielo pasa por ser tonto y víctima de los demás. Y eso no tiene ningún sentido.

¿Y si poner la otra mejilla tuviera un significado diferente? Por ejemplo, yo podría entender que fuera algo así como decirle a quién nos ha golpeado la otra: “No pasa nada. No has acabado conmigo. Me has golpeado una mejilla pero todavía me queda otra intacta. Esta que ves. Así que, no está todo perdido. Aún puedo escapar de esta situación para que no acabes haciéndome lo mismo de nuevo”. Y eso no implicaría reaccionar con rabia, simplemente dar un paso hacia atrás y salir de una experiencia que nos está atormentando.

En el caso de la abuelita, además de la opción de aguantar, que fue la que elegí seguramente inducido por mi educación y moral cristiana, podía haber optado por golpear a la anciana o haberme enfrentado dialécticamente a ella y entonces habría acabado sintiéndome mal por haberme convertido en su verdugo o también podría habérselo hecho saber sin molestarla: “Perdone, pero es que tengo mucha prisa y parece que no es solo una cosa la que va a comprar. Acabo enseguida y luego pide usted”. Seguramente así ni habría llegado tarde a la cita ni habría mostrado mi cara más enfadada a los amigos. Y a la abuelita, no le habría afectado en absoluto.

Poner la otra mejilla para que te la partan después de haberlo hecho con la otra solo te conduce a que el resto de tu vida vayas con dos mejillas partidas.

 

Nací en Ordizia (Guipúzcoa) porque allí emigraron mis padres desde Andalucía y después de colaborar con periódicos, radios y agencias vascas, me marché a la aventura, a Madrid. Estuve vinculado a revistas de informática y economía antes de aceptar el reto de ser redactor de informativos de Telecinco Granada. Pasé por Tesis y La Odisea del voluntariado, en Canal 2 Andalucía, volví a la capital de la Alhambra para trabajar en Mira Televisión, antes de regresar a Canal Sur Televisión (Andalucía Directo, Tiene arreglo, La Mañana tiene arreglo y A Diario).