Un verano en el Parque de las Ciencias.
Opinión por Manuel Alberto P.

Bob Dylan: Un Nobel jodidamente ruidoso

Cultura - Manuel Alberto P. - Sábado, 15 de Octubre de 2016
Nuestro crítico musical Manuel Alberto P. nos ofrece una más que respetable opinión en la que, con argumentos sólidos, documentados y muy trabajados, justifica el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan. Es, además, una lección magistral de música.
Bob Dylan.
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Bob Dylan.

Por alguna extraña razón, tengo más simpatía por los que se esfuerzan en caer mal que por los que se esfuerzan en caer bien. Bob Dylan ni siquiera entraría en la primera categoría; como un Rick moderno probablemente nos despreciaría si alguna vez pensara en nosotros. Y sin mirar atrás, como decía la canción que le dedicaron los escoceses Belle and Sebastian.

En su muy recomendable “Vida y milagros de Sgt.Pepper’s, un disco para una época”, Clinton Heylin data el nacimiento del rock adulto el 25 de julio de 1965, en el famoso concierto del festival folk de Newport en el que Bob Dylan electrificó su sonido delante de los puristas folkis que le abuchearon. A las tres canciones, abandonó el escenario. Solo quince minutos después, volvió a salir, sin banda, pidió una armónica en mi (como pedir un rosario en el Vaticano, le llovieron) y tocó en acústico. Aún vitoreado, fue su última concesión. Diez meses después, en Manchester, un empoderado Dylan le contestaba “mentiroso” a un garrulo que le había gritado “Judas”. A continuación, le pidió a su banda: “Play it fuckin’ loud!”, “tocadla jodidamente ruidosa”, señal entendida por Robbie Robertson y los suyos para enfilar un glorioso “Like a Rolling Stone”. Esta escena, que cierra el documental de Scorsese “No Direction Home”, marca el momento a partir del cual ya no hubo vuelta atrás.

La nominación del premio Nobel de literatura para Dylan ha sido una página más en su ruidosa existencia. Con una biografía autoinventada hasta los dieciocho años (para saber mentir, hay que saber muy bien la verdad), se plantó en el Greenwich Village neoyorquino con una guitarra y muchas historias que contar.  Dio la vuelta a la canción protesta demostrando, como Musil, que un pesimista es un optimista encubierto, porque espera que las protestas sirvan de algo. Decidido a cambiar la historia de la música popular, llamó a los Beatles para decirles que tenía algo para ellos, y no era precisamente Couldina. La realidad es que las letras del incipiente pop maduraron y dejaron el “ella te quiere, ye, ye, ye”, abriendo paso a la poesía en movimiento. Después de grabar discos cada siete meses cada vez mejores, un accidente con una Triumph le hace detenerse. Años de felicidad doméstica, que no dan ni para medio disco y vuelta a la pluma, a la carretera y a estudio de grabación.  Años acelerados, de cicatrices conyugales, de cambio de guardia y de conversión cristiana, pero siempre de enormes canciones. Los ochenta le pillan con el paso cambiado y hace discos irregulares (contradiciendo a Baudelaire, no se puede ser sublime siempre), pero recupera el pulso en 1989 con la ayuda de Daniel Lanois y de la Gira Interminable. Descubre que la mejor manera de componer es tocando dos conciertos cada tres días, lo que no permite que se desengrase la máquina. Y el tiempo le da la razón, cayendo álbumes memorables: Times Out Of Mind, Love and Theft, Tempest… Entre medio, mucho ruido: una actuación lamentable en el Live Aid, películas cuanto menos criticables, actuación ante el papa Juan Pablo II, emisiones radiofónicas de clásicos de la música… pero siempre, siempre, enormes canciones.



La academia sueca no es dios (ya ni siquiera dios es dios), pero acumula un prestigio y una independencia que ya quisiéramos en otros lares. El premio a Dylan entronca con su lema: “Talento y Gusto” y supone un reconocimiento al rock como cultura, premiando a su maestro. Pero Dylan arrastra ruido y las reacciones han sido furibundas a uno y otro lado. En un momento en el que los ignorantes andan crecidos, con el apoyo de las anónimas redes sociales, es lógico que los criticones critiquen, como los mentirosos mienten y los poetas escriben poemas. Pero un Nobel de la literatura se le queda corto a Dylan. Porque Dylan ha hecho siempre poesía. Porque la poesía, como bien describió Octavio Paz, comenzó oral y muchas veces acompañada de instrumentos. Porque muchos poetas han intentado utilizar la música para extender sus poemas. Porque solo unos pocos (Keats, Lorca…) lo han conseguido. Porque solo Dylan ha sido el maestro supremo, consiguiendo que sus prodigiosas rimas no suenen monosílabas ni bisílabas, sino una suerte de hijo soñador de ambas. Emparentado con Gerard M. Hopkins, con John Donne, con William Blake, con Philip Larkin, con Tennyson, y con Ezra Pound y T.S.Elliot, a los que el propio Dylan los sitúa peleándose en la torre del capitán en su “Desolation Row”. A la altura de Shakespeare en desenvoltura y descaro para saltarse todas las normas. Tan dúctil que puede sonar el día mas feliz de mi vida, cuando llamo a las puertas del cielo junto a la mujer que amo. Y también los días más tristes, con las noches más oscuras, cuando ni tienes a quien te diga la diferencia entre “lonely” y “alone” y su poesía es como la comida que le ponen a un hambriento condenado a muerte debajo de la puerta. Porque, como escribió Benjamín Prado, nunca estamos solos, siempre está Bob Dylan.

A los que han criticado el premio, me gustaría saber si son capaces de decir tres candidatos con más merecimientos sin recurrir a google (vale, Murakami, Roth…). Me apostaría una de mis copias en vinilo de “Highway 61 Revisited” a que no han escuchado un solo disco entero (con las letras delante) de Dylan. La ignorancia hace daño.

Hace años se decía que en España, una ardilla podría saltar de Cádiz a Irún saltando de árbol en árbol. Hoy apenas quedan ardillas ni árboles. Pero una cucaracha sí podría hacer el mismo camino sobre las cabezas de los ignorantes, apoyándose en sus ínfulas. Por lo menos, esta purria sabrá, gracias a Bob, el nombre de un premio Nobel de literatura.

También ha habido críticas de los estajanovistas del complemento directo. Escritores que creen que un intruso les ha quitado un premio que les pertenece. Los mismos que, llegado el momento, probablemente no donen su cuerpo a la ciencia, lo hagan a las letras.

Puede ser que haya gente que aproveche este momento para escuchar y leer a Dylan. Para ellos, dos recomendaciones. El monumental “Blonde on Blonde”en el que te introduces y entiendes que no hay salida. Y el “Blonde on the Traks”, trágico y a la vez mágico disco, dedicado a todos los que hemos sido dejados, en el que las canciones cobran vida y se adaptan, como el mercurio, a nuestros hechos particulares. Como decía Bataille, las lágrimas son la ultima forma de comunicación

¿Qué pensará Dylan del premio? Ojalá nos lo cuente como a él le gusta y mejor sabe hacer, con una nueva rodaja de sus diamantes sonoros y sus brillantes letras.

Jodidamente ruidoso.