UN MONUMENTO CON BARAKA

El día que se derrumbó la Alhambra

Cultura - Gabriel Pozo Felguera - Domingo, 23 de Enero de 2022
Gabriel Pozo Felguera nos ofrece un espléndido reportaje en el que rescata un episodio poco conocido sobre la Alhambra, el día en sufrió un hundimiento, tras la explosión tres siglos antes que la dejó dañada. Esta es la historia de los desastres que ha sufrido y de sus reconstrucciones.
Acuarela de Lewis (1832-3) que dibuja el hueco dejado por el hundimiento y los andamios de reconstrucción del boquete.
BRITISH MUSEUM.
Acuarela de Lewis (1832-3) que dibuja el hueco dejado por el hundimiento y los andamios de reconstrucción del boquete.
  • En 1831 se desplomaron unos 40 metros de muralla, con las casas que había encima, y dejó colgadas las torres de las Damas y el Peinador

  • La explosión del molino de pólvora de San Pedro, junto al Darro, rajó la torre de Comares y produjo infinidad de destrozos en los palacios

La Alhambra debe tener bendición divina y una suerte providencial. No se explica de otra manera que siga en pie y casi entera tras seis siglos de continuos desastres naturales y agresiones humanas. Quizás su fortuna radique precisamente en la pobreza de los materiales con que está construida: tierra, cal y agua. Si fuesen sillares, es probable que estuviera en el suelo desde hace muchos años o convertida en cantera. Cientos de terremotos la han cuarteado; el agua la ha ido desmoronando; los incendios se han llevado partes; el hombre la ha dinamitado y saqueado. Pero ahí sigue, a pesar de que en 1831 empezó a hundirse peligrosamente por el Partal. La ciudadela ya estaba resentida por la explosión del polvorín del Darro en 1590. No fue hasta finales del XIX cuando sus arquitectos empezaron a recalzar los cimientos de la cara norte, la que apuntaba su desplome.

Prácticamente toda la muralla original de la Alhambra está construida en tapial. Sus mejores vistas, desde la cara Norte, ofrecen los típicos colores rojizos con el sol del atardecer. Pero hay dos paños que no se ponen cobrizos durante las puestas del sol del verano. Forman el ángulo que discurre entre las zonas del Peinador de la Reina y el Partal; los que miran en perpendicular al inicio del Camino del Sacromonte, situados por encima de lo que fueron molinos del Rey Chico.

Habitualmente está disimulado por la vegetación y apenas es perceptible desde la lejanía; sólo en invierno se nota el detalle, aunque hay que acercarse mucho

Ese tramo de muralla, de poco más de cuarenta metros de largo por diez de alto, está reconstruida con aparejo tipo toledano, piedra y cajones de ladrillo cocido. Habitualmente está disimulado por la vegetación y apenas es perceptible desde la lejanía; sólo en invierno se nota el detalle, aunque hay que acercarse mucho. Justo debajo, en el antemuro del barranco, hay colocada una enorme placa que explica lo sucedido aquella fatídica noche en que empezó a derrumbarse la Alhambra: el 7 de marzo de 1831.

De real sitio a prisión y barrio “okupado”

Para llegar a esta fecha se hace preciso ponernos en antecedentes. La ciudadela de la Alhambra empezó a perder importancia militar durante el reinado de Felipe V, cuando en 1718 decidió quitar la alcaldía a la saga de los Marqueses de Mondéjar. Destruyó su palacio y residencia. A partir de aquel momento se fue transformando poco a poco de real sitio, con interés de fortaleza militar, en un reducto presidiario y residencia de quienes no tenían otro sitio en donde vivir. Poco a poco se fue “privatizando” a trozos, de manera que los palacios nazaritas dejaron de recibir dinero de la Corona para su mantenimiento. De palacios pasaron a ser casas de Sánchez, de Villoslada, Francisca de Molina, de Mateo Ximénez … incluso de aquellos extranjeros que decidieron adquirir un trozo.

Litografía de Lewis (1835), donde se cobijaba una de las familias que vivían en un rincón de la zona palaciega.

Lo que antes fueron jardines y estanques de la realeza, pasaron a ser huertas de supervivencia. Fueron cegados los estanques de la vaguada del Partal y destinados a sembrar hortalizas. Los sistemas ancestrales de regadío dejaron de cuidarse, de manera que el agua elevada del Darro que dio vida a la ciudadela, se iba a convertir en su principal enemiga por desidia del hombre.

