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Homenaje a un disco y un grupo, Los Planetas, imprescindible en la música española

'Veinte años de aquella semana'

Cultura - Manuel Alberto P. - Martes, 26 de Junio de 2018
Rendimos tributo a uno de los mejores discos de la historia de la música española, ‘Una semana el motor de un autobús’, y a Los Planetas, con una crónica excepcional que narra las entrañas de un disco sublime, banda sonora de toda una generación, y de un grupo que ha sabido reinventarse para convertirse en una referencia de la música. No te lo pierdas.
Indegranada

“Era uno de esos días de abril, si es que a alguien le importan esas cosas”.  Así  comenzaba uno de los cuentos de Raymond Chandler. Para los que nos importa la música, el 13 de abril de 1998 se publicó Una semana en el motor de un autobús, el tercer disco de Los Planetas. Lo tortuoso de su gestación no podría predecir que, de inmediato, se convertiría en un clásico. El escritor dominicano Pedro Henríquez Ureña sostenía que en la literatura hispana se podían distinguir las obras escritas antes y después de la aparición de Rubén Darío. Parafraseando tal aserto, en la historia de la música estatal es fácil reconocer las obras publicadas con anterioridad y posterioridad a esta monumental hazaña.

Catalogada como obra conceptual, que describe una historia lineal (una persona abandonada por su pareja que, a su vez, se abandona a las drogas), el disco encierra ese y otros muchos relatos. Desde la búsqueda de respuestas a momentos de incertidumbre, dudas existenciales sobre el camino a tomar, recelos de juventud, nostalgias de adolescencia, decepciones con las personas y con uno mismo, rencores, venganzas y despechos...

Catalogada como obra conceptual, que describe una historia lineal (una persona abandonada por su pareja que, a su vez, se abandona a las drogas), el disco encierra ese y otros muchos relatos. Desde la búsqueda de respuestas a momentos de incertidumbre, dudas existenciales sobre el camino a tomar, recelos de juventud, nostalgias de adolescencia, decepciones con las personas y con uno mismo, rencores, venganzas y despechos, querencias por las sustancias tóxicas y un sinfín de amargas vacilaciones a las que se enfrentan las personas en el segundo periodo crítico de sus vidas. Justo en el momento en que la aparición de los CD-R abocaban a la desaparición de las TDK-90, una sorprendente colección de canciones asombraban con unas letras que acusaban una mezcla portentosa de comunicación e incomunicación. Unas letras que se cierran y se abren. Y que no puedes hacer nada para abrirlas cuando no quieren ni para callarlas cuando quieres silenciarlas.

A finales de 1996, Los Planetas estaban en un momento delicado. De entrada, se encontraban sin batería: ya habían pasado por el grupo Carlos Salmerón, Paco Rodríguez y Raúl Santos. En realidad, es la sección rítmica del grupo la que hace aguas, sobre todo en directo. No tienen la pegada necesaria, antojándose instrumentalmente toscos, en la frontera de lo naif que impregnaba el indie en esos momentos. Almería marca el punto de inflexión: en el mismo escenario en el que May Oliver, antigua novia de Jota y bajista hasta entonces, da el último concierto de espaldas al público, como era su costumbre, Erik Jiménez, que ya había tocado las baquetas en el anterior disco, decide abandonar Lagartija Nick e incorporarse a Los Planetas.

Comercialmente, el primer disco, Súper 8, había sido un bombazo en los ambientes independientes, a pesar de haberse expedido en una multinacional. Producido por el enemigo Fino Oyonarte, recogió las inquietudes de buena parte de la juventud que descubría que no podían doler dos sentimientos a la vez: el cerebro une las sensaciones y amplifica la señal del más doloroso.

El segundo disco, Pop, se quedó a medias. Alguien dijo que con grandes expectativas no se hacen grandes cosas y, en efecto, RCA pretendió hacer de Los Planetas un grupo pop vendedor, adaptándolo a todos los potenciales mercados, y dotándole de una promoción a la que los nuestros no estaban acostumbrados. La producción, a cargo de Kurt Ralske (que había tenido cierta repercusión con Ultra Vivid Scene), tampoco sacó todo el partido necesario a buenas canciones, como David y Claudia o Jose y Yo.

