'La voz de Marina Herlop no necesita palabras'

Blog - Un blog para melómanos - Jesús Martínez Sevilla - Miércoles, 15 de Junio de 2022
Marina Herlop – 'Pripyat'
Portada de 'Pripyat', de Marina Herlop.
IndeGranada
Portada de 'Pripyat', de Marina Herlop.

Ya he dicho en alguna ocasión que esto de escribir sobre música no siempre es fácil. No pretendo con ello quejarme: disfruto muchísimo de analizar la música que me gusta e incluso la que no me gusta tanto; si no, no lo haría, obviamente. Solo quiero señalar que hacer crítica es un ejercicio que siempre bordea varias trampas: puedes no decir suficiente, puedes decir demasiado, puedes no saber expresar adecuadamente lo que quieres decir. Usar el lenguaje para hablar de otro medio de expresión tiene esos riesgos. Pero esa dificultad se ve incrementada cuando la propia música se dedica a escapar de significados explícitos, rehuir el lenguaje, perseguir la emoción por otras vías. Pasa a menudo con la música electrónica, con la experimental, con la instrumental en general.

Me encuentro ahora mismo ante un reto aún mayor: hablar sobre un disco donde la voz es protagonista, pero donde no hay prácticamente palabras

Me encuentro ahora mismo ante un reto aún mayor: hablar sobre un disco donde la voz es protagonista, pero donde no hay prácticamente palabras. Se trata de Pripyat, el último álbum de la catalana Marina Herlop. Esta artista de formación clásica ya había publicado un par de trabajos (Nanook, de 2016, y Babasha, de 2018) en los que creaba bellas composiciones empleando únicamente el piano y su prodigiosa voz, que entonaba por lo general sílabas inconexas, elegidas más por su sonoridad que por su significado. Lo que ha hecho en Pripyat, sin embargo, va aún más allá. Gracias a las técnicas de producción que ha adquirido (que, según reconoce, son relativamente rudimentarias), Herlop ha incorporado a su sonido texturas electrónicas que le dan un nuevo empaque. Basta con escuchar “abans abans”, la primera canción del álbum, para ver el efecto que tiene esta nueva instrumentación: cuando, pasados dos minutos y medio, una marea de percusión y efectos electrónicos entran en tromba, la potencia de la exquisita melodía de su voz resulta aún más avasalladora.

Al mismo tiempo, su voz se ha multiplicado, dejando de entonar una única melodía para entrar en diálogo consigo misma. El mejor ejemplo de esto lo encontramos en la última canción, la “versión coral” de “miu”: no hay ningún otro instrumento aquí, solo voces que se van superponiendo, disputándose el protagonismo, trayendo nuevas melodías o simplemente aportando sonoridades interesantes. Este efecto es una constante a lo largo de todo el álbum. Salvo en “Kaddisch”, la más tradicional de las composiciones, donde la voz de Marina está más desnuda y se acerca más al dramatismo del canto operístico, en todas las demás canciones aparecen estos cantos cruzados, a veces meros fragmentos de voz, que van empujando el tema en distintas direcciones. Este uso de las voces entre elementos electrónicos recuerda por momentos al trabajo de Tarta Relena, el dúo de cantantes catalanas que participó en “El cant de la Sibil·la”, una de las canciones centrales de CLAMOR, la obra maestra de Maria Arnal i Marcel Bagés del año pasado. Otra gente ha apuntado al trabajo de Arca con Björk como posible referente.

Quizás la mejor canción del disco sea “miu”, donde la constante rueda de sonidos que enuncia la catalana construye bucles sencillamente preciosos

Pero a mí a lo que más me recuerda es a la experiencia de escuchar Black Origami, de Jlin. Si en aquel fantástico y oscuro álbum era la percusión la que mutaba constantemente y te llevaba de la mano en un viaje hacia lo desconocido, aquí es la voz de Herlop la que, en sus juegos carentes de palabras, te sorprende y te tiene en constante tensión, como si pasearas por las desiertas calles de la ciudad ucraniana cercana a Chernobyl que le da título al álbum y sintieras que hay algo agazapado a la vuelta de la esquina, dispuesto a caer sobre ti. La diferencia es que Pripyat tiene melodías, por lo que hay más motivos que se repiten, más querencia pop. Así, “shaolin mantis” siempre me arranca una sonrisa con su combinación de ágiles retazos vocales e insistentes notas de ukelele. “lyssof” contiene las pocas frases completas del disco, cantadas en inglés, pero los momentos más adictivos son aquellos en los que la percusión electrónica se vuelve protagonista y Herlop vuelve a las sílabas sin significado para construir ganchos inapelables. Quizás la mejor canción del disco sea “miu”, donde la constante rueda de sonidos que enuncia la catalana construye bucles sencillamente preciosos.

Y es que, además de aumentar sus recursos técnicos, Herlop también ha ampliado su gama de inspiraciones: según ella misma ha declarado, esa forma de construir bucles de voz en “miu” la ha tomado de la música carnática del sur de la India. “ubuntu”, por su parte, también tiene sonoridades que hacen pensar en Asia, y de hecho hay un sample vocal de alguien que parece hablar algún idioma oriental. La magia del disco, sin embargo, es que no hay que saber nada de esto, ni entender ninguna cosa de esas que se pueden explicar con palabras, para captar su magia. Solo hay que dejarse llevar por la voz de Herlop, tan traviesa como siniestra, tan bella como escalofriante, y perderse en ella.

Puntuación: 9.1/10

Imagen de Jesús Martínez Sevilla

Investigador en formación, trabaja en la Universidad de Granada. Le interesa hacer ciencia social comprometida, por lo que estudia la salud mental desde perspectivas despatologizadoras y transformadoras. Además, milita en colectivos de la ciudad. En sus ratos libres, escribe sobre música pop. (Osuna, 1992).