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Saber decir que no

Blog - El ojo distraído - Jesús Toral - Viernes, 22 de Febrero de 2019
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La edad no solo tiene cosas malas, como las arrugas, sino que también trae más calma y la autoafirmación a través de nuestros actos. Me refiero a que, cuando eres un chaval, te da vergüenza reconocer ante la chica con la que te acuestas por primera vez que eres primerizo, sientes que debes estar en contra de las ideas de tus padres porque están anticuadas, aunque te parezca, en el fondo, que tienen toda la coherencia del mundo, y reprimes las lágrimas cuando te emociona una pieza musical porque estimas que te hace más débil ante el mundo.

Al cumplir años, te hartas de sufrir las consecuencias de algunos de tus constantes errores y empiezas a gritar tus verdades, a pesar de arriesgarte a perder el respeto de los demás. ¿Y eso es bueno? Si o no, según se mire

No obstante, al cumplir años, te hartas de sufrir las consecuencias de algunos de tus constantes errores y empiezas a gritar tus verdades, a pesar de arriesgarte a perder el respeto de los demás. ¿Y eso es bueno? Si o no, según se mire.

Por ejemplo, el otro día estaba en un supermercado con mi cartón de leche. Me dirigía a pagarlo en la caja y una oronda y decidida mujer, de unos cincuenta y cinco años, con el carro lleno, al ver que llevábamos el mismo destino aceleró el paso para adelantarme por la derecha y colocarse en la cola antes de mí. La miré con estupor y ella me sonrió y me hizo un gesto que yo traduje como: «Lo siento, te he ganado». Le mostré mi cartón, sin intercambiar una palabra y ella se dio por aludida.

            —Es que tengo mucha prisa y ya estoy harta de que siempre empiece dejando pasar a uno y acaben pasando quince.

No me enfadé, pero sí me sorprendió la respuesta por la falta de empatía. El hecho es que, probablemente, esa señora antes cedió hasta que un día se hartó y dijo que ya no lo iba a hacer más. En este caso, me parece un tanto exagerado el gesto, pero si ella está satisfecha consigo misma, no soy nadie para juzgarla.

Y es que hay que reconocer que «decir no» a veces es muy sano y te lleva a no arrepentirte. ¿Cuántas veces nos ha salido el tiro por la culata? Aguantas en el cine los molestos susurros de los de atrás, las risas, los sonidos de los paquetes e incluso los avisos del teléfono móvil y, como te calificas como una persona educada y que elude enfrentamientos con desconocidos, te callas y te fastidias entendiendo a medias la película, más pendiente de lo que sucede detrás de ti que de la gran pantalla. Y eso lo haces un día y dos y tres, pero al cuarto o al quinto te cansas y, en cuanto empieza alguien a abrir un paquete de patatas fritas, te das la vuelta y le chistas con todas tus fuerzas y tu peor cara de mala leche ante la sorpresa del pobre chaval, que solo acierta a decir «pero si todavía no ha empezado la película».

Curiosamente, la experiencia me dice que es mucho más útil decir «no» mucho antes de llegar al extremo del hartazgo, porque en ese caso siempre acabas con una sensación agridulce, como si te dijeras a ti mismo que has ganado, pero a costa de someter a otro

Estás en la cola del autobús y observas que, al llegar a la parada, los que han aparecido en el último momento se apresuran a subir los primeros sin guardar ningún tipo de orden. Y tú, educado y respetuoso, evitas el enfrentamiento y permites que te adelanten todos los pasajeros, subiendo el último al vehículo, pese a que llevas en la parada quince minutos. Eso te ocurre una vez y dos veces y tres, pero a la cuarta o la quinta estás tan alerta que, en cuanto ves aparecer al autobús en la lejanía, te levantas rápido y te pones en el sitio que sabes que va a parar. Entonces, una mujer mayor, ajena a tus pasos, se instala a la par tuya y, con malos modos, le contestas: «señora, por favor, un poco de respeto, no se cuele, que llevo aquí un buen rato esperando al bus» y ella, sumisa, al ver tu expresión, te responde: «tranquilo, perdona, no iba a pasar antes que tú».

Curiosamente, la experiencia me dice que es mucho más útil decir «no» mucho antes de llegar al extremo del hartazgo, porque en ese caso siempre acabas con una sensación agridulce, como si te dijeras a ti mismo que has ganado, pero a costa de someter a otro.

Si estás asistiendo como público a un musical y te molesta el de delante con un sombrero, porque no te deja ver, es mucho más útil y sencillo hablar con él educadamente y pedirle que se lo quite, antes que permanecer todo el espectáculo quejándote de él a tu acompañante, porque en este segundo caso, el recuerdo queda grabado, aunque no lo creamos, y para la próxima vez que vivamos una situación semejante volveremos a repetir nuestra postura hasta acumular la rabia suficiente como para soltarla en el momento menos oportuno. Incluso puede llegar un momento en el que prefiramos no ir al teatro para evitar que nos ocurra algo así.

Y eso vale para todo, para cuando nos invita un amigo y no le decimos que «no» por miedo a decepcionarle pese a que no nos apetece en absoluto salir; para cuando nos sacrificamos por un familiar y dejamos de hacer lo que creemos más importante para acceder a sus deseos… Decir «no» es la manera más sana de no acumular rencor, porque lo contrario nos conduce a un camino en el que siempre acabaremos decepcionados por los demás en algún instante, porque después del sacrificio que hemos creído hacer, sentiremos que no han estado al mismo nivel cuando hemos pedido su ayuda.

Decir «no» es la manera más sana de no acumular rencor, porque lo contrario nos conduce a un camino en el que siempre acabaremos decepcionados por los demás en algún instante, porque después del sacrificio que hemos creído hacer, sentiremos que no han estado al mismo nivel cuando hemos pedido su ayuda

Y cuidado, que no digo que esté mal hacer sacrificios, cada cual es libre de optar por una forma distinta de actuar en este sentido, pero cada vez que hagamos algo por alguien pensando en recibir una recompensa futura, ya sea su amistad, su apoyo cuando lo necesitemos, su compañía o la justicia divina, acabaremos sintiéndonos defraudados, a mayor sacrificio, mayor decepción, porque más complicado será estar a la altura de lo que consideramos que hemos hecho por los demás.

Por eso, decir «no» a tiempo es una forma de evitar expectativas, incluso hacia el mundo, porque la oronda mujer que se apresuró a adelantarme en el supermercado seguramente se hartó de dejar pasar a gente para que luego, cuando vivió la misma situación, pero, al contrario, percibiera que no le cedían el turno, como si, por dejar pasar una vez a alguien, pensara que cuando lo necesitara el mundo se aliaría para regalárselo a ella. Y, al ver que eso no sucedió, probablemente tomó la determinación de negarse a repetir su «buena acción» aún a costa de quedar como una mal educada.

Imagen de Jesús Toral

Nací en Ordizia (Guipúzcoa) porque allí emigraron mis padres desde Andalucía y después de colaborar con periódicos, radios y agencias vascas, me marché a la aventura, a Madrid. Estuve vinculado a revistas de informática y economía antes de aceptar el reto de ser redactor de informativos de Telecinco Granada. Pasé por Tesis y La Odisea del voluntariado, en Canal 2 Andalucía, volví a la capital de la Alhambra para trabajar en Mira Televisión, antes de regresar a Canal Sur Televisión (Andalucía Directo, Tiene arreglo, La Mañana tiene arreglo y A Diario).