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¿Quién es el dueño de mi vida?

Blog - El ojo distraído - Jesús Toral - Viernes, 1 de Febrero de 2019
Maribel Tellaetxe y Txema Lorente.
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Maribel Tellaetxe y Txema Lorente.

Maribel tiene ahora 75 años y no es capaz de recordar el nombre de ninguno de sus familiares más directos. En 2006 le diagnosticaron la enfermedad de Alzheimer y desde el principio lo tuvo claro: «Si empezara a olvidarme de amar, también quisiera dejar de vivir». Por eso escribió una carta en ese instante para que a nadie le cupiera duda de cuáles eran sus deseos.

En 2017, cuando se percató del extraordinario avance de la enfermedad, redactó y registró un documento con sus últimas voluntades anticipadas para solicitar que le ayudaran a morir. Ahora el Ayuntamiento de Portugalete, su ciudad natal, ha aprobado una declaración institucional para pedir la despenalización de la eutanasia con el único voto en contra del concejal del Partido Popular. 

Al igual que Vox, PP ha mostrado en reiteradas ocasiones su rechazo a regular el derecho a la eutanasia porque, según Pablo Casado, sería como regular la venta de órganos, la esclavitud o cualquier trato o comercio degradante para el ser humano; además, añade que «es un problema que no existe en España». El presidente de Vox, Santiago Abascal, por su parte, aún sin representación institucional fuera de Andalucía, considera que su partido defiende la familia y la vida «desde su concepción hasta la muerte», por lo cual rechaza de pleno la eutanasia. Alguno de sus representantes, incluso, asegura que «el verdugo tiene que ser el médico y esta medida no puede considerarse nunca como un acto asistencial». Por último, la Iglesia católica, no podía ser menos, y el portavoz de la Conferencia Episcopal José María Gil Tamayo, dijo hace unos meses que «la autonomía del hombre no puede ser absoluta» y que «nadie es dueño de la vida, ni siquiera de la propia».

Los tres opositores a una ley que regule la eutanasia coinciden en defender la vida por encima de todo, a cualquier precio. Claro, que parece que ellos identifican vivir con respirar y no creo que ni Maribel Tellaetxe, ni Inmaculada Echevarría ni Ramón Sampedro estuvieran de acuerdo con esa definición. Tampoco yo, ni ninguno de los que hemos visto sufrir a nuestros familiares antes de fallecer. Y también defiendo la vida desde su concepción hasta la muerte, pero creo que siempre es preferible que venga antes de que el que está llegando al final sufra dolores horribles, aguante solo a través de máquinas o sienta que ya no es él.

¿Qué hacemos con aquellos que no creen en Dios o sienten que son dueños de sus vidas? ¿Los condenamos, los obligamos a pasar por el aro de aquellos que sí tienen fe? ¿No es un poco cruel?

Aunque seguramente lo que más me choca es que alguien se atreva a afirmar que uno no es dueño de su propia vida. Comprendo que las creencias religiosas pueden intervenir a la hora de hacer este tipo de consideraciones, pero ¿qué hacemos con aquellos que no creen en Dios o sienten que son dueños de sus vidas? ¿Los condenamos, los obligamos a pasar por el aro de aquellos que sí tienen fe? ¿No es un poco cruel?

Da la sensación de que a quienes se les llena la boca de hablar de la defensa de la vida a través de sus posturas contrarias al aborto o la eutanasia, son los que luego apoyan los castigos más severos para los infractores de las leyes, incluida la pena de muerte, los que prefieren que los inmigrantes se mueran de hambre en sus países antes de apoyar un plan para recibirles en el nuestro, los que juzgan y condenan a homosexuales, a familias no compuestas por un hombre, una mujer, un hijo, una hija y un perro; a las feministas, cuyo objetivo es igualar sus derechos a los de los varones…Y eso también es apoyar a la vida.