En un grupo acostumbrado a flirtear con los banquetes tóxicos, Florent Muñoz comienza a descollar. Las drogas potencian las alegrías sin por qué pero también las vidas sin cómo y las espantadas del guitarrista empiezan a ser preocupantes. Una actuación cancelada en Benicàssim, otra muy por debajo de su nivel en el BAM y una definitiva en Armilla, en la que Florent se golpeó con el suelo, llevó a Paco López, manager del grupo, a internarlo en una clínica de Madrid. Su adición es una cornada de dos trayectorias para el grupo.

Mientras tanto, Jesús Izquierdo, amigo del grupo al que surtía de ideas musicales y lisérgicas, recuerda que su novia Lynn (que también había sido de Florent), tiene un hermano músico en Escocia deseando salir de allí.  Cuando Kieran Stephen conoce a sus nuevos compinches, atina en su modesto español a describirlos como una pandilla de toxicosmos. Hasta entonces y desde la huida de May, el técnico de sonido Fernando Novi había estado tocado el bajo en los bolos.

La experiencia con Kurt no había resultado del todo. Pero a Jota le impresionaban las historias que había contado de su propio estudio neoyorquino cuando se quejaba de las precarias condiciones del Red Led de Madrid, donde se había grabado Pop. Con su amigo Jesús Izquierdo decidió viajar a Nueva York y conocerlo en persona. Su impresión no pudo ser mejor y desde ese momento no tuvo otra cosa en la cabeza que grabar el tercer disco en los estudios Zabriskie Point.

Había que conseguirlo de parte de RCA. Como había pasado con Pop, Jota se encaminó a la sede madrileña con una maqueta de tan solo cinco canciones. A pesar de que en dicha grabación ya se atisbaba una seminal La Copa de Europa, la compañía duda del potencial comercial del proyecto y le insta a componer más temas.

Este desplante de David López, enlace en la compañía, sienta muy mal a Jota. Meses después vuelve con otra maqueta, esta vez con diez temas. En esta maqueta ya están: Línea 1, Un mundo de gente incompleta, Toxicosmos, Montañas de basura, Desaparecer, La copa de Europa, Ciencia ficción y La playa más dos canciones que saldrán como caras B: Algunos amigos y Jesulín (que se publicará como Sin Título en el recopilatorio Canciones para una orquesta química). Nuevo rechazo, nuevo golpe.

Para este ejecutivo, ya de BMG Ariola, los Planetas no son más que un grupo en el que no se distingue la voz de los instrumentos. Afortunadamente, su hijo veinteañero, Marcos, es seguidor del grupo y le explica que decir que a Jota no se le entiende lo que canta es como decir que Casablanca acaba mal o que el Atleti no juega bien al fútbol. Cámara entiende que el que no se entera es él y decide dar el visto bueno al disco

En septiembre hay una tercera reunión con la compañía. En esta ocasión, Jota aporta catorce canciones y pide hablar directamente con el jefe de la compañía, José María Cámara, saltándose a RCA. Para este ejecutivo, ya de BMG Ariola, los Planetas no son más que un grupo en el que no se distingue la voz de los instrumentos. Afortunadamente, su hijo veinteañero, Marcos, es seguidor del grupo y le explica que decir que a Jota no se le entiende lo que canta es como decir que Casablanca acaba mal o que el Atleti no juega bien al fútbol. Cámara entiende que el que no se entera es él y decide dar el visto bueno al disco.

En la compañía no saben que Jota estaba en contacto con Ralske y, además del viaje a Nueva York, se habían intercambiado cartas, cristalizadas en un viaje a Granada del productor en noviembre de 1997. Acababa de salir al mercado el Ok Computer de Radiohead, y era la línea que el neoyorquino pretendía seguir en la grabación. Pese a que no era un disco muy estimado por el grupo, le dejaron hacer. La posibilidad de grabar en Nueva York podía con todas las dudas.

En realidad, el grupo llevaba año y medio reuniéndose en una casa en el Fargue tocando y escuchando música. Razorcuts, Sea Urchins, The Chills. Galaxie 500. Swell. My Bloody Valentine. Jesus and Mary Chain. The Smiths. Pale Saints. Julian Cope. 13 Floor Elevators. Spacemen 3. Spectrum… En 1997 se habían publicado, además del mentado de Radiohead:  “Ladies and gentlemen, we are floating in the space” de Spiritualized, “Curtains” de Tindersticks, “I can hear the heart breating as one” de Yo la tengo, “If you’re feeling sinister” de Belle and Sebastian o el segundo de Portishead. También la vuelta a la música y a la vida de Bob Dylan (“Time out of mind”), aunque para Jota todavía es “un artista viejo que toca música para viejos”. Y los amigos de Lagartija Nick se han juntado con el compadre Morente para parir Omega. Pero en el mundo planetario aun no se ha asentado el flamenco.