Los granadinos la habíamos destrozado ya para finales del siglo XVIII. Pero los franceses añadieron más daño al convertirla en cuartel, almacenes y polvorín entre enero de 1810 y septiembre de 1812

Los granadinos la habíamos destrozado ya para finales del siglo XVIII. Pero los franceses añadieron más daño al convertirla en cuartel, almacenes y polvorín entre enero de 1810 y septiembre de 1812. Para empeorar la situación, se fueron el 17 de septiembre de 1812 dejándola llena de explosivos para derribarla por completo. Menos mal que dejaron encargado de ultimar el trabajo al afrancesado Antonio Farses; debió ser un inútil, además de un acojonado. Aquel hombre sólo tenía que acabar de meter los cartuchos de pólvora en los agujeros abiertos y acabar de encender las mechas. Pero huyó ­­-antes de finiquitar su trabajo­- tras la columna de franceses que corrían hacia Guadix. El resultado ya lo conocemos por los relatos de viajeros románticos: apareció el soldado de inválidos José García e inutilizó las mechas. De todas formas, la venganza francesa causó importantes daños en ocho de las torres del recinto.

Zona del Partal, reconvertida en Casa Sánchez y zona de huerta, primer tercio del XIX. LEWIS.

Con el regreso del absolutismo de Fernando VII no mejoró mucho la situación. La Alhambra volvió a ser declarado recinto militar y presidio (sobre todo de liberales). La Corona enviaba un exiguo presupuesto para reparaciones. Y para empeorar las cosas, la ola de terremotos de 1821-22 cuarteó la sala de Comares y obligó a atirantar con hierro las columnas del Patio de los Leones. Hubo que acometer una urgente reparación de tejados y carpintería en general. El temblor del 28 de julio de 1822 fue el más dañino, pues desquició puertas y ventanas, rajó solerías y provocó desprendimientos.

El año 1827 comenzó con mejor suerte. Fue nombrado alcalde-gobernador el militar Francisco de Sales Serna. Se interesó vivamente por consolidar y recuperar el esplendor que tuvo el monumento en sus buenos tiempos

El año 1827 comenzó con mejor suerte. Fue nombrado alcalde-gobernador el militar Francisco de Sales Serna. Se interesó vivamente por consolidar y recuperar el esplendor que tuvo el monumento en sus buenos tiempos. Hizo algunos desalojos de “okupas” en las zonas nobles de los palacios, desbrozó la maleza e inició un proceso de obras con especialistas al frente. Empezó a reclamar dinero a Madrid, que recibió cada vez en mayores cantidades, e instauró cuadrillas de restauradores con los presos del presidio. Elaboró también un reglamento de uso y acceso, aunque por aquella época los visitantes eran pocos. También elaboró presupuestos anuales que multiplicaban la inversión exponencialmente, al menos si se comparaba con el reinado de Carlos IV. Se empezaba a hablar de que la Alhambra se estaba salvando de una ruina inminente.

Pero nadie parecía haberse percatado de que los particulares que habitaban la zona del Partal tenían allí establecidos sus modos de vida: fraguas, telares, talleres diversos… y unas huertas que regaban a manta durante todo el verano. Hacía decenios que las acequias y tuberías de riego nazaritas estaban cegadas; tampoco tenían expedito el sistema de evacuación de aguas sobrantes. La ladera del Partal era una pequeña cazoleta que recogía las aguas de la vertiente norte de la ciudadela; cuando llovía, también los desagües de los palacios y desde la calle Real hacia su vertiente norte. Una verdadera esponja.

El murallón de tapial cedió desde su parte baja y se deslizó en enormes trozos en dirección al barranco del Rey Chico. Se llevó por delante la poca vegetación que había y la antemuralla que discurría desde la Puerta del Bosque en dirección a las Chirimías

El 7 de marzo de 1831, tras unos días de lluvia, el agua filtrada en la zona del Partal humedeció aún más el tramo de muralla que discurría entre la Torre de las Damas y el Peinador de la Reina, poco más de cuarenta metros en dos tramos. El murallón de tapial cedió desde su parte baja y se deslizó en enormes trozos en dirección al barranco del Rey Chico. Se llevó por delante la poca vegetación que había y la antemuralla que discurría desde la Puerta del Bosque en dirección a las Chirimías. Hundió los molinos que había situados más cerca. Hasta depositar el derrabe de escombros en el cauce del río Darro (sólo tenía amurallada la margen derecha). La Puerta del Bosque quedó milagrosamente en pie. Por su parte, varias casas que había montadas sobre este tramo de muralla se vinieron abajo; la que después sería conocía como casa de Villoslada quedó tambaleándose y muy afectada, pero sobrevivió (Aguantó hasta que se cayó en octubre de 1917).