Porque vivir no es solo respirar, es tener acceso a una vivienda, a un trabajo, a un sueldo digno y suficiente para no preocuparte de que llegue el fin de mes, es tener tiempo para cuidar a tus hijos y para enseñarles a andar en bici, y a tus padres, cuando estén mayores y necesiten de tu compañía. Vivir es tener la posibilidad de no sentirte solo, de sonreír cada mañana al ver el sol o la lluvia o el viento, es amar a cada ser humano porque cada uno tiene algo que aportar al mundo, es respetar la opinión de todos y no juzgarles por su color de pelo, su grosor de labios, sus ojos rasgados, su sexo o sus preferencias en la cama; es solidarizarse con los demás y entenderles y escucharles y tener el privilegio de acompañar a tus seres queridos en ese último trayecto hacia la muerte de su cuerpo físico, llorar por su ausencia y recordarles el resto de tus días.

Vivir es extender generosamente nuestras aptitudes y capacidades, no imponer nuestras ideas sobre los demás y aceptar las decisiones que cada uno tome sobre cómo quiere acabar su propia vida. En definitiva, no hay mayor acto de amor, y por lo tanto de vida, que dejar ir o ayudar a marcharse a la persona que más quieres, aún a sabiendas del vacío enorme que te quedará, de que te gustaría extender su tiempo hasta la última milésima de segundo posible.

A mi madre le empezaron a fallar los pulmones y el médico, al que siempre le estaré agradecido, fue muy claro con nosotros: «Tenéis dos opciones: o la dejáis ir ahora tranquilamente o le alargáis la vida un par de meses, máximo, atada a diálisis, con momentos de consciencia e inconsciencia, entrando y saliendo continuamente del hospital y con importantes dolores». Tomamos, por supuesto, la primera decisión y jamás me arrepentiré porque, sobre todo, pensé en ella y no en mí. En caso contrario, habría tratado de que aguantara al máximo, de alargarle una agonía imposible e interminable con el mismo inevitable fin. Me quedé sin ella un poco antes, pero se fue rodeada de toda su familia, tranquila, sin padecimientos, sin una espera agónica. Mis hermanos y yo decidimos hacer lo mismo que hubiéramos querido que hicieran con nosotros llegado el momento.

La aprobación de la ley de la muerte digna el pasado mes de diciembre se hace, a todas luces, insuficiente para atender la demanda de mujeres como Maribel

La aprobación de la ley de la muerte digna el pasado mes de diciembre se hace, a todas luces, insuficiente para atender la demanda de mujeres como Maribel, cuya luz se va apagando paulatinamente sin que vea cumplidos sus deseos de marcharse con dignidad antes de que fallezca porque olvide cómo respirar.

Afortunadamente, una vez más, la sociedad española va por un lado y los políticos por otro, porque las encuestas ofrecen datos abrumadores sobre lo que los ciudadanos piensan en relación con la eutanasia. Cuando se les pregunta si un enfermo incurable debería tener derecho a que los médicos le proporcionen algún producto para acabar con su vida sin dolor, el 84% de los encuestados responde que sí, un dato que se eleva al 90% entre los menores de 35 años y que baja al 74% entre los mayores de 65, incluyendo votantes del Partido Popular. Incluso el porcentaje de católicos practicantes que responden sí a la pregunta es mayoría, concretamente el 56%.

Por desgracia, mientras se dirime la cuestión, Maribel Tellaetxe, la vecina de Portugalete con Alzheimer, pese a que haya recogido 160.000 firmas y cuente con el apoyo de su ayuntamiento y de sus vecinos, y otras personas como ella ven que su vela se apaga sin que se llegue a cumplir su último deseo.

Imagen de Jesús Toral

Nací en Ordizia (Guipúzcoa) porque allí emigraron mis padres desde Andalucía y después de colaborar con periódicos, radios y agencias vascas, me marché a la aventura, a Madrid. Estuve vinculado a revistas de informática y economía antes de aceptar el reto de ser redactor de informativos de Telecinco Granada. Pasé por Tesis y La Odisea del voluntariado, en Canal 2 Andalucía, volví a la capital de la Alhambra para trabajar en Mira Televisión, antes de regresar a Canal Sur Televisión (Andalucía Directo, Tiene arreglo, La Mañana tiene arreglo y A Diario).