Con las ausencias de Florent, entraban y salían músicos. Uno de ellos era un amigo de la banda, que tocaba en el grupo Ciao Firence y había ofrecido una canción y alguna que otra guitarra: Esteban Fraile, conocido como Banin. En unos meses se incorporará al grupo a todos los efectos y será importante para el cambio de los directos.

Por fin, el 29 de diciembre embarcan rumbo a Nueva York: Jota, un recuperado Florent, Kieran y Erik. Habrá también una visita relámpago de Banin que en dos semanas tendrá que grabar sus partes de guitarra.

El disco cuenta con diez millones de pesetas de presupuesto. Se puede pensar que era una apuesta arriesgada de la compañía. Al fin y al cabo, se habían vendido hasta ese momento 14.500 copias de Súper 8 y 12.500 de Pop. Se necesitarían despachar 15.500 del nuevo disco para amortizar. Pero lo lograrían, vaya si lo lograrían

El disco cuenta con diez millones de pesetas de presupuesto. Se puede pensar que era una apuesta arriesgada de la compañía. Al fin y al cabo, se habían vendido hasta ese momento 14.500 copias de Súper 8 y 12.500 de Pop. Se necesitarían despachar 15.500 del nuevo disco para amortizar. Pero lo lograrían, vaya si lo lograrían.

En Zabriskie Point se encuentran a gusto. La abundancia de guitarras y teclados vintage y la posibilidad de escuchar vinilos de todo tipo es un extra. Por otra parte empiezan a ver a Kurt de otra forma. Ya no es el guiri peinado a casco y que solo bebe zumos de verduras. En Madrid se mostraba nervioso y aburrido. Aquí está en su casa y desplegará todo su conocimiento, fundamental para que, en un futuro, Los Planetas puedan mostrar su propio estudio de grabación y producir sus siguientes discos.

No sé si el grupo leyó o esperó a ver la película Alta Fidelidad. En todo caso, eran conscientes de la importancia de comenzar una grabación con un temazo. Dignos de entrar en la lista de Spotify de “Begin with a bang” y a la altura del comienzo de Highway 61 Revisited, Sticky Fingers, Horses, London Calling o Nevermind. Sin los redobles sincopados imposibles de Erik, este disco no hubiera sido el mismo. Como si Led Zeppelin atacaran el “Be my baby” de Las Ronettes, Segundo Premio es la canción perfecta para abrir el disco perfecto. Una de las últimas en ser compuestas, y con evidentes influencias del “Promesses” de Ètienne daho, “Smoke Signals” de Magnetic Fields y “Disaster” de Julian Cope en la música y de “Blue Flower” de Pale Saints en la letra. Al primero le pedían el primer premio alguna pancarta en Benicàssim. El que no haya derivado a una denuncia en la oficina de patentes y sí al corazón de tantos quizá lo pueda explicar Voltaire cuando decía que ser original es copiar con criterio. En todo caso, se trata de esas canciones que, como en La rosa púrpura del Cairo, uno comienza fuera y acaba dentro de la misma. Unas guitarras dolientes, girando a trágicas ponen el aceite lo suficientemente hirviendo como para poder freír toda nuestra melancolía. Los punzantes arreglos de cuerda dan paso a la coda final que demuestran la falsedad de que todo tienen un límite: el odio a quien dejó de amarte es ilimitado. En efecto, no hay nada tan peligroso como una persona enamorada. Con total seguridad, para eso se inventó la familia: para canalizar, neutralizar y aniquilar la amenaza pasional. Como Caroline y Jim, como Bob y Sarah. Como Pepa y Manolo. Como tú y yo.

No sé si el grupo leyó o esperó a ver la película Alta Fidelidad. En todo caso, eran conscientes de la importancia de comenzar una grabación con un temazo. Dignos de entrar en la lista de Spotify de “Begin with a bang” y a la altura del comienzo de Highway 61 Revisited, Sticky Fingers, Horses, London Calling o Nevermind. Sin los redobles sincopados imposibles de Erik, este disco no hubiera sido el mismo

Y que no decaiga con el siguiente corte, Desaparecer. Una acelerado riff que había compuesto Kieran con diecisiete años, con ecos del “All this I’ve done for you’ de Hüsker Dü, sienta las bases para otra letra de Jota polisémica.