Esquema del derrumbe. En amarillo, el trozo de muralla hundida y área afectada por los escombros, hasta parar en el río. El trazo rojo indica el camino antiguo del cementerio, que partía del puente de las Chirimías, bordeaba el Bosque y la tapia de la Cuesta de los Chinos. Sobre un plano de 1797.
Tramo afectado por el hundimiento, de unos 40 metros, visto desde la Vereda de Enmedio.
Litografía de Lewis (1833) que recoge una comitiva fúnebre pasando entre los dos molinos que fueron destruidos por el derrumbe.

Los peores momentos se vivieron los días, semanas y meses posteriores. Toda Granada corrió a ver la desgracia

Los peores momentos se vivieron los días, semanas y meses posteriores. Toda Granada corrió a ver la desgracia. El temor circuló por la ciudad, ya que las Torres de las Damas y del Peinador quedaron colgadas en el vacío; amenazaban una caída en cadena. Al lado continuaba expectante la torre de Comares, un poco más adentro están el jardín de Lindaraja y Patio de los Leones. El riesgo de hundimiento de la parte más noble de la Alhambra era probable. Desgraciadamente, no se editaba ningún periódico en aquella fecha en Granada. Tampoco la importancia del hecho debió ser considerada vital para los diarios de otras provincias; no he encontrado una sola referencia a este hundimiento en otros diarios de la época. Por entonces la Alhambra era una desconocida, un castillo más en descomposición, como los miles que sobresalían como muñones de la Tierra por toda España.

Muy pronto la atención popular se centró en la ola de ajusticiamientos de liberales y disidentes políticos que se repetían cada semana en el cadalso del Triunfo. Mariana Pineda estaba siendo juzgada, y condenada a muerte, por entonces. Hasta que fue ejecutada el 26 de mayo de aquel año 1831. La preocupación del comandante militar de la plaza el día siguiente de este derrumbamiento fue exigir al Ayuntamiento que aportase 80 soldados voluntarios para formar una compañía de granaderos, fusileros y cazadores, pagados por la ciudad para defender al monarca felón. En las actas del Cabildo no existe la más mínima referencia a este hundimiento.

El gobernador de la Alhambra, por su parte, solicitó de inmediato a las arcas reales el envío de 100.000 reales para comenzar a consolidar los cimientos de las torres laterales y reconstruir la muralla hundida. También le fue enviado un nuevo grupo de 50 presidiarios-albañiles

El gobernador de la Alhambra, por su parte, solicitó de inmediato a las arcas reales el envío de 100.000 reales para comenzar a consolidar los cimientos de las torres laterales y reconstruir la muralla hundida. También le fue enviado un nuevo grupo de 50 presidiarios-albañiles. Las obras comenzaron inmediatamente, principalmente para evitar la caída en cadena de las torres linderas hacia el Este y el Oeste. También para descombrar el camino del Cementerio; por entonces el traslado de los cadáveres se hacía a hombro comenzando por el Puente de las Chirimías, pasando delante del Carmen de Santa Engracia, vereda de la acequia Romayla, para pasar bajo el acueducto, llegar hasta la puerta del Bosque y atravesar la vaguada por un puente de medio punto que conectaba con la Cuesta de los Chinos, justo en la esquina donde quiebra la tapia. Por entonces no existía la conexión actual entre el Puente del Aljibillo y la última casa según se sube a la izquierda.

El tramo de antemuralla desde la puerta del Bosque hacia la derecha se lo llevó por delante. Se salvó el acueducto, pero no los molinos que tenía delante. El muro de la izquierda se empezó a reconstruir hacia 1915 (como se ve en la foto siguiente, donde aparece el arquitecto Modesto Cendoya con sombrero); el tramo rosáceo que lo corona es de reciente añadido (proyecto de Carlos Sánchez).

