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Sinceridad sobrevalorada

Blog - El ojo distraído - Jesús Toral - Viernes, 23 de Septiembre de 2016
Imagen extraída de http://concepto.de/
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¿Se imaginan un mundo en el que todos fuéramos sinceros en todo momento? Nos levantaríamos por la mañana y algún día diríamos a nuestra pareja: ¡Mira que te quiero, pero que fea te has levantado hoy! Y cuando nuestros hijos no acabaran el desayuno a tiempo les gritaríamos como posesos: ¡Soy unos hijos de p…, callaos ya, me encantaría estamparos contra la pared, tomaos ya el desayuno y marchaos que no puedo estar más harto de vosotros!

Saldríamos de casa a por el coche y, siguiendo con esa tónica de decir toda la verdad, cuando viéramos a nuestra vecina cotilla, una abuelita sin mucho más que hacer que vigilar a los habitantes del bloque, la saludaríamos y a su inocente pregunta de: “¿Qué tal la familia?”, seguramente responderíamos: “¿Y a usted qué le importa? ¿No se da cuenta de que odio que me haga preguntas porque me parece una vieja aburrida dispuesta a criticarlo todo? Entiendo que ir en el ascensor sin hablar se le puede hacer duro, pero… ¡Me la suda! Preocúpese de los pelillos que le van saliendo en el bigote y de su nieta, que es una mal educada y deje de preguntarme a mi cosas que ni le van ni le vienen”.

En el coche, durante nuestro trayecto al trabajo, nuestra sinceridad nos llevaría a bajar la ventanilla y a gritar al conductor que se nos cuela con descaro en un atasco: “Ojalá tuviera una pistola en la mano para dispararte a la cara, cerdo asqueroso”.

Y una vez en nuestro puesto, no callaríamos nuestra opinión del compañero chivato del jefe: “Mira, Pepito, ¿Cómo quieres que te lo diga? Eres un trepa, no tienes escrúpulos y te crees que todos somos tan gilipollas de  contarte secretos cuando hace años que sabemos que le trasladas al jefe hasta nuestra talla de calzoncillos. No te soporta ni tu madre y no sabes cuánto disfrutaría torteándote la cara hasta que me cansara y, cuando lo hiciera, que continuara uno de nuestros compañeros, de esos a los que pones verde en cuanto se dan la vuelta”.

Claro que para un completo sincero, el momento más dramático o tal vez el más placentero sería el de ponerse ante el jefe y escuchar sus órdenes:

           -Hoy vas a llamar a todos nuestros clientes, uno por uno, y les vas a tratar de convencer para que compren este nuevo producto.

Casi ni le dejarías acabar para responderle:

            -¿Nuestros clientes? ¿Serán los míos? porque que yo sepa no he visto que hayas movido un dedo en tu vida por hacer uno. Naciste jefe porque eres el sobrino del dueño, apareces por la oficina menos que la señora de la limpieza, que viene 3 veces por semana, y tienes que pagar a un equipo de asesores porque no tienes ni idea de hacer la O con un canuto.

Probablemente cogieras aire para soltar con toda tu energía:

            -¡Vete a la caca! Anda y que te enseñen a escribir, que no has leído un libro desde que te obligaron a los 12 a tragarte “El Lazarillo de Tormes” y tienes más faltas de ortografía que Belén Esteban copiando una canción en inglés.

¿Se imaginan lo que implicaría ser sinceros del todo durante un solo día? Seguramente nos despedirían, nos quedaríamos sin amigos, sin familia, nos mirarían con desprecio… ¿Y todo para qué?

La sinceridad está sobrevalorada por completo. Todavía recuerdo con amargura cómo una compañera de clase, cuando tenía 16 años, se acercó a mí y me dijo:

            -Oye, he visto esta mañana a tu madre… ¡Anda hijo! Ve menos que Pepe Leches, está cieguísima.

Efectivamente, mi madre por aquel entonces iba perdiendo visión paulatinamente a causa de una enfermedad degenerativa llamada retinosis pigmentaria, pero… ¿Era necesario poner de manifiesto algo evidente? ¿Hacía falta ese grado de sinceridad que a mí me acabó hiriendo?

Estoy cansado de escuchar a la gente decir cosas como: “Es que yo soy muy sincero, y por eso te tengo que decir que no me gusta cómo vistes”.

Pues en otro alarde de sinceridad yo le respondería que no me importa su opinión, que mi forma de vestir es personal y que si no le he preguntado nada al respecto por qué se siente con la obligación de decírmelo.

Hay muchas personas que afirman eso de: “Yo prefiero a la gente que viene por delante y te dice lo que piensa porque sabes a qué atenerte”. Primero: nadie dice completamente su opinión, eso es falso; segundo: ese que considera eso y te lo dice, tal vez al día siguiente se identifique con la postura contraria y también te lo dirá; tercero: normalmente esa gente tan sincera que está acostumbrada a contar lo que se le pasa por la cabeza es la que peor asume las críticas que le llegan desde el exterior, incluso las justifica y las rebate.

Hay un equilibrio entre decir la verdad y ser respetuoso y educado. No se trata de engañar, ni de aplaudir la falsedad, por supuesto. No obstante, por ejemplo, cuando ves por primera vez al bebé de una amiga que acabe de parir, no le dices que es feo, aunque lo piensas; resaltas sus cualidades: es gracioso, simpático…No hace falta mentir en absoluto, pero sí que se puede ver el vaso medio lleno en lugar de medio vacío.

¿Cuándo no es necesaria la sinceridad? Seguramente cuando lo que pensemos no sirve para cambiar la realidad y sí para ofender al que nos está escuchando.

¿De verdad consideramos que nuestra opinión es tan importante, tan imprescindible, que sin ella no pueden vivir a nuestro alrededor? Porque si no es así deberíamos entender que a veces es mejor guardarla antes de ofender a alguien por algo que no tiene remedio.

Imagen de Jesús Toral

Nací en Ordizia (Guipúzcoa) porque allí emigraron mis padres desde Andalucía y después de colaborar con periódicos, radios y agencias vascas, me marché a la aventura, a Madrid. Estuve vinculado a revistas de informática y economía antes de aceptar el reto de ser redactor de informativos de Telecinco Granada. Pasé por Tesis y La Odisea del voluntariado, en Canal 2 Andalucía, volví a la capital de la Alhambra para trabajar en Mira Televisión, antes de regresar a Canal Sur Televisión (Andalucía Directo, Tiene arreglo, La Mañana tiene arreglo y A Diario).