La playa supuso el espaldarazo social al disco. La música la tenía Jota. Le faltaba completar una letra que se adaptara a su tono menor melancólico. Leyendo El bello verano de Pavese se acordó de su amigo Manu Ferrón, que tocaba en Mr. Peebles a la vez que le dedicaba muchas horas al fanzine Música en blanco y negro. Juntos terminaron esta joya, de ese Sísifo moderno que cuando está a punto de olvidarla se la vuelve a encontrar y le arroja la piedra.

 “Intentando olvidarme cada día, y acordándome el resto de mi vida”.

Sí, también Celia Johnson le decía a su marido que no había otro. Ferrón formará junto a Jota unos años después el Grupo de Expertos Solynieve.

Parte de lo que me debes surgió de una música de Florent influenciada por Sunny day Real State que acabó Jota, que también se ocupó de la letra, posiblemente inspirada en el “Kaleidoscope” de The Rain Parade. De esas canciones que, a la primera escucha, se te adhiere al cerebro el epílogo:

Ahora pienso en lo estúpido que fui, las fuerzas que gasté, el tiempo que perdí…”

Las siguientes veces, no escuchas más que el eco: estúpido, estúpido, estúpido…

Un mundo de gente incompleta, la aporta Banin. De la letra de Jota destacó una frase que se convirtió en himno generacional:

“Ahora lo que odio y lo que somos es casi igual”.

Cierto: en toda pareja llega un momento en que una persona sobra. Y casi siempre somos nosotros.

Ciencia ficción se iba a titular Día mundial del orgullo. Un buen riff de Florent basado en The Chills sirve de base para una de las primeras letras de Jota de buenos contra malos. Esta auténtica llamada a la acción dejó el camino abierto a piezas posteriores como Canción para el fin del mundo.

Otra tonada con autoría compartida es Montañas de basura. Comenzando por un rasgueo casi imperceptible de Florent, al que se suma un imaginativo bajo de Kieran, las reconocibles baquetas de Erik y una guitarra a lo Smiths de Jota. En la mezcla final se puede escuchar un bonito fiscorno, cortesía de Kieran. Todo ello es el entorno ideal de esta sala de espera, en la que no hay ni pasado ni futuro. No sabremos, ni siquiera, qué hacer con nuestras colecciones de cintas.

El segundo single del disco fue Cumpleaños total. Con una fórmula que ya habían utilizado en “La maquina de escribir” del anterior LP, se observan influencias de “Everyday there’s someone new” de Red Kross y ‘Skip/Steps 1 & 3’ de Superchunk. Aunque quizá el ascendente más directo sea “Rebelde sin caspa” de Beef, el grupo de David Rodríguez, que más tarde sería pareja artística y personal de La Bien Querida, colaboradora habitual de Los Planetas. El título definitivo salió camino de un bolo en Valencia, tras una repostaje en una gasolinera en la que se aprovechó para comprar lo que se pudo. El triste botín (chucherías, cervezas…) fue catalogado como de cumpleaños total. Como hacen en otras canciones, introducen personajes reales, en este caso su amigo el chino.

Laboratorio mágico podría pasar por una revisión de “Ciudad azul” de Pop. En realidad comenzó con una línea de bajo de Kieran, aunque acabó firmada por todo el grupo. Una de las dos últimas en componerse, es de las que menos se han escuchado en directo. Contiene otros versos que pasaron directamente a la historia:

“Lo intento por quinta vez y me parece sagrado. Y mientras lo intento veo como te vas evaporando”.

La letra de Toxicosmos, compuesta por Jota, puede estar inspirada en el “Rolling Moon” de The Chills, bordando esos momentos en que pides al presente que sea ya pasado. A destacar el finísimo hammond tocado por Jota sirviendo en bandeja un truco a lo Juan Tamariz: atamos la realidad, la encerramos en un cajón y al rato está en otro: el de la locura y el sinsentido.

La melodía de Línea 1, compuesta por Kieran y Jota hunde su inspiración en el “Bizarre Love Triangle” de New Order, y en “Souvenir” de OMD. La letra es una epopeya muy reconocible para el granadino que coja el famoso autobús a Almanjáyar. ¿Abandonamos las tinieblas narcóticas y nos damos de alta en la raza humana? El final, abierto, añade más dramatismo al tema.