La envergadura de la obra fue de tal magnitud que el maestro titular de la Alhambra no se atrevió a hacerla. Fue necesario contratar a dos arquitectos titulados por la Academia de San Fernando; Antonio López Lara y José Contreras. Este último iniciaría una saga de arquitectos-conservadores que ocuparon casi todo el siglo XIX.  Las obras de consolidación debieron volar  en los primeros dos años, pues el gobernador informaba a Madrid (en 1833) que ya había reconstruido dos terceras partes de la muralla. Evidentemente, aquel gobernador debió ser un exagerado, porque sólo había sido acabada la cerca baja. Colocó la placa que figura el este lugar, de imposible acceso público en la actualidad.

Se aprecia perfectamente sobre el tramo de muro nuevo que fue reconstruido por debajo de la puerta del Bosque.

La muerte de Fernando VII justo tres meses después de la colocación de la placa, y la inestabilidad política y social que sobrevino a España, cortaron el suministro de dinero de Madrid. Las obras de la muralla del Partal quedaron muy ralentizadas durante casi dos años más. Fue precisamente el periodo en que recalaron en Granada tres dibujantes-pintores extranjeros que nos han dejado instantáneas de cómo estaban las obras de reconstrucción por entonces. David Roberts llegó a Granada a los tres meses de haberse producido el accidente; Richard Ford, prácticamente lo mismo, incluso vivió dentro de la Alhambra, como lo había hecho Washingon Irving dos años antes. El tercero fue George Vivian, algún tiempo más tarde.

A falta de periódicos, sus imágenes son bastante descriptivas de lo que aconteció por aquellos años. Solamente Ford dejó también escrito un libro de viajes; en sus textos menciona el hundimiento y las obras. Mas, incluyó unos duros párrafos sobre el estado deplorable de la Alhambra en las fechas que recaló en Granada

A falta de periódicos, sus imágenes son bastante descriptivas de lo que aconteció por aquellos años. Solamente Ford dejó también escrito un libro de viajes; en sus textos menciona el hundimiento y las obras. Mas, incluyó unos duros párrafos sobre el estado deplorable de la Alhambra en las fechas que recaló en Granada, también de la gestión de su gobernador. Reproduzco unos párrafos: “ (El Gobernador) convirtiendo una gran parte de la Alhambra en almacenes para salazones de la gentuza a su cargo. En esta vandálica tarea, los buenos galeotes trabajaron encadenados durante semanas, todo el año 1831, arrancando y arrojando por encima de las murallas lienzos de yesería árabe y azulejos. En marzo de ese fatal año, y como si la destrucción alcanzase a la naturaleza, un gran trozo de muralla exterior, que domina el Darro, se desplomó. Posteriormente, ha sido rehecha por los presos” (…) “Tal es la Alhambra, en su estado de decadencia y ruina, que sólo la visitan los gorjeantes pajarillos, ya que, como extranjeros, vienen con la primavera y se despiden volando con la última sonrisa del verano. Ahora sólo es el esqueleto de la que fue cuando la vivificaba un alma viviente; ahora es la tumba y no el hogar del moro”.

Incluso durante las obras pudo haber ocurrido otra catástrofe ya que fue encontrado un polvorín repleto que había sido abandonado por los franceses en su precipitada huida de dos décadas atrás.

En 1835, coincidiendo con el cese del gobernador Francisco de Salas, se libró otra importante cantidad de dinero y se decidió contratar a albañiles profesionales para encastillarla de una vez.

En el año 1835, con el inicio de la primera guerra carlista, la mayoría de Granada se mantuvo en el bando realista (a favor de Isabel II). No obstante, se temió una invasión por parte del pretendiente Carlos María Isidro y el gobernador militar decidió acelerar de nuevo la fortificación de las murallas de la Alhambra, para volver a convertirla en fortín militar; algunas troneras y almenas proceden de esa época, no son nazaritas ni de la primera etapa cristiana. En 1835, coincidiendo con el cese del gobernador Francisco de Salas, se libró otra importante cantidad de dinero y se decidió contratar a albañiles profesionales para encastillarla de una vez. Para 1839 se estaba acabando de coronar la muralla hundida y se reforzaron parte de los cimientos de la cara norte (la Torre de Comares continuaba apuntalada desde las voladuras francesas de 1812).

Dibujantes “cronistas”. En el primer dibujo, de Richard Ford (1831-2) se ve la base de la muralla dispuesta para comenzar su reconstrucción, al pie del Peinador de la Reina; incluso se insinúa el pasadizo por el que huyó Boabdil de su padre, que tiene actual salida en medio del bosque. En los dos siguientes, de George Vivian (1837), vemos a lo lejos las obras, con apuntes tomados desde el mirador del Peinador (un guardia conduce a presos al tajo, ángulo inferior derecho).  Y en la última litografía (Robers), se ve derruida la primera cerca, con la puerta del Bosque solitaria, y el engarce de la muralla con la torre del Peinador colgada.

La explosión de 1590 y consolidación en 1931

Leopoldo Torres Balbás consiguió fondos en 1931 para embarcarse en uno de los proyectos de protección de la Alhambra más arriesgados. Decidió restaurar la Torre de Comares desde los cimientos hasta la cúspide. Estaba completamente rajada y próxima a derrumbarse; aunque en esa situación llevaba sumida desde finales del siglo XVI, concretamente desde la explosión del molino de pólvora de San Pedro (16 de febrero de 1590). Toda la Alhambra se había estremecido y sufrido daños, pero la parte más afectada fue esta torre, por estar situada en el punto más cercano a la explosión.

La explosión debió ser tan terrible que toda la zona civil de la Carrera del Darro debió ser desalojada por amenazar ruina. Las monjas de Zafra salieron de su clausura montando sobre los escombros; todas las casas del barrio de Axares vieron sus puertas y ventanas arrancadas, las tejas caídas y algunos aleros desprendidos

El molino de refino de pólvora estuvo instalado un poco por debajo de la casa de las Chirimías y por encima de la iglesia de San Pedro. Estaba ubicado sobre la acequia de Romayla o de Santa Ana para aprovechar la fuerza motriz del agua.  En suma, en la parte más cercana a los edificios alhambreños.

Para empezar, la explosión debió ser tan terrible que toda la zona civil de la Carrera del Darro debió ser desalojada por amenazar ruina. Las monjas de Zafra salieron de su clausura montando sobre los escombros; todas las casas del barrio de Axares vieron sus puertas y ventanas arrancadas, las tejas caídas y algunos aleros desprendidos. Su onda expansiva, al estar situado el polvorín en un valle encajonado, rebotó contra las dos laderas y rebotó. Incluso los trabajadores que ultimaban la Real Chancillería vieron caerse andamios y materiales. Alguna crónica posterior menciona que se iniciaron incendios a consecuencia de la explosión, que habrían agrandado las consecuencias.

Ubicación aproximada que tenía el molino de pólvora (marcado con la flecha). PLATAFORMA DE VICO

Curiosamente, el llamado Tajo de San Pedro no sufrió grandes desprendimientos por esta explosión.  Al menos no quedó referencia de ello. (Sobre el origen de este Tajo hay controversia; en todo caso, ya existía en 1565 cuando Joris Hoefnagel lo dibujó en sus grabados, con la cerca actual que lo bordea por arriba.  En 1600 sufrió nuevos deslizamientos por crecidas del río).

En la larga relación de daños que consignó figura la total desaparición de puertas, ventanas y cristales. Fueron desquiciadas y arrancadas de sus lugares; algunas incluso volaron por el bosque o sobre los tejados

En cuanto a la ciudadela de la Alhambra, conocemos perfectamente los daños que causó a través del informe que elaboró dos días más tarde el arquitecto Juan de la Vega. En la larga relación de daños que consignó figura la total desaparición de puertas, ventanas y cristales. Fueron desquiciadas y arrancadas de sus lugares; algunas incluso volaron por el bosque o sobre los tejados. De manera que durante los años siguientes hubieron de reponerse no menos de 110 cristaleras por el maestro Antonio Basilio. En los libros de cuentas del monumento figura una detallada relación de todos los oficiales que trabajaron en las reparaciones, con un presupuesto extraordinario que debió habilitarse para ello.

En cuanto a los edificios en sí, las zonas más afectadas fueron la torre de Comares, el Cuarto Dorado y el Patio de los Leones. Todos los tejados se estremecieron, de manera que las tejas quedaron corridas o caídas de sus aleros. Buena parte de tabiques se vinieron abajo o quedaron rajados. La impresión inicial dibuja toda la Alhambra llena de cascotes, polvo, puertas arrancadas, muebles desplazados, alicatados despegados, emplomaduras retorcidas, etc. La bóveda de la sala de Mocárabes resultó hendida y hubo que rehacerla. Se pensó que la onda expansiva de la explosión penetró por un ancho desagüe que comunicaba los baños de Comares con la perpendicular del molino de pólvora; eso hizo que levantase los suelos y apareciesen rajas.