Y, si el principio del disco era excelso, el final no le va a la zaga. Ese gol de Koeman, esa primera Copa de Europa del Barcelona, equipo favorito de Jota, sirve de excusa para una amarga y personalísima reflexión. Una áspera variable de la reconvención de Aixa a Boabdil: si te hubieras batido como un hombre, no te ahorcarían como a un perro. La música, claramente influenciada en el “Glass” de Robin Hitchcock, toma también en su clímax final del “Vapour Trail” de Ride. Impresionantes arreglos de metal y de cuerda que, sin sonar ampulosos, construyen este comienzo del hormigonado de nuestra coraza:

“En vez de aceptar lo que viene de fuera, en lugar de contar lo que queda, desde ahora hasta el día en que me muera por lo menos cabrá la sorpresa. Algo nuevo, algo aún por descubrir, algo dentro de mí, dentro de mí”.

La voz de Jota, por primera vez, adquiere más matices que en grabaciones anteriores, que sonaba como un instrumento más. En realidad, recoge toda la gradación de estupefacientes, amoldándose a las canciones como si del libro de Escohotado se tratara: puede sonar narcótica en “Toxicosmos”, o alcaloide en “Cumpleaños total”. Incluso puede funcionar en modo síndrome de abstinencia en “Línea 1”.

De vuelta de Nueva York, nueva parada en Madrid para las remezclas con la ayuda de Carlos Martos. Se aprovechó para añadir algunos efectos de los muchos de los que disponía Kurt en sus extraños discos: los niños y la puerta que se abre en “Línea 1”, el caballo y los monjes tibetanos en “Toxicosmos”, los aullidos de “Desaparecer”…

Lo demás, lo conocemos. Impacto brutal en una generación que se siente representado en esas letras que captan la angustia, la aflicción, el miedo y las decepciones y que convierten el disco en un clásico inmediato, aunque su escucha nos deje desgarrados, como al grupo su concepción

Y al conjunto le faltaba la carpeta. Como no podría ser de otra manera, otra vez se conjuraron los astros y, de los dos sobres que aportó Javier Aramburu, unánimemente se aprobó la que contenía el aspa de San Andrés narcótica y tóxica que hoy puebla camisetas, pines y mochilas.

Para el título se había barajado el más global de Toxicosmos, como la canción y el más del agrado de todos de: Música para estadios de segunda división. Los brotes de epilepsia del bajista de Electrolux condicionan el lema definitivo: en efecto, el bueno de David le transmite a Jota que durante su semana de hospitalización se ha sentido como en el motor de un autobús.

Lo demás, lo conocemos. Impacto brutal en una generación que se siente representado en esas letras que captan la angustia, la aflicción, el miedo y las decepciones y que convierten el disco en un clásico inmediato, aunque su escucha nos deje desgarrados, como al grupo su concepción. Jamás tendrán un disco con los créditos tan repartidos, como este. Como escribió Kant, lo sublime lleva la semilla de la autodestrucción.

Este éxito les permitió, por fin, hablar de tú a tú con RCA y conseguir el apoyo económico para poner en marcha su propio estudio de grabación: El Refugio Antiaéreo en El Fargue, a imagen y semejanza de lo que habían aprendido con Kurt en el suyo de Nueva York. A partir de ahora, podrán producirse ellos mismos sus grabaciones.

Abril es el mes más cruel. Lo escribió TS Elliot. Veinte años de hemisferio boreal después, uno se da cuenta de lo gilipollas que ha sido veinte años antes. Apuntalando el dique que hemos construido para contener el lago artificial que forma en nuestra conciencia todas las lágrimas que no hemos sabido llorar, seguimos despilfarrando tiempo en recorrer madrigueras escarbadas por parejas inseguras. Como en el maratón de 1997, marcamos el ritmo sabiendo que al final viene Abel Antón y nos quita el primer premio. Probablemente no hayamos disfrutado en todo este tiempo más de catorce días felices. Pero, como decía Nöel Gallagher, hasta Robbie Williams se hartó de ser el gordo que hacía el ridículo en Take That. Ya no somos fracasados, somos perdedores. Sabemos que no queremos cielos azules, ni familias felices, ni políticos besando a niños. Cuando nos rechazan, seguimos celebrando nuestra ineptitud. Desde entonces, en el botiquín de emergencia, al lado del “Berlín” de Lou Reed y del “Blood on the tracks” de Bob Dylan, tenemos Una semana en el motor de un autobús. Se hacen compañía. Y solo en ese momento de escucha sabemos que ha servido para algo. Al menos, para mi.