Habría que esperar todavía casi un siglo, hasta 1686, para que cundiera de nuevo la alarma por amenaza de ruina de la torre de Comares

El informe del arquitecto dice textualmente que “se abrió toda la pared (de Comares), de suerte que está muy peligrosa para hundirse si no se repara con brevedad… y en muchas partes de las cuadras se hicieron muchas hendiduras… queda muy atormentado todo”. Es de suponer que, además de las reparaciones de puertas, cristales y tabiques, se empezaría por reparar los daños estructurales graves. Pero no lo conocemos. Habría que esperar todavía casi un siglo, hasta 1686, para que cundiera de nuevo la alarma por amenaza de ruina de la torre de Comares; se decidió macizar la parte baja del sótano y la planta principal, se desmontó la bóveda de ladrillo que cubría otra de madera, y se cambió la terraza por un tejado de aguas. Se pretendió descargar de peso el edificio y concentrar peso en su base.

Torre de Comares, “enfundada” de andamios para su consolidación-restauración de 1931. PAG.

Así permaneció Comares hasta que Leopoldo Torres Balbás fue consciente de que podía venirse abajo con cualquier terremoto de mediana intensidad

Así permaneció Comares hasta que Leopoldo Torres Balbás fue consciente de que podía venirse abajo con cualquier terremoto de mediana intensidad. En 1931 restauró toda esta resquebrajada torre, desde el refuerzo de su cimentación hasta la cúspide. Lo más urgente era consolidar la base con zanjas rellenas de hormigón armado, se procedió a sustituir la jácena de madera por vigas de hierro; fue enfoscada toda y tapadas las grietas acumuladas de los tres siglos anteriores. Para acabar, se extrajo el material con que fue macizada en 1691. De aquellas obras han quedado dos imágenes impactantes, una de ellas es la de toda la torre enfundada con andamios metálicos. La otra es de los raíles y vagonetas utilizados desde el acopiadero de materiales de la puerta del Bosque recorriendo la ladera (Por cierto, una de aquellas vagonetas ha aparecido recientemente en el desescombro de los molinos del Rey Chico y ha quedado encastrada en el suelo como recordatorio).

Aspecto del Patio de la Alberca tras el incendio del 15 de septiembre de 1890. PAG.
Sala de la Barca, con la techumbre de madera totalmente destruida. PAG.

El origen de aquel extraño y rápido fuego nunca se aclaró: el carpintero dijo que había surgido en una escalera y se propagó a las armaduras, mientras la prensa local especuló que hubo varios focos y se extendió con rapidez; surgió justo al inicio de la noche, cuando no quedaba nadie en el palacio

Para concluir este cúmulo de despropósitos sufridos por la irreductible Alhambra, menciono los dos principales incendios que ha padecido. El primero ocurrió en 1524; consumió una zona de los palacios que se ubicaba en el solar que después fue utilizado para levantar el Palacio de Carlos V. Sus daños fueron bastante considerables. El otro incendio de importancia está bastante documentado, fue del 15 de septiembre de 1890; fue el que se llevó por delante la Sala de la Barca (una vez más, la zona de Comares la más afectada) y se extendió a estancias contiguas. Se trató de la primera vez que la Alhambra fue noticia en todos los periódicos de España, y buena parte de Europa, debido a que el turismo se había fijado en Granada y empezaba a venir en masa. Los titulares coincidieron en que Granada había salvado a su Alhambra de la devastación, a pesar de las múltiples descoordinaciones a la hora de afrontar el incendio. El origen de aquel extraño y rápido fuego nunca se aclaró: el carpintero dijo que había surgido en una escalera y se propagó a las armaduras, mientras la prensa local especuló que hubo varios focos y se extendió con rapidez; surgió justo al inicio de la noche, cuando no quedaba nadie en el palacio. Fuese por casualidad o provocado, la Alhambra seguía teniendo baraka aquella negra noche y madrugada de septiembre de 1890. Ni los terremotos de Alhama (1884) ni el de Albolote (1956) causaron daño alguno. Una nimiedad los de hace justo un año.

Grabado de David Roberts, a finales de 1832.

Ojalá que la muy parcheada y desfigurada Alhambra continúe teniendo baraka por muchas generaciones.

REFERENCIAS. Buena parte de la documentación manejada para la elaboración de este artículo la he extraído del archivo del arquitecto Carlos Sánchez, así como de sus investigaciones para ejecutar el Proyecto Romayla